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¿Qué buscan Witkoff y Kushner en Kiev después de negociar con Putin?

Witkoff y Kushner llegan a Kiev tras su reunión con Putin para contrastar propuestas, garantías de seguridad y el alcance real de la tregua.

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Witkoff y Kushner en Kiev

Por kremlin.ru - CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Witkoff y Kushner llegan a Kiev tras más de tres horas de reunión con Putin
  • Kiev exige garantías de seguridad y una paz sostenible, no solo una pausa
  • La tregua de 72 horas abre una ventana diplomática, no un alto el fuego total

Steve Witkoff y Jared Kushner han llegado este domingo a Kiev con una misión bastante más delicada que trasladar mensajes entre dos capitales. Los enviados de Donald Trump vienen directamente de Moscú, donde mantuvieron durante más de tres horas una reunión con Vladímir Putin, y su objetivo inmediato es comprobar cuánto espacio real existe entre las condiciones rusas y las propuestas que Volodímir Zelenski asegura tener preparadas para terminar la guerra.

La visita, la primera de ambos a Ucrania desde el inicio del actual mandato de Trump, coincide con una tregua de 72 horas que ha abierto una pequeña ventana diplomática. La cuestión de fondo, sin embargo, sigue intacta: Washington necesita saber si puede transformar esa pausa limitada en un proceso político y, sobre todo, qué concesiones aceptarían Moscú y Kiev sin convertir cualquier acuerdo en papel mojado unas semanas después.

Witkoff y Kushner llegaron a la capital ucraniana en tren, en el bautizado como “Expreso de la Paz”. Entre quienes recibieron a la delegación estaba Rustem Umerov, responsable de la inteligencia exterior ucraniana. Poco después fueron recibidos por Zelenski, que había difundido imágenes de una reunión preparatoria con su propio equipo negociador.

Witkoff y Kushner llegan a Kiev con el mensaje de Putin

La secuencia diplomática está cuidadosamente diseñada. Primero Moscú, después Kiev. Witkoff y Kushner escucharon el sábado las posiciones de Putin y este domingo se sientan con Zelenski. No son dos conversaciones aisladas, sino las dos mitades de una misma operación estadounidense para reactivar las negociaciones de paz y averiguar si existe algún punto en el que las exigencias de las dos partes puedan empezar a tocarse.

La Casa Blanca ha descrito lo discutido con Putin como “planes sustanciales” para Ucrania. La expresión es deliberadamente amplia. No significa que exista un acuerdo, ni siquiera un principio de acuerdo cerrado. Significa, más modestamente, que Washington considera que hay suficiente material encima de la mesa para intentar avanzar con Kiev.

Putin, entretanto, volvió a insistir en algo conocido: cualquier solución deberá abordar lo que Rusia denomina las “causas profundas” del conflicto. Bajo esa fórmula caben las cuestiones territoriales, la arquitectura de seguridad europea y la relación futura de Ucrania con la OTAN. Nada pequeño, precisamente.

La reunión de Moscú dejó movimiento diplomático, aunque no una paz empaquetada y lista para firmar. En la reunión de Putin con los enviados de Trump sobre Ucrania ya aparecía el problema central: estadounidenses y rusos pueden hablar de negociación, pero falta comprobar si ese terreno resulta mínimamente aceptable también para Ucrania.

El objetivo estadounidense: descubrir dónde pueden ceder Moscú y Kiev

Witkoff y Kushner necesitan averiguar hasta qué punto las posiciones trasladadas por Putin son negociables y qué condiciones ucranianas podrían incorporarse al proyecto estadounidense. La diplomacia, pese a las fotografías solemnes y los trenes con nombres optimistas, suele reducirse a algo bastante menos cinematográfico: localizar la distancia exacta entre dos líneas rojas y comprobar si alguna puede moverse.

Zelenski ha dicho que Ucrania está preparada para un diálogo constructivo. Su prioridad declarada es acelerar el final de la guerra, pero no a cualquier precio. Kiev reclama garantías de seguridad capaces de impedir que una paz formal termine siendo, sencillamente, una pausa antes de una nueva ofensiva rusa.

Ahí aparece uno de los asuntos decisivos. Ucrania no busca únicamente que cesen los bombardeos; quiere saber qué ocurrirá después del alto el fuego, quién garantizará su seguridad, qué capacidad militar conservará y qué compromiso asumirán Estados Unidos y los aliados europeos en caso de una nueva agresión.

Zelenski quiere una paz con garantías, no solo una tregua

El presidente ucraniano llega a la reunión con un mensaje cuidadosamente calibrado. Kiev quiere acercar el final de la guerra y está dispuesta a trabajar de manera coordinada, concreta y realista, pero cualquier paz deberá tener un carácter digno y sostenible.

Ese matiz explica buena parte de la dificultad. Un cese temporal de los ataques puede pactarse con relativa rapidez; construir un sistema de garantías que resulte aceptable para Ucrania, Rusia, Estados Unidos y Europa es otro animal. Más grande, con dientes. La seguridad de la posguerra puede resultar incluso más difícil de negociar que el propio silencio de las armas.

Kiev teme que un acuerdo demasiado débil congele el frente sin resolver las condiciones que provocaron la guerra. Moscú, por su parte, pretende que una eventual negociación reconozca cambios estratégicos y territoriales obtenidos durante el conflicto. Washington intenta introducirse justo en medio de esa grieta política y militar.

Por eso Witkoff y Kushner no están en Kiev únicamente para preguntar si Zelenski acepta lo hablado con Putin. Deben comparar las condiciones mínimas de ambas partes, identificar posibles intercambios y determinar hasta dónde está dispuesto Trump a implicar políticamente a Estados Unidos para sostener un eventual acuerdo.

Las garantías de seguridad vuelven al centro de la negociación

La expresión “garantías de seguridad” parece burocrática, pero contiene una de las cuestiones más explosivas de toda la negociación. Una Ucrania fuera de la OTAN necesitaría algún mecanismo alternativo suficientemente creíble como para disuadir a Rusia. Y una garantía que Moscú considere equivalente, en la práctica, a pertenecer a la Alianza Atlántica difícilmente resolvería el choque.

Ahí pueden aparecer fórmulas intermedias: compromisos bilaterales, suministro estable de armamento, mecanismos internacionales de supervisión o alguna combinación todavía por concretar. Lo decisivo no será el nombre, sino si Kiev considera creíble la protección y Moscú puede convivir con ella.

También está el territorio. Es el elefante que cabe perfectamente en todas las salas diplomáticas y que, curiosamente, nadie consigue esconder detrás de una cortina. Rusia y Ucrania mantienen posiciones muy alejadas sobre las zonas ocupadas, y cualquier propuesta estadounidense tendrá que enfrentarse tarde o temprano al expediente territorial.

Qué significa realmente la tregua de 72 horas

La visita se desarrolla durante una pausa temporal de 72 horas que ha reducido la presión sobre las capitales mientras se intensifican los contactos. No se trata, sin embargo, de un alto el fuego general en toda Ucrania, una diferencia esencial para entender qué está ocurriendo realmente sobre el terreno.

Las operaciones militares no desaparecen automáticamente del resto del país porque Kiev y Moscú queden provisionalmente al margen de determinados ataques. La tregua funciona sobre todo como un espacio político limitado en el que la delegación estadounidense puede moverse entre las dos partes sin que una nueva escalada arrase inmediatamente la negociación.

El contexto de esa decisión se encuentra en la tregua de 72 horas ordenada por Putin sobre Kiev. Su importancia política dependerá bastante menos de esas tres jornadas que de lo que ocurra cuando terminen.

Una pausa breve demuestra que Moscú y Kiev pueden coordinar una reducción limitada de ataques cuando existe un incentivo concreto. No demuestra que estén dispuestos a mantenerla cuando entren en juego territorio, sanciones, fuerzas armadas, garantías internacionales y el futuro estratégico de Ucrania. Ese es el salto que Washington intenta provocar.

La diplomacia de Trump vuelve a Ucrania y el Vaticano pide diálogo

La misión marca también un nuevo movimiento visible de la Administración Trump sobre el conflicto ucraniano. Witkoff se ha consolidado como uno de los intermediarios personales del presidente estadounidense, mientras Kushner aporta su experiencia como negociador informal y hombre de confianza dentro del círculo de Trump.

El método resulta reconocible: diplomacia directa, pocos intermediarios institucionales visibles y negociaciones construidas alrededor de relaciones personales. Eso puede acelerar contactos. También tiene límites evidentes. La confianza personal no elimina las diferencias estratégicas entre Rusia y Ucrania ni sustituye las garantías políticas y militares necesarias para una paz duradera.

El Kremlin calificó las conversaciones de Moscú como “extremadamente francas”. Washington prefirió hablar de planes sustanciales. Son expresiones suficientemente optimistas para mantener viva la negociación y suficientemente vagas para no comprometerse todavía con un resultado. Vieja diplomacia, envoltorio nuevo.

El papa León XIV también ha expresado su deseo de que las negociaciones sobre Ucrania “den frutos” y ha vuelto a pedir apertura al diálogo. El llamamiento llega en un momento en el que cualquier intento de paz arrastra ya un enorme inventario de muertos, ciudades dañadas, desplazados, territorios ocupados y desconfianza acumulada.

Precisamente por eso, el viaje tiene importancia aunque todavía no produzca un acuerdo. En esta ofensiva diplomática estadounidense, los mismos negociadores escuchan a Putin y Zelenski prácticamente de forma consecutiva. Eso permite comparar no solo lo que cada parte proclama en público, sino lo que está dispuesta a negociar cuando las puertas se cierran.

La prueba decisiva llegará cuando terminen las 72 horas

Las 72 horas ofrecen a Washington una ventana excepcionalmente pequeña. Witkoff y Kushner deben salir de Kiev sabiendo si existe una base común suficiente para construir la siguiente fase: ampliar la reducción de ataques, fijar nuevas reuniones, trabajar sobre garantías de seguridad y empezar a discutir los asuntos que todos preferirían dejar para más adelante.

No hay todavía un acuerdo de paz. Tampoco existe un alto el fuego general. Hay contactos directos, propuestas estadounidenses y dos gobiernos que han aceptado una contención temporal mientras continúa la negociación. Parece poco frente a una guerra de esta magnitud; diplomáticamente, no lo es.

La verdadera medida del viaje no estará en las declaraciones ni en las fotografías de los enviados estadounidenses junto a Zelenski. Llegará cuando expire la tregua y pueda comprobarse si Moscú y Kiev vuelven exactamente al punto anterior o si esas tres jornadas han dejado algo más sólido sobre la mesa.

Porque un “plan sustancial” solo empieza a tener sustancia cuando las dos partes están dispuestas a asumir el coste político de firmarlo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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