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Ciencia

¿Por qué Acamar ya no brilla como en tiempos de Ptolomeo y al-Sufi?

Acamar deslumbró a Ptolomeo y al-Sufi, pero su brillo cayó. La ciencia desvela el fenómeno estelar que desconcertó durante casi dos milenios.

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origen de las estrellas azules errantes

Acamar no parece haber sido víctima de una confusión milenaria ni de un copista con mala vista. La explicación más sólida apunta a que esta estrella —en realidad, un sistema formado por tres astros— atravesó una prolongada fase de luminosidad provocada por el intercambio de materia y energía entre sus dos componentes interiores. El fenómeno pudo durar cerca de un milenio. Después terminó, el sistema se estabilizó y su resplandor cayó hasta el nivel discreto que presenta en la actualidad.

Los registros antiguos indican que Theta Eridani, nombre astronómico de Acamar, brillaba unas diez o doce veces más que ahora. Claudio Ptolomeo la situó en el año 137 d. C. entre las estrellas de primera magnitud; el astrónomo persa Abd al-Rahman al-Sufi mantuvo esa clasificación en 964. En cambio, las observaciones modernas le asignan una magnitud visual de 2,9. No está apagada —puede verse a simple vista desde lugares oscuros—, pero tampoco es aquel faro celeste que describieron los sabios de la Antigüedad.

Una investigación de Idel Waisberg y Boaz Katz propone que la aparente contradicción se explica por un episodio excepcional en la evolución de una pareja estelar muy compacta. Los investigadores han combinado interferometría, espectroscopia y datos del telescopio espacial TESS para reconstruir la arquitectura de Acamar. El trabajo ofrece una hipótesis física coherente, aunque todavía no ha completado la revisión científica por pares. Conviene decirlo: en ciencia, resolver un misterio suele significar haber encontrado una explicación que encaja muy bien, no haber colocado un candado eterno sobre el asunto.

Acamar no se apagó: terminó una fase extraordinaria

La escala de magnitudes utilizada por los astrónomos funciona al revés de lo que sugeriría el lenguaje cotidiano: cuanto menor es la cifra, más brillante parece el objeto. También es logarítmica, de modo que una diferencia aparentemente pequeña representa un cambio considerable de luminosidad. Los investigadores estiman que la magnitud atribuible a Acamar en tiempos de Ptolomeo rondaba 0,2, frente al 2,9 actual.

Eso supone que el sistema pudo verse cerca de doce veces más brillante. No tanto como Sirio, la gran luminaria del cielo nocturno, pero sí lo suficiente para ocupar un puesto destacado entre las estrellas conocidas por los observadores antiguos. En el catálogo de Ptolomeo, el desfase entre el brillo histórico y el moderno de Acamar es el mayor detectado entre casi un millar de estrellas identificadas.

El cambio tampoco debió de producirse como el parpadeo de una bombilla. Los testimonios abarcan más de mil años y muestran una luminosidad elevada desde Hiparco, alrededor de 129 a. C., hasta al-Sufi, en el siglo X. Sin embargo, los catálogos europeos confeccionados a partir de expediciones australes a finales del siglo XVI ya la situaban en tercera magnitud, prácticamente como se observa ahora. El gran fulgor se habría extinguido, por tanto, entre los siglos X y XVI.

Tres astrónomos separados por siglos observaron el mismo brillo

Hiparco describió a Theta Eridani como la estrella más brillante, adelantada y meridional del río celeste. Ptolomeo volvió a distinguirla más de dos siglos después en el Almagesto y también la incluyó entre las luminarias principales de su calendario astronómico. Al-Sufi, trabajando en Persia casi 800 años más tarde, conservó la primera magnitud y dejó indicaciones precisas sobre su posición respecto a las estrellas vecinas.

La coincidencia resulta incómoda para la explicación fácil. Tres observadores, desde lugares y épocas diferentes, señalaron el mismo astro y le concedieron un brillo excepcional. Podrían haberse equivocado, claro; la astronomía antigua no venía acompañada de sensores digitales ni hojas de cálculo. Pero atribuirlo todo a una cadena de errores exige suponer que especialistas particularmente meticulosos tropezaron durante más de un milenio con la misma piedra celeste.

Acamar se encuentra en la constelación de Erídano, representada desde la Antigüedad como un río serpenteante. Su nombre procede de una expresión árabe relacionada con el final del río. Durante siglos marcó el extremo de la constelación conocido desde las latitudes mediterráneas. Más tarde, la exploración del hemisferio sur amplió los mapas y cedió ese papel a Achernar, una estrella mucho más brillante cuyo nombre comparte prácticamente el mismo origen.

El error de copia no basta para explicar el misterio

Una de las hipótesis tradicionales proponía que Acamar fue confundida con Achernar, también llamada Alfa Eridani. El problema es geográfico: Achernar se encontraba demasiado al sur para ser observada por Hiparco o Ptolomeo desde sus latitudes. Las coordenadas y descripciones antiguas, además, señalan sin demasiadas dudas a Theta Eridani.

También se planteó un error de transcripción, quizá una magnitud 4 convertida accidentalmente en 1 durante la copia de los manuscritos. Tampoco casa bien. Ptolomeo no se limitó a escribir una cifra aislada, sino que describió el astro como brillante y lo agrupó con las principales estrellas visibles. Al-Sufi, que examinó el cielo por su cuenta y corrigió otras observaciones heredadas, mantuvo la clasificación.

Queda la atmósfera. Acamar aparece muy baja sobre el horizonte desde el Mediterráneo y desde buena parte de España, por lo que su luz atraviesa una capa de aire más espesa, con polvo, humedad y turbulencias que reducen su brillo. Se ha sugerido que los antiguos exageraron la corrección aplicada a ese oscurecimiento. Sin embargo, otras estrellas meridionales observadas en condiciones todavía peores no muestran una desviación comparable. Puede haber imprecisiones, pero ninguna explica cómodamente una diferencia cercana a tres magnitudes.

Una estrella que en realidad son tres

A simple vista, Acamar es un único punto blanco azulado situado a unos 160 años luz de la Tierra. El telescopio revela una primera sorpresa: está formada por dos componentes visuales separadas. Las técnicas modernas han destapado otra. La más brillante de ellas alberga a su vez dos estrellas muy próximas, denominadas Theta Eridani Aa y Ab.

Las dos integrantes de esa pareja interior tienen masas parecidas, aproximadamente 2,3 y 2,2 veces la del Sol, y completan su órbita en unos cuatro días. La distancia media entre ambas es de apenas 0,083 unidades astronómicas, menos de una décima parte de la separación entre la Tierra y el Sol. Dos astros grandes, calientes y casi gemelos dando vueltas en un espacio estrecho. Un baile sin apenas pista.

Los datos procedentes del Very Large Telescope Interferometer, de espectrógrafos terrestres y del satélite TESS permitieron medir sus movimientos, masas y tamaños. Las variaciones periódicas detectadas en la luz muestran que las estrellas se deforman por la atracción mutua. No son esferas perfectas, sino cuerpos ligeramente estirados por una gravedad que tira desde el otro lado.

La componente principal tiene un radio de unas 4,3 veces el solar y acaba de agotar el hidrógeno de su núcleo, entrando en la fase de subgigante. Al envejecer, se ha expandido. Actualmente ocupa alrededor del 80 % de su lóbulo de Roche, la región dentro de la cual puede retener su materia sin que la estrella compañera empiece a robársela.

Una envoltura luminosa alimentada por la órbita

Los autores proponen que la órbita interior era antes bastante más excéntrica. Las estrellas se alejaban y volvían a aproximarse de forma mucho más acusada. En cada paso cercano, la componente principal, ya hinchada por su evolución, podía desbordar su lóbulo de Roche y enviar materia hacia su compañera.

Aquella materia habría formado una envoltura alrededor de las dos estrellas. La energía extraída de la órbita mediante las fuerzas de marea, junto con parte de la energía liberada por la acumulación de gas, calentó esa envoltura y la convirtió en una enorme superficie emisora. Vista desde la Tierra, Acamar brillaba mucho más que la simple suma de sus tres componentes.

No habría sido una nova convencional. Las novas suelen implicar a una enana blanca que recibe material de otra estrella y producen estallidos de semanas o meses. Lo ocurrido en Acamar habría sido más lento, extraño y duradero: una especie de resplandor sostenido durante siglos, alimentado por el desgaste de la órbita y por un goteo continuo de materia.

Con el paso del tiempo, la disipación de energía redujo la excentricidad. Las aproximaciones dejaron de ser tan estrechas, el trasvase se debilitó y la envoltura luminosa desapareció. El sistema no murió ni se convirtió en una estrella oscura. Simplemente dejó de funcionar como aquella máquina cósmica de luz que contemplaron Hiparco, Ptolomeo y al-Sufi.

Una explicación potente, aunque todavía no definitiva

El modelo resuelve varias piezas a la vez: la duración milenaria del brillo, la actual órbita ligeramente excéntrica, la expansión de la estrella principal y la energía necesaria para mantener el resplandor. También explica por qué el sistema terminó apagándose sin necesidad de una explosión catastrófica.

Pero quedan huecos. Los propios investigadores reconocen que todavía no disponen de un modelo detallado capaz de reproducir con precisión cuánto duró el episodio, cuál fue su luminosidad exacta o cómo evolucionó la transferencia de materia órbita tras órbita. El mecanismo del desbordamiento del lóbulo de Roche en sistemas excéntricos sigue siendo un territorio áspero, lleno de simulaciones complejas y pocas observaciones directas.

La rareza añade otro problema. Una fase de mil años resulta larga para una vida humana, pero es un suspiro dentro de los cientos de millones de años que vive una estrella como estas. Haberla registrado justo durante ese intervalo parece una casualidad mayúscula. O quizá no tanto. Los grandes estudios fotométricos modernos podrían estar observando otros sistemas semejantes sin reconocerlos todavía, escondidos entre millones de curvas de luz que suben, bajan y vuelven a subir.

El firmamento también guarda memoria

Acamar ofrece una pequeña lección de humildad científica. Durante décadas resultó cómodo sospechar de los antiguos: instrumentos rudimentarios, observaciones a ojo, manuscritos copiados una y otra vez. La explicación razonable parecía ser el error humano. Resulta que quizá el cielo fue quien cambió.

Los catálogos de Hiparco, Ptolomeo y al-Sufi funcionan en este caso como una película rodada a un fotograma por siglo. Son imperfectos, sí, pero conservan fenómenos demasiado lentos para los observatorios actuales, capaces de medir con una precisión formidable durante periodos relativamente breves. La historia de la astronomía se convierte así en un instrumento científico.

Acamar sigue en Erídano, baja sobre el horizonte, con un brillo modesto y un nombre que recuerda el final de un río. Ya no domina el firmamento. Sin embargo, dentro de esa luz discreta permanece la huella de un episodio que duró siglos y que tres astrónomos separados por culturas y generaciones alcanzaron a ver. El universo cambia despacio; a veces tan despacio que hacen falta dos mil años para darse cuenta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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