Salud
¿La gente se vacuna menos? Vuelven sarampión y tos ferina

Europa revive el sarampión y la tos ferina mientras España pierde el blindaje del pasado y encara un problema que vuelve a sentirse muy cerca.
Europa vuelve a mirar de frente enfermedades que durante años parecían guardadas en una vitrina polvorienta, lejos del presente y de sus urgencias. No porque las vacunas hayan dejado de servir, ni porque la ciencia se haya roto de repente, sino porque el escudo colectivo se resiente en cuanto aparecen grietas: retrasos en las pautas, coberturas que bajan unas décimas aquí y otras allá, adultos que creen que ya no les toca, adolescentes que se quedan a medio camino y ese clima espeso, mitad desinterés mitad ruido digital, que convierte la prevención en una rutina invisible. El resultado ya tiene forma concreta. Sarampión y tos ferina han vuelto a crecer en Europa y España ha dejado de poder contarlo como si fuera un problema ajeno, de aeropuerto y titulares extranjeros.
Aquí la alarma no consiste en decir que el sistema ha fracasado, porque no sería verdad, pero sí en admitir que la protección se ha aflojado más de lo que conviene. España mantiene buenas coberturas infantiles en muchas vacunas, aunque ya no tan blindadas como exige una enfermedad tan contagiosa como el sarampión. Y el detalle decisivo está en la segunda dosis, esa pieza menos vistosa del calendario que a menudo pasa desapercibida y que, sin embargo, marca la diferencia entre tener un muro y tener una verja con huecos. Mientras tanto, la tos ferina recuerda que no basta con vacunar a los niños pequeños: también importa el embarazo, los refuerzos y la continuidad a lo largo de toda la vida. Ahí está el nudo. No han vuelto las enfermedades del pasado porque la medicina retroceda; vuelven cuando la memoria sanitaria se ablanda.
Un regreso que no nace de la nada
La fotografía europea es lo bastante seria como para no despacharla con un par de frases alarmistas y seguir a otra cosa. Durante la Semana Europea de la Inmunización, celebrada entre el 19 y el 25 de abril, las instituciones sanitarias europeas han insistido en una idea tan simple como incómoda: las vacunas han cambiado la historia de la salud, pero sus logros no son irreversibles. Se mantienen mientras se sostienen las coberturas, mientras el sistema llega a tiempo y mientras la población no confunde tranquilidad con inmunidad eterna.
Ese es el fondo de lo que está ocurriendo. En 2024 Europa registró más de 127.000 casos de sarampión y cerca de 298.000 de tos ferina en la región europea de la OMS. Las cifras impresionan por sí solas, pero impresionan más cuando se las mira con perspectiva. El sarampión, que muchos padres jóvenes solo conocen de oídas, se ha convertido otra vez en un problema visible; la tos ferina, a menudo reducida en la imaginación pública a una tos antigua con nombre raro, ha demostrado que sigue teniendo capacidad para presionar a los sistemas sanitarios y golpear con especial dureza a los más pequeños.
No es un fenómeno misterioso. Tampoco una especie de castigo biológico caprichoso. El sarampión, por ejemplo, necesita muy poco para propagarse cuando la cobertura con dos dosis baja del umbral adecuado. Es uno de los virus más contagiosos que existen. Si entra en una comunidad con bolsas de población susceptible, corre con una facilidad casi obscena. La ciencia lo sabe desde hace décadas; lo que cambia es la disposición social a tomárselo en serio cuando deja de ocupar un lugar fijo en la memoria familiar.
España ya no está mirando desde la barrera
En el caso español hay un dato que lo cambia todo, aunque suene áspero y técnico. España ha perdido la condición de país libre de transmisión endémica del sarampión. Dicho en lenguaje menos burocrático: el virus ha encontrado circulación sostenida suficiente como para que el problema ya no pueda describirse solo como una suma de casos importados o brotes aislados sin continuidad.
Eso no significa que el país esté viviendo una catástrofe sanitaria, ni mucho menos un escenario de descontrol generalizado. Significa algo más sobrio y, por eso mismo, más importante: el blindaje ya no es tan sólido como se pensaba. En 2024 se confirmaron más de doscientos casos y en 2025 la cifra siguió creciendo. La evolución basta para entender que no estamos ante una rareza estadística ni ante una anécdota clínica reservada a informes técnicos. El sarampión circula, encuentra huecos y obliga a revisar una confianza que quizá se había vuelto demasiado cómoda.
España no es un país antivacunas, conviene decirlo sin rodeos teatrales. Las coberturas en la infancia siguen siendo altas y el calendario vacunal público continúa siendo uno de los instrumentos más valiosos del sistema sanitario. Pero alta no siempre significa suficiente, y esa diferencia importa mucho cuando se habla de sarampión. La primera dosis alcanza cifras muy elevadas, mientras la segunda se queda por debajo de lo deseable en varias comunidades autónomas. Ahí aparece la fisura. Una enfermedad así no necesita mayorías en contra; le bastan pequeños grupos mal protegidos, retrasos acumulados, vacunaciones incompletas o personas adultas que nunca revisaron su estado vacunal.
La segunda dosis, ese detalle que decide demasiado
A menudo el debate público se detiene en el sí o el no, como si todo dependiera de aceptar o rechazar las vacunas en bloque. La realidad es menos bronca y más prosaica. El problema muchas veces no está en la negativa frontal, sino en la discontinuidad. Familias que comienzan la pauta pero no la completan. Personas que cambian de comunidad o de país y se descuelgan del seguimiento. Adultos nacidos en determinadas cohortes que no saben si recibieron una o dos dosis. Adolescentes cuya vacunación quedó a medias. Nada muy épico. Mucho más peligroso precisamente por eso.
En España, la cobertura de la triple vírica con una dosis se mantiene muy alta, pero la segunda dosis sigue por debajo del 95% a nivel nacional. Y ese 95% no es un capricho decorativo de los epidemiólogos. Es el nivel que permite cortar la transmisión comunitaria con garantías. Cuando el porcentaje baja, aunque sea solo unos puntos, el virus vuelve a tener oxígeno. Es una de esas verdades sanitarias poco espectaculares y muy decisivas. No hacen ruido, no generan tertulia de prime time, pero sostienen o erosionan la protección de millones de personas.
La tos ferina rompe el mito de que todo acaba en la infancia
Si el sarampión pone el foco en la cobertura general, la tos ferina revela otro problema igual de delicado: la falsa idea de que la vacunación es un asunto que termina cuando se acaba el colegio. No termina ahí. Ni de lejos. La tos ferina recuerda que la inmunización también depende de los refuerzos, del seguimiento en embarazo y de una visión sanitaria que acompañe a la persona durante toda la vida.
Los recién nacidos son especialmente vulnerables. Por eso la vacunación durante el embarazo no es una nota al pie del calendario, sino una barrera esencial. Cuando la madre recibe la dosis en el momento adecuado, transmite anticuerpos al bebé y lo protege en una etapa en la que todavía no ha iniciado o completado su propia pauta. Ese gesto clínico, sencillo y silencioso, puede evitar ingresos hospitalarios y situaciones muy graves. Y, sin embargo, no siempre ocupa el lugar que merece en la conversación pública.
La subida de casos de tos ferina en Europa ha puesto sobre la mesa una realidad incómoda. Hay enfermedades que no regresan con escenas espectaculares ni imágenes capaces de monopolizar portadas. Vuelven de forma más sorda, más gris, casi administrativa. Primero en los informes. Luego en las consultas. Después en los hospitales pediátricos. Y entonces, solo entonces, la sociedad recuerda que prevenir no era una ceremonia del pasado, sino una tarea continua. La tos ferina ha vuelto a enseñar que la protección vacunal no se improvisa y no se puede tratar como un trámite secundario.
Embarazo, refuerzos y adultos: la parte menos visible
España, al menos sobre el papel, tiene razonablemente bien dibujada la estrategia. La vacunación frente a difteria, tétanos y tos ferina en el embarazo forma parte del calendario y ha ido ganando terreno. Es una buena noticia. También lo es que el sistema siga recordando la necesidad de reforzar la inmunización en distintos momentos de la vida. El problema aparece cuando esa lógica sanitaria tropieza con la práctica real: agendas cargadas, percepción de riesgo bajísima, adultos que no se sienten interpelados y una prevención que, por no notarse cuando funciona, pierde prioridad en la cultura cotidiana.
Ahí está una de las grandes paradojas de la salud pública. Cuanto mejor funciona una vacuna, menos se ve su mérito. Y cuanto menos se ve, más fácil resulta infravalorarla. Es un éxito silencioso que fabrica olvido. Nadie organiza una sobremesa memorable para hablar de la enfermedad que no tuvo. Nadie celebra con épica la infección evitada. Las vacunas pagan ese precio narrativo: son extraordinarias y, al mismo tiempo, víctimas de su propia eficacia.
El VPH demuestra que no todo va en dirección contraria
Sería un error meter toda la situación en el mismo saco y pintar un paisaje de retroceso general, porque no es exactamente eso lo que ocurre. Hay un terreno en el que España y Europa muestran un avance más claro, y ese terreno importa mucho: la vacunación frente al virus del papiloma humano, el VPH. Aquí la conversación cambia. Ya no gira solo en torno a brotes inmediatos, sino también a prevención del cáncer y protección a medio y largo plazo.
Durante años el VPH se entendió de forma demasiado estrecha, casi como si solo concerniera a las chicas y casi exclusivamente al cáncer de cuello de útero. Hoy la estrategia es más amplia, más sensata y más justa. La vacunación se recomienda para chicas y chicos adolescentes, y España ha ido consolidando esa ampliación en su calendario. Los datos de cobertura mejoran, sobre todo entre las chicas, y los chicos se acercan progresivamente. No es una revolución súbita, pero sí una señal de que cuando hay continuidad institucional y una explicación clara, la vacunación puede avanzar sin necesidad de dramatizarlo todo.
Este punto merece atención porque desmonta un tópico muy repetido: que la sociedad europea se aleja de las vacunas en bloque. No. La realidad es más desigual. Hay retrocesos preocupantes en algunas coberturas, sí. Hay fatiga, desinformación y lagunas. Pero también hay programas que funcionan, comunidades que sostienen niveles altos y estrategias que se afianzan. El caso del VPH enseña que la prevención sigue teniendo recorrido y que la política sanitaria puede todavía ganar terreno cuando no abandona la constancia.
Prevenir infecciones, prevenir cáncer
La vacunación frente al VPH tiene además una potencia simbólica especial. Une dos mundos que a veces el debate público separa artificialmente: el de las infecciones y el del cáncer. Y eso cambia la forma de contarla. No se trata solo de evitar la circulación de un virus, sino de reducir el riesgo de varios tumores asociados a esa infección. Pocas herramientas de salud pública ofrecen un horizonte tan claro y tan concreto a la vez.
Para España, esta parte del calendario debería ser una de las grandes apuestas de los próximos años. No por moda ni por eslogan sanitario, sino por pura lógica. Si se puede recortar el futuro peso de ciertos cánceres con una intervención temprana, segura y financiada, lo racional es blindar esa estrategia y ampliarla. Aquí no hay extravagancia ideológica ni tecnocracia hueca. Hay prevención en el sentido más literal del término.
Lo que falla no es la vacuna, es la continuidad social
Cuando reaparecen enfermedades inmunoprevenibles, siempre aparece la tentación de buscar una explicación única, compacta, casi cinematográfica. La culpa de las redes. La culpa del antivacunismo. La culpa de la pandemia. La culpa de la política. La verdad, como casi siempre, es más incómoda porque es más dispersa. El descenso de coberturas responde a una mezcla de factores: cansancio institucional tras la covid, interrupciones en algunos seguimientos, desigualdad territorial, movilidad de población, saturación de atención primaria, pérdida de percepción del riesgo y una conversación pública donde la prevención compite mal contra el espectáculo.
También influye un cambio de clima cultural. Durante generaciones, muchas familias conocían de forma directa lo que significaban enfermedades como el sarampión grave, la difteria o la polio. Las habían visto en vecinos, hermanos o primos. Hoy ese recuerdo se ha borrado en buena parte de Europa, y eso es, en el fondo, una victoria de la vacunación. Pero una victoria con efectos secundarios narrativos. Lo que no se ve parece menos urgente. Lo que no asusta deja de priorizarse. Lo que funcionó demasiado bien corre el riesgo de parecer prescindible. Y así, poco a poco, la guardia baja.
España tiene además un reto añadido: la vacunación en adultos sigue siendo el tramo más flojo del sistema. Ahí caben la gripe, el neumococo, el herpes zóster, los refuerzos, la revisión de cartillas antiguas, las indicaciones específicas para embarazadas o profesionales sanitarios. Todo eso forma parte de una misma idea que todavía no ha terminado de calar. La inmunización no pertenece solo a la infancia. Es una política de salud a lo largo de toda la vida.
Un país bien vacunado, pero no del todo blindado
La fotografía final de España exige equilibrio. No toca caer en el tremendismo, pero tampoco en la autocomplacencia administrativa. El país conserva un calendario vacunal amplio, sólido y financiado, con coberturas altas en numerosos grupos de edad. No hay señales de derrumbe general. Tampoco una rebelión social masiva contra la vacunación. Lo que sí hay es algo quizá menos escandaloso y más determinante: un desgaste gradual de la protección en algunos puntos críticos, justo los suficientes para que el sarampión vuelva a circular y la tos ferina gane espacio.
Ahí es donde la noticia deja de ser una simple pieza de salud internacional y se convierte en una cuestión doméstica, casi de portal. Porque las enfermedades prevenibles no regresan solo por ideas extravagantes o movimientos militantes. Regresan también por inercia, por olvido, por burocracias cansadas, por familias que posponen una cita, por adultos que no saben qué dosis recibieron y por sistemas que no siempre aciertan a perseguir las brechas a tiempo. Lo inquietante del asunto no es su excepcionalidad. Es su normalidad.
Donde se decide de verdad el próximo invierno sanitario
España encara el problema con una ventaja que otros lugares no tienen: sabe perfectamente qué herramientas funcionan. El calendario existe. La evidencia es robusta. Los profesionales conocen el terreno. La vacunación sigue siendo una prestación asentada y legitimada. El margen de mejora, por tanto, no pasa por inventar nada extravagante, sino por hacer bien lo conocido: recuperar coberturas, revisar segundas dosis, reforzar el seguimiento en adultos, proteger a embarazadas, sostener la vacunación del VPH y volver a tratar la prevención como una infraestructura básica, no como una nota secundaria dentro del sistema.
Lo esencial cabe en una idea muy sencilla. Sarampión y tos ferina no han regresado porque la medicina haya perdido el rumbo, sino porque la protección colectiva nunca queda terminada del todo. Hay que mantenerla. Y mantenerla, qué fastidio para los amantes del titular fácil, consiste casi siempre en algo menos glamuroso que una gran batalla: continuidad, memoria, atención primaria y un país que no se crea inmune solo porque llevaba años sin mirar el problema de frente.

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