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¿Cómo movieron 1.800 personas un castillo japonés de 360 toneladas?
En Japón, 1.800 voluntarios movieron a mano la torre de Hirosaki, de 360 toneladas, para devolverla a su base tras una restauración de años.

En Japón han conseguido algo que, visto desde cierta distancia, parece una escena descartada de una película de animación: 1.800 voluntarios tiraron de gruesas cuerdas para desplazar más de dos metros una torre de unas 360 toneladas. No es una réplica ni un decorado. Es la histórica torre principal del castillo de Hirosaki, en la prefectura de Aomori, al norte del país.
La operación forma parte del regreso de la construcción a su emplazamiento original después de más de una década de restauración. Los participantes, organizados en grupos de unas 80 personas, hicieron avanzar la estructura con la fuerza de sus brazos mientras esta se desplazaba lentamente sobre raíles y rodillos. Apenas centímetros cada vez. Pero funcionó.
Hay un matiz importante detrás del espectacular titular: no se está trasladando todo el castillo de Hirosaki, sino su tenshu, la torre principal o torre del homenaje. Y los 1.800 voluntarios que han protagonizado las imágenes más difundidas constituyen solo una parte de una movilización mayor. El programa de agosto contempla la participación de alrededor de 4.100 personas para mover manualmente la torre unos cinco metros. El grueso del trayecto restante se realizará con medios mecánicos.
Una torre de 360 toneladas que se mueve sin desmontarla
Mover un edificio histórico normalmente hace pensar en grúas gigantes, piezas numeradas y meses de desmontaje. En Hirosaki han seguido otro camino. La torre permanece entera.
La técnica utilizada se conoce como hikiya, un método tradicional japonés para trasladar construcciones sin desarmarlas. Primero se levanta cuidadosamente el edificio, se refuerza su base y se coloca sobre una estructura preparada con raíles o rodillos. Después puede desplazarse de manera extremadamente lenta y controlada.
Eso permite conservar vigas, uniones y buena parte de la estructura original en su disposición histórica. No se trata, por tanto, de agarrar unas cuerdas y confiar en la épica colectiva. Detrás de la fotografía de cientos de personas tirando hay ingeniería, cálculos de carga, gatos hidráulicos, soportes metálicos y un control milimétrico del movimiento.
Ochenta personas por turno y cuerdas de unos 30 metros
Durante las jornadas que hicieron célebre la operación participaron alrededor de 1.800 voluntarios, escogidos entre miles de solicitudes. Se dividieron en equipos de unas 80 personas y tiraron de grandes cuerdas de aproximadamente 30 metros.
El primer día consiguieron hacer avanzar la torre alrededor de 1,13 metros. En la siguiente jornada recorrió algo más de otro metro. Sobre el papel parece poca cosa. Frente a una construcción de cientos de toneladas, es casi una barbaridad.
Las imágenes muestran cuerpos inclinados hacia delante, manos cerradas sobre la cuerda y decenas de personas tirando al mismo ritmo mientras la enorme estructura de madera parece permanecer inmóvil. Luego se mira la referencia del suelo: sí, se ha movido.
Cinco metros de fuerza humana y unos 73 con maquinaria
La participación ciudadana tiene también un componente simbólico. La previsión es que unas 4.100 personas intervengan en el desplazamiento manual durante estas jornadas y completen aproximadamente cinco metros del recorrido.
Después entrará la maquinaria para cubrir unos 73 metros adicionales y devolver finalmente la torre a su emplazamiento histórico. El regreso completo está previsto durante 2026, dentro de un proyecto de conservación mucho más largo.
No es exactamente una mudanza barata de fin de semana. Tampoco pretende serlo.
Por qué tuvieron que mover el castillo de Hirosaki
La historia comenzó mucho antes de que miles de voluntarios acabaran agarrados a una cuerda.
Tras el terremoto del mar de Japón de 1983, los especialistas detectaron problemas en el muro de piedra situado junto a la torre. Parte del paramento había comenzado a deformarse y a inclinarse hacia el exterior. Con el paso de los años, las inspecciones confirmaron que el deterioro podía comprometer la estabilidad de la estructura.
La solución exigía intervenir en el enorme basamento de piedra. Había un pequeño inconveniente: la torre estaba encima.
En 2015, las autoridades decidieron trasladarla unos 78 metros hacia el interior del recinto para liberar la zona y permitir la restauración. También entonces se recurrió al hikiya. La imagen del castillo desplazándose entero por el parque ya resultó insólita. Once años después, la operación se realiza en sentido contrario.
El trabajo sobre el muro fue casi arqueología aplicada a la ingeniería. Se desmontaron 2.185 piedras, muchas de ellas identificadas individualmente para saber dónde debían regresar. La reconstrucción concluyó en diciembre de 2024, cuando se colocó la última pieza.
Un castillo de 1611 y una torre que sobrevivió a los siglos
El castillo de Hirosaki fue terminado en 1611, durante el periodo Edo, como sede del clan Tsugaru. Su torre original era mayor que la actual, pero duró poco.
En 1627, un rayo alcanzó un almacén de pólvora y desencadenó un incendio que destruyó aquella primera construcción. Durante casi dos siglos el recinto permaneció sin una torre principal equivalente.
La estructura que ha sido trasladada estos días fue levantada en 1810. Tiene tres plantas y constituye uno de los llamados doce castillos originales conservados de Japón, un pequeño grupo de torres históricas que sobrevivieron a incendios, guerras, terremotos, demoliciones de la era moderna y reconstrucciones posteriores.
En la región de Tōhoku, Hirosaki es la única torre original de este tipo que continúa en pie. Esa rareza explica buena parte del cuidado empleado en la restauración. Desmontarla y construirla otra vez habría sido técnicamente más sencillo en algunos aspectos, pero habría alterado precisamente aquello que se pretende proteger: la continuidad material del edificio.
Moverla entera parece una solución extravagante hasta que se entiende eso.
Más de 8.000 personas quisieron tirar de las cuerdas
La operación también ha terminado convertida en un acontecimiento popular. Para las primeras 1.800 plazas disponibles se recibieron alrededor de 8.000 solicitudes, varias veces por encima de la capacidad prevista.
Llegaron candidatos no solo de Hirosaki o de otras zonas de Japón. También hubo interesados procedentes del extranjero, incluidos participantes de Europa, Norteamérica y el sudeste asiático.
Algunos habían estado allí en 2015, cuando se realizó el primer traslado. Volvieron once años después para empujar —o, más exactamente, tirar— la historia en sentido contrario.
Hay algo muy japonés y, a la vez, bastante universal en la escena. Un monumento no se conserva únicamente encerrándolo detrás de una valla y colocando una placa que diga patrimonio. A veces la comunidad literalmente pone las manos sobre él.
El hikiya, una técnica antigua con ingeniería contemporánea
El hikiya puede parecer una reliquia artesanal, pero su principio continúa utilizándose en Japón para mover viviendas, templos y edificios históricos cuando interesa conservar la estructura.
La idea básica resulta sorprendentemente sencilla: separar el edificio de sus cimientos sin desmontarlo, sostener su peso mediante una plataforma resistente y desplazar el conjunto sobre un sistema preparado para reducir la fricción.
Lo difícil, claro, es todo lo demás.
Una desviación mínima, una distribución incorrecta del peso o una vibración excesiva pueden dañar una construcción centenaria. Por eso el desplazamiento humano de Hirosaki funciona más como una parte visible de una enorme operación de ingeniería que como el mecanismo principal de transporte.
La multitud tira. La ingeniería decide cuánto puede moverse.
En el caso de Hirosaki, esa combinación resulta especialmente apropiada. La tradición no se utiliza como decoración folclórica, sino como una herramienta incorporada a técnicas modernas de conservación, refuerzo sísmico y control estructural.
Hirosaki aún tardará años en recuperar la normalidad
Que la torre regrese a su lugar no significa que las obras hayan terminado.
El castillo se encuentra inmerso en un proyecto de conservación y refuerzo antisísmico que continuará durante los próximos años. Una vez reposicionada la torre sobre su base histórica, todavía será necesario completar actuaciones en la propia construcción y en su entorno.
El interior permanece cerrado al público y, según la planificación actual, seguirá así hasta después de los trabajos previstos para comienzos de la próxima década. La reapertura completa se espera alrededor de 2033.
Mientras tanto, el traslado puede observarse parcialmente desde el parque, aunque las zonas accesibles varían según el avance de las obras. Hirosaki, célebre también por sus miles de cerezos y por uno de los festivales de floración más conocidos de Japón, tendrá durante unos años una estampa poco habitual: su torre histórica viajando lentamente de regreso a casa.
Cuando conservar significa mover
La paradoja de Hirosaki es hermosa: para mantener un edificio exactamente donde pertenece durante los próximos siglos ha sido necesario sacarlo primero de su sitio.
En 2015 se apartó la torre para reconstruir piedra por piedra el muro que la sostenía. En 2026 comienza el viaje inverso. Miles de ciudadanos han querido participar, aunque su contribución física represente apenas unos metros dentro de una operación enormemente compleja. Y esos metros importan.
Una construcción de 360 toneladas avanza unos centímetros mientras decenas de personas tensan una cuerda. No hay motores rugiendo en primer plano, ni una demolición espectacular, ni el habitual reflejo de sustituir lo viejo por algo que se le parezca. La torre sigue entera. Doscientos dieciséis años después de su construcción, Hirosaki se mueve para poder quedarse.

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