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¿Por qué León XIV vuelve a cargar contra el antisemitismo?

León XIV reafirma la condena al antisemitismo en el Día de la Memoria y cita Nostra Aetate mientras crece tensión social en Europa y España.

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León XIV vuelve a cargar contra el antisemitismo

León XIV reafirma la condena al antisemitismo en el Día de la Memoria y cita Nostra Aetate mientras crece tensión social en Europa y España.

El papa León XIV ha aprovechado el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, este martes 27 de enero de 2026, para fijar posición con una frase que no admite dobles lecturas: la Iglesia católica se mantiene “firme” contra el antisemitismo y rechaza cualquier discriminación o acoso por motivos étnicos, de lengua, nacionalidad o religión. Lo ha dicho en un mensaje difundido desde su cuenta oficial en X, citando de forma expresa la declaración Nostra Aetate, el texto del Concilio Vaticano II firmado por Pablo VI en 1965 que marcó un antes y un después en la relación de la Iglesia con el judaísmo y, por extensión, en su rechazo oficial del odio antijudío.

La publicación del pontífice —Robert Francis Prevost, elegido papa el 8 de mayo de 2025 con el nombre de León XIV— llega en un contexto especialmente sensible: Europa encadena alertas sobre el aumento de incidentes antisemitas, España acaba de ver cómo el odio se estampaba sobre lápidas en Barcelona y la conversación pública mezcla con demasiada facilidad conflicto internacional, consignas y estereotipos. El mensaje del Papa no pretende ser un sermón abstracto ni una pieza de museo; es, más bien, una línea pintada en el suelo en un día que obliga a mirar el pasado con los ojos abiertos y el presente sin anestesia.

El mensaje del Papa en la fecha que pesa

El núcleo del texto, tal como lo difundió León XIV en X, es muy concreto: “Hoy, Día de la Memoria, deseo recordar que la Iglesia permanece fiel a la firme posición de la Declaración Nostra Aetate contra todas las formas de antisemitismo, y rechaza cualquier discriminación o acoso por motivos étnicos, de lengua, nacionalidad o religión”. En una sola frase condensa dos ideas que se sostienen entre sí. Primero, una condena explícita del antisemitismo, sin eufemismos ni rodeos. Después, un marco más amplio para dejar claro que el odio rara vez se queda en un solo cajón; aprende a moverse, se disfraza, migra de objetivo cuando le conviene.

El 27 de enero no es un día cualquiera. Es la jornada en la que se conmemora la liberación de Auschwitz-Birkenau en 1945, el nombre que sintetiza la maquinaria de la Shoá y el exterminio planificado: deportaciones, selección, trabajo esclavo, hambre, cámaras de gas, ceniza. El Día de la Memoria existe, precisamente, para evitar el atajo cómodo de “eso pasó hace mucho”. En Europa, el Holocausto no está lejos: está debajo, como una capa de terreno que todavía enfría. Por eso el adjetivo elegido por León XIV, “firme”, pesa más que cualquier floritura. No es una palabra emotiva; es una palabra de estructura, de columna, de “aquí no”.

También hay una lectura contemporánea en la elección del canal. X es altavoz, sí, pero también es un espacio donde el prejuicio encuentra autopistas. En redes, un tópico se convierte en “tendencia” antes de que alguien lo contradiga; una insinuación viaja más que una explicación; una imagen manipulada hace más daño que una rectificación. Mencionar el antisemitismo con nombre propio en ese territorio es, en cierta forma, encender luz donde a muchos les conviene la penumbra: la penumbra del “solo era una broma”, del “no lo decía en serio”, del “era política”, del “no es para tanto”.

León XIV no está improvisando ni inaugurando doctrina. Se apoya en Nostra Aetate y se coloca en continuidad con una línea que la Iglesia lleva décadas proclamando. Lo relevante está en el momento: el ruido de fondo ha subido. Y cuando el ruido sube, el silencio —aunque sea educado— deja de ser neutral.

Nostra Aetate, 1965: el texto que no permite coartadas

La referencia a Nostra Aetate es el corazón del mensaje porque sitúa la condena del antisemitismo en un compromiso formal y reconocible. La declaración, promulgada por Pablo VI el 28 de octubre de 1965 en el marco del Concilio Vaticano II, buscó redefinir la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas. Es un documento breve, pero su apartado sobre el judaísmo fue decisivo: reconoce el vínculo espiritual con el pueblo judío, descarta la idea de una culpa colectiva imputable a los judíos por la muerte de Jesús y afirma que la Iglesia deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo “de cualquier tiempo y persona”. La frase es seca, casi jurídica. Y quizá por eso aguanta.

Ese giro no se entiende del todo si no se mira lo que deja atrás. Durante siglos, en distintas capas de la cultura europea, “lo judío” fue tratado como etiqueta sospechosa, caricatura económica, explicación fácil para lo complejo. La teología, en algunos momentos, no ayudó: ciertas lecturas del relato de la Pasión se deslizaron hacia el estigma; ciertas costumbres sociales normalizaron el desprecio. Nostra Aetate no arregló el mundo, pero cambió el marco oficial: la Iglesia ya no podía convivir con el antisemitismo sin traicionarse a sí misma. Ese es el punto que León XIV rescata al citarla en el Día de la Memoria: no está opinando, está reafirmando una obligación.

En el pontificado de León XIV, Nostra Aetate ha reaparecido como referencia. En 2025, al cumplirse 60 años del documento, el Vaticano celebró un acto con presencia de representantes de otras confesiones y entidades vinculadas al diálogo interreligioso. León XIV habló entonces de una “semilla de esperanza” para el diálogo y de la tarea de promover unidad y respeto entre pueblos. Ese antecedente hace que el mensaje de este 27 de enero tenga continuidad: no es un gesto aislado, es una insistencia.

“Contra todas las formas”: por qué esa frase importa

La expresión “contra todas las formas de antisemitismo” no es un adorno. El antisemitismo moderno rara vez se presenta con una pancarta obvia. A menudo llega disfrazado: conspiraciones de “poder oculto”, acusaciones colectivas, negacionismo o distorsión histórica, acoso digital, estereotipos reciclados con estética nueva. Otras veces se cuela en debates legítimos: se critica a un Gobierno, se discuten decisiones militares o diplomáticas, se protesta con dureza… y alguien aprovecha la marea para señalar a personas por ser judías, como si la identidad fuese un parte de guerra. Ahí cambia todo: ya no se discuten hechos, se apunta a gente.

Por eso el Papa no se limita a decir “estamos contra el antisemitismo”. Añade el rechazo de cualquier discriminación por etnia, lengua, nacionalidad o religión. Es una manera de subrayar que el antisemitismo no vive en el vacío: crece mejor cuando la sociedad tolera otras formas de desprecio. Si se normaliza señalar al otro por su origen o su fe, el antisemitismo encuentra terreno fértil. Nostra Aetate se escribió, en parte, para evitar que la religión se convirtiera en coartada del odio.

España y Europa: cuando el antisemitismo baja a la calle

Hablar de antisemitismo en 2026 no es hablar solo de memoria histórica. Es hablar de seguridad y convivencia. En Europa, diferentes estudios y encuestas han reflejado una realidad persistente: muchas personas judías se sienten menos seguras, evitan mostrar símbolos visibles de su identidad y ajustan rutinas por prudencia. No es una sensación nacida de una sola noticia; es un clima que se forma por acumulación: insultos, amenazas, pintadas, campañas de hostigamiento, agresiones. El odio funciona así, por gotas. No siempre hace falta un golpe para que la vida cambie; a veces basta la sospecha constante.

En España, los datos también han encendido alertas. El Observatorio de Antisemitismo en España —impulsado por la Federación de Comunidades Judías de España y el Movimiento contra la Intolerancia— ha descrito 2024 como el año de mayor repunte de la historia reciente, con un aumento del 321% en discursos, incidentes y ataques respecto a 2023, y del 567% respecto a 2022. En ese marco, informaciones publicadas a partir del informe han cifrado en 193 los incidentes antisemitas registrados en 2024. Detrás del número hay tipologías distintas: desde discurso de odio en redes a daños a símbolos, intimidaciones, acoso o episodios en espacios públicos. El propio Observatorio subraya, además, que no todo se denuncia, y que parte de lo que ocurre queda fuera del radar por miedo, fatiga o falta de confianza en que sirva de algo.

Más allá de la cifra, el dibujo es reconocible. Hay antisemitismo en redes, donde el anonimato acelera y la impunidad desinhibe; hay incidentes en el espacio público, desde pintadas hasta insultos; y hay un fenómeno especialmente delicado: la forma en que determinados discursos se cuelan en ámbitos transversales —educativo, cultural, mediático, deportivo— bajo el paraguas de un lenguaje que pretende ser “solo político” pero acaba señalando identidades. El informe del Observatorio insiste en esa mutación: el odio se vuelve más sutil, más “presentable”, más fácil de justificar, como si una etiqueta pudiera convertirlo en algo aceptable.

En Europa, esa discusión se complica por un factor adicional: la batalla por las definiciones. Hay organizaciones que alertan de la necesidad de distinguir crítica política y odio identitario para no confundir planos; y hay organismos que subrayan que la crítica legítima no puede ser coartada para la deshumanización o el acoso a personas por ser judías. En el día a día, la diferencia se ve con claridad cuando se mira el objetivo: si el blanco es un Gobierno por decisiones concretas, es debate político; si el blanco son “los judíos” como categoría, o si se persigue a alguien por llevar una kipá, por un apellido o por pertenecer a una comunidad, es odio. Y el odio, una vez que se normaliza, se vuelve contagioso.

Barcelona: tumbas profanadas y una ciudad en alerta

En ese contexto general, Barcelona ha vivido uno de los episodios más sensibles de los últimos días. Se registraron actos vandálicos en el recinto hebreo del cementerio de Les Corts, con daños en más de una veintena de tumbas y lápidas, según la información trasladada por la Comunidad Judía de Barcelona y por el propio Ayuntamiento. La reacción institucional y comunitaria fue inmediata: Cementiris de Barcelona y la comunidad judía acordaron cerrar temporalmente —hasta el lunes 26 de enero— los espacios hebreos de tres cementerios, Les Corts, Sant Andreu y Collserola, para revisar y reforzar la seguridad y colaborar con la investigación.

El alcalde Jaume Collboni condenó los hechos y defendió que “el odio no tiene cabida” en una Barcelona plural; el presidente del Parlament, Josep Rull, trasladó solidaridad a la comunidad judía; la Embajada de Israel en España calificó lo ocurrido como actos antisemitas y pidió medidas urgentes. Hubo, además, discusión política local: el Partido Popular criticó la clausura temporal de recintos y exigió reapertura con vigilancia. En paralelo, las autoridades municipales y la comunidad judía trabajaron en una denuncia conjunta ante la Fiscalía de Barcelona y en la recuperación del espacio dañado. No era un debate cultural ni una polémica de redes: era un ataque a la memoria y a la dignidad de personas fallecidas, una profanación con mensaje.

El episodio tiene un efecto inmediato en cómo se lee el mensaje de León XIV. Cuando se profanan tumbas, el antisemitismo deja de ser un debate abstracto y se vuelve un acto de violencia simbólica con huella física. No hay teoría que compita con una lápida rota. Por eso el mensaje papal, publicado en esos mismos días y en plena conmoción por lo ocurrido, adquiere otro espesor en España. No es solo Roma hablando desde lejos: es una autoridad global pronunciando una condena clara mientras aquí se investiga un ataque que ha obligado a revisar seguridad y a replantear rutinas.

El caso de Barcelona, además, recuerda un punto incómodo: el antisemitismo no necesita multitudes para hacer daño. No hace falta una masa para profanar un cementerio. Basta un grupo pequeño —o una sola persona— con intención y tiempo. Esa asimetría explica por qué la prevención y la condena pública importan: el odio actúa a menudo de forma nocturna, discreta, con la esperanza de que a la mañana siguiente todo se llame “gamberrada” y se pase página. Cuando instituciones y autoridades lo nombran como lo que es, el margen para rebajarlo se estrecha.

La diplomacia vaticana: condena clara y diálogo difícil

El mensaje del 27 de enero encaja con una secuencia de gestos recientes del pontificado. En diciembre de 2025, el presidente de Israel, Isaac Herzog, mantuvo una conversación telefónica con León XIV en la que el Papa reiteró la condena de la Iglesia a toda forma de antisemitismo y a la violencia antisemita, en un contexto marcado por un ataque ocurrido en Sídney. En esa misma interlocución, la Santa Sede situó también su preocupación humanitaria y su deseo de que se persevere en vías de paz en Oriente Medio. En el lenguaje vaticano, ese equilibrio es una rutina difícil: condenar el odio sin matices, sostener diálogo y, a la vez, no renunciar a reclamar humanidad donde haga falta.

La imagen de León XIV con Herzog el 4 de septiembre de 2025 se ha recuperado estos días como símbolo de esa interlocución. En diplomacia, una foto no es un souvenir. Es un mensaje: hay canal abierto, hay reconocimiento, hay voluntad de diálogo. Para el Vaticano, mantener conversaciones no equivale a respaldar cada decisión de un Gobierno; equivale a sostener capacidad de interlocución, y a veces mediación, en conflictos donde casi todo el mundo habla a gritos y escucha poco.

En la cuestión del antisemitismo, esa interlocución tiene una dimensión evidente: la protección de comunidades judías en todo el mundo y la condena del odio antijudío como fenómeno que no puede justificarse ni por contexto ni por indignación política. León XIV insiste en la palabra “firme” porque, en este asunto, la equidistancia suena a cálculo, y el cálculo, cuando se trata de derechos básicos, se percibe como una forma de abandono. El pontífice opta por una frase austera y frontal, casi seca, apoyada en un texto conciliar que no deja margen para la ambigüedad.

Detrás de todo está la sombra larga del siglo XX. La Shoá no fue un rayo aislado. Fue una cadena: propaganda, estigmas, leyes, expulsión, deportación, exterminio. Empezó por la palabra repetida y terminó en la industria de la muerte. Por eso el Día de la Memoria no es un rito de nostalgia; es un recordatorio de mecanismo. Y por eso, cuando el Papa recuerda Nostra Aetate, está recordando también que la Iglesia no puede permitirse ambigüedades históricas: el antisemitismo no es un tema discutible, es un fracaso moral, social y espiritual. Y cuando reaparece, aunque sea con máscara nueva, merece la misma condena.

La frase que quiere cortar el paso al odio

La intervención de León XIV este 27 de enero de 2026 es breve, pero su arquitectura está diseñada para durar. Ancla la condena del antisemitismo en un documento —Nostra Aetate— que representa un giro histórico de la Iglesia; la sitúa en el Día de la Memoria del Holocausto, cuando el mundo recuerda Auschwitz y el exterminio planificado; y añade, como refuerzo, el rechazo a cualquier discriminación por motivos identitarios. No hay exceso de adjetivos ni tono teatral. Hay una frase con vocación de norma.

El mensaje llega, además, cuando la realidad ofrece pruebas incómodas. España tiene sobre la mesa un repunte muy notable de discursos e incidentes antisemitas durante 2024; Barcelona ha vivido el vandalismo contra tumbas en el recinto hebreo de Les Corts y la clausura temporal de recintos hebreos en varios cementerios, con autoridades y comunidad judía trabajando ya en una denuncia ante Fiscalía; Europa discute cómo medir y combatir un fenómeno que se ha digitalizado y se ha mezclado con la polarización. En ese escenario, “firme” no suena a retórica: suena a una tentativa de cortar el paso a la coartada.

Hay un último matiz, quizá el más tangible: cuando una autoridad global nombra el problema y lo condena sin rodeos, reduce el espacio de la excusa. No detiene por sí sola a quien odia, pero deja el odio más expuesto; lo obliga a mostrarse. Y el odio, cuando se ve, cuando deja huella, cuando se reconoce como tal, tiene más difícil colarse en la conversación pública disfrazado de polémica. Para una institución como la Iglesia, recordarlo en el Día de la Memoria no es un gesto ornamental: es un recordatorio con nombre, fecha y un compromiso que, en 2026, sigue siendo urgente.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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