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El 80% de las jóvenes sufre acoso en redes sociales

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80% de las jóvenes sufre acoso en redes sociales

El acoso en redes a mujeres jóvenes, periodistas y menores asoma en el informe de Igualdad con un aviso claro sobre algoritmos y tecnológicas

El Ministerio de Igualdad ha puesto cifras a una realidad que llevaba tiempo creciendo entre mensajes privados, comentarios anónimos, campañas coordinadas y una rutina de hostigamiento que ya no puede despacharse como simple bronca digital. El dato central del informe presentado este 3 de marzo de 2026 es demoledor: el 80 % de las mujeres jóvenes españolas de entre 16 y 24 años ha sufrido acoso en redes sociales. No se trata de un episodio raro, ni de un problema encerrado en una plataforma concreta. El estudio lo retrata como una forma de violencia digital contra las mujeres que se ha extendido con una normalidad inquietante y que golpea con especial dureza a quienes tienen más exposición pública o menos herramientas de defensa.

El Gobierno, con la ministra Ana Redondo al frente del anuncio tras el Consejo de Ministros, ha pedido redoblar los esfuerzos frente a un fenómeno que, según el propio informe, deja ya un rastro muy reconocible en los canales de denuncia. El 70 % de los casos registrados en canales especializados como el Canal Prioritario de la AEPD corresponde a violencia digital contra mujeres. La imagen se vuelve todavía más precisa cuando se mira a colectivos concretos: el 73 % de las periodistas ha sufrido este tipo de ataques, el 58,2 % de las europarlamentarias ha padecido violencia online y el 46,9 % de ellas afirma haber recibido amenazas de muerte o de violación. El mensaje de fondo es nítido: internet no está funcionando como un espacio neutro, y para muchas mujeres se ha convertido en un lugar donde opinar, trabajar o simplemente estar tiene un precio extra.

El informe que pone nombre a una violencia muy concreta

El documento que ha presentado Igualdad no habla en abstracto ni se queda en generalidades blandas. Lo que hace es ordenar un problema disperso, ponerle categorías, cifras, efectos y responsables. Bajo el paraguas de violencia digital incluye desde el ciberacoso, el ciberseguimiento y el discurso de odio, hasta formas más graves y devastadoras como la difusión no consentida de imágenes íntimas, la pornografía sintética, las amenazas de violación, el doxxing —la publicación de datos privados para exponer o intimidar—, el espionaje mediante geolocalización o software intrusivo, y también las campañas de desinformación y los deepfakes usados para desacreditar. No es un cajón de sastre: es un ecosistema de agresiones que comparten un mismo núcleo, el castigo a la presencia femenina en el espacio digital.

Lo más relevante del informe, quizá, es que no presenta esta violencia como una prolongación anecdótica de lo que ocurre fuera de la red, sino como una dimensión propia de la desigualdad contemporánea. El ministerio la encuadra como una forma de violencia de género con efectos políticos y democráticos muy claros. No solo hiere, asusta o humilla. También disciplinar, que es una palabra dura, pero exacta. Disciplina cuando obliga a medir cada palabra, a cerrar perfiles, a dejar de intervenir en debates, a borrar una publicación, a silenciar notificaciones, a desaparecer unos días o del todo. Ahí está la verdadera dimensión del problema: no solo agrede a una persona, modifica el espacio común.

Ana Redondo utilizó una expresión muy gráfica para describir el terreno en el que se mueve este fenómeno: “salvaje oeste digital”. La frase no iba por la vía del adorno. Resume bastante bien un escenario donde el anonimato, la falta de límites efectivos, la velocidad de difusión y la lógica de las plataformas crean una mezcla explosiva. En ese contexto, lo que empieza como una burla o una etiqueta degradante puede terminar en una oleada de mensajes, una campaña de acoso o una amenaza explícita. Y casi siempre con la misma inercia: castigar, desgastar, reducir, callar.

Quiénes reciben más golpes y por qué el patrón se repite

La cifra del 80 % entre mujeres jóvenes es la que abre titulares, y con razón, pero el informe dibuja además un mapa muy concreto de quiénes quedan más expuestas. La violencia digital golpea con especial intensidad a las mujeres con voz pública, con presencia profesional visible o con capacidad de influir en la conversación. Por eso el texto subraya lo que ocurre con periodistas, políticas, activistas e influencers. No es casualidad. Son perfiles que hablan, interpretan, cuestionan, incomodan o simplemente aparecen. Y esa visibilidad, en un entorno ya cargado de misoginia, multiplica la agresión.

El caso de las periodistas es especialmente revelador porque deja ver cómo opera este tipo de violencia. El informe señala que el 73 % de ellas ha sufrido ataques en línea y añade un rasgo decisivo: los ataques suelen ser sexistas, sexualizados y centrados en la apariencia física, no en el desempeño profesional. Es decir, no se discute una información ni se rebate una tesis con argumentos. Se baja el nivel al cuerpo, a la edad, al tono, a la sexualidad, a la foto, a la ropa, a la supuesta “histeria”, a la descalificación de siempre vestida con lenguaje de red social. El objetivo no es refutar. El objetivo es erosionar legitimidad.

Con las europarlamentarias el dato es aún más crudo. El 58,2 % declara haber sufrido violencia online y el 46,9 % dice haber recibido amenazas de muerte o de violación. No son cifras menores ni pueden interpretarse como ruido normal del debate político. Lo que aparece aquí es otra cosa: un intento de intimidación extrema dirigido a mujeres que ocupan espacios de representación institucional. Ese detalle importa, y mucho, porque cuando una diputada, una europarlamentaria o una representante pública recibe violencia sexualizada y amenazas graves, no se está atacando solo a una persona. Se está mandando una señal al resto: participar tiene coste.

El castigo no va a las ideas, va a la presencia

Hay un rasgo muy persistente en este tipo de ataques y el informe lo deja bastante claro. La agresión no se dirige solo al contenido del mensaje, sino a la legitimidad misma de quien lo emite. Por eso las mujeres reciben tan a menudo comentarios sobre su físico, su vida privada, su supuesta promiscuidad, su capacidad intelectual o su derecho a ocupar un espacio de autoridad. Es un mecanismo viejo, aunque cambie el envoltorio. Antes era el rumor, la caricatura o el insulto de barra. Ahora llega en forma de meme, reply, montaje, vídeo manipulado o avalancha coordinada.

Eso explica que el daño sea tan profundo incluso cuando, sobre el papel, muchos ataques parecen pequeños. Un comentario aislado puede parecer poca cosa; mil comentarios iguales, no. Una amenaza anónima puede parecer la tontería de un usuario escondido tras un perfil opaco; una cadena de amenazas, un patrón. Una foto retocada, una falsedad compartida, una mofa sexualizada, un término convertido en etiqueta degradante… todo eso junto acaba construyendo una atmósfera de hostilidad muy eficaz. No hace falta expulsar formalmente a nadie. Basta con volver inhabitable el sitio.

Cómo funciona el acoso digital que describe Igualdad

El informe no se limita a contar víctimas. También intenta explicar cómo se articula esta violencia y por qué está dejando de ser marginal para convertirse en un problema estructural. Una de las claves aparece en las formas concretas que enumera el ministerio. No solo hay insulto directo. Hay campañas de desinformación, violencia sexual explícita, amenazas, difusión de contenidos íntimos, vigilancia, acoso continuado, manipulación visual y desprestigio organizado. En otras palabras, la red mezcla el viejo machismo con herramientas nuevas y lo vuelve más rápido, más reproducible y más difícil de frenar.

Entre los fenómenos señalados por Igualdad aparece además la llamada “manosfera”, un término que ya circulaba desde hace tiempo en estudios y debates internacionales, pero que aquí entra de lleno en la conversación política española. El informe la define como un ecosistema internacional de misoginia organizada que refuerza el orden patriarcal mediante dinámicas digitales. Dentro de ese universo sitúa siglas y entornos diversos, desde los incel y los MGTOW hasta los pick-up artists, determinados influencers antifeministas y comunidades que funcionan como nodos de amplificación del desprecio y la humillación. No es que todo lo que sale de esos espacios acabe en delito. Es que normalizan una cultura de hostilidad que luego se filtra a la conversación general.

Hay otro detalle importante: el lenguaje. La violencia digital no entra siempre con forma de amenaza explícita. A veces lo hace por la vía de la ironía, de la descalificación empaquetada como broma o de la resignificación de términos que el ministerio considera clave en el deterioro del debate. Ana Redondo denunció la resignificación negativa de palabras como “charo” y la romantización de roles tradicionales de género, además del uso y la circulación de expresiones como “mujer de valor” dentro de discursos que aparentan ser aspiracionales, pero empujan a modelos muy rígidos y jerárquicos. Esa parte es importante porque muestra que la batalla no está solo en los mensajes brutales. También está en las palabras aparentemente inocentes que van moldeando clima, tono y jerarquías.

Del meme al deepfake, del rumor a la campaña

Una de las transformaciones más serias del acoso digital es que ya no necesita parecer abiertamente violento para ser eficaz. Un meme puede degradar tanto como un insulto. Un bulo puede hacer más daño que una amenaza si circula lo suficiente. Un deepfake sexualizado o una imagen manipulada puede arruinar una reputación en cuestión de horas. El informe incluye precisamente ese tipo de prácticas bajo la categoría de descrédito, y no es un matiz menor. La violencia digital actual trabaja mucho con el deterioro reputacional, con la sospecha, con la risa colectiva, con el efecto de arrastre.

Eso tiene consecuencias muy reales porque el desmentido casi nunca corre a la misma velocidad que el ataque. Y porque, una vez que la pieza falsa entra en circulación, el daño ya está hecho aunque se retire después. De ahí que Igualdad insista en la necesidad de mecanismos ágiles para la retirada de contenido ilícito y en exigir responsabilidad efectiva a las grandes tecnológicas. La discusión ya no está solo en moderar mejor. Está en admitir que ciertas arquitecturas de plataforma, ciertos algoritmos y ciertos modelos de negocio favorecen la expansión del conflicto tóxico porque lo rentable es, muchas veces, lo que más indigna y más engancha.

Menores, móviles y una exposición demasiado temprana

El informe dedica una parte muy significativa a la infancia y la adolescencia, y ahí aparecen algunos de los datos más delicados. La edad media de acceso al móvil es de 10,8 años. El 31,9 % de los menores mantiene públicos sus perfiles en redes sociales. El 79,2 % sigue a influencers. Y el 75 % de los niños de entre 1 y 12 años supera el límite recomendado de pantallas. La combinación de esos datos explica bastante bien por qué el ministerio no trata la cuestión de los menores como un apéndice, sino como uno de los núcleos del problema. La entrada al entorno digital se produce muy pronto, con mucha exposición y con una mediación que, en la práctica, suele llegar tarde.

Aquí el asunto no es solo el tiempo de pantalla, que ya de por sí preocupa. Lo decisivo es el tipo de ecosistema al que se entra a esas edades. Un móvil no da solo acceso a amigos, vídeos y chats; abre la puerta a una economía de la atención diseñada para capturar tiempo, emociones y conducta. En ese espacio conviven contenidos útiles, entretenimiento banal, propaganda, hipersexualización, presión estética, discursos de odio, acoso, pornografía y dinámicas de validación constante. Pensar que un menor navega por ahí como quien pasea por un parque sería ingenuo. Navega por un mercado gigantesco que sabe muy bien cómo retenerlo.

El dato más duro del bloque dedicado a menores es probablemente este: una de cada cinco niñas en la Unión Europea sufre abuso sexual en línea. La cifra obliga a retirar cualquier barniz de trivialidad al asunto. Ya no se está hablando solo de malos hábitos digitales o de adicción a la pantalla. Se está hablando de violencia sexual, de captación, de chantaje, de exposición y de daños que pueden dejar secuelas muy largas. En paralelo, el informe enlaza esta realidad con la necesidad de fortalecer sistemas de verificación de edad, de retirar con rapidez contenidos ilícitos y de asumir que la protección de la infancia en internet está todavía muy por detrás del desarrollo real de las plataformas.

La prohibición de redes a menores de 16 entra en el centro del debate

En este contexto se entiende mejor por qué Ana Redondo ha vuelto a defender la necesidad de limitar o prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años y de implantar un sistema obligatorio de verificación efectiva de edad. El debate no es nuevo, pero en las últimas semanas ha ganado peso político en España después de que el Gobierno colocara la cuestión de la gobernanza digital y la protección de los menores en el centro de su agenda. Lo que antes aparecía como una propuesta discutible o lejana ha pasado a tratarse como una línea de intervención prioritaria.

La medida tiene, claro, una enorme complejidad práctica y jurídica. Está la privacidad, están los mecanismos técnicos, está la resistencia de las plataformas, está el margen de la legislación europea y está también el problema de cómo evitar que una barrera formal se convierta en un coladero. Pero el movimiento político ya está hecho. La discusión ya no es si el problema existe, sino qué grado de restricción, control y responsabilidad pública exige. Y lo que sostiene Igualdad es que el daño acumulado, especialmente sobre niñas y adolescentes, ya no permite respuestas cosméticas.

El papel de las tecnológicas y el negocio que agranda el problema

Uno de los puntos más interesantes del informe es que desplaza parte del foco desde el agresor individual hacia la estructura de las plataformas. No se trata de exculpar a quien amenaza, insulta o difunde contenido sexualizado. Se trata de reconocer que esos comportamientos se expanden mejor porque se mueven en sistemas diseñados para maximizar atención, premiar interacción y amplificar aquello que genera reacción intensa. El informe habla de economía de la atención, de amplificación algorítmica, de opacidad y hasta usa un término inglés que empieza a circular con fuerza en los estudios sobre internet, enshittification, para describir el deterioro de servicios digitales cuando el beneficio termina pesando más que la seguridad o la calidad del entorno.

Traducido a lenguaje menos técnico, lo que dice el documento es bastante simple. Lo conflictivo corre mejor que lo razonable. Lo humillante se comparte más que lo matizado. Lo incendiario escala antes que lo útil. Y si un algoritmo detecta que un contenido agresivo retiene usuarios, multiplica reacciones y mantiene a la gente pegada a la pantalla, tenderá a favorecerlo, salvo que existan reglas muy claras que lo limiten. Por eso Ana Redondo aseguró que controlar las redes es un imperativo democrático. No era una frase maximalista. Era el reconocimiento de que una parte de la conversación pública depende ya de sistemas privados con un poder descomunal para ordenar visibilidad.

Hay además una cuestión de transparencia. Las grandes tecnológicas suelen prometer moderación, seguridad, tolerancia cero con el odio y herramientas de denuncia. Pero la experiencia muestra una respuesta desigual, lenta o directamente insuficiente. Muchos contenidos se retiran tarde. Otros no se retiran. Algunas cuentas reinciden. Algunas campañas cruzan de una plataforma a otra. Y en medio de todo eso queda una sensación muy extendida: la usuaria tiene que defenderse sola mucho antes de que la plataforma actúe. El informe de Igualdad rompe con esa lógica y exige más responsabilidad sobre los contenidos amplificados y los algoritmos que los impulsan.

La hoja de ruta que plantea el Ministerio de Igualdad

Entre las propuestas que acompasan el informe hay varias líneas que marcan por dónde quiere avanzar el Gobierno. Una de las principales es aplicar al entorno digital las medidas del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Otra, tratar jurídicamente la violencia en línea como una extensión de la violencia offline, algo que parece de sentido común pero que en la práctica sigue dejando huecos legales, interpretativos y procesales. El ministerio también reclama armonizar la normativa española con las directivas europeas y con las recomendaciones de la ONU y de la OCDE, además de reforzar la monitorización de los discursos de odio.

A eso se añade una batería de medidas mucho más pegadas al funcionamiento diario de la red. Responsabilidad de las grandes tecnológicas, verificación de edad obligatoria, mecanismos ágiles de retirada de contenido ilícito y un enfoque preventivo asentado en la coeducación, la concienciación, la mejora de las competencias digitales y una apuesta mayor por la investigación. El informe insiste en que todavía faltan estudios longitudinales, indicadores estandarizados y más evidencia comparada para medir impacto, evolución y eficacia de las respuestas. O sea, hay diagnóstico potente, pero aún quedan zonas ciegas que conviene llenar si se quiere legislar bien y no a golpe de titular.

Importa subrayar otro punto. Igualdad no presenta la respuesta como un simple endurecimiento penal ni como una cadena de prohibiciones. El planteamiento es más amplio. Va de regulación, sí, pero también de educación, de alfabetización digital, de frenar narrativas misóginas y de atacar una cultura que convierte la humillación de las mujeres en subcultura del clic. En ese sentido, el informe incorpora incluso una dimensión simbólica que suele olvidarse: la necesidad de desnormalizar el vocabulario de odio que circula por la red y que, a fuerza de repetirse, acaba pareciendo paisaje.

Lo que ya está cambiando en la conversación pública española

El valor político de este informe no está solo en sus datos. Está en que mueve la conversación. Durante años, el acoso digital contra las mujeres se trató demasiadas veces como un subproducto desagradable de internet, como si formar parte del debate público implicara aceptar una cuota inevitable de violencia. El paso que da ahora el Ministerio de Igualdad consiste en decir exactamente lo contrario: no, esto no es el precio normal de participar. Es una anomalía estructural que está afectando a la calidad democrática, a la libertad de expresión y a la participación en condiciones de igualdad.

Ese giro se ve también en la manera de formular las consecuencias. El informe habla de “efecto desaliento”, el conocido chilling effect, para describir cómo el acoso lleva a la autocensura, al abandono del espacio digital por miedo, al empobrecimiento del debate, a una participación limitada de las mujeres y a la radicalización. No es una cadena teórica. Tiene traducción inmediata. Menos mujeres opinando en público. Menos periodistas dispuestas a exponerse. Menos políticas entrando al barro digital. Menos pluralismo. Más ruido. Más extremos. Peor democracia.

No es casual, tampoco, que el informe llegue a pocos días del 8M y en un momento en el que el Gobierno está intentando reordenar el debate sobre la presencia de menores en redes, el poder de los algoritmos y la responsabilidad de las plataformas. Todo eso forma parte ya de una discusión más grande: quién manda en el espacio digital, con qué reglas y con qué consecuencias cuando esas reglas se incumplen. España, al menos a tenor de lo que se vio este martes, quiere estar en esa pelea con una posición más dura que la de años anteriores.

El precio de callar en internet

La cifra del 80 % es, por sí sola, una alarma gigantesca. Pero quizá lo más inquietante no es la magnitud del dato, sino lo que revela sobre el presente. Una parte enorme de las jóvenes españolas ha aprendido que la red puede ser un lugar hostil por el simple hecho de ser mujer. No por delinquir, no por exponerse temerariamente, no por hacer algo excepcional. Por estar, por hablar, por opinar, por mostrarse, por existir en un espacio donde demasiadas veces el castigo llega antes que la protección.

Ese es el fondo real de la noticia. No se está discutiendo solo sobre redes sociales. Se está discutiendo sobre el tipo de espacio público que se está construyendo y sobre quién puede habitarlo sin ser empujada fuera. El informe del Ministerio de Igualdad, con nombres, cifras y líneas de actuación muy concretas, deja una idea difícil de esquivar: si la violencia digital sigue tratándose como ruido colateral, el silencio acabará ocupando el sitio de muchas voces. Y eso, más que un problema tecnológico, ya es un problema político de primer orden.

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