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¿Por qué Trump se declara el mejor presidente de EEUU de la historia?

Trump se coloca por encima de Lincoln y Washington en su propio ranking, mientras los historiadores lo colocan entre los peores presidentes.

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Trump avisa

Donald Trump ha decidido resolver uno de esos debates históricos que suelen ocupar bibliotecas enteras con un método bastante más expeditivo: colocándose a sí mismo en el primer puesto. El presidente de Estados Unidos difundió este jueves una clasificación de los mandatarios del país en la que aparece por encima de Abraham Lincoln, George Washington, Franklin D. Roosevelt y Thomas Jefferson. No es una encuesta académica ni el resultado de una consulta independiente. Es su lista.

La publicación llega, además, con una ironía difícil de fabricar mejor. La encuesta académica de referencia más reciente sobre la grandeza presidencial estadounidense, elaborada en 2024 por el Presidential Greatness Project, situó a Trump en el puesto 45, el último. Lincoln quedó primero; Roosevelt, segundo; Washington, tercero. Dos clasificaciones y un océano entre ellas.

La peculiar lista de Trump: él primero, Lincoln después

El gráfico compartido por Trump establece varias categorías para ordenar a los presidentes de Estados Unidos. En lo alto aparece el actual mandatario, presentado directamente como “The Greatest”, el más grande. Por debajo quedan figuras que llevan décadas encabezando los estudios históricos sobre la Presidencia estadounidense.

Abraham Lincoln, George Washington, Franklin D. Roosevelt, Woodrow Wilson, Thomas Jefferson y Andrew Jackson aparecen entre los considerados grandes. Theodore Roosevelt desciende un escalón. Bill Clinton queda en una zona intermedia. Y en la parte baja aparecen varios presidentes por los que Trump nunca ha ocultado precisamente su falta de entusiasmo, entre ellos Barack Obama, Joe Biden y Jimmy Carter.

Hay ausencias llamativas. Ronald Reagan, probablemente el presidente republicano más venerado por el partido antes de la irrupción del trumpismo, no ocupa ningún lugar relevante en el esquema. Tampoco aparece George W. Bush entre los nombres destacados. La clasificación tiene así algo de panteón histórico y bastante de álbum personal: entran los admirados, caen los adversarios y el propietario del álbum se reserva la portada.

La ocurrencia tampoco nace completamente de la nada. En 1948, la revista Life publicó los resultados de una encuesta realizada a 55 historiadores que distribuía a los presidentes estadounidenses en varias categorías de grandeza. Ese tipo de clasificaciones existe desde hace décadas y ha terminado convirtiéndose en un pequeño género académico estadounidense. Otra cosa, claro, es añadir el propio nombre en la cúspide mientras todavía se gobierna.

El dato que explica por qué Trump publica el gráfico

La publicación apareció después de que CNN mostrara un dato políticamente mucho más importante que la tabla. Entre los votantes republicanos, Trump es de largo el presidente republicano más admirado: el 53% lo escogió a él, frente al 18% que eligió a Ronald Reagan y apenas el 8% que mencionó a Abraham Lincoln.

Ese resultado retrata hasta qué punto el Partido Republicano de 2026 es el partido de Trump. Reagan fue durante décadas su referencia ideológica; Lincoln, su fundador histórico. Ambos quedan ahora muy por detrás de un presidente todavía en ejercicio. No hace falta rebuscar demasiado para comprender por qué Trump quiso compartir el dato y, de paso, elevarlo varios pisos hasta convertir popularidad partidista en grandeza histórica.

Pero son dos cosas distintas. Ser el presidente favorito de los republicanos actuales no equivale a ser considerado el mejor presidente de la historia. Una encuesta de simpatía entre electores mide identificación política. Un estudio historiográfico intenta valorar liderazgo, resultados, instituciones, gestión de crisis, legado democrático o consecuencias a largo plazo. Pueden discutirse ambos métodos —y se discuten—, pero intercambiarlos es como utilizar los aplausos de una grada para decidir quién escribió la mejor novela del siglo.

Los historiadores cuentan una historia muy diferente

El Presidential Greatness Project de 2024 pidió a especialistas en Presidencia y política estadounidense que puntuaran a los mandatarios en una escala de 0 a 100. Abraham Lincoln obtuvo 93,87 puntos y encabezó la clasificación. Franklin D. Roosevelt quedó segundo con 90,83 y George Washington tercero con 90,32.

Trump obtuvo 10,92 puntos y terminó en el puesto 45, por detrás de James Buchanan y Andrew Johnson, dos presidentes que tradicionalmente ocupaban el sótano de este tipo de estudios. Joe Biden apareció en el número 14; Barack Obama, en el séptimo; Ronald Reagan, en el 16.

Conviene introducir aquí una precaución que la pelea política suele perder por el camino. Estos rankings no son tablas científicas capaces de decretar matemáticamente quién fue el mejor presidente. Dependen de criterios históricos, de la perspectiva de los especialistas y del momento desde el que se observa cada mandato. Presidentes que suben con los años pueden volver a bajar cuando cambia la interpretación de sus políticas.

Tampoco puede despacharse el resultado simplemente como una reunión de adversarios políticos de Trump. El estudio recopiló respuestas de especialistas con distintas orientaciones ideológicas y encontró diferencias entre ellas, aunque Trump permaneció entre los últimos puestos incluso entre grupos ideológicos diferentes. Eso no convierte el ranking en verdad revelada. Sí vuelve bastante difícil presentarlo como una simple votación partidista disfrazada de academia.

La popularidad republicana no se parece a la nacional

Ahí aparece la segunda gran contradicción de esta historia. Trump domina cultural y políticamente el Partido Republicano, pero su posición entre el conjunto del electorado estadounidense es mucho más débil.

Una encuesta Reuters/Ipsos cerrada el 24 de agosto situó su aprobación nacional en el 33%, igualando el mínimo registrado en sus dos presidencias por esa serie demoscópica. Solo uno de cada tres estadounidenses aprobaba su gestión. El estudio entrevistó a 1.215 adultos y tenía un margen de error de tres puntos porcentuales.

El contraste resulta extraordinario: el 53% de los republicanos lo considera el presidente republicano que más admira, mientras apenas el 33% del conjunto del país aprueba su trabajo en la Casa Blanca. Más que una contradicción estadística es una fotografía de la polarización estadounidense. Trump puede encontrarse simultáneamente en un momento de enorme autoridad dentro de su partido y de considerable debilidad fuera de él.

Su presidencia funciona desde hace años sobre esa doble vía. Para sus seguidores representa ruptura, fortaleza frente al establishment y una presidencia que no pide permiso. Para sus críticos encarna precisamente lo contrario: erosión institucional, personalismo y conversión de la función presidencial en una prolongación del líder. El gráfico publicado esta semana cabe perfectamente en esa disputa.

Trump también quiere escribir su propia historia presidencial

La clasificación tampoco constituye un episodio aislado. Durante su segundo mandato, Trump ha mostrado un interés muy visible por cómo quedará representado su legado y por la forma en que la historia estadounidense se cuenta desde instituciones federales.

La Casa Blanca instaló un denominado “Presidential Walk of Fame” con retratos de antiguos mandatarios y placas dedicadas a sus presidencias. Varias de esas inscripciones fueron cuestionadas por historiadores y verificadores por contener afirmaciones partidistas, exageraciones o datos falsos. Joe Biden ni siquiera recibió el tratamiento convencional: su representación fue sustituida por una imagen de un autopen, la máquina utilizada para reproducir firmas presidenciales.

La Administración también ha revisado contenidos de instituciones culturales y lugares históricos federales, especialmente aquellos relacionados con episodios incómodos de la historia estadounidense. Es un terreno delicado. Todo Gobierno selecciona símbolos y conmemoraciones; cuando esa selección comienza a determinar qué partes del pasado merecen ser recordadas y cuáles resultan molestas, la discusión deja de ser decorativa.

Trump parece especialmente interesado en ese combate por la memoria. Monumentos, nombres, placas, retratos, edificios, rankings. La presidencia como obra política, pero también como escenografía. Y él, naturalmente, ocupa el centro del escenario.

Entre el mejor presidente y el último de la clasificación

Probablemente ningún ranking consiga zanjar definitivamente dónde debe colocarse a Donald Trump. Todavía gobierna y algunos efectos de su presidencia solo podrán medirse dentro de años. Eso mismo hace especialmente peculiar que el propio interesado haya decidido adelantarse a historiadores, archivos y generaciones posteriores.

De momento existen dos fotografías difíciles de reconciliar. En una, Trump aparece en la cima de su propio gráfico, por encima de Washington y Lincoln. En la otra, la última gran encuesta académica de especialistas lo sitúa en el puesto 45, el último.

Entre ambas queda algo quizá más revelador que cualquier clasificación. Trump no solo quiere ejercer el poder; también disputa quién tiene derecho a contar lo que ese poder significa. Y en esa batalla la modestia, como tantas otras viejas convenciones presidenciales, parece haber sido enviada hace tiempo al archivo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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