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Guerras y hambre: el Papa desnuda las heridas de África

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Mapa conflictos Africa 2026

El viaje del papa retrata la África real en 2026 entre guerras, hambre, petróleo, diamantes, dictaduras y países que resisten a duras penas.

El viaje de León XIV por Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial no ha sido una excursión pastoral con estampita final, sino una radiografía política y social de un continente que sigue soportando demasiadas heridas a la vez. Entre el 13 y el 23 de abril de 2026, el pontífice ha recorrido 11 ciudades, ha encadenado 18 vuelos y ha puesto el foco en una idea incómoda pero exacta: África no está condenada por naturaleza, está atrapada entre guerras largas, Estados débiles, élites extractivas, fronteras mal cosidas, negocios globales que se alimentan de sus recursos y una comunidad internacional que suele mirarla con sentimentalismo barato o con puro interés material. Lo uno y lo otro sirve de poco.

La imagen real del continente, a esta altura de 2026, es mucho más compleja que el tópico de siempre. Sudán vive la mayor catástrofe humanitaria del planeta; el este de la República Democrática del Congo sigue siendo un laboratorio feroz de guerra mineral; el Sahel encadena golpes, yihadismo y matanzas; Camerún arrastra un conflicto olvidado; Somalia continúa combatiendo a Al Shabaab; Sudán del Sur vuelve a temblar; Nigeria se desangra por varias violencias a la vez; Mozambique no termina de cerrar Cabo Delgado. Y, al mismo tiempo, existen países que no encajan en esa caricatura del hundimiento total: Botsuana, Cabo Verde, Mauricio, Namibia o Ghana mantienen niveles de estabilidad y de funcionamiento institucional muy superiores al promedio regional. El gran drama africano no es que todo esté roto. El gran drama es que donde hay petróleo, gas, coltán, diamantes, cobre, uranio o oro, demasiadas veces hay también más desigualdad, más represión o más guerra.

Un viaje del Vaticano que ha señalado las grietas exactas

León XIV no eligió su ruta al azar. Argelia es la bisagra entre el Mediterráneo y el Sahel, un Estado relativamente sólido si se compara con su vecindad meridional, pero tensionado por el desempleo juvenil, la dependencia de los hidrocarburos y la presión geopolítica de una región cada vez más militarizada. Camerún representa esa África donde una crisis política mal gestionada se convierte en guerra de desgaste. Angola resume la contradicción obscena entre la riqueza del subsuelo y la precariedad de la superficie. Guinea Ecuatorial, última parada, es casi un tratado entero sobre autoritarismo, petróleo y desigualdad concentrado en un país pequeño y brutalmente desigual.

En esos cuatro escenarios, el papa ha insistido en una misma línea. Ha hablado contra los tiranos, contra la explotación de los recursos naturales, contra las élites que prometen prosperidad y reparten miseria, contra un sistema que convierte a millones de africanos en habitantes de países formalmente ricos y materialmente exhaustos. En Camerún cargó contra los dirigentes que gastan fortunas en guerras mientras sus pueblos siguen sin seguridad ni horizontes; en Angola denunció la esclavitud moderna que imponen ciertos poderosos cargados de riqueza y vacíos de escrúpulos; y en Guinea Ecuatorial se prepara para mirar de frente a Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, en el poder desde 1979, una eternidad política que explica por sí sola una parte del problema africano: mandatos interminables, aparatos estatales personalizados y economías diseñadas para beneficiar a muy pocos.

Hay, además, una clave demográfica y religiosa que explica por qué el Vaticano ha decidido mirar hacia allí con tanta intensidad. Más de una quinta parte de los católicos del mundo vive en África, y la Iglesia sabe que el continente es una de sus grandes fronteras de crecimiento, de influencia social y de conflicto moral. Pero reducir esta gira a una cuestión eclesial sería equivocarse. Este viaje ha funcionado, sobre todo, como una interpelación política al mundo. Porque la África que ha pisado León XIV no es una periferia folclórica. Es el lugar donde se cruzan la crisis climática, la pugna por las materias primas, la migración, la seguridad del Mediterráneo, la competencia entre potencias y el fracaso de muchas independencias convertidas después en regímenes patrimoniales.

Sudán, el centro exacto del desastre africano

Si hubiera que señalar el punto más negro del mapa africano en este momento, el dedo caería sobre Sudán. Allí la guerra entre el Ejército sudanés, dirigido por Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido de Mohamed Hamdan Dagalo, Hemedti, ha entrado en su cuarto año con un balance devastador. 34 millones de personas necesitan ayuda, 21 millones carecen de acceso básico a servicios sanitarios, 28,9 millones padecen inseguridad alimentaria aguda y el número de desplazados, dentro y fuera del país, supera ya los 13,5 millones. La cifra oficial de muertos documentados se queda muy corta para describir la dimensión real de la catástrofe. En los cálculos más serios, la mortalidad indirecta por hambre, enfermedad y colapso sanitario dispara el drama a otra escala.

Lo más brutal de Sudán no es sólo la violencia militar, que ya sería suficiente, sino la combinación de frentes abiertos, ciudades destrozadas, hambre creciente y un sistema de salud casi derrumbado. Jartum ha quedado marcada por meses de combates urbanos, saqueos y destrucción; Darfur vuelve a ser un nombre asociado a la limpieza étnica, a los ataques contra civiles y a ese viejo mecanismo sudanés por el cual una guerra local termina convertida en máquina de exterminio. El Fasher, capital de Darfur Norte, se ha mantenido como uno de los puntos más sensibles, con asedios, bombardeos y denuncias recurrentes de asesinatos masivos. En Sudán, la guerra no se limita a matar. Descompone el país entero.

La onda expansiva sudanesa golpea también a sus vecinos. Chad ha recibido a más de un millón de refugiados sudaneses, una presión enorme para un Estado ya frágil, con recursos limitados y tensiones propias. Sudán del Sur, que depende en parte del corredor sudanés para exportar petróleo, sufre además el efecto económico de esa inestabilidad. Egipto vigila con temor lo que sucede al sur por razones de seguridad, de migración y de equilibrio regional. La guerra sudanesa no es un problema interno. Es una crisis continental y, de hecho, una de las grandes pruebas del fracaso internacional reciente. Se ha dejado crecer durante demasiado tiempo con condenas retóricas, ayuda insuficiente y una atención diplomática siempre atrasada, siempre medio dormida.

Congo, Sahel y Camerún, tres guerras distintas con la misma raíz

Después de Sudán aparece el este de la República Democrática del Congo, otro territorio donde la palabra guerra nunca termina de irse. En Kivu del Norte y Kivu del Sur, el grupo rebelde M23, apoyado por Ruanda según múltiples denuncias internacionales, ha ampliado durante los últimos años su control territorial y ha convertido la región en uno de los puntos más volátiles del continente. El Congo no sufre una única guerra, sino una superposición de conflictos armados, negocios ilícitos, rivalidades regionales y explotación minera. En torno a Goma, a los corredores humanitarios y a las zonas mineras, la seguridad sigue siendo precaria y la población civil paga, como casi siempre, la factura más alta.

El caso congoleño tiene algo especialmente descarnado porque la violencia está pegada al suelo, a la piedra, al mineral. Rubaya, una de las minas de coltán más valiosas del mundo, se ha convertido en símbolo de esa ecuación africana que mezcla tecnología global y miseria local. Del coltán sale el tantalio que alimenta teléfonos, ordenadores, componentes electrónicos y buena parte del músculo tecnológico contemporáneo. Pero donde debería haber ingresos públicos, inversión social y Estado, lo que aparece con frecuencia es otra cosa: rebeldes, contrabando, rutas paralelas, corrupción y competencia geopolítica. El Congo es uno de los mejores ejemplos de cómo una riqueza geológica inmensa puede convivir con el desorden extremo y con millones de personas desplazadas.

Más al oeste y más al norte, el Sahel se ha convertido en una franja donde casi todo se ha degradado al mismo tiempo. Mali, Burkina Faso y Níger combinan juntas militares, presencia yihadista, debilitamiento institucional y violencia contra civiles. Lo más inquietante no es sólo que actúen grupos vinculados a JNIM o al Estado Islámico del Sahel, sino que las propias fuerzas estatales y sus aliados han acumulado en los últimos años un historial cada vez más oscuro de abusos, ejecuciones y bombardeos con víctimas civiles. En Burkina Faso y Mali, los datos recopilados por observadores internacionales muestran algo escalofriante: en determinados periodos, los aparatos de seguridad y las milicias progubernamentales han matado a más civiles que los grupos yihadistas. El Estado que debía proteger se vuelve así parte del terror.

En Mali, además, la presencia de mercenarios rusos bajo distintas siglas, primero Wagner y luego su relevo operativo bajo otras estructuras, ha dejado un rastro de operaciones durísimas, con escasa transparencia y altísimo coste humano. En Burkina Faso, el deterioro se ha extendido a amplias zonas rurales donde la autoridad real cambia según la carretera, el mercado, la hora del día o el grupo armado que domine el entorno. Níger, tras el golpe, se ha sumado a ese bloque de transición indefinida, soberanismo militar y fragilidad creciente. Sobre el papel, los tres Estados invocan el orden. Sobre el terreno, la población convive con masacres, desplazamientos, escuelas cerradas y una economía de supervivencia.

Camerún pertenece a otra clase de crisis, menos nombrada en Europa pero muy profunda. Desde 2016, el conflicto en las regiones anglófonas del noroeste y el suroeste ha dejado miles de muertos y cientos de miles de desplazados. Lo que empezó como protesta por la marginación administrativa, judicial y educativa derivó en una guerra entre separatistas armados y fuerzas estatales. En ciudades como Bamenda o Buea, la vida cotidiana se ha visto atravesada por toques de queda, secuestros, miedo y desconfianza. A la vez, el norte del país sigue bajo la amenaza intermitente de Boko Haram. El resultado es un Estado que mantiene su apariencia, pero cuya cohesión real está muy desgastada. Que el papa haya ido precisamente a Bamenda no ha sido un gesto decorativo. Ha sido una forma de señalar un conflicto que demasiados gobiernos prefieren tratar como un ruido regional cuando en realidad es una grieta nacional.

Del Cuerno de África a Nigeria, la inestabilidad que no se apaga

En el Cuerno de África, la sensación dominante sigue siendo la de una región que resiste sin terminar de estabilizarse. Somalia continúa librando una guerra de largo aliento contra Al Shabaab, una organización que mantiene capacidad operativa, control social en distintas áreas rurales y la posibilidad de golpear tanto objetivos militares como civiles. El Estado somalí ha mejorado en algunos frentes, sobre todo gracias al apoyo exterior y a operaciones militares coordinadas, pero sigue lejos de consolidar un monopolio real de la seguridad. El país mezcla sequía, hambre, desplazamientos y amenaza insurgente, una combinación vieja y letal que reaparece una y otra vez con distinto uniforme y la misma devastación.

Etiopía tampoco ha terminado de salir del campo minado. Tras la guerra de Tigray, el país intenta recomponer un equilibrio nacional muy dañado, pero las tensiones en Amhara, las fricciones con Eritrea y las fisuras internas mantienen a la gran potencia del Cuerno en un estado de vigilancia permanente. Etiopía no es un Estado colapsado, ni mucho menos, pero sí un país gigantesco cuya estabilidad sigue dependiendo de pactos frágiles, poder militar y una arquitectura política cada vez más tensionada. Lo decisivo allí no es sólo si vuelve o no una guerra abierta de gran escala, sino cuánto tiempo puede sostenerse una paz incompleta con heridas todavía frescas.

Más al sur, Sudán del Sur vuelve a dar señales de alarma. El país más joven de África no ha conseguido salir del círculo vicioso de la violencia política, la fragmentación armada y la precariedad institucional. En los primeros meses de 2026 se ha registrado un repunte claro de asesinatos y choques, con advertencias muy serias de Naciones Unidas sobre el riesgo de deshacer el frágil acuerdo de paz. Cada episodio violento en Jonglei, en Eastern Equatoria o en otras zonas calientes reactiva un miedo antiguo: que el país recaiga plenamente en la guerra civil. Allí la independencia no trajo estabilidad; trajo una soberanía sin bases suficientes, capturada por facciones rivales y atravesada por economías de guerra.

Y luego está Nigeria, que por tamaño, población y peso regional exige otra escala de análisis. No se puede hablar de África sin detenerse en ese gigante cansado. Nigeria no es un país hundido, pero sí un país sobrecargado por varias crisis simultáneas. En el noreste, la insurgencia islamista sigue dejando ataques y desplazados; en el centro y el noroeste, los secuestros y la criminalidad armada golpean aldeas, carreteras y escuelas; en algunas zonas del país, la violencia comunitaria y las pugnas por tierra y recursos se entrelazan con la debilidad del Estado. Incluso cuando Abuja conserva la iniciativa institucional, amplias capas de la población viven bajo una sensación de vulnerabilidad persistente. El dato decisivo en Nigeria no es sólo el número de ataques. Es el hecho de que la inseguridad se ha vuelto una experiencia ordinaria en demasiados territorios.

En Mozambique, por su parte, el foco sigue puesto en Cabo Delgado. Allí la insurgencia islamista no ha desaparecido, aunque la intervención ruandesa y los apoyos regionales hayan reducido parcialmente su capacidad en ciertos puntos. El problema es que esa mejoría es todavía frágil. Si el apoyo exterior se debilita, si la financiación se reduce o si el Estado mozambiqueño no logra consolidar administración, empleo y seguridad local, la crisis puede reactivarse con rapidez. Otra vez la misma escena africana: contención sin solución completa, alivio temporal, heridas abiertas bajo el vendaje.

Angola y Guinea Ecuatorial, dos escaparates de la riqueza que no baja a la calle

Entre todos los países visitados por el papa, Angola es probablemente el que mejor resume el contraste entre abundancia natural y precariedad humana. Es uno de los grandes productores africanos de petróleo y una potencia importante en diamantes, pero buena parte de su población sigue atrapada en la pobreza. Los datos más recientes confirman que más del 30% de los angoleños vive en pobreza extrema, y otras estimaciones elevan el peso de la pobreza bastante por encima de ese umbral si se usan criterios nacionales más amplios. Es decir, un país rico que no consigue que su riqueza se note donde tendría que notarse: en la alimentación, en la sanidad, en la educación, en el agua, en el empleo digno y en las oportunidades básicas.

En Luanda esa contradicción se ve casi sin esfuerzo. Hay avenidas modernizadas, edificios que quieren parecer potencia emergente, actividad petrolera, dinero circulando en la parte alta del sistema. Y, a pocos pasos, siguen apareciendo barrios precarios, inflación, fragilidad social y un coste de vida que castiga sobre todo a quienes nunca participaron del festín del crudo. Angola arrastra también el peso de una guerra civil larguísima que dejó infraestructuras destruidas, territorios minados y una cultura política muy centralizada. El problema es que la paz formal no corrigió la estructura económica. Cambió la superficie. El reparto siguió siendo profundamente desigual.

La frase que mejor define a Angola quizá sea ésta: el reino de los diamantes donde demasiada gente sigue pasando hambre. Suena dura, y lo es, pero la realidad encaja demasiado bien. Cuando León XIV denunció allí la explotación de los recursos y la falsa prosperidad prometida por ciertos poderosos, estaba tocando exactamente ese nervio. Angola ha crecido, se ha reconstruido en parte, tiene peso estratégico y valor energético. Pero no ha roto de verdad la mecánica por la que los recursos financian poder antes que ciudadanía.

Guinea Ecuatorial lleva esa lógica al extremo. Con una población pequeña y un volumen petrolero que durante años disparó la renta per cápita sobre el papel, el país debería haber protagonizado una transformación social notable. No ocurrió. Bajo Teodoro Obiang, que gobierna desde 1979, Guinea Ecuatorial ha funcionado como una autocracia petrolera en la que la riqueza nacional y el poder político han permanecido extraordinariamente concentrados. El país muestra aeropuertos, edificios oficiales, urbanizaciones, símbolos de prosperidad de escaparate. Pero debajo de esa capa aparece otra realidad: servicios públicos limitados, desigualdad fuerte, falta de libertades y un sistema político cerrado.

La importancia de Guinea Ecuatorial dentro del viaje papal no es sólo simbólica por su relación histórica con España. También lo es porque muestra una versión muy específica del drama africano: no la del caos bélico, sino la de la estabilidad autoritaria rentable. Allí no hace falta una guerra abierta para que el país quede secuestrado. Basta con un aparato bien amarrado, unas rentas energéticas concentradas y una oposición sin verdadero margen. Ese tipo de régimen, menos ruidoso que Sudán o el Congo, explica igualmente por qué muchas sociedades africanas no consiguen convertir su riqueza en bienestar colectivo.

No todo el continente está al borde del abismo

Sería un error grueso, además de injusto, presentar África como un bloque homogéneo de guerra y ruina. No lo es. Incluso en medio del deterioro general de varias regiones, existen países que han logrado sostener instituciones más sólidas, transiciones más ordenadas o economías mejor gestionadas. Botsuana sigue siendo una referencia africana de estabilidad institucional y manejo relativamente responsable del Estado. Cabo Verde y Mauricio destacan desde hace años por su funcionamiento democrático, por un aparato administrativo más consistente y por niveles de gobernanza superiores a la media continental. Namibia conserva una trayectoria comparativamente estable. Ghana, pese a sus tensiones económicas, mantiene una vida política mucho más competitiva y ordenada que la de otros grandes países del oeste africano.

Eso no significa que esos Estados sean perfectos ni inmunes. La deuda, la inflación, el desempleo juvenil, la dependencia exterior o el cambio climático también los presionan. Pero hay una diferencia decisiva entre un país con problemas severos y un país atravesado por guerra, captura oligárquica o descomposición territorial. Esa distinción importa mucho porque evita una lectura tramposa del continente. África no fracasa por una supuesta esencia africana, esa cantinela vieja y bastante racista. África fracasa donde coinciden instituciones débiles, rentas extractivas, violencia armada, tutela extranjera, corrupción sistémica y ausencia de redistribución. Y funciona mejor donde el Estado, con todas sus limitaciones, logra construir cierta continuidad, ciertas reglas y un mínimo de horizonte.

También en el norte del continente la fotografía es desigual. Argelia mantiene un aparato estatal fuerte y una capacidad de control territorial muy superior a la del Sahel, aunque sufra problemas serios de empleo, dependencia energética y falta de apertura política. Marruecos sigue mostrando una capacidad estatal notable en comparación regional, con infraestructuras, diplomacia y ambición económica, aunque arrastre desigualdades y debates evidentes sobre libertades. Túnez, en cambio, ha derivado hacia una concentración de poder preocupante. Libia continúa atrapada entre equilibrios frágiles, instituciones partidas y una estabilidad siempre provisional. El mapa africano, visto con honestidad, no es un muro negro ni un cuento de hadas. Es un continente de grandes contrastes, y justo por eso exige más precisión y menos eslogan.

Recursos inmensos, vidas pequeñas

Al final, eso es lo que ha dejado al descubierto el viaje de León XIV. No una África abstracta, ni un paisaje de compasión de domingo, sino un continente donde las materias primas del siglo XXI conviven con formas muy viejas de desamparo. Sudán muestra el colapso absoluto. El Congo demuestra cómo el mineral estratégico puede alimentar la guerra. El Sahel enseña lo que ocurre cuando el Estado se vacía y se militariza a la vez. Camerún prueba que un conflicto ignorado puede enquistarse durante años. Somalia y Sudán del Sur enseñan lo difícil que es salir de una violencia prolongada. Angola y Guinea Ecuatorial recuerdan que la riqueza sin redistribución ni control democrático produce países formalmente ricos y socialmente heridos.

Por eso el gran problema africano no cabe en la palabra pobreza, que se queda corta, ni en la palabra guerra, que tampoco basta. El problema es una combinación mucho más precisa: riqueza extraída desde fuera y desde arriba, Estados a menudo capturados, fronteras vulnerables, élites blindadas, servicios públicos insuficientes y millones de personas obligadas a sobrevivir en economías rotas o injustas. En ese contexto, hablar de un continente “sin futuro” sería otra simplificación torpe. África sí tiene futuro. Lo que no tiene en demasiados lugares es un presente mínimamente justo, seguro y gobernable.

La gira del papa ha servido, sobre todo, para pinchar una mentira cómoda. La mentira de que el drama africano es lejano, ajeno o inevitable. No lo es. Está conectado con la energía, los minerales, la migración, la seguridad mediterránea, las cadenas de suministro, el precio de los fertilizantes, la pugna entre potencias y la salud moral de un mundo que consume lo que África produce pero rara vez comparte lo que ese negocio genera. África sigue siendo el continente herido. Sí. Pero no por falta de recursos, ni de población, ni de historia, ni de capacidad. Sigue herido porque demasiados actores, internos y externos, siguen ganando dinero con la herida abierta.

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