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Historia

Pueblos que han ocupado la península ibérica por orden cronológico

Los pueblos que han ocupado la península ibérica por orden cronológico se suceden como capas arqueológicas de una misma historia: primero, bandas de cazadores paleolíticos y comunidades agrícolas neolíticas; después, sociedades del Calcolítico y del Bronce que levantan megalitos y castros; más tarde.

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un soldado godo con espada

La historia de la península ibérica comienza mucho antes de que existieran España o Portugal. Primero la habitaron comunidades prehistóricas de cazadores y, más tarde, de agricultores; durante el primer milenio antes de nuestra era convivieron pueblos como íberos, tartesios, celtas y celtíberos con navegantes fenicios y griegos. Después llegaron la expansión cartaginesa y la conquista romana. Tras el debilitamiento de Roma se establecieron suevos, vándalos, alanos y visigodos, mientras Bizancio ocupó parte de la costa meridional. Desde 711, Al-Ándalus y los reinos cristianos compartieron, disputaron y transformaron el territorio hasta el final de la Edad Media.

Ese orden no describe una fila de pueblos que se sustituyen por completo. Los fenicios comerciaban con comunidades indígenas; Roma gobernó sobre poblaciones de lenguas y tradiciones distintas; los visigodos reinaron sobre una sociedad profundamente romanizada. También Al-Ándalus y los reinos del norte existieron al mismo tiempo durante siglos. Las fechas señalan cambios de poder, pero rara vez el comienzo o el final exacto de una cultura. La mejor forma de leer esta cronología es como un mapa de contactos, conquistas y continuidades cuyos rastros permanecen en las ciudades, las lenguas y el paisaje.

Antes de los nombres: de los primeros humanos a las aldeas

Mucho antes de las crónicas y los gentilicios, la presencia humana se reconoce por herramientas de piedra, huesos trabajados y restos de hogares. Durante el Paleolítico, distintos grupos recorrieron la península y adaptaron su vida a entornos cambiantes. El arte rupestre y los objetos decorados muestran que aquel mundo no se limitaba a buscar alimento: también tenía formas de expresión y de transmisión cultural. Tras la última glaciación, las comunidades ajustaron sus prácticas de caza y recolección a nuevas condiciones. Hablar aquí de ocupación no significa conquista militar, sino habitación continuada de un territorio durante un periodo inmensamente largo.

Con el Neolítico se extendieron la agricultura, la ganadería y los asentamientos más estables. Aparecieron aldeas, cerámicas y espacios para almacenar alimentos; campos y pastos fueron modificando el entorno. El cambio no ocurrió a la vez ni de idéntica manera en todas las regiones, pero alteró la relación con la tierra: cultivar exigía permanecer, prever las cosechas y organizar el trabajo. Esa vida asentada favoreció redes de intercambio y permitió que algunas comunidades acumularan excedentes. Sobre esta base se desarrollaron después sociedades con mayores diferencias de riqueza, especialización artesanal y formas más visibles de poder.

Durante el Calcolítico se difundió el trabajo del cobre y se construyeron monumentos funerarios como dólmenes y otros megalitos. La Edad del Bronce dio más importancia a los metales, a los asentamientos situados en lugares defendibles y a rutas que conectaban zonas mineras con mercados lejanos. El cobre, el estaño y el oro vincularon especialmente al suroeste con circuitos atlánticos y mediterráneos. En el sudeste surgieron poblados y ajuares que revelan jerarquías marcadas; en el noroeste, los asentamientos fortificados anticiparon tradiciones que continuarían en la Edad del Hierro. No existió una única cultura peninsular prehistórica: cada región combinó sus recursos, sus contactos y sus propias formas de organización.

La difusión del hierro cambió la fabricación de herramientas y armas, aunque sus efectos fueron más amplios que una mejora técnica. Se intensificaron ciertos cultivos, se reforzaron poblados y aparecieron élites capaces de exhibir riqueza mediante objetos de metal y ajuares funerarios. También crecieron los intercambios entre la costa y el interior. De ese escenario surgieron sociedades a las que las fuentes antiguas y la arqueología permiten poner nombres. Conviene recordar, sin embargo, que los nombres llegaron después de una larga historia local: ningún pueblo apareció de pronto sobre un territorio vacío.

Bronce y hierro: íberos, tartesios, celtas y celtíberos

Durante el primer milenio antes de nuestra era, las regiones orientales y meridionales formaron parte del mundo íbero. No se trataba de un reino único, sino de comunidades con rasgos culturales relacionados y diferencias políticas considerables. Sus asentamientos fortificados, conocidos como oppida, articulaban territorios agrícolas y rutas comerciales. Las esculturas funerarias, las cerámicas y las monedas muestran sociedades con capacidad artesanal y vínculos intensos con el Mediterráneo. Los íberos emplearon lenguas no indoeuropeas y sistemas de escritura propios; aunque pueden leerse muchos de sus signos, el significado de buena parte de los textos sigue sin conocerse con seguridad.

En el suroeste, Tartessos ocupó un lugar destacado en las redes de intercambio ligadas al bajo Guadalquivir y a las zonas ricas en metales. Su nombre aparece en autores antiguos, mientras la arqueología aporta piezas de orfebrería, objetos de bronce y evidencias de contactos con los navegantes mediterráneos. La relación exacta entre el Tartessos de los textos y los distintos asentamientos excavados continúa siendo objeto de estudio. Lo que sí muestra su legado es una sociedad conectada con rutas comerciales de largo alcance, capaz de integrar productos, técnicas e influencias exteriores sin dejar de tener una trayectoria propia.

En la Meseta y amplias zonas del oeste y el norte se hablaban lenguas indoeuropeas y se desarrollaron tradiciones que suelen agruparse bajo etiquetas como celta o celtibérica. Los castros, las defensas de algunos poblados y la metalurgia del hierro forman parte de ese paisaje, pero no autorizan a imaginar una cultura idéntica desde el Duero hasta la costa atlántica. Vetones, vacceos, galaicos, astures y otros grupos tenían formas de vida distintas. En el centro-este, los celtíberos compartieron elementos con sus vecinos y desarrollaron sus propias ciudades y relaciones políticas. Numancia se convertiría en el episodio más conocido de su resistencia a Roma, no en la historia completa de aquellos pueblos.

Las fronteras culturales eran menos nítidas de lo que sugieren los mapas escolares. Turdetanos en el sur, edetanos y contestanos en el este, ilergetes en el noreste, cántabros y vascones en el norte formaban parte de una geografía humana cambiante. Los contactos podían adoptar la forma de comercio, alianzas, matrimonios o guerras. Una mercancía llegada del mar podía terminar lejos de la costa sin que sus compradores hubieran visto nunca un barco extranjero. Por eso, una misma región podía reunir influencias diversas y cambiar con el tiempo. Sobre ese entramado de comunidades locales comenzaron a asentarse las colonias comerciales del Mediterráneo.

Puertos y colonias: fenicios, griegos y cartagineses

Los fenicios, procedentes del Mediterráneo oriental, establecieron enclaves en la costa meridional durante el primer milenio antes de nuestra era. Gadir, la actual Cádiz, acabó siendo uno de sus centros más importantes; otros asentamientos se relacionan con las actuales Málaga, Almuñécar y Adra. La antigüedad exacta de algunas fundaciones sigue siendo debatida, pero su función comercial está bien documentada. Desde esos puertos circularon metales y productos locales, junto con cerámicas, técnicas artesanales y nuevas prácticas de escritura. Las ánforas, los talleres y los restos de actividad portuaria permiten reconocer una red de intercambios que conectaba el litoral peninsular con otras orillas.

La presencia fenicia no fue un simple trasplante de ciudades orientales. Los recién llegados negociaron y convivieron con poblaciones indígenas, cuyos dirigentes podían obtener bienes de prestigio a cambio de recursos y acceso a rutas interiores. El vino, el aceite y determinados objetos religiosos o decorativos formaron parte de esos contactos, aunque la adopción de novedades dependía de cada comunidad. En los yacimientos se mezclan materiales locales e importados: una señal de que el comercio también transformaba a quienes permanecían tierra adentro. El Mediterráneo empezó a hacerse visible en recipientes, hábitos y formas de organizar algunos asentamientos.

Los griegos fundaron enclaves como Emporion, en el entorno de la actual Empúries, y Rhode, asociada a Roses. Su implantación se concentró en puntos del litoral nororiental; no supuso el dominio griego del interior. A través de esos puertos llegaron cerámicas, monedas e influencias artísticas que las élites locales utilizaron de manera selectiva. Una pieza de estilo griego hallada en un poblado indígena puede hablar tanto de su origen como del uso que recibió lejos de él. Las colonias funcionaban como lugares de contacto, donde se cruzaban mercancías, personas e intereses sin que desaparecieran las culturas de alrededor.

Cartago, potencia púnica del Mediterráneo occidental, convirtió esa red de contactos en una expansión política y militar mucho más ambiciosa. En el siglo III a. C. reforzó su presencia en el sureste. Asdrúbal fundó Cartago Nova, la actual Cartagena, y Aníbal utilizó los recursos y las alianzas peninsulares en su enfrentamiento con Roma. La Segunda Guerra Púnica, entre 218 y 201 a. C., llevó tropas romanas a la península. Tras desembarcar en la zona de Ampurias y avanzar con el apoyo de aliados locales, Roma tomó Cartago Nova y acabó desplazando a Cartago de Hispania. La derrota cartaginesa abrió la conquista romana, un proceso mucho más largo que aquella guerra.

Roma convierte Hispania en sistema

La victoria sobre Cartago no dio a Roma el control inmediato de toda la península. Las campañas se prolongaron durante más de dos siglos y encontraron resistencias muy distintas según la región. La lucha contra grupos lusitanos, ligada al nombre de Viriato, y los conflictos celtibéricos muestran la dificultad de imponer el dominio romano en el interior. Mucho después, las guerras contra cántabros y astures cerraron la conquista en tiempos de Augusto, hacia 19 a. C. Entre una campaña y otra hubo pactos, rebeliones y cambios de lealtad. Conquistar Hispania fue un proceso irregular, no una marcha continua desde la costa hacia el último valle.

Una vez sometidos los territorios, Roma desarrolló una administración capaz de recaudar, mantener tropas y conectar regiones distantes. Las divisiones provinciales cambiaron con el tiempo: Bética, Lusitania y Tarraconense fueron algunas de las más importantes, mientras Gallaecia y Cartaginense surgieron como provincias en reorganizaciones posteriores. Las calzadas facilitaban el movimiento de ejércitos y mercancías; las colonias asentaban población vinculada al poder romano. Las ciudades se convirtieron en centros de gobierno y de vida económica. Más que una colección de conquistas, Hispania pasó a formar parte de un sistema político y comercial compartido con el resto del imperio.

Mérida, Córdoba, Tarragona, Zaragoza, Astorga y Braga conservaron durante siglos la importancia adquirida en época romana. Foros, teatros, puentes y acueductos expresaban el peso de la vida urbana, aunque sus usos cambiarían después. En el campo, las explotaciones agrícolas participaron en redes de producción que alcanzaban otras provincias. El aceite bético viajó en ánforas hasta Roma; también circularon productos como las salazones y el garum, mientras las minas aportaban metales a la economía imperial. La conexión entre campo, ciudad y puertos hizo posible un movimiento de bienes difícil de imaginar sin caminos, administración y mercados relativamente integrados.

La transformación más duradera fue lingüística y jurídica. El latín se extendió como lengua de gobierno, escritura y prestigio, y de su evolución nacieron el castellano, el catalán, el gallego y el portugués. El derecho romano dejó principios y prácticas de larga vida. Sin embargo, la romanización no borró todas las diferencias: las tradiciones locales siguieron presentes y el euskera muestra con claridad que el latín no desplazó todas las lenguas anteriores. Tampoco Hispania fue una periferia sin influencia sobre el centro imperial. De ella procedían figuras como Séneca y emperadores como Trajano y Adriano. Integración no significó uniformidad.

En los últimos siglos del imperio se extendió el cristianismo y crecieron las instituciones religiosas que continuarían teniendo peso tras la caída del poder romano occidental. Al mismo tiempo, las dificultades políticas y militares alteraron el equilibrio entre autoridades, ejércitos y élites locales. Muchas ciudades perdieron funciones o cambiaron de escala, pero sus calles, edificios y caminos no desaparecieron de golpe. Cuando llegaron nuevos grupos armados, encontraron una sociedad de tradición latina, con redes urbanas y jerarquías ya asentadas. Esa continuidad bajo gobiernos distintos explica por qué el final de la Hispania romana no fue el final de todo lo romano.

Siglos V-XV: visigodos, Bizancio, Al-Ándalus y reinos cristianos

El año 409 marca la entrada en Hispania de suevos, vándalos y alanos, aunque sus trayectorias fueron diferentes. Los suevos establecieron un reino en el noroeste, en el ámbito de Gallaecia, que perduró hasta su incorporación al reino visigodo. Vándalos y alanos se desplazaron por varias regiones; en 429, grupos encabezados por los vándalos cruzaron al norte de África. Sus movimientos coincidieron con el debilitamiento de la autoridad imperial y con la intervención de otros poderes. La península no quedó vacía ni cambió de población de una vez: nuevos dirigentes y tropas se asentaron sobre comunidades que ya habitaban allí.

Los visigodos, después de su etapa en la Galia, consolidaron un reino cuyo centro político terminó situado en Toledo. Gobernaron buena parte de la península hasta comienzos del siglo VIII, apoyados en una población mayoritariamente hispanorromana y en estructuras heredadas de la Antigüedad. Sus leyes trataron de ordenar la vida del reino, mientras los concilios de Toledo reunían cuestiones religiosas y políticas. La monarquía, no obstante, dependía de equilibrios entre linajes poderosos y conoció conflictos sucesorios. El reino visigodo combinó herencia romana, poder nobiliario e Iglesia; reducirlo a una invasión pasajera impide comprender su duración y sus tensiones.

Durante parte de ese periodo, el Imperio romano de Oriente también controló sectores de la costa meridional y sudoriental. Su presencia comenzó a mediados del siglo VI, en el contexto de los intentos imperiales de recuperar territorios occidentales. Aquella provincia bizantina conservó plazas estratégicas, pero fue perdiendo terreno frente a los visigodos hasta desaparecer. No ocupó toda Hispania ni sustituyó al reino de Toledo: fue una presencia regional y contemporánea de los visigodos. Su caso recuerda que incluso en las etapas presentadas como dominios peninsulares hubo zonas disputadas, autoridades superpuestas y fronteras móviles.

En 711, tropas integradas principalmente por bereberes y árabes cruzaron el Estrecho y derrotaron a fuerzas del reino visigodo. El avance sobre las principales ciudades fue rápido, favorecido por las circunstancias políticas del momento y por acuerdos locales además de las victorias militares. La mayor parte de la península quedó bajo dominio islámico, pero las formas de gobierno cambiaron con el tiempo. Al-Ándalus fue primero una provincia vinculada al califato; en 756 se estableció un emirato independiente y en 929 se proclamó el califato de Córdoba. Un mismo nombre abarca realidades políticas muy diferentes a lo largo de casi ocho siglos.

La sociedad andalusí tampoco fue homogénea. Convivieron musulmanes de distintos orígenes, cristianos y judíos, bajo relaciones que variaron según la época y el lugar. El árabe ganó peso en la cultura escrita y la vida pública, mientras la transformación religiosa y lingüística de la población se produjo de manera gradual. Córdoba se convirtió en un gran centro urbano; otras ciudades, como Toledo, Zaragoza, Sevilla y Valencia, tuvieron papeles destacados en diferentes momentos. La arquitectura dejó mezquitas, palacios y baños, y los sistemas de regadío ampliaron las posibilidades agrícolas en numerosas comarcas. La huella andalusí fue urbana, rural, lingüística y cultural, no solo militar.

El califato se fragmentó a comienzos del siglo XI y dio paso a reinos de taifas que compitieron entre sí y negociaron con sus vecinos cristianos. Algunas pagaron parias, tributos que influyeron en la política de ambos lados de la frontera. Más tarde, los almorávides y los almohades, llegados del Magreb, reunificaron temporalmente amplias zonas de Al-Ándalus. La batalla de Las Navas de Tolosa, en 1212, fue un punto de inflexión en el avance de los reinos cristianos, aunque no decidió por sí sola todos los conflictos posteriores. El reino nazarí de Granada sobrevivió hasta 1492, sostenido por su organización política, sus recursos y una diplomacia que le permitió mantenerse durante generaciones.

Mientras tanto, en el norte se formaron y transformaron distintos poderes cristianos. El reino de Asturias amplió su territorio y dio paso al protagonismo de León; Castilla pasó de condado a reino. Navarra consolidó su posición pirenaica, Aragón se vinculó con los condados catalanes y Portugal se afirmó como reino independiente en el oeste. Sus relaciones incluyeron alianzas, rivalidades y guerras entre ellos, no solo enfrentamientos con Al-Ándalus. Conquistar un territorio era apenas una parte del cambio: había que organizarlo mediante poblaciones, concejos, fueros y nuevas relaciones de propiedad. La expansión cristiana fue política y social, además de militar.

La Corona de Aragón proyectó su influencia hacia el Mediterráneo, mientras Portugal y Castilla desarrollaron sus propias conexiones atlánticas. El Camino de Santiago favoreció la circulación de viajeros, ideas y mercancías por el norte. Las fronteras avanzaron y retrocedieron durante siglos, entre pactos, tributos y campañas; por eso, la palabra Reconquista puede ocultar la complejidad de un periodo que no siguió una línea recta. A finales del siglo XV se unieron dinásticamente las coronas de Castilla y Aragón, sin fundirse de inmediato sus instituciones, y Granada pasó a manos de los Reyes Católicos en 1492. Portugal conservó su independencia y la península siguió sin constituir un único Estado.

Ya en la Edad Moderna hubo nuevos cambios de autoridad, pero de naturaleza diferente. Entre 1580 y 1640, Portugal compartió monarca con la Monarquía Hispánica durante la Unión Ibérica; mantuvo, sin embargo, instituciones propias. En 1808, la invasión napoleónica desencadenó una guerra y alteró profundamente el poder político peninsular. No fueron colonizaciones comparables a los asentamientos de la Antigüedad ni supusieron una sustitución general de población. Su inclusión en la cronología permite distinguir entre habitar, colonizar, conquistar y gobernar: acciones que pueden coincidir, pero que no significan lo mismo.

Las huellas que permanecen bajo el paisaje actual

Las ciudades permiten ver esa historia sin necesidad de imaginar fronteras antiguas sobre un mapa moderno. Cádiz conserva su relación con el puerto que hizo importante a Gadir; Cartagena continúa aprovechando las condiciones que dieron valor a Cartago Nova. Mérida reúne vestigios de su origen romano, Zaragoza guarda en su nombre la memoria de Caesaraugusta y Toledo acumuló funciones bajo gobiernos visigodos, andalusíes y castellanos. Cada lugar combina permanencia y cambio: una ciudad puede conservar su emplazamiento sin conservar la misma sociedad. Sus calles actuales son el resultado de usos sucesivos, no la fotografía intacta de una sola época.

También el paisaje rural contiene capas. Hay castros en el noroeste, obras hidráulicas de distintas épocas en los valles mediterráneos y acequias vinculadas a la larga historia del regadío andalusí. El origen de una infraestructura concreta no siempre puede atribuirse a un único pueblo sin estudiar sus reformas posteriores: los caminos se reparan, los canales se amplían y los edificios reutilizan materiales anteriores. Esa mezcla explica por qué la arqueología estudia transformaciones, no únicamente fundaciones. Una muralla puede contener fases diferentes, del mismo modo que una huerta puede haber cambiado de propietarios y cultivos sin perder su función.

La lengua ofrece otra forma de seguir el rastro. Las hablas romances peninsulares proceden del latín, pero incorporaron palabras llegadas por contactos posteriores. Acequia, almazara y aljibe recuerdan la importancia de la cultura árabe; el euskera, por su parte, muestra la continuidad de una lengua anterior a la romanización. Los nombres de lugares y ríos conservan a veces historias aún más difíciles de reconstruir. Una palabra no demuestra por sí sola quién vivió en un lugar, pero, junto a los restos materiales y los documentos, ayuda a explicar cómo se relacionaron sus habitantes.

El pasado peninsular no cabe, por tanto, en una sucesión de reemplazos absolutos. Hubo conquistas decisivas y desplazamientos de poder, pero también poblaciones que permanecieron, adoptaron novedades y transmitieron costumbres bajo autoridades distintas. Un puerto fenicio pudo seguir activo en tiempos romanos; una ciudad romana, formar parte después de Al-Ándalus; una acequia medieval, regar todavía un campo. La continuidad y el cambio avanzaron juntos. Ahí reside la razón por la que la cronología importa: permite reconocer las sucesivas capas sin confundir un cambio de gobernantes con la desaparición de quienes ya estaban allí.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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