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Historia

¿Cómo sobrevivieron 15 años los náufragos abandonados de Tromelin?

Decenas de malgaches quedaron atrapados en Tromelin tras el naufragio del Utile. Quince años después, siete mujeres y un bebé seguían vivos allí.

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mapa del isla tomelin

Durante 15 años, un grupo de hombres y mujeres malgaches abandonados en un islote casi sin agua dulce, sin árboles y expuesto a ciclones consiguió sobrevivir en mitad del océano Índico. Habían llegado allí después del naufragio del Utile, un barco francés que transportaba clandestinamente personas esclavizadas desde Madagascar. La tripulación europea logró marcharse. Ellos se quedaron.

Cuando finalmente apareció un barco de rescate, el 29 de noviembre de 1776, seguían vivas siete mujeres y un bebé de ocho meses. No habían sobrevivido de milagro, o al menos no solo de milagro: conservaron un pozo, aprovecharon tortugas, peces y aves para alimentarse, levantaron construcciones capaces de resistir temporales y convirtieron los restos metálicos del barco en utensilios reparados una y otra vez. Una resistencia extraordinaria en uno de los lugares menos hospitalarios imaginables.

La historia de los náufragos de Tromelin ha vuelto a circular con fuerza, pero dista mucho de ser una leyenda recién descubierta. Cuatro campañas arqueológicas desarrolladas entre 2006 y 2013 permitieron estudiar los restos del campamento y comprender algo que los documentos del siglo XVIII apenas se molestaron en contar: qué hicieron aquellas personas después de que quienes habían prometido regresar desaparecieran por el horizonte.

El naufragio del Utile y una carga humana clandestina

El Utile era una flauta, como se denominaba entonces a determinados buques mercantes, perteneciente a la Compañía francesa de las Indias Orientales. En 1761 había sido enviado a Madagascar para conseguir víveres destinados a las colonias francesas del Índico. Allí, sin embargo, su capitán, Jean de Lafargue, embarcó alrededor de 160 personas malgaches con intención de venderlas como esclavas.

El transporte contravenía las órdenes recibidas. No porque la Francia colonial del siglo XVIII hubiera experimentado de pronto un ataque de escrúpulos —la esclavitud formaba parte de su sistema económico—, sino por razones administrativas y comerciales. Lafargue decidió hacer negocio de todas formas.

En la noche del 31 de julio de 1761, el barco chocó contra el arrecife de la entonces conocida como isla de Sable, un pedazo de tierra de aproximadamente un kilómetro cuadrado perdido a unos 450 kilómetros de Madagascar. Apenas sobresale unos metros sobre el océano. No hay un puerto natural amable, ni una bahía protectora, ni agua dulce corriendo entre palmeras. De hecho, tampoco había palmeras. Era, en términos bastante literales, arena, coral, viento y mar.

Muchos de los cautivos murieron durante el naufragio. Las cifras posteriores varían según los documentos y los recuentos utilizados: algunas reconstrucciones hablan de unos 80 malgaches supervivientes inicialmente, mientras otras sitúan en alrededor de 60 a quienes terminaron abandonados en el islote. Esa diferencia no modifica el desenlace: más de un centenar de tripulantes franceses pudo marcharse; los malgaches, no.

Dos meses trabajando juntos y una promesa que se llevó el mar

Tras el naufragio, franceses y malgaches pasaron cerca de dos meses intentando salir de la isla. La primera urgencia fue el agua. Varias personas murieron de sed antes de que los supervivientes consiguieran excavar un pozo de unos cinco metros y encontrar agua salobre que, aun lejos de ser agradable, permitía mantenerse con vida.

También construyeron un horno, una fragua y refugios con las velas rescatadas. Mientras tanto, se levantaba una nueva embarcación utilizando madera y materiales recuperados del Utile. Los malgaches esclavizados participaron activamente en aquellos trabajos. Incluso los testimonios posteriores de la tripulación reconocieron su contribución.

El barco improvisado recibió un nombre casi obsceno visto desde la distancia histórica: La Providence, es decir, La Providencia.

Cuando estuvo preparado, quedó claro quién disfrutaría de aquella providencia y quién no. Los aproximadamente 122 tripulantes franceses supervivientes embarcaron. A los malgaches se les comunicó que no había sitio suficiente. Antes de partir, los marineros prometieron que mandarían otro barco a buscarlos. Se llevaron consigo la posibilidad inmediata de escapar y dejaron detrás algunos víveres, materiales y una promesa que acabaría prolongándose durante quince años.

Una promesa de rescate enterrada entre papeles

Barthélémy Castellan du Vernet, segundo comandante del Utile, intentó posteriormente impulsar una expedición para regresar a la isla. Las autoridades coloniales no la organizaron. La operación clandestina con personas esclavizadas había contravenido órdenes y el gobernador no mostró demasiado entusiasmo por gastar recursos en reparar las consecuencias.

El matiz es importante: sabían que había gente allí. No se trataba de unos náufragos cuyo paradero se hubiera perdido en una tormenta y que el mundo creyese muertos.

Después llegaron la Guerra de los Siete Años, los problemas económicos de la Compañía de las Indias y esa confortable capacidad administrativa para convertir una tragedia lejana en un expediente viejo. Los abandonados de Tromelin fueron cayendo en el olvido.

Cómo lograron sobrevivir durante 15 años en Tromelin

Aquí comienza la parte extraordinaria. Sin grandes documentos escritos por sus protagonistas —eran personas esclavizadas, no precisamente el grupo al que el siglo XVIII entregaba papel, tinta y posteridad—, durante mucho tiempo fue difícil saber qué había ocurrido durante aquellos 15 años de aislamiento.

La arqueología empezó a responder. Los supervivientes conservaron el pozo de agua, explotaron los recursos del arrecife y se alimentaron de peces, tortugas marinas, aves y huevos. Recuperaron metal del naufragio para fabricar objetos domésticos. Las excavaciones han sacado a la luz recipientes de cobre que fueron remendados una y otra vez con una habilidad notable: cortar una pieza, perforarla, preparar pequeños remaches y volver a poner el recipiente en servicio.

Nada se tiraba porque, sencillamente, no existía dónde conseguir otro objeto. En Tromelin, un trozo de metal no era basura. Podía significar una olla, una herramienta o la diferencia entre resolver un problema cotidiano y quedarse sin solución.

También construyeron edificios utilizando bloques de coral y piedra. Algunos muros alcanzaban alrededor de un metro de espesor e incluso más. No era arquitectura para lucirse; era arquitectura para no desaparecer cuando un ciclón barriese aquel pequeño pedazo de tierra.

Ese detalle cambia bastante la imagen de unos náufragos limitados a aguardar sentados en la arena mirando al horizonte. Tromelin terminó teniendo espacios organizados, construcciones, utensilios, zonas para preparar alimentos y sistemas materiales de supervivencia. Una pequeña sociedad, precaria y tenaz, fabricada con lo que había quedado desperdigado después del naufragio.

Fuego, utensilios reparados y ropa fabricada con plumas

Durante años se contó que los habitantes de Tromelin consiguieron mantener encendido el mismo fuego durante quince años, alimentándolo con la escasa madera disponible procedente del pecio. Las excavaciones posteriores añadieron un matiz interesante: aparecieron pedernales y utensilios capaces de producir fuego, de modo que al menos disponían de medios para volver a prenderlo cuando era necesario.

Se encontraron también cuencos, cucharas y otros objetos metálicos modificados o reparados numerosas veces. Algunas piezas parecen haber pasado por varias vidas antes de terminar bajo la arena. Una de las vasijas estudiadas por los arqueólogos había sido reparada hasta siete veces.

La información recogida después del rescate describe asimismo vestimentas confeccionadas con plumas trenzadas. El paisaje ayuda a entenderlo: una isla sin agricultura estable y prácticamente sin vegetación útil obligaba a convertir cualquier elemento disponible en materia prima. Una pluma dejaba de ser solamente una pluma. Un fragmento de cobre dejaba de ser chatarra.

Incluso el esqueleto oxidado del Utile se convirtió durante años en una especie de ferretería improvisada, almacén de materiales y reserva de recursos. Aquello que había provocado su desgracia terminó ayudándoles a mantenerse con vida.

Los intentos fallidos y el rescate definitivo de 1776

El abandono no permaneció completamente invisible durante los quince años. Un barco detectó supervivientes en 1773 y posteriormente se realizaron intentos de alcanzar la isla, dificultados por las corrientes, el oleaje y la ausencia de un lugar seguro donde desembarcar.

Una de esas operaciones terminó de manera especialmente amarga. Un marinero francés consiguió alcanzar Tromelin durante un intento fallido, pero su embarcación tuvo que retirarse y él quedó atrapado con los malgaches. Tiempo después construyó una balsa y decidió lanzarse al océano acompañado por tres hombres y tres mujeres de la comunidad.

Nunca volvieron a aparecer. Aquella partida ayuda también a explicar por qué, cuando llegó el rescate definitivo, no quedaba ningún hombre adulto entre los supervivientes encontrados. El mar, que había llevado al grupo hasta Tromelin, continuaba dictando las reglas.

Finalmente, la corbeta La Dauphine, comandada por Jacques-Marie de Tromelin, consiguió aproximarse al islote. Era el 29 de noviembre de 1776. Habían transcurrido quince años desde el naufragio del Utile.

Los hombres enviados a tierra encontraron a siete mujeres y un bebé de ocho meses.

La existencia de aquel niño contiene por sí sola una parte de la historia que los archivos no pueden reconstruir del todo. Había nacido en Tromelin poco antes del rescate, dentro de una comunidad aislada que llevaba años viviendo prácticamente fuera de cualquier contacto regular con el resto del mundo.

Los ocho supervivientes fueron trasladados a la isla de Francia, la actual Mauricio. Las autoridades los declararon libres; la propia adquisición clandestina de los cautivos complicaba incluso su consideración jurídica como esclavos. El niño fue bautizado con el nombre de Jacques Moïse y las autoridades coloniales impusieron nombres cristianos a algunas de las mujeres.

Después, su rastro documental se vuelve tenue. Otra desaparición, esta vez entre papeles. El islote acabaría tomando el apellido del oficial que dirigió el rescate: Tromelin.

Lo que la arena conservó durante más de dos siglos

Las campañas arqueológicas de 2006, 2008, 2010 y 2013 transformaron la comprensión de aquella historia. Los investigadores localizaron viviendas, utensilios, herramientas y restos de la organización cotidiana de los supervivientes.

Es quizá lo más importante que ha aportado Tromelin. Durante dos siglos, el episodio podía resumirse como la historia de unas personas esclavizadas que fueron abandonadas y, sorprendentemente, sobrevivieron. Las excavaciones permitieron girar ligeramente la cámara: aquellos hombres y mujeres no se limitaron a esperar.

Construyeron, repararon, pescaron, almacenaron agua, se protegieron de los ciclones y reorganizaron su vida con unos recursos mínimos. Incluso cuando prácticamente todos los objetos de su mundo anterior habían desaparecido, siguieron fabricando otros. Una sociedad diminuta sobre aproximadamente un kilómetro cuadrado de arena.

Tromelin continúa siendo un territorio remoto del océano Índico administrado por Francia dentro de las Tierras Australes y Antárticas Francesas. Su superficie ronda un kilómetro cuadrado y apenas alcanza unos metros sobre el nivel del mar. Actualmente mantiene presencia científica y sirve, entre otras funciones, para estudiar y proteger la biodiversidad de la zona.

El nombre conserva, sin embargo, una ironía histórica difícil de borrar. Recordamos la isla por el oficial que llegó en 1776 para rescatar a los últimos ocho supervivientes. Durante quince años, quienes realmente hicieron posible que quedara alguien a quien rescatar no tuvieron nombre en los grandes relatos europeos. La arena, por fortuna, sí guardó sus huellas.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.