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¿Por qué Vox llamó ‘asesinos’ al Gobierno en el Congreso?

Figaredo (Vox) llamó “asesinos” al Gobierno en pleno debate de pensiones y el Congreso lo retiró del Diario de Sesiones tras el caso Adamuz. El Congreso de los Diputados vivió este martes 27 de enero de 2026 una bronca de las que dejan olor a madera vieja y micrófono caliente.

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José María Figaredo Álvarez-Sala

Foto: Wiki

Figaredo (Vox) llamó “asesinos” al Gobierno en pleno debate de pensiones y el Congreso lo retiró del Diario de Sesiones tras el caso Adamuz.

El Congreso de los Diputados vivió este martes 27 de enero de 2026 una bronca de las que dejan olor a madera vieja y micrófono caliente. El diputado de Vox José María Figaredo cerró su intervención con un “asesinos” dirigido al banco azul y, en el mismo golpe de voz, pidió al Gobierno que “dimita” y que se ponga “a disposición judicial”. La Presidencia, en manos del vicepresidente primero Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, le exigió retirar la expresión; Figaredo se negó. Resultado inmediato: llamado al orden y orden de que esa palabra no conste como tal en el Diario de Sesiones, el registro oficial de lo que se dice en el hemiciclo.

La frase, además, no cayó en un día cualquiera. El pleno estaba atravesado por el rechazo al decreto “ómnibus” que incluía la revalorización de las pensiones y parte del llamado escudo social, y por la sacudida política del accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba), ocurrido el 18 de enero y convertido ya en cicatriz nacional: 45 muertos y 123 heridos. En ese clima, la palabra “asesinos” no fue solo un exabrupto: fue un intento de convertir un debate parlamentario en una sentencia moral.

La palabra que paró el pleno

La escena fue seca, casi de golpe. Figaredo subió a la tribuna para defender el rechazo de Vox al decreto que el Gobierno llevaba al Congreso en una sesión con tensión acumulada: pensiones, medidas sociales mezcladas en el mismo paquete, reproches cruzados y una aritmética parlamentaria muy ajustada. En ese contexto, su intervención fue ganando dureza hasta llegar al remate, cuando apuntó al Ejecutivo con un “ruina y desvergüenza”, reclamó dimisiones y remató con el término que lo cambió todo: “asesinos”.

El hemiciclo reaccionó por reflejos. La bancada de Vox aplaudió; en el resto hubo protestas, gestos de incredulidad, ese murmullo que suena como una ola mala. Gómez de Celis le cortó la salida: le pidió que retirara la expresión. Figaredo no lo hizo. Y ahí se ve el mecanismo del Congreso cuando el lenguaje salta la valla: la Presidencia deja de ser un árbitro decorativo y pasa a ser un freno, con el reglamento en la mano, aunque no lo exhiba como un banderín.

El diputado de Vox trató de encajar la acusación en un marco más amplio y soltó otra frase con intención de blindaje: “la corrupción mata”. Es un giro típico, casi de manual, para desplazar el peso de la palabra inicial: no estarías acusando de matar con las manos, sino “con decisiones”, “con un sistema”, “con una red”. Pero en el Parlamento la metáfora no te salva del golpe institucional si la Presidencia entiende que el término es ofensivo y rompe el decoro de la Cámara. El resultado fue el que marca el guion reglamentario: primera llamada al orden y anuncio expreso de que lo dicho no se incorporará al Diario de Sesiones en su forma literal.

Que esto pasara en un debate sobre pensiones no es un detalle menor. La votación, de hecho, acabó con el decreto derrotado: 171 votos a favor y 178 en contra, con PP, Vox y Junts alineados en el “no” y UPN sumándose también al bloqueo. En una jornada ya cargada de números y reproches, el insulto fue como echar gasolina a un motor que ya iba pasado de revoluciones. La Cámara discutía un texto que afectaba a millones de pensionistas y a medidas sociales sensibles; la bronca verbal convirtió el final de una intervención en el titular del día.

Lo que se dijo… y a quién apuntaba el dedo

En política, una sola palabra puede abrir interpretaciones distintas según el ángulo. Algunos relatos lo presentaron como un ataque a “los miembros del Gobierno”; otros lo encuadraron como un “Vox llama asesinos a los diputados del PSOE”. No es una contradicción total, es más bien una foto movida: en el hemiciclo, cuando alguien dispara verbalmente hacia el banco azul, suele salpicar también a la bancada que sostiene al Ejecutivo, y Figaredo estaba jugando precisamente a esa confusión útil, la diana ancha.

La frase exacta, tal como se recogió en las crónicas parlamentarias de la jornada, fue una sucesión de acusación política y exigencia judicial: “Dimitan de una vez y pónganse a disposición judicial. Asesinos”. Es importante por dos razones. Primero, porque no es solo un insulto; es una imputación moral que coquetea con el terreno penal, aunque sea en el sentido figurado que luego se intenta invocar. Segundo, porque al añadir “a disposición judicial” convierte el pleno en una especie de pasillo de juzgado imaginario: no te estoy criticando, te estoy situando como culpable.

Ahí está el salto de categoría. Llamar “ineptos” o “irresponsables” es una forma dura de oposición; llamar “asesinos” es colocar al adversario fuera del marco del debate democrático, como si ya no mereciera réplica sino castigo. Y por eso la Presidencia intervino con rapidez. En el Congreso hay broncas a diario, sí, pero no todas llevan ese tipo de palabra-límite que obliga a elegir: o se tolera como parte del ruido, o se marca que no cabe.

Conviene subrayar otro detalle que pasó algo más desapercibido pero ayuda a entender el ambiente: durante la jornada también hubo tensión en la tribuna de invitados. Tras el rechazo del decreto, una mujer del público gritó a diputados de PP y Vox y acabó expulsada del hemiciclo por orden de la presidenta del Congreso, Francina Armengol. Fue el mismo día, la misma electricidad. No tiene que ver directamente con Figaredo, pero dibuja el mapa emocional del pleno: gritos dentro, gritos fuera, y la institución tratando de mantener una forma mínima de orden.

Figaredo, además, no es un diputado marginal. Es una voz reconocible dentro de Vox y su intervención no fue un calentón aislado en un rincón: fue en el foco, en tribuna, con el país mirando la votación de las pensiones y con la palabra “Adamuz” todavía pegada a la garganta colectiva. Cuando una figura así cruza la línea verbal, el gesto no queda como anécdota: queda como precedente y como mensaje a los suyos, y como provocación para el resto.

Qué significa “retirar del Diario de Sesiones” y por qué no es “borrar”

El Diario de Sesiones es el acta oficial, la memoria escrita de la Cámara. No es un resumen amable, ni una selección de lo más elegante: es un registro que transcribe lo que se dice y también lo que ocurre cuando hay incidentes, interrupciones, protestas, llamadas al orden. Por eso, cuando se escucha que algo “se retira” del Diario, a mucha gente le salta una idea falsa, de película: “han borrado lo que dijo”. No funciona así.

En realidad, la retirada es un acto institucional con dos capas. La primera, inmediata, es disciplinaria: la Presidencia ordena que esa expresión ofensiva no figure como tal en el registro oficial. La segunda, que suele olvidarse, es que el propio Diario deja huella del incidente: no se pretende hacer desaparecer el choque, sino dejar constancia de que existió y de que la Presidencia actuó. Es decir, no hay amnesia, hay señalización. La palabra se corta, sí, pero queda la marca de que se cortó. Es un modo de decir: “esto ocurrió, pero no lo incorporamos como discurso parlamentario normalizado”.

La herramienta que usa la Presidencia no es caprichosa. El Reglamento del Congreso contempla que se llame al orden a un interviniente cuando profiere palabras o vierte conceptos ofensivos al decoro de la Cámara, de sus miembros, de las instituciones del Estado o de cualquier persona o entidad. Y detalla el procedimiento: ante ese supuesto, la Presidencia requiere que se retiren las ofensas y ordena que no consten en el Diario de Sesiones; si hay negativa, pueden venir sucesivas llamadas al orden y sanciones más serias, incluida la expulsión del resto de la sesión si se acumulan tres llamadas con advertencia previa.

En el caso de Figaredo, la Presidencia aplicó el primer escalón: requerimiento de retirada, negativa, y primera llamada al orden. No hubo expulsión, ni suspensión automática, ni sanción adicional en ese momento. Pero el mensaje institucional fue claro: el Congreso no quiere que una acusación como “asesinos” quede incorporada a su registro oficial como si fuera una frase parlamentaria más.

Aquí hay un punto fino, pero importante. Retirar una expresión del Diario no impide que el vídeo exista, que la retransmisión circule o que la frase se convierta en recorte viral. El Congreso no controla la memoria digital del país. Lo que controla es su propio marco, su propio archivo, su propio estándar de decoro. Es una forma de decir: la libertad de palabra en sede parlamentaria no es barra libre para convertir el pleno en un paredón verbal.

Y, aun así, la medida no es neutral. Cada vez que se activa, reabre el debate sobre los límites de la libertad de expresión de los diputados y sobre el espacio de fricción que debe tolerar una Cámara democrática. Ese debate existe y está vivo, pero el episodio de este martes se encuadra en una práctica asentada: el Congreso ha retirado expresiones de todo tipo en distintas legislaturas cuando la Presidencia ha entendido que el tono traspasaba lo aceptable. No es una rareza, es una válvula que se usa precisamente cuando el lenguaje se descontrola.

El porqué del choque: de las pensiones al insulto en tres minutos

La bronca verbal no se entiende sin el contexto del pleno. El Gobierno había llevado a votación un decreto con medidas sociales y económicas, entre ellas la subida de las pensiones para 2026. PP y Junts criticaron la fórmula del “decreto ómnibus” —mezclar medidas distintas en un solo paquete— y exigieron textos separados. Vox votó en contra. La votación salió mal para el Ejecutivo: 178 votos en contra frente a 171 a favor. En esa atmósfera, cada intervención tenía un público doble: el hemiciclo y el titular.

Figaredo estaba en ese carril. Su discurso, como el de otros grupos, no fue solo sobre el contenido del decreto, sino sobre el relato: quién “toma de rehén” a quién, quién “mezcla” para forzar apoyos, quién carga con el coste de que la revalorización de las pensiones quede en el aire hasta que se articule otra vía. Cuando el debate se empantana así, aparece la tentación de rematar con una frase que lo tape todo. Y “asesinos” es un tapón brutal: convierte un debate técnico-político en un juicio moral instantáneo.

No es casual que la Presidencia actuara con rapidez. Con el país pendiente de si habrá o no revalorización en la nómina siguiente, y con la política al rojo, dejar pasar una acusación de ese calibre sin reacción habría significado normalizarla.

Adamuz, la herida que se coló en el hemiciclo

La palabra “asesinos” no nació solo del choque por el decreto. Figaredo la vinculó —de forma explícita en el marco mediático de la jornada— al accidente ferroviario de Adamuz, el siniestro del 18 de enero que dejó 45 muertos y 123 heridos, el accidente más grave en la red de alta velocidad desde Angrois. La tragedia, además, ha tenido una derivada política inmediata: presión sobre el Ministerio de Transportes, peticiones de dimisión a Óscar Puente, debates sobre mantenimiento y modernización de vías, y una investigación técnica que todavía está en fase de consolidación de hipótesis.

Según las informaciones publicadas estos días, una de las líneas de investigación apunta a una rotura en una soldadura entre un carril antiguo y otro más nuevo en la línea, una junta que podría haber provocado el descarrilamiento inicial. La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), con Iñaki Barrón al frente, ha explicado que las roturas de soldaduras existen, que no son en sí mismas rarísimas, pero que la pregunta clave es si esa fractura era evitable, si el mantenimiento y las revisiones debieron detectar señales previas, y por qué una línea con proyectos de renovación mantiene tramos con edades y estados distintos. Son preguntas técnicas, sí, pero con consecuencias políticas: cuando una tragedia se explica como “fallo evitable”, el debate deja de ser solo ingeniería y pasa a ser responsabilidad.

Y ahí entra el segundo plano: el Gobierno aprobó este mismo martes un mecanismo de ayudas por 20 millones de euros para víctimas de Adamuz y del accidente de Gelida (Barcelona). En el caso de Adamuz, el esquema planteado prevé que las familias de las víctimas mortales reciban hasta 216.000 euros por fallecido, combinando una ayuda directa y anticipos ligados a seguros, con la intención declarada de que el dinero llegue en un plazo máximo de unos meses y no se eternice, como ocurrió con indemnizaciones tras Angrois. Para heridos, las cantidades previstas varían según la gravedad, con horquillas que se han movido en torno a varios miles de euros hasta decenas de miles. Es una medida de reparación económica y, al mismo tiempo, un intento de evitar que el dolor se convierta en un laberinto administrativo.

También está el plano simbólico: se ha anunciado un funeral de Estado por las víctimas en Huelva, con presencia de los Reyes, y con representación del Gobierno en la figura de la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. En paralelo, Puente tiene prevista una comparecencia en el Senado para explicar la actuación del ministerio. Son movimientos que intentan encajar institucionalmente la tragedia, pero que inevitablemente se leen en clave política, sobre todo cuando la oposición presiona y cuando el país aún está procesando imágenes de rescate, hospitales y familias esperando noticias.

En ese contexto, llamar “asesinos” al Gobierno por Adamuz es un atajo que busca saltarse el recorrido real de los hechos. La investigación no ha concluido, las responsabilidades legales no están determinadas, el encaje de fallos técnicos y decisiones administrativas se está reconstruyendo. Convertir todo eso en una acusación directa es convertir una tragedia compleja en una frase total. Es eficaz para la confrontación, pero devastador para el debate serio.

Y, sin embargo, la tentación es comprensible en términos de política espectáculo: el accidente ha dejado un vacío emocional que muchos intentan llenar con culpables inmediatos. El Parlamento, que debería ser el lugar donde se separan preguntas de certezas, funciona a veces al revés: se lanzan certezas para forzar preguntas.

La resaca de una sesión que ya venía torcida

Lo que ocurrió con Figaredo no se quedó como una reprimenda formal. Queda como síntoma de una sesión que se fue llenando de chispas: un decreto clave tumbado, un ambiente social cargado por la cuestión de las pensiones, protestas en la tribuna de invitados, y la sombra de Adamuz extendiéndose sobre cualquier debate que toque Transportes o el funcionamiento del Estado. Ese cóctel explica que una palabra suelte metralla y que la Presidencia responda con rapidez.

A nivel parlamentario, el episodio coloca a Vox otra vez en un territorio que conoce bien: el de tensar el lenguaje para marcar agenda. También fuerza al resto de grupos a posicionarse no solo sobre la frase, sino sobre el marco: si se tolera la acusación moral máxima, el listón sube y cada discusión futura se vuelve más áspera. Si se corta, se acusa a la Presidencia de “censurar” o de “doble rasero”. Es una trampa habitual. Pero, reglamento en mano, el Congreso tiene instrumentos para sostener una idea simple: se puede ser durísimo sin llamar asesino a nadie desde la tribuna.

El trasfondo práctico, además, seguirá vivo en los próximos días: qué hará el Gobierno para recuperar la subida de las pensiones, si separará medidas en decretos distintos para recomponer apoyos, cómo gestionará el choque con Junts y el PP, y si la presión social por las prestaciones empuja a una solución rápida. La bronca verbal tapa durante unas horas lo esencial, pero lo esencial vuelve, como vuelven las facturas y las nóminas. En un país con millones de pensionistas pendientes de una revalorización, el Parlamento no puede vivir solo de gritos.

Mientras tanto, Adamuz sigue en su propio reloj, que no es el reloj del Congreso. La investigación técnica seguirá abriendo piezas, analizando materiales, revisando registros, esperando informes. La judicial avanzará a su ritmo. Las familias seguirán con trámites, duelos, preguntas sin respuesta y, en algunos casos, con hospital. La política, en cambio, tiene el vicio de la inmediatez: necesita culpables y titulares hoy, aunque la verdad llegue más tarde.

El “asesinos” de Figaredo ya no figura como tal en el Diario de Sesiones, pero nadie lo ha borrado del aire: quedó dicho, quedó escuchado, quedó grabado. Lo que sí ha hecho el Congreso es poner una marca institucional, un límite escrito, una forma de recordar que el hemiciclo no es una plaza sin normas. La frase buscaba un golpe; la Presidencia respondió con reglamento. Y el país, atrapado entre pensiones en disputa y trenes bajo investigación, se quedó con la sensación de siempre: que a veces una sola palabra ocupa el espacio donde deberían estar los datos.


Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Congreso de los Diputados, RTVE, elDiario.es, Verne EL PAÍS.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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