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Alcohol, uvas y tráfico: los riesgos de Nochevieja

El alcohol marca buena parte de las urgencias, mientras las campanadas y el regreso de madrugada dibujan otros peligros.

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accidente que más ocurre en Nochevieja

En Nochevieja, las asistencias sanitarias relacionadas con el consumo de alcohol suelen ser el motivo más repetido en los balances de emergencias: intoxicaciones, pérdida de conocimiento, caídas, golpes y heridas. No existe una estadística nacional única que reúna todos los avisos y permita ordenar cada incidente con el mismo criterio, pero los partes autonómicos y municipales dibujan un patrón reconocible. La noche no deja un solo tipo de accidente, sino una cadena de situaciones en la que el alcohol actúa a menudo como detonante o agravante.

La respuesta depende también de qué se entienda por accidente. Una intoxicación etílica es una urgencia médica, no un accidente en sentido estricto; los percances que se producen alrededor pueden incluir caídas, cortes, agresiones o siniestros de tráfico. El atragantamiento con las uvas, aunque menos habitual en volumen, concentra un peligro repentino durante las campanadas. Y, horas después, el cansancio y la conducción bajo los efectos del alcohol o de otras sustancias elevan el riesgo en los desplazamientos de vuelta. La frecuencia y la gravedad no siempre coinciden: lo más atendido no tiene por qué ser lo que puede deteriorarse más deprisa.

Qué reflejan los partes de emergencias

Los servicios de respuesta de distintas comunidades, entre ellos Samur-Protección Civil y Summa 112 en Madrid, el CICU en la Comunitat Valenciana, el 112 de Andalucía y el 112 de Cataluña, publican balances con categorías que no siempre son comparables entre sí. Algunos recuentos agrupan avisos bajo el epígrafe de asistencias sanitarias; otros separan tráfico, seguridad ciudadana o incidentes en la vía pública. Por eso, decir que una causa ocupa el primer lugar en todas partes y todos los años sería más concluyente de lo que permiten los datos disponibles.

Aun con esa cautela, las intoxicaciones etílicas aparecen de manera reiterada entre los motivos destacados de atención durante la madrugada. La diferencia entre una ciudad y otra puede depender de la población, el tamaño de las celebraciones, la meteorología, la existencia de macroeventos y el calendario. También importa qué se cuenta: una llamada al teléfono de emergencias no equivale necesariamente a una persona trasladada a un hospital, y un mismo incidente puede generar varias actuaciones de distintos equipos. Los balances describen una tendencia, no una clasificación nacional uniforme.

Además, el término accidente puede ocultar dos preguntas distintas: qué episodio se repite más y cuál provoca consecuencias más graves. Una caída leve puede sumar muchas asistencias, mientras una obstrucción de la vía respiratoria es menos común, pero puede convertirse en una amenaza vital en muy poco tiempo. Esta distinción permite entender por qué el alcohol domina buena parte de los partes sin restar importancia a los riesgos concentrados en las uvas o en la carretera. La noche se lee mejor por franjas y mecanismos que con un único ganador.

Por qué el alcohol multiplica las incidencias

El consumo elevado en un intervalo corto modifica el equilibrio, la coordinación y la capacidad de reaccionar. Una persona que se mueve con dificultad tiene más posibilidades de tropezar, caer por unas escaleras o hacerse un corte con una copa rota. La desinhibición también puede convertir una discusión en una agresión; en los casos más graves, la intoxicación puede causar pérdida de conciencia y requerir atención urgente. Así, un mismo factor aparece en incidentes que los registros sanitarios pueden clasificar de formas distintas.

La combinación con otros elementos de la celebración aumenta la exposición: lugares concurridos, desplazamientos entre casas y locales, suelos mojados o resbaladizos y muchas horas despierto. No hace falta que cada episodio sea excepcional para que la demanda asistencial crezca; basta con que se acumulen caídas, contusiones y episodios de malestar en pocas horas. El efecto del alcohol tampoco se limita a quien lo ha consumido: una persona desorientada puede quedar expuesta a accidentes en la calle o necesitar ayuda de quienes la acompañan. El alcohol funciona como amplificador de riesgos distintos, más que como causa de un único tipo de percance.

En los hospitales, las urgencias pueden incluir desvanecimientos, lesiones por caídas, heridas producidas por cristales y traumatismos tras peleas. La importancia de cada caso se determina por su estado clínico, no por el carácter festivo de la noche. Por eso, el volumen de asistencias vinculadas al alcohol no significa que todas sean comas etílicos ni que cada persona atendida haya sufrido un accidente. Intoxicación, lesión y emergencia son categorías relacionadas, pero no intercambiables.

Las campanadas concentran el riesgo de atragantamiento

Las doce uvas reúnen, en apenas unos segundos, varios factores que pueden dificultar una deglución segura: bocados seguidos, prisa por acompasar la comida a las campanadas y conversación o risas en la mesa. Una uva entera tiene una forma y un tamaño que pueden obstruir la vía respiratoria si se aspira al tragar. El atragantamiento no suele encabezar los balances generales de la noche, pero su rapidez y sus posibles consecuencias explican por qué recibe tanta atención en las recomendaciones de seguridad.

El riesgo no es igual para todas las personas. En niños pequeños, la vía respiratoria es más estrecha y la coordinación al tragar todavía se está desarrollando. En personas mayores, una dificultad para deglutir —conocida como disfagia— puede pasar inadvertida, y algunas enfermedades neurológicas o secuelas de un ictus pueden complicar el proceso. Las dentaduras postizas y los problemas de masticación también pueden influir. La vulnerabilidad depende de la edad y de la capacidad para masticar y tragar, no de que la celebración tenga lugar en una fecha concreta.

Las cifras anuales de muertes por atragantamiento y sofocación accidental ayudan a situar el problema, pero no deben confundirse con un recuento de incidentes en Nochevieja. En los datos citados para España figuran 2.511 fallecimientos en 2020, 2.994 en 2021 y 3.546 en 2022. Son totales anuales, no casos ocurridos durante las campanadas ni exclusivamente provocados por uvas. El envejecimiento de la población y la presencia de personas con problemas de deglución forman parte del contexto, aunque esos números por sí solos no permiten atribuir el aumento a una causa única. Una cifra anual amplia no demuestra que esa noche sea el momento más peligroso del año.

La madrugada cambia el escenario: del salón a la carretera

Al avanzar la noche, el foco pasa de las reuniones y los locales a los desplazamientos. La Dirección General de Tráfico refuerza los controles de alcohol y drogas durante el periodo navideño, y los balances de esas campañas registran positivos. Esos datos corresponden a periodos de vigilancia y no equivalen, por sí mismos, a una estadística exclusiva de la noche del 31 de diciembre. Sí reflejan un riesgo que cobra importancia cuando muchas personas vuelven a casa después de una celebración.

El cansancio puede sumarse al consumo y reducir todavía más la atención al volante. Los trayectos cortos tampoco eliminan el peligro: una distancia conocida puede dar una falsa sensación de seguridad, mientras una carretera aparentemente vacía invita a bajar la guardia. En la madrugada se producen colisiones, salidas de vía y alcances, pero no hay en los datos de referencia una cifra nacional que permita adjudicar a una franja horaria concreta el mayor número de siniestros de Nochevieja. El regreso es un capítulo importante del riesgo, aunque no se pueda cuantificar aquí como el más frecuente.

La movilidad festiva incluye también trayectos urbanos y accesos a celebraciones, donde pueden coincidir peatones, vehículos y aglomeraciones. Los controles ayudan a detectar conductas peligrosas, pero no convierten todos los avisos de tráfico en accidentes ni permiten calcular cuántos percances se evitaron. En el balance general, la carretera aparece como un riesgo distinto del que predomina en las asistencias sanitarias: quizá menos visible en los partes de urgencias, pero con capacidad de provocar lesiones graves. La frecuencia de una atención médica y la gravedad potencial de un siniestro miden cosas diferentes.

Caídas, cristales, petardos y otros incidentes menos visibles

Entre los episodios que completan el parte de la noche aparecen cortes con vasos o botellas, torceduras y golpes tras una caída, además de lesiones asociadas al uso de pirotecnia. En viviendas y locales también puede haber pequeños incendios o incidentes con humo relacionados con velas y cocinas. No todos estos sucesos aumentan necesariamente cada año ni ocupan el mismo lugar en cada ciudad, pero ayudan a explicar por qué una guardia de Nochevieja atiende situaciones muy distintas a la vez. El riesgo se reparte entre la mesa, la calle y los espacios de fiesta.

Otro peligro doméstico es el monóxido de carbono, un gas incoloro e inodoro que puede producir dolor de cabeza, mareo y náuseas. El problema no es exclusivo del fin de año, pero una casa llena y con puertas o ventanas cerradas puede hacer que una exposición pase inadvertida. Si varias personas se encuentran mal en el mismo espacio, la posibilidad de una causa ambiental es una consideración relevante para los servicios de emergencia. Los datos de referencia no cuantifican cuántos episodios ocurren específicamente en Nochevieja, por lo que conviene no presentar este riesgo como una de las causas principales de asistencia.

Las agresiones y las peleas también pueden aparecer en los avisos de seguridad y traducirse en contusiones o heridas que requieren atención médica. El alcohol, la multitud y la tensión en espacios concurridos pueden coincidir, pero no toda disputa está vinculada al consumo ni es posible establecer con estos datos una relación causal para cada incidente. Lo que sí muestran los partes es que la actividad de emergencia no se limita a intoxicaciones y accidentes de tráfico. Los sucesos menos numerosos también ocupan recursos y pueden tener consecuencias serias.

Qué cambia de un año a otro y qué se mantiene

Las noches festivas no son idénticas. La lluvia puede modificar la actividad en la calle; una celebración multitudinaria cambia el volumen y la ubicación de los avisos; y el día de la semana puede alterar los horarios y los desplazamientos. También influyen las medidas municipales y la organización de los servicios. Estas variaciones hacen que una comparación aislada entre dos años resulte poco útil para afirmar que un riesgo ha desaparecido o que otro ha pasado a ser el principal.

En cambio, se repite la coexistencia de varios escenarios: consumo de alcohol, reuniones alrededor de la medianoche y movimientos por carretera durante la madrugada. La documentación regional citada en los balances muestra que las asistencias sanitarias suelen tener un peso relevante, aunque cambien las etiquetas y el orden de los epígrafes. No se trata de una serie estadística perfectamente homogénea que permita comparar cada comunidad durante quince años. La continuidad más sólida está en el patrón general, no en una cifra común para todo el país.

El aumento de los fallecimientos anuales por asfixia o atragantamiento que reflejan las cifras de 2020, 2021 y 2022 también debe interpretarse con cuidado. Esos totales abarcan el conjunto del año y a personas con perfiles distintos; no demuestran que las campanadas sean cada vez más peligrosas. La mayor presencia de población de edad avanzada puede ayudar a contextualizar la evolución, pero no basta para explicar por sí sola todos los cambios observados. Separar el dato anual del episodio festivo evita una conclusión engañosa.

Una guardia marcada por picos y prioridades

La respuesta de emergencias se organiza antes de que empiecen las campanadas, especialmente en ciudades con actos multitudinarios. Los equipos sanitarios y policiales coordinan su presencia según la actividad prevista, mientras ambulancias y recursos de atención se distribuyen para responder a llamadas que pueden llegar desde plazas, locales o domicilios. A medianoche, un atragantamiento puede exigir una reacción rápida; después, las asistencias relacionadas con alcohol pueden sostener la demanda durante varias horas. La sucesión de incidentes, más que un único momento crítico, define el trabajo de esa noche.

En un servicio de urgencias, la prioridad depende de la gravedad y de la rapidez con que un cuadro pueda empeorar. La dificultad respiratoria, la pérdida de conocimiento o un traumatismo importante requieren una valoración distinta a la de un corte o una contusión leve. Los sistemas de triaje ordenan la atención por necesidad clínica, de modo que la espera no siempre indica que una lesión se haya pasado por alto: puede reflejar que otros pacientes tienen una situación más urgente.

Ese funcionamiento explica por qué los partes públicos no cuentan la historia completa de cada guardia. Recogen categorías y totales, mientras los equipos deben valorar a cada persona y decidir qué recursos necesita. Una misma noche puede dejar muchas asistencias moderadas y unos pocos episodios de extrema gravedad. El número de avisos importa, pero también cómo se distribuyen y qué respuesta exige cada uno.

El balance de una noche con riesgos distintos

Si se habla de lo que más se repite en las asistencias de Nochevieja, las intoxicaciones etílicas y los problemas asociados al alcohol ocupan un lugar destacado en los balances disponibles. No es riguroso convertir esa observación en una estadística nacional exacta ni llamar accidente a todos esos episodios. Las caídas, los cortes y las agresiones pueden formar parte de sus consecuencias, mientras el atragantamiento con las uvas concentra un peligro breve y potencialmente grave en torno a las campanadas.

La carretera añade otra dimensión cuando llega la hora de volver: alcohol, otras sustancias, sueño y exceso de confianza pueden coincidir, aunque los datos citados no permitan medir con precisión cuánto pesa cada factor en esa noche concreta. Por eso, la imagen más fiel no es la de un único accidente que explique todo, sino la de una sucesión de riesgos que cambia con las horas. Alcohol en las urgencias, uvas en la medianoche y tráfico al amanecer: tres escenas distintas de una misma celebración.

El atractivo de los rituales de fin de año no elimina sus condiciones materiales: hay comida, copas, cristales, aglomeraciones y desplazamientos en una franja corta. Los servicios de emergencia reciben las consecuencias cuando alguno de esos elementos se combina mal. Entender qué se repite y qué es menos frecuente, pero más súbito, permite leer los balances sin confundir cantidad con gravedad. En esa diferencia está la explicación más útil del parte de Nochevieja. La estadística cuenta avisos; el contexto revela por qué ocurren.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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