Síguenos

Tecnología

¿Qué está fallando con la tecnología en las aulas tras PISA 2025?

PISA 2025 pone el foco en el uso de pantallas, la distracción digital y la IA en clase, y obliga a revisar cómo se integra la tecnología escolar

Foto del avatar

Publicado

el

la tecnología en las aulas

Resumen

  • PISA 2025 vincula la distracción digital con peores resultados académicos
  • El uso moderado de tecnología puede ayudar si tiene una finalidad pedagógica
  • La IA ya forma parte del aula y obliga a replantear cómo se aprende y evalúa

La tecnología en las aulas no consiste simplemente en colocar una tableta delante de cada alumno, sustituir el libro por un PDF o proyectar una presentación donde antes había una pizarra. Incluye ordenadores, pizarras digitales, plataformas educativas, aplicaciones, simuladores, vídeos, herramientas de programación y, cada vez más, inteligencia artificial. Pero también incluye algo bastante menos vistoso: decidir cuándo utilizar todo eso, para qué y bajo la dirección de quién.

Y ahí está buena parte del problema. Los nuevos resultados de PISA 2025 no dicen que las pantallas sean incompatibles con aprender. Dibujan algo más incómodo y menos fácil de convertir en eslogan: la tecnología puede ayudar cuando tiene una finalidad pedagógica clara y un uso contenido, mientras que la distracción digital, el ocio durante las clases y determinados usos intensivos aparecen asociados a peores resultados. La pantalla no es el profesor, ni el método, ni mucho menos una varita mágica con batería.

La tecnología educativa no es «dar una tableta»

Durante años, una parte de la digitalización escolar se ha medido casi como se mide el equipamiento de una oficina: número de dispositivos, conexiones, proyectores, licencias, plataformas. Cuantos más cacharros, más moderna parecía el aula. Era una idea tentadora porque permitía fotografiar la innovación. Un alumno con un portátil abierto luce más siglo XXI que otro tomando apuntes en un cuaderno; otra cosa es saber qué está ocurriendo dentro de esas dos cabezas.

La tecnología educativa tiene sentido cuando permite hacer algo mejor: visualizar un fenómeno científico difícil de reproducir, manipular datos, programar, practicar una lengua escuchando hablantes reales, acceder a documentos históricos, realizar una simulación matemática o adaptar ejercicios al ritmo de aprendizaje. También puede facilitar al profesor detectar errores comunes y ofrecer materiales distintos a alumnos que no avanzan a la misma velocidad.

El simple cambio de soporte, en cambio, aporta bastante menos. Leer en una pantalla exactamente el mismo texto que antes aparecía impreso no constituye por sí solo una revolución pedagógica. Tampoco hacer clic en diez ejercicios idénticos convierte una ficha tradicional en innovación. A veces sólo hemos cambiado el olor del papel por el reflejo azul de una pantalla.

La advertencia no es nueva. Organismos educativos internacionales llevan tiempo señalando que existe menos evidencia sólida de la que cabría esperar sobre el valor añadido de muchas tecnologías educativas y que su eficacia depende del contexto, la finalidad y la forma de implantarlas. Comprar tecnología resulta relativamente sencillo; integrarla bien en una clase de 25 o 30 alumnos es otro oficio.

PISA 2025 vuelve a colocar las pantallas bajo el foco

PISA 2025 ha evaluado a más de 760.000 estudiantes de 15 años de 91 países y economías. El panorama general no invita precisamente a descorchar champán en los ministerios de Educación: la media de la OCDE cayó hasta su nivel histórico más bajo en lectura y matemáticas, mientras ciencias se mantuvo más estable respecto a 2022.

España tampoco sale especialmente bien parada. Los resultados de 2025 están por debajo de la media de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias, y figuran entre los registros más bajos del país. Respecto a 2022, el rendimiento disminuyó en matemáticas y lectura y permaneció aproximadamente estable en ciencias. El porcentaje de estudiantes con dificultades básicas también ha aumentado durante la última década.

Sería demasiado fácil —y metodológicamente incorrecto— mirar esas notas, mirar después una tableta y declarar resuelto el misterio. PISA muestra asociaciones, no demuestra que las pantallas sean la causa única del descenso. El rendimiento escolar depende también del contexto socioeconómico, el absentismo, el clima de clase, la enseñanza recibida, los hábitos familiares, la motivación, la lectura y muchos otros factores.

Pero los datos digitales son demasiado consistentes como para despacharlos con un encogimiento de hombros. En el conjunto de la OCDE, los estudiantes pasan alrededor de 1,7 horas diarias utilizando dispositivos para aprender dentro del colegio y otras 1,1 horas para actividades de ocio durante la jornada escolar. El rendimiento en ciencias tiende a ser mejor con un uso educativo moderado que con la ausencia total de tecnología o con un empleo muy elevado.

Para el ocio ocurre algo distinto. Superada aproximadamente una hora diaria dentro del centro, los resultados empeoran progresivamente. No es una guerra entre pantalla y papel. Es una cuestión de tiempo, finalidad y, sobre todo, atención.

España: las pantallas también se usan para no estudiar

Los alumnos españoles declararon utilizar dispositivos digitales en el colegio durante una media de 1,4 horas al día para aprender. A eso se añaden aproximadamente 0,7 horas de uso para ocio. Y un 29% afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos durante la mayoría o todas las clases de ciencias, prácticamente la misma proporción que en el conjunto de la OCDE.

La diferencia académica asociada a esa situación tampoco es pequeña. En España, los estudiantes que describen clases afectadas por la distracción digital obtienen 16 puntos menos en ciencias que aquellos que no la señalan, una vez consideradas las diferencias socioeconómicas contempladas en el análisis.

Imagine una clase aparentemente tranquila. Nadie habla. Treinta alumnos miran hacia abajo. Desde la puerta podría parecer concentración monástica. Pero uno busca información sobre la fotosíntesis, otro termina un ejercicio, tres responden mensajes, alguien mira un vídeo y otro ha descubierto una oferta extraordinaria de zapatillas. El silencio ya no garantiza atención.

Esa es una diferencia importante respecto al viejo alumno despistado que dibujaba en el margen del cuaderno. El dispositivo conectado contiene dentro prácticamente todo lo que compite con la clase: conversaciones, juegos, redes sociales, vídeos, titulares y notificaciones diseñadas precisamente para reclamar una mirada.

Prohibir el móvil ayuda, pero no arregla una mala clase digital

Los centros educativos han reaccionado. En España, el 86% de los estudiantes de PISA 2025 estaba escolarizado en centros cuyos directores declararon que el uso del móvil no estaba permitido en las instalaciones, frente al 67% registrado en 2022. La media de la OCDE es bastante menor: aproximadamente la mitad de los alumnos estudia en centros con alguna prohibición del teléfono.

Las restricciones parecen asociarse con menos distracciones, pero tampoco conviene convertir la prohibición en una religión pedagógica. La relación entre estas políticas y el rendimiento académico no resulta suficientemente clara como para atribuir mejores notas al simple hecho de guardar los teléfonos. Un colegio puede meter los móviles en una caja y seguir utilizando mal los ordenadores.

También puede tener tabletas de última generación y una enseñanza rutinaria. O trabajar magníficamente con tecnología. La cuestión de fondo es qué dispositivo se utiliza, durante cuánto tiempo, para qué actividad y quién controla lo que ocurre mientras permanece encendido.

El móvil plantea un problema especial porque reúne en el mismo objeto la calculadora, el diccionario y el laboratorio… junto a TikTok, WhatsApp, videojuegos, vídeos y una cascada de notificaciones. Pedir a un adolescente que ignore permanentemente ese escaparate mientras permanece abierto sobre la mesa tiene algo de experimento antropológico.

Cuando la tecnología responde a una instrucción concreta del docente, las posibilidades de dispersión disminuyen. Cuando el estudiante navega libremente entre aplicaciones, pestañas y avisos, el aula empieza a competir contra medio internet. Y medio internet suele jugar con ventaja.

La inteligencia artificial ya está sentada en el pupitre

El debate ni siquiera puede limitarse a móviles y tabletas. La IA generativa ha irrumpido en las aulas con una rapidez que deja anticuadas algunas discusiones de hace apenas tres cursos. Chatbots capaces de resumir, traducir, explicar, redactar y resolver ejercicios están ya en el bolsillo de millones de estudiantes.

En España, el 54% de los alumnos de 15 años afirma utilizar chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana, por encima del 46% de la OCDE. Un 42% los emplea para hacer una primera investigación sobre un tema, el 40% para resumir textos que debía leer y el 33% para redactar trabajos.

Apenas un 8% asegura no utilizar nunca o casi nunca estas herramientas para ninguna de las tareas escolares analizadas. La IA en la educación, por tanto, ha dejado de ser una posibilidad futurista. Está dentro del aula, aunque en ocasiones el profesor no la vea.

Ese 40% que utiliza IA para resumir un texto que tenía que leer contiene casi todo el dilema educativo en una sola cifra. La herramienta puede ayudar a comprender un documento complicado, explicar un concepto desde otro ángulo o detectar una duda. Pero también puede ejecutar precisamente el esfuerzo intelectual que el ejercicio pretendía entrenar.

Es parecido a llevar una grúa al gimnasio. Levanta el peso de maravilla; el problema es que los músculos que debían trabajar no eran los de la grúa.

La alfabetización digital, por eso, ya no significa únicamente enseñar a utilizar un procesador de textos o buscar una página fiable. Significa aprender a distinguir información dudosa, verificar respuestas automáticas, detectar errores, comprender cómo funciona una recomendación algorítmica y saber cuándo no delegar el pensamiento.

El profesor sigue siendo el sistema operativo del aula

Una escuela puede disponer de fibra óptica, ordenadores rápidos y licencias de media docena de plataformas y seguir teniendo una integración digital mediocre. Convertir los recursos tecnológicos en mejor aprendizaje continúa siendo un desafío, y la preparación de los centros para utilizar esas herramientas no avanza siempre al mismo ritmo que las compras de equipos.

La formación del profesorado importa, aunque tampoco consiste en aprender dónde está cada botón. Un docente necesita saber qué herramienta mejora realmente una actividad, qué parte conviene realizar en papel, cuándo una búsqueda en internet aporta algo, cómo impedir que una tarea se transforme en copiar y pegar y qué hacer cuando un alumno entrega un texto perfectamente escrito que apenas comprende.

Ahí aparece una paradoja bastante contemporánea. Cuanto más potente se vuelve la tecnología, más importante resulta el criterio humano que decide cómo utilizarla. El software puede multiplicar las posibilidades de una clase, pero no establece por sí solo qué merece atención, qué debe memorizarse, qué conviene discutir y qué ejercicio necesita esfuerzo sin atajos.

Un buen profesor puede proyectar durante cinco minutos una simulación y después apagar la pantalla para discutir lo observado. Puede hacer que los alumnos comparen la respuesta de una IA con un documento original. Puede utilizar ordenadores para analizar datos y volver luego al cuaderno para ordenar ideas. Tecnología y enseñanza tradicional no tienen por qué mirarse desde trincheras opuestas.

El error aparece cuando digitalizar se convierte en una finalidad administrativa: hay dispositivos, luego hay innovación. No necesariamente. También hay cocinas llenas de electrodomésticos donde se come fatal.

La pantalla no sustituye a la clase

PISA 2025 deja una imagen más compleja que el habitual duelo entre tecnófilos y enemigos de las pantallas. La tecnología educativa puede mejorar el aprendizaje, pero no automáticamente. Necesita propósito, límites, profesores preparados y actividades en las que el dispositivo haga algo más interesante que sustituir una hoja de papel.

También queda una advertencia difícil de ignorar. Más tiempo frente a pantallas y menos lectura por placer han avanzado junto a peores resultados en comprensión lectora. Al mismo tiempo, ha crecido la proporción de adolescentes que dedica largos periodos a las redes sociales y el grupo de estudiantes que lee con demasiada prisa y responde rápido, pero mal.

La escuela tiene que enseñar a vivir en un mundo digital; fingir que internet, la inteligencia artificial o los dispositivos no existen sería absurdo. Pero prepararse para ese mundo tampoco significa pasar cada hora lectiva mirándolo a través de un cristal.

Una pantalla puede abrir un laboratorio, una biblioteca o un mapa del universo. También puede abrir una notificación justo cuando el alumno empezaba a entender una ecuación. La diferencia no está en encenderla, sino en saber por qué permanece encendida.

Newsletter

Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.