Historia
¿Cómo aparecieron 68 proyectiles de la Guerra Civil bajo Villores?
Una obra en Villores sacó a la luz 68 proyectiles de la Guerra Civil, 544 kilos de munición que seguían siendo peligrosos casi 90 años después.

Una reforma corriente en una propiedad de Villores, Castellón, terminó sacando a la superficie algo bastante menos corriente: 68 proyectiles de artillería de la Guerra Civil, enterrados durante casi nueve décadas. Pesaban aproximadamente ocho kilos cada uno. En conjunto, unos 544 kilos de munición escondidos bajo tierra en un municipio diminuto de la comarca de Els Ports.
El hallazgo se produjo el 6 de agosto de 2026, cuando un vecino realizaba obras y aparecieron los primeros artefactos metálicos. Eran cinco al principio. El propietario avisó al Ayuntamiento y el alcalde, Iván Guimerà, trasladó la situación a la Guardia Civil. Después empezaron a aparecer más. Y más. El pequeño descubrimiento dejó de ser pequeño: primero se contabilizaron varias decenas, luego 63 y finalmente 68 proyectiles.
No eran simples pedazos de hierro oxidado. Pese al deterioro acumulado durante décadas, los especialistas comprobaron que los artefactos conservaban capacidad destructiva. El Grupo de Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos de la Guardia Civil, el GEDEX, se hizo cargo de una operación que se prolongó durante varios días y terminó con la destrucción controlada del material.
Una reforma doméstica que acabó descubriendo un arsenal
Villores es uno de esos pueblos del interior de Castellón donde 68 proyectiles parecen casi una multitud. Se encuentra en la comarca de Els Ports, cerca del río Bergantes, en una zona rural cuya tranquilidad actual contrasta con la intensa actividad militar que soportó durante la Guerra Civil.
Ahí, mientras se realizaban unas obras en una propiedad particular, aparecieron los primeros proyectiles. El sentido común funcionó, que en asuntos de explosivos antiguos sigue siendo una tecnología bastante recomendable: el vecino no intentó abrirlos, limpiarlos ni convertirlos en decoración rústica. Avisó.
La Guardia Civil estableció las medidas de seguridad correspondientes y la búsqueda reveló que aquello no era un artefacto extraviado, sino una concentración excepcional de munición militar. El número fue creciendo conforme avanzaban los trabajos hasta alcanzar las 68 piezas.
El volumen resulta especialmente llamativo al compararlo con otras actuaciones. Durante 2024, el GEDEX de Castellón había retirado 36 artefactos vinculados a la Guerra Civil en distintas intervenciones repartidas por la provincia: proyectiles de artillería, granadas de mortero y granadas de mano. Villores reunió casi el doble en un único punto.
De cinco proyectiles a 544 kilos de munición
Los artefactos localizados eran proyectiles rompedores de artillería de 75 milímetros, con un peso aproximado de ocho kilos por unidad. Multiplicados por 68, el resultado ronda esos llamativos 544 kilos que han convertido el hallazgo en uno de los más voluminosos registrados recientemente en Castellón.
Conviene hacer aquí una precisión. Hablar de 544 kilos de explosivo puro sería incorrecto: los 544 kilos corresponden al peso conjunto de los proyectiles, incluidas sus estructuras metálicas y componentes, no únicamente a la sustancia explosiva que contenían.
Qué había dentro de los proyectiles
Los artefactos estaban asociados a una carga de trilita, el explosivo conocido técnicamente como TNT y habitual en este tipo de munición. Durante la intervención también apareció una carga de 345 gramos separada de los proyectiles.
Las 68 piezas carecían de espoleta y estopín, componentes fundamentales para iniciar la detonación. Esa circunstancia hacía su manipulación relativamente más segura para los especialistas. Relativamente es la palabra importante. Después de casi 90 años enterrados, el metal estaba deteriorado y la munición continuaba conservando capacidad destructiva.
El tiempo, en estos casos, no convierte necesariamente un proyectil en una reliquia inofensiva. Puede hacer justo lo contrario: corrosión, mecanismos inestables y explosivos envejecidos, todo bajo una apariencia de chatarra que invita a cometer el peor error posible, tocar.
Los especialistas trasladaron el material para su neutralización y completaron el operativo el 10 de agosto en la cantera La Torreta, donde los 68 proyectiles fueron destruidos mediante detonaciones controladas.
Por qué había tantos proyectiles enterrados en Villores
No existe una respuesta documental definitiva que permita identificar quién escondió exactamente aquella munición, cuándo lo hizo o qué unidad militar la utilizaba. Lo que sí ofrece el lugar es bastante contexto. La comarca de Els Ports fue escenario de operaciones militares en 1938, durante el avance de las tropas franquistas desde Aragón hacia el Mediterráneo.
Morella permanecía hasta entonces en territorio republicano y fue ocupada por las fuerzas sublevadas el 4 de abril de 1938. Al día siguiente, las operaciones militares alcanzaron también Villores. Era una zona de paso, combate y retirada: artillería, vehículos, posiciones defensivas, depósitos improvisados, tropas avanzando y otras abandonando terreno con prisa.
En semejante escenario no resulta extraordinario que quedasen municiones ocultas, perdidas o abandonadas. Lo extraordinario en Villores es la cantidad concentrada en un mismo lugar y el hecho de que el depósito permaneciera enterrado durante prácticamente nueve décadas.
Una posibilidad para explicar concentraciones de este tipo es que se tratara de proyectiles almacenados u ocultados durante una retirada para impedir su captura por el enemigo. Es una hipótesis compatible con el contexto bélico de la comarca, pero no se ha determinado con certeza el origen concreto de este depósito ni quién lo dejó allí.
Els Ports estaba en el camino hacia el Mediterráneo
La importancia militar de esta comarca en la primavera de 1938 fue considerable. La ofensiva franquista había roto el frente de Aragón y avanzaba hacia la costa. Tras la ocupación de Morella y otros municipios del interior castellonense, las fuerzas sublevadas llegaron al Mediterráneo en Vinaròs el 15 de abril de 1938, separando territorialmente Cataluña del resto de la zona republicana.
Villores quedó, por tanto, en medio de aquel corredor militar. No hace falta demasiada arqueología imaginativa para comprender por qué la tierra sigue devolviendo restos de la Guerra Civil. A veces aparece una granada aislada; otras, un proyectil. Esta vez fueron 68 piezas del mismo tipo reunidas en un solo emplazamiento.
La Guerra Civil terminó oficialmente en 1939. Sus materiales, no. En numerosos puntos de España siguen apareciendo municiones durante obras, excavaciones y movimientos de tierras. Algunas llevan décadas visibles sin que nadie sepa exactamente qué son. Otras permanecen enterradas hasta que una pala las encuentra de la manera menos ceremoniosa posible.
Qué debe hacerse al encontrar munición antigua
El hallazgo de Villores deja una enseñanza bastante menos histórica y mucho más inmediata. Un proyectil oxidado no debe tocarse, trasladarse, golpearse ni manipularse para comprobar si todavía funciona. Tampoco es buena idea llevárselo a casa, pese a que periódicamente alguien considere que una granada de 1938 quedaría estupenda sobre una chimenea.
La recomendación ante cualquier munición antigua o posible artefacto explosivo es mantener la distancia, evitar su manipulación, impedir que otras personas se acerquen y comunicar el hallazgo al 062 o al 112. A partir de ahí deben intervenir los especialistas.
Que una pieza no tenga espoleta visible tampoco garantiza que sea inocua. El estado interno del explosivo puede desconocerse y la corrosión dificulta determinar a simple vista cómo reaccionará el artefacto. Con material militar antiguo, la curiosidad puede salir bastante más cara que una llamada telefónica.
La guerra que todavía sale del suelo
Los 544 kilos de proyectiles de Villores son una anomalía por su volumen, pero no por su naturaleza. Castellón conserva bajo caminos, campos y propiedades particulares restos materiales de un frente que cruzó la provincia con enorme intensidad durante 1938.
La cifra permite incluso una comparación algo absurda, aunque eficaz: en un pueblo minúsculo, media tonelada de munición esperando bajo tierra resulta una imagen difícil de mejorar. Y explica por qué un descubrimiento que comenzó con cinco piezas oxidadas terminó requiriendo varios días de trabajo especializado.
No hubo que lamentar heridos ni daños. Los artefactos fueron localizados, asegurados y finalmente destruidos por los especialistas. Queda el dato histórico —68 proyectiles, 75 milímetros y 544 kilos— y una escena muy española en el sentido menos folclórico de la palabra: alguien empieza una obra casi noventa años después de una guerra y la pala tropieza con ella.
Porque algunos episodios del pasado terminan en los libros. Otros permanecen bajo medio metro de tierra.










