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Historia

¿Cuáles son las religiones más sanguinarias de la historia?

Las tradiciones que acumulan más episodios de violencia no lo son por una “esencia” homicida, sino por su alianza con el poder. Allí donde una fe se convirtió en ley del Estado o en bandera militar, la sangre corrió.

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religiones más sanguinarias de la historia

Las mayores matanzas vinculadas a una religión no demuestran que sus fieles sean más violentos que los de otras. Muestran, sobre todo, qué sucede cuando una autoridad convierte sus creencias en ley, organiza ejércitos o exige víctimas para sus rituales. Entre los episodios mejor documentados figuran las guerras confesionales de la Europa cristiana, la violencia asociada a imperios de distintas épocas y los sacrificios humanos practicados por Estados antiguos. En la actualidad, las redes yihadistas causan miles de víctimas anuales, aunque su violencia tampoco representa al conjunto del islam.

La escala cambia según lo que se mida. La Guerra de los Treinta Años dejó más de 8 millones de muertos según algunas estimaciones, pero no todos fallecieron por motivos religiosos ni a manos de soldados. En cambio, los restos de niños sacrificados en los Andes o los cráneos expuestos en Tenochtitlan muestran una violencia ritual organizada cuyo total histórico se desconoce. No existe una clasificación única y honesta: las guerras, las ejecuciones judiciales, el terrorismo y los sacrificios dejan huellas distintas y responden a mecanismos diferentes.

Por qué no existe una clasificación definitiva

Un conflicto puede comenzar por una disputa doctrinal y continuar por el control de tierras, impuestos o rutas comerciales. También puede ocurrir lo contrario: un gobernante reviste una conquista política de misión sagrada. Por eso, atribuir todas las muertes de una guerra a la fe de sus combatientes produce una contabilidad engañosa. Las alianzas cambian, los civiles mueren por hambre y epidemias, y las fuentes antiguas tienden a exagerar sus victorias o las atrocidades del enemigo.

La comparación exige distinguir la violencia dirigida hacia fuera, como la conquista, los pogromos o los atentados, de la ejercida dentro de una comunidad mediante castigos por herejía, blasfemia o apostasía. Hay, además, una tercera dimensión: el sacrificio humano institucionalizado. Una fosa excavada, un registro judicial y una crónica de batalla no permiten reconstruir el pasado con la misma precisión. Los hallazgos arqueológicos prueban prácticas concretas, pero rara vez permiten calcular cuántas víctimas hubo durante siglos.

Tampoco basta con identificar una creencia y pasar por alto quién disponía de los medios para matar. Un grupo marginal puede justificar un asesinato mediante la religión; un Estado, en cambio, puede movilizar tropas, tribunales y recursos durante generaciones. La diferencia entre ambas situaciones explica buena parte de las cifras. El indicador más revelador no es una supuesta esencia de cada credo, sino su capacidad de administrar violencia en un lugar y una época determinados.

La Europa cristiana: cruzadas, tribunales y guerras

Entre finales del siglo XI y el XIII, las cruzadas reunieron peregrinación armada, conquista y promesa de recompensa espiritual. La toma de Jerusalén en 1099 terminó en una matanza de habitantes de la ciudad, aunque las cifras exactas no pueden establecerse con seguridad. Antes, en 1096, los ataques contra comunidades judías de Renania habían causado miles de muertos. Los asedios posteriores dejaron nuevas víctimas civiles y muestran hasta qué punto la guerra sacralizada podía extenderse más allá de su objetivo militar declarado.

La represión de los disidentes adoptó otra forma en las inquisiciones. La española, activa entre 1478 y 1834, combinó procesos judiciales, censura y confiscación de bienes. Los recuentos basados en archivos sitúan sus ejecuciones aproximadamente entre 3.000 y 5.000 a lo largo de más de tres siglos, dentro de un número mucho mayor de causas. La cifra de muertos es inferior a algunas estimaciones difundidas en el pasado, pero no mide por sí sola el alcance de la persecución, el miedo o la imposición de la ortodoxia. Otras coronas europeas tuvieron instituciones y prácticas inquisitoriales con trayectorias diferentes.

Las cazas de brujas muestran, a su vez, cómo se mezclaron teología, misoginia, conflictos locales y pánico social. Entre los siglos XV y XVII se ejecutó en Europa a unas 40.000 a 60.000 personas, en su mayoría mujeres. Los territorios alemanes y Escocia estuvieron entre los escenarios más castigados. Fuera de Europa, los juicios de Salem, en Massachusetts, terminaron con 19 personas ajusticiadas entre 1692 y 1693. Reducir aquellos procesos a una sola causa religiosa ocultaría la intervención de autoridades civiles y tensiones comunitarias.

La Guerra de los Treinta Años, entre 1618 y 1648, suele ocupar el centro de cualquier recuento por su enorme mortandad: algunas estimaciones superan los 8 millones de fallecidos por combates, hambre y enfermedades. Católicos y protestantes se enfrentaron en el Sacro Imperio y sus alrededores, pero las potencias también persiguieron intereses dinásticos y territoriales. El saqueo, el paso de ejércitos y su abastecimiento a costa de la población hicieron del campo de batalla una región entera. La cifra describe una catástrofe vinculada a un conflicto confesional, no una suma de asesinatos cometidos únicamente por fe.

Las guerras de religión francesas del siglo XVI causaron decenas de miles de muertos y dejaron episodios como la matanza de San Bartolomé de 1572. En las Islas Británicas del siglo XVII hubo asimismo masacres sectarias. Más tarde persistieron las conversiones impuestas y la represión de cultos indígenas en ámbitos coloniales, junto a la violencia antijudía en partes de Europa. Aunque en el siglo XX aparecieron extremistas que emplearon símbolos cristianos, su escala no fue comparable a la de las antiguas guerras entre Estados confesionales.

El islam entre la expansión imperial y el yihadismo

Desde el siglo VII, gobernantes musulmanes construyeron imperios en los que autoridad política y religión estuvieron estrechamente unidas. Las conquistas árabes incorporaron vastos territorios; después, distintos califatos y sultanatos combinaron administración, guerra y legitimidad religiosa. La situación de las comunidades judías y cristianas varió según el lugar y el periodo: hubo formas de coexistencia regulada, con obligaciones fiscales diferenciadas, y también etapas de coerción. Presentar todos esos siglos como una persecución ininterrumpida sería tan impreciso como negar su violencia.

Dentro de esas sociedades, distintas escuelas jurídicas desarrollaron interpretaciones sobre blasfemia, apostasía y otros delitos religiosos. Algunas admitieron la pena de muerte. Hoy persisten en varios Estados leyes que castigan la blasfemia o el abandono de la religión; en contextos como Pakistán e Irán, estas figuras se asocian a condenas severas y episodios de violencia, incluidos linchamientos. Las normas escritas, su aplicación judicial y los ataques de particulares deben examinarse por separado: no siempre coinciden, pero todos pueden amenazar la libertad de conciencia.

El terrorismo yihadista contemporáneo constituye otro fenómeno. Tras perder su dominio territorial en Siria e Irak, Estado Islámico conservó redes y organizaciones afines capaces de atacar en Oriente Medio, África y Asia. Al Shabaab en Somalia y grupos activos en el Sahel occidental forman parte de un panorama en el que se registran miles de víctimas al año, aunque los balances varían según el periodo y los grupos incluidos. Su discurso declara enemigos tanto a personas de otras religiones como a musulmanes que rechazan su interpretación. Equiparar esa violencia insurgente con la historia entera del islam borraría diferencias de siglos, instituciones y sociedades.

América precolonial: la sangre como obligación ritual

En Tenochtitlan, la arqueología ha confirmado que el sacrificio humano formaba parte del funcionamiento ceremonial del Estado mexica. En el entorno del Templo Mayor se han identificado centenares de cráneos vinculados al Huey Tzompantli, una estructura donde se exhibían restos de víctimas. También hay señales materiales de otras prácticas rituales. La existencia de sacrificios regulares y públicos no depende, por tanto, de creer sin reservas las crónicas coloniales, que atribuyeron a determinadas ceremonias cantidades extraordinarias difíciles de comprobar.

Las guerras floridas contribuían a obtener cautivos destinados a esos rituales. La ofrenda de vidas se integraba en una visión del cosmos donde los seres humanos debían sostener el orden del mundo y, al mismo tiempo, en la exhibición de poder de la capital. Religión y política actuaban juntas: el cautivo procedía de un enfrentamiento armado y su muerte se convertía en ceremonia estatal. Los restos hallados permiten reconocer esa conexión entre guerra y altar, aunque no calcular con exactitud el número total de sacrificados.

El mundo maya fue diverso y se extendió durante siglos, pero algunos enclaves también conservan pruebas de sacrificio. En Chichén Itzá, los restos recuperados en el Cenote Sagrado documentan ofrendas humanas. Otros registros muestran decapitaciones, extracción del corazón y sacrificios infantiles en determinados contextos. Existen centenares de individuos documentados en diferentes lugares y periodos, no un total único atribuible a todos los mayas. Las crisis políticas o ambientales pudieron influir en algunos rituales, pero los huesos no permiten reconstruir siempre el motivo preciso de cada muerte.

En la costa norte del actual Perú, la Huaca de la Luna ha proporcionado restos de varones sacrificados por la cultura moche; uno de los niveles mejor estudiados reúne al menos 70 víctimas. Algunos episodios se han relacionado con las alteraciones climáticas de El Niño. Siglos después, el yacimiento chimú de Huanchaquito-Las Llamas reveló más de 140 niños y 200 llamas sacrificados hacia 1450. Es uno de los hallazgos de sacrificio infantil más extensos conocidos en América. La hipótesis de que buscara responder a una crisis climática resulta relevante, aunque el objetivo exacto de quienes organizaron el ritual no puede observarse directamente.

Los incas practicaron la capacocha, una ceremonia que llevó a niños a santuarios de alta montaña. Las momias conservadas en Llullaillaco, Ampato o Chañi permiten estudiar sus preparativos y los lugares donde fueron depositados. La arqueología ha documentado decenas de casos, mientras que el total histórico sigue siendo desconocido. Desde los mexicas hasta los pueblos andinos, las prácticas no fueron idénticas, pero comparten un rasgo decisivo: eran actos organizados dentro de un orden político y religioso, no ataques clandestinos destinados a aterrorizar a una población ajena.

De Ur a Anyang: sacrificios y poder en la Antigüedad

En el Egipto de la I dinastía, hacia 3000 a. C., varias tumbas reales de Abydos aparecieron rodeadas de entierros subsidiarios. Se cuentan decenas en el entorno de Aha y cientos asociados a Dyer, también conocido como Djer. Se interpretan como acompañantes de los gobernantes muertos, una forma de sacrificio funerario de corte que no caracterizó por igual a toda la historia egipcia. La práctica desapareció y los sirvientes simbólicos, representados mediante figuras ushebti, ocuparon más tarde otro lugar en el ajuar funerario.

Los relieves egipcios muestran ejecuciones de prisioneros y afirmaciones violentas del poder real, pero sería incorrecto convertir los entierros de la etapa arcaica en una costumbre permanente del Egipto faraónico. En épocas posteriores existieron castigos corporales, trabajos forzados y pena capital para determinados delitos, incluidos los relacionados con la autoridad o lo sagrado. La distinción importa: una práctica antigua puede extinguirse aunque perduren otras formas de coerción estatal.

Mesopotamia ofrece dos escalas distintas. En el Cementerio Real de Ur se excavaron tumbas con séquitos enterrados junto a figuras de alto rango; una de las fosas más conocidas contenía 68 personas. Los cuerpos y objetos de lujo apuntan a ceremonias funerarias cuidadosamente preparadas. Mucho después, los imperios asirio y babilónico emplearon deportaciones, castigos ejemplares y destrucción de ciudades rebeldes. Los relieves asirios representan incluso empalamientos y desollamientos. La legitimación divina del rey acompañaba esas campañas, aunque el dominio territorial y la intimidación también explican su lógica.

El caso cartaginés requiere especial cautela. Los recintos conocidos como tophet contienen miles de urnas con restos cremados de niños pequeños y animales, junto a estelas de ofrenda relacionadas con Baal Hammon y Tanit. Una interpretación extendida los considera evidencia de sacrificios infantiles; otros investigadores sostienen que al menos parte de los restos podría corresponder a menores fallecidos por otras causas. Miles de urnas no equivalen, sin más, a miles de asesinatos rituales demostrados. El debate afecta precisamente a qué proporción de las muertes puede atribuirse al sacrificio.

Textos del antiguo Levante denuncian ofrendas infantiles asociadas a Moloch en el valle de Hinnom, pero Jerusalén no ha proporcionado un recinto arqueológico equivalente al cartaginés. Conviene distinguir lo que relatan fuentes religiosas, lo que interpretan sus lectores y lo que permite verificar una excavación. En China, por el contrario, las fosas de Anyang, capital tardía de la dinastía Shang, ofrecen pruebas abundantes: miles de víctimas humanas en contextos funerarios y rituales. Los huesos oraculares registran ceremonias con decenas o centenares de sacrificados. Bajo los Zhou, estas prácticas disminuyeron sin desaparecer de inmediato.

Europa antigua también dejó rastros, aunque más dispersos. Las fuentes romanas atribuyeron a los celtas sacrificios como el del hombre de mimbre, pero proceden de adversarios y deben leerse críticamente. Cabezas conservadas como trofeos y algunos cuerpos hallados en turberas, con lesiones compatibles con muertes rituales, aportan indicios materiales; no permiten establecer una cifra general. En Escandinavia, los relatos sobre ceremonias periódicas en Uppsala conviven con pruebas arqueológicas de esclavos o cautivos muertos en contextos funerarios. Entre pueblos eslavos y germánicos también aparecen referencias y hallazgos ocasionales. Nada de ello autoriza a equiparar su escala con la de los grandes sistemas estatales de sacrificio.

Judaísmo, hinduismo y budismo ante la violencia política

En el judaísmo antiguo, la relación entre religión y lucha armada aparece con claridad durante el periodo del Segundo Templo. Los zelotes y los sicarios practicaron la insurrección y el asesinato político frente a Roma y a rivales locales. La Gran Revuelta, entre los años 66 y 73, y la rebelión de Bar Kojba, entre 132 y 135, provocaron decenas o cientos de miles de muertes entre guerra y represión, según las estimaciones. Esa mortalidad no debe confundirse con un recuento de víctimas ejecutadas por convicción religiosa: intervino también la respuesta militar romana.

En la época contemporánea ha habido ataques de extremistas judíos de motivación religiosa, entre ellos la matanza de Hebrón de 1994. Son hechos graves, pero no configuran una estructura de guerra religiosa comparable por tamaño o alcance a las redes yihadistas actuales. La escala y la posición de quienes ejercen la violencia vuelven a ser determinantes para comparar fenómenos sin borrar a sus víctimas ni atribuir responsabilidades colectivas a los creyentes.

El hinduismo tampoco puede separarse del uso político que hacen de él determinados movimientos. En la India, la violencia entre comunidades causó más de 1.000 muertos en Gujarat en 2002, según cifras oficiales, y 53 en Delhi en 2020. En esos episodios, el nacionalismo religioso, la actuación de los agresores y la respuesta de las instituciones forman parte de la explicación. Hablar únicamente de rivalidad entre credos ocultaría las relaciones de poder, la vulnerabilidad de las minorías y las decisiones de las autoridades.

En Sri Lanka, el grupo nacionalista budista Bodu Bala Sena contribuyó a alimentar la hostilidad contra musulmanes; la oleada de violencia de 2014 dejó muertos y miles de desplazados. En Myanmar, sectores del nacionalismo budista participaron en el clima de persecución contra los rohinyás, del que resultaron centenares de miles de expulsados y graves denuncias de crímenes. No implica que todos los budistas compartan esas posiciones. Sí desmiente la idea de que una tradición presentada como pacífica sea inmune a la exclusión cuando se une a un proyecto de mayoría nacional.

Lo que cambia cuando una creencia obtiene poder para matar

El siglo XX mostró que una organización pequeña también puede causar una tragedia sin disponer de un Estado. Aum Shinrikyō lanzó en 1995 gas sarín en el metro de Tokio: murieron 13 o 14 personas, según el recuento empleado, y miles resultaron afectadas. En África oriental, el Ejército de Resistencia del Señor secuestró a miles de menores y cometió masacres y violencia sexual durante décadas. También se registraron atentados vinculados a extremismos con simbología cristiana y a sectores sijs en los años 80. El mesianismo de ciertos líderes y la deshumanización del adversario pueden convertir la fe invocada por una minoría en justificación del crimen.

Estas historias no forman una competición de cadáveres. Los más de 8 millones de muertos atribuidos por algunas estimaciones a la Guerra de los Treinta Años, las decenas de miles de ejecuciones por brujería, los centenares de cráneos de Tenochtitlan o las miles de urnas cartaginesas proceden de registros distintos. Unos cuentan fallecidos por hambre y enfermedad en una guerra; otros, sentencias, restos de víctimas o entierros cuya interpretación se discute. Sumarlos para proclamar una religión vencedora en letalidad daría una respuesta vistosa, pero históricamente falsa.

La comparación más sólida apunta a las condiciones que hicieron posible cada violencia: recursos militares, tribunales obedientes, enemigos definidos como impuros o ceremonias respaldadas por gobernantes. También muestra que las prácticas cambian; los sacrificios funerarios desaparecieron del Egipto arcaico, y las guerras confesionales europeas no describen la vida religiosa actual del continente. Cuando una sociedad protege la libertad de conciencia y pone límites al poder de imponer creencias, reduce la capacidad institucional de perseguir al discrepante. La pregunta que deja el pasado no es qué fe posee una naturaleza más cruel, sino quién puede convertir su verdad en castigo, guerra o sacrificio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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