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Historia

Pañuelo palestino: historia y significado de un símbolo

El pañuelo palestino — kufiya o keffiyeh — nació como prenda de trabajo en el Levante árabe y terminó convertido en símbolo político de alcance mundial.

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Yasser Arafat con su pañuelo palestino

Foto de Gideon Markowiz vía Wikimedia Commons , bajo CC BY 4.0

Historia, símbolos y uso del pañuelo palestino: de los telares de Hebrón a las calles de España, identidad y moda, debate público e impacto.

El pañuelo palestino —kufiya o keffiyeh— nació como prenda de trabajo en el Levante árabe y terminó convertido en símbolo político de alcance mundial. Su damero blanco y negro identifica una memoria colectiva, una causa nacional y un relato de resistencia que ha atravesado el siglo XX y sigue activo en 2025. No es un accesorio neutro: cuando aparece en calles, campus, parlamentos o escenarios, comunica pertenencia, duelo y solidaridad. Resume una historia de campesinos, ciudades en disputa y diásporas que se reconocen en un tejido.

El paso de objeto utilitario a emblema tiene una cronología reconocible. Antes de ocupar portadas, la kufiya protegía del sol, del viento y de la arena en entornos áridos. En el periodo del Mandato Británico en Palestina, la prenda empezó a operar como lenguaje político: primero en manos de rurales y milicias, luego asumida por masas urbanas que abandonaron el fez y adoptaron el pañuelo como señal de unidad frente a la represión. Después, la Nakba de 1948, las guerras árabe-israelíes y el ciclo de Intifadas consolidaron su lectura moderna. Y una figura la proyectó al planeta con fuerza: Yaser Arafat, que convirtió la kufiya en marca visual de la causa palestina.

Pañuelo palestino: de simple prenda a simbolo

Bajo el paraguas “pañuelo palestino” conviven varias denominaciones. Kufiya o keffiyeh son transliteraciones habituales del árabe كوفية, vinculadas etimológicamente a Kufa, ciudad iraquí que funcionó como referente histórico en la región. La grafía varía por idiomas y por sistemas de transliteración: kufiya, kaffiyeh, keffiyeh; todas remiten al mismo objeto. En el uso coloquial del Levante, aparecen otros nombres: hatta para la pieza en sí, ghutra en el Golfo, shemagh en ámbitos militares o beduinos. En el espacio palestino contemporáneo, kufiya se impuso como término más reconocible en medios y cultura popular.

Esa pluralidad no es un detalle lingüístico. Expresa trayectorias regionales de una misma prenda que, con matices, circuló por Siria histórica, Mesopotamia y la Península Arábiga mucho antes de su politización en el siglo XX. En Palestina, el adjetivo “palestino” se añadió por identificación nacional y por un rasgo visual concreto: el patrón blanco y negro asociado a la iconografía moderna de la causa, frente a variantes rojo y blanco más extendidas en Jordania o Arabia. Dicho rasgo visual no niega la diversidad histórica de la prenda; la designa dentro de un marco político y cultural específico.

Un simple pañuelo que usaba quien trabajaba la tierra

Durante siglos, la kufiya cumplió una función técnica. En zonas agrícolas y pastoriles del Levante, se doblaba en triángulo y se sujetaba con agal, un cordón oscuro, para cubrir cabeza y cuello. El algodón o mezclas con lino ofrecían ventilación y protección frente a sol y polvo; el pliegue permitía descubrir o tapar rostro y nuca según el clima. En mercados rurales, caravanas y olivares, el pañuelo era una herramienta tan común como una azada: economía de gesto, eficacia climática, costumbre.

Ese uso convive con una lectura social. En el mundo urbano de finales del XIX y principios del XX, el fez —y otras gorras— se impusieron como señal de modernidad otomana y posterior. El pañuelo, en cambio, quedó asociado a lo rural, a la clase campesina y beduina. Esa distinción de clase y espacio es relevante para entender el salto simbólico posterior: cuando la kufiya entra en la ciudad como seña de resistencia, lo hace con una carga de revalorización del mundo campesino frente a la administración colonial y la élite urbana.

El patrón del pañuelo palestino también procede de esa vida material. La llamada malla evoca redes de pesca y vínculos con el Mediterráneo; el borde de líneas sugiere rutas comerciales y caminos compartidos; los motivos de olivo resumen un árbol central en la economía y el paisaje palestinos. No existe un catecismo oficial que fije el significado de cada trazo, pero la tradición oral y la divulgación cultural han asentado esas interpretaciones. El resultado es un alfabeto visual reconocible de un golpe de vista.

De la revuelta al icono: 1936–1939, punto de inflexión bajo el Mandato Británico

El periodo clave para la politización del pañuelo palestino es la gran revuelta árabe de 1936–1939 en el territorio bajo Mandato Británico. En ese contexto, las milicias rurales y redes de apoyo comenzaron a usar la kufiya para ocultar el rostro y señalar pertenencia. Hay un elemento decisivo: las prohibiciones y controles coloniales. Cuando una prenda popular se convierte en objeto de fiscalización, el gesto de vestirla se masifica como acto de desafío. La kufiya salta del campo a la ciudad, desplaza al fez en ciertas zonas y se carga de una identidad política que ya no abandonará.

Esa adopción colectiva no fue un episodio menor ni anecdótico. Sentó las bases visuales de un movimiento nacional en ciernes. Desde entonces, el pañuelo funcionó como uniforme civil de protestas y como clave de reconocimiento entre simpatizantes. En términos periodísticos, cristalizó un icono: un símbolo capaz de condensar, en un instante, una posición en el mapa del conflicto. A partir de esa década, cada fotografía de una marcha, cada crónica de un enfrentamiento, llevaría la kufiya a la narrativa pública.

La Segunda Guerra Mundial y los años posteriores consolidaron esa imagen. La tensión entre administración británica, comunidades locales y movimientos sionistas desembocó en 1948 en la Nakba, con la expulsión y huida de cientos de miles de palestinos. En ese trauma fundacional, los símbolos importan doble: sirven para coser comunidad cuando el territorio se fragmenta. La kufiya actuó como puente entre pueblos de origen y campos de refugiados, un signo de continuidad que atravesó fronteras y generaciones.

1948–1970: guerras, diásporas y la construcción de un emblema global

Después de 1948, la kufiya viaja con la diáspora. En campos de Líbano, Siria y Jordania, y en barrios de El Cairo o Bagdad, se mantiene como prenda cotidiana y como recuerdo material de la tierra perdida. Con la Guerra de 1967, que marca un nuevo mapa regional, el símbolo gana otro impulso: la ocupación de Cisjordania y Gaza crea un régimen de control cotidiano que visibiliza aún más el pañuelo en protestas, funerales y actos comunitarios. La prenda ya no es solo el uniforme de una revuelta concreta, sino el signo permanente de una causa.

En esos años, se suma un factor de comunicación masiva. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) profesionaliza su relación con medios y diplomacias. En cada cumbre, rueda de prensa o visita internacional, aparecerá la kufiya, doblada, visible, fotografiable. La repetición construye memoria: la prensa internacional fija un encuadre en el que la prenda significa automáticamente “Palestina”. Al mismo tiempo, corrientes culturales —literatura, cine, canción— incorporan el pañuelo como metáfora reconocible.

La consolidación visual no borra matices. Distintas facciones y sensibilidades políticas conviven bajo el mismo símbolo. En ocasiones, la kufiya se asocia a corrientes ideológicas concretas; en otras, opera como paraguas amplio que trasciende siglas. En barrios urbanos de la diáspora, en mercados y cafés, funciona como seña de identidad y orgullo más allá de herencias partidistas.

Yaser Arafat y la imagen que dio la vuelta al mundo

Si hay una persona que fijó la kufiya en la imaginación global, fue Yaser Arafat. Más allá de su papel político, construyó una marca visual que lo acompañaría hasta el final: uniforme verde oliva y pañuelo blanco y negro colocado con caída triangular sobre el hombro. Esa puesta en escena no surgió al azar. Convertía la prenda en logotipo: un trazo que, de perfil, recordaba al mapa reivindicado y hacía legible el mensaje sin palabras.

La eficacia simbólica fue enorme. La kufiya dejó de ser solo el símbolo de una revuelta para convertirse en insignia diplomática. En Naciones Unidas, en palacios presidenciales y en portadas, el pañuelo funcionó como firma de un pueblo en búsqueda de reconocimiento. Es la fuerza de las imágenes: millones de personas que jamás pisaron Palestina aprendieron a identificarla por un tejido. En paralelo, otras figuras —Leila Khaled, activistas estudiantiles, escritores y artistas— consolidaron la relación entre prenda y modernidad política palestina.

Ese proceso tuvo una virtud estratégica: despersonalizó el símbolo. Aunque Arafat lo hiciera universal, la kufiya no quedó atada en exclusiva a su figura. Circuló por manifestaciones, universidades, sindicatos y asociaciones vecinales. Se hizo popular en el mejor sentido de la palabra: un signo disponible, comprensible y compartido que sobrevivió a liderazgos, acuerdos, rupturas y nuevas generaciones.

¿Qué significa llevar el pañuelo palestino?

En la edad moderna del conflicto —de finales del siglo XX hasta 2025—, vestir la kufiya significa varias cosas a la vez. Para la población palestina y su diáspora, es un acto de identidad nacional y memoria. En funerales, bodas o graduaciones, el pañuelo puede aparecer como gesto de continuidad cultural. En marchas y concentraciones, se convierte en símbolo visible de reclamaciones políticas: fin de la ocupación, garantías de derechos, retorno o reparación.

En Europa y América, la lectura dominante la asocia a solidaridad con Palestina. En ciudades españolas, la presencia del pañuelo en manifestaciones y actos culturales es constante. Su exhibición en espacios institucionales —escuelas, museos, empresas, parlamentos— abre debates sobre libertad de expresión, neutralidad y convivencia. En algunos contextos, vestir la kufiya se ha interpretado como declaración política; en otros, como expresión cultural legítima. En cualquiera de los casos, ya no es un signo trivial.

Conviene un matiz: no pertenece a una facción. Aunque ciertas organizaciones la hayan usado de modo partidista, la kufiya excede siglas y etiquetas. Es un símbolo nacional en el sentido más amplio, empleado por creyentes y laicos, conservadores y progresistas, gente de ciudad y de campo. Precisamente esa transversalidad explica que su adopción despierte controversias: mientras unos la leen como defensa de derechos humanos, otros la confunden con adhesión a agendas específicas o a grupos armados. El símbolo no cambia; cambian los contextos en que se interpreta.

Lecturas habituales fuera de Palestina

En el mundo árabe, la kufiya blanco y negro se identifica centralmente con Palestina, pero el pañuelo como objeto —en otras combinaciones de color— es parte de la vida cotidiana desde hace siglos. Esa normalidad complica simplificaciones. En Jordania, por ejemplo, el rojo y blanco tiene asociaciones propias; en el Golfo, la ghutra forma parte del atuendo diario masculino; en el Magreb prevalecen otras telas. Dicho esto, ningún color o variante ha desplazado la asociación global entre blanco y negro y la causa palestina.

En Occidente, la kufiya se ha convertido en atalho visual en medios y redes: cuando aparece, se entiende que hay una posición sobre Palestina. En comunidades migrantes, además, el pañuelo sirve de puente entre generaciones: abuelos que lo traen de origen, padres que lo conservan en celebraciones, jóvenes que lo incorporan a marchas o a proyectos culturales. Ese hilo intergeneracional sostiene la memoria frente a la dispersión de la diáspora.

Las controversias comunicativas

En 2025, ponerse una kufiya comunica un posicionamiento. Para una persona palestina —en Ramala, Gaza, Jerusalén Este o la diáspora— suele ser un acto de identidad y pertenencia. Para quien no lo es, vestirla suele significar solidaridad con un pueblo que reclama protección de civiles, fin de la ocupación y derechos políticos. No hay mensaje único, pero el campo semántico es claro: memoria, justicia, reconocimiento. El contexto importa: el mismo pañuelo puede leerse como luto en un funeral, como orgullo en una graduación, como protesta en una marcha.

Las controversias no invalidan ese significado de fondo. Que haya autoridades o centros que intenten regular su uso revela su fuerza comunicativa. La kufiya no es un adorno: interpela. Por eso suscita decisiones, vetos o debates. De nuevo, el símbolo no cambia; cambian los marcos donde se negocia su visibilidad. Lo sustantivo se mantiene: una pieza de tela que, al doblarse y apoyarse en un hombro, trae a la conversación una historia de un siglo.

También hay una capa de ética pública. Quien decide llevarla como signo de solidaridad asume que el símbolo remite a vidas concretas, a barrios, a nombres y apellidos. Por eso la kufiya se respeta mejor cuando se acompaña de información rigurosa, memoria de los hechos y escucha hacia quienes la convirtieron en emblema. Es la diferencia entre la estética y la responsabilidad: la primera puede gustar o pasar; la segunda sostiene el significado en el tiempo.

Su significado perdura

El pañuelo palestino cuenta un origen humilde, un uso práctico y una transformación política que atraviesa un siglo convulso. Nombra territorios y desplazamientos, pone rostro a revueltas, se asoma a parlamentos y aulas, aparece en fotografías de portada y cuelga, silencioso, de perchas domésticas.

Resume una aspiración: vivir con derechos en una tierra reconocida. Quien lo viste no siempre comparte ideas, siglas o estrategias, pero participa en una memoria común. Ahí reside su potencia como símbolo moderno: un tejido que fija historia y que, al desplegarse, sigue diciendo —sin voz— de dónde viene un pueblo y qué espera del siglo que camina.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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