Actualidad
Jeremy Gohier, el talento del baloncesto de 2,31 m y 15 años
Jeremy Gohier mide 2,31 con 15 años y firma 46 puntos y 19 rebotes con Nobel Elite: gigante canadiense que asombra por movilidad y talento!!

Foto: Instagram
Jeremy Gohier mide 2,31 con 15 años y firma 46 puntos y 19 rebotes con Nobel Elite: gigante canadiense que asombra por movilidad y talento!!
El nombre que hoy circula con más ruido en el baloncesto de formación es Jeremy Gohier y no por una promesa vaga, de esas que se evaporan al primer cambio de categoría, sino por una noche de números brutales que ya se queda pegada a la memoria como chicle en suela: 46 puntos, 19 rebotes y 5 tapones en un mismo partido con su equipo, el Nobel Elite, ante LaSalle. No es solo una exhibición; es una señal de que el adolescente no está “sobreviviendo” con su físico, está jugando de verdad, imponiendo ritmo y ocupando la pista como si fuera suya.
La otra cifra, la que lo hace inevitable incluso para quien no sigue ligas juveniles, es la altura: 2,31 metros con 15 años. Y el matiz que cambia la conversación está en la línea fina entre ser altísimo y ser jugador: con 13 años ya rondaba los 2,21, con movilidad poco común para un chico que aún está creciendo, y con una coordinación que no encaja con el tópico del gigante torpe. El partido de los 46 puntos no nace de una casualidad ni de un rival despistado; nace de una ventaja física enorme, sí, pero también de recursos, de decisiones y de una manera de estar en pista que empieza a parecer seria, incluso incómoda para el resto.
El partido que disparó el ruido
Lo primero que llama la atención no es el 46, es cómo se llega al 46. Porque una anotación así, en categorías de formación, suele venir de dos lugares: o el jugador vive pegado al aro y nadie le saca de ahí, o el jugador encuentra vías distintas para sumar aunque el partido le cambie el guion. En el caso de Gohier, la impresión que deja esa hoja estadística —19 rebotes, además— es la de un dominio continuo, de esos que no se apagan cuando el rival aprieta un poco o cuando el balón deja de entrar desde fuera. Si la producción fuese solo “altura”, el encuentro se vuelve previsible: dos defensores encima, manos por todos lados, faltas y al banco. Pero el dato de 46 puntos sugiere que hubo paciencia para repetir ventaja, insistencia para castigar desajustes y, sobre todo, capacidad para ganar la misma batalla muchas veces sin regalarla.
Hay otra cifra que suele decir más que un vídeo de highlights: el volumen de tiros y el acierto, ese equilibrio tan delicado entre “me lo tiro todo” y “no fallo”. En este partido se habló de 23 canastas en 32 intentos, una eficiencia que, a esa edad, no aparece si solo empujas el balón a tablero cuando te lo dejan en bandeja. Implica lectura de espacios, implica saber cuándo sellar en el poste, cuándo girar rápido, cuándo esperar ese medio segundo para que el defensor se pase de frenada. Y en la defensa, los 5 tapones apuntan a otra cosa: no a saltar por saltar, sino a llegar con el timing correcto, con brazo arriba, sin caer en la falta fácil. En un gigante adolescente, ese detalle es oro: el tapón que no se convierte en personal evita que el partido se rompa por la vía tonta.
El duelo ante LaSalle también alimenta el componente narrativo que engancha a cualquiera: el rival sabe quién tienes delante, lo ve desde el calentamiento, lo intenta ajustar, cambia emparejamientos, y aun así el partido se le va por una compuerta que no cierra. En escenarios juveniles, cuando un jugador se pone en modo rodillo, el resto queda reducido a una tarea ingrata: resistir. Y resistir contra alguien que mide 2,31 y, encima, se mueve con cierta naturalidad, es como defender la lluvia con un paraguas roto: puedes fingir que funciona un rato, pero acabas empapado.
Un cuerpo fuera de escala, pero con pies de jugador
En baloncesto, la altura siempre ha sido una promesa y una trampa. Promesa, porque te da un techo que otros no tienen: cerca del aro todo se hace más sencillo. Trampa, porque la misma altura te expone, te convierte en objetivo, te obliga a sostener tu propio peso en cada cambio de dirección y en cada caída tras un salto. Por eso el caso de Jeremy Gohier tiene ese punto inquietante: no es solo la cifra de 2,31 metros, es la sensación de que no se arrastra por la pista, de que no se queda clavado en una esquina del juego. Hay gigantes que parecen edificios; él, por lo que se ha ido viendo, parece más bien un edificio con ruedas, todavía sin pulir, pero con intención.
Que con 13 años ya estuviera en torno a 2,21 explica parte del fenómeno: su cuerpo lleva mucho tiempo siendo “diferente”, así que la adaptación —a los contactos, al espacio que ocupas, al modo en que te miran— no empieza hoy. A esa edad, un chico alto puede estar aún descompensado, con brazos larguísimos y piernas que van por libre, como si el cerebro llegara medio segundo tarde a las órdenes. Cuando, en cambio, se repite la palabra movilidad, lo que se está insinuando es que hay coordinación, que hay una base de equilibrio y de pies que permite pensar en un proyecto real, no en un viral de un día.
El baloncesto moderno, además, no perdona a los interiores lentos. Un pívot de 2,31 que solo sabe plantarse bajo el aro tiene una ventaja obvia en ataque, pero en defensa puede convertirse en una diana: le sacan a un bloqueo directo, le obligan a elegir, le buscan el cambio con un jugador pequeño, lo ponen a correr hacia atrás como quien baja una persiana a tirones. Por eso, cuando un adolescente de esa altura da señales de agilidad, el interés se dispara. No porque ya sea un jugador hecho, sino porque se intuye que puede sobrevivir en un juego que cada año pide más piernas, más cintura, más lectura.
Altura, coordinación y lo que se ve cuando corre
Hay una escena que se repite en cualquier partido donde aparece un gigante joven: el momento en el que tiene que correr dos o tres veces la pista completa. Ahí se ve todo. Se ve si el cuerpo pesa, si la espalda se hunde, si los tobillos se quejan, si la zancada se rompe. En Gohier, lo que ha llamado la atención no es una velocidad de base eléctrico, claro, sino la ausencia de drama: corre, llega, vuelve, no parece una emergencia constante. Y esa “normalidad” es rarísima en alguien de 2,31 y 15 años. No es un elogio vacío; es una observación práctica: si puedes ir y volver sin que tu cuerpo grite, tienes margen para aprender lo demás.
También se ve la mano. La mano de un interior joven, cuando está verde, suele ser una tragedia discreta: balones que se le escapan, pases que rebotan como piedras, recepciones que terminan en pérdida. Cuando un chico de su tamaño firma 46 puntos, lo más probable es que haya manos suficientes para finalizar y para controlar el balón en contacto. No hace falta imaginar un repertorio NBA; basta con ver que no se le cae el juego de las manos. Esa base, en un gigante, es casi un pasaporte: sin manos, no hay futuro por mucho que midas.
Y luego está el detalle menos vistoso, el que no se hace viral: el uso del cuerpo para ganar espacio sin necesidad de empujar. Sellar al defensor, colocar la cadera, aguantar el contacto, girar corto. Son gestos mínimos, pero deciden posesiones. En categorías de formación, muchos gigantes ganan solo por estar; los que acaban siendo algo más aprenden a ocupar sin regalar faltas, a proteger el balón, a terminar con equilibrio. La hoja de 46 y 19 no demuestra que ya lo tenga todo, pero sí que empieza a manejar una parte del oficio.
El laboratorio del baloncesto moderno: cómo se fabrica un pívot
Con un interior así, el partido se convierte en un laboratorio para los entrenadores rivales. ¿Qué haces contra alguien que saca media cabeza a cualquiera y, además, te gana el rebote como si fuese suyo por derecho? Si le defiendes por detrás, recibe y finaliza alto. Si le haces “fronting”, esa defensa por delante para negarle el balón, te arriesgas a que un pase bombeado lo convierta en dos puntos sin salto. Si envías ayudas, abres tiros fuera… y si el exterior no mete, vuelves al principio, con un gigante que sigue ahí, insistiendo. La actuación de Jeremy Gohier deja entrever que, al menos ese día, el rival no encontró una respuesta estable.
En ataque, los equipos que tienen un pívot tan dominante suelen caer en una tentación: alimentar y alimentar y alimentar, hasta que el partido se reduce a “dásela al grande”. Funciona mucho, pero también empobrece. Lo interesante, cuando aparece una línea como 46 puntos, es pensar si ese volumen llegó con cierta variedad: canastas tras rebote ofensivo, sí; canastas tras recibir en el poste, también; y posiblemente puntos en transición, en segundas opciones, en pequeñas ventajas creadas por bloqueos. Todo eso, sumado, dibuja un perfil de jugador que no solo existe en una esquina del juego.
En defensa, el papel de un interior así es casi instintivo: ser protector del aro, intimidar, corregir. Los 5 tapones encajan en esa función, pero el dato importante no siempre es el tapón; a veces es el tiro que el rival no se atreve a tirar. Cuando un adolescente de 2,31 se planta cerca de la zona, muchos ataques cambian ruta: penetraciones que se frenan, bandejas que se convierten en tiros a media distancia, pases extra para evitar el choque. Es un efecto silencioso que no siempre se contabiliza, pero que decide partidos. Si además el jugador puede moverse lo suficiente como para no quedarse vendido en cada cambio, entonces su defensa vale el doble.
Técnica, roles y defensa en un mundo de cambios
En el baloncesto de ahora, incluso en formación, los interiores necesitan algo más que altura. Se les pide que pongan bloqueos con ángulo, que “rueden” al aro sin estorbar, que sepan dar un pase corto cuando llega la ayuda, que aguanten un segundo en el perímetro sin que les bailen. Ahí está la verdadera prueba para un gigante adolescente: no si anota 46 en un día concreto, sino si puede sumar cuando el rival le quita lo fácil. Lo fácil para él, claro, es recibir cerca y finalizar por arriba. Lo difícil viene cuando le empujan lejos del aro, cuando le obligan a botar, cuando le atacan en defensa con un base rápido.
En ese sentido, el hecho de que se hable de calidad además de altura apunta a un perfil más completo de lo habitual. Calidad, en un interior joven, puede significar varias cosas: toque cerca del aro, coordinación para finalizar con ambas manos, sentido del espacio para no cometer pasos, capacidad para poner el cuerpo sin hacer falta. No hace falta cargarle de etiquetas prematuras; basta con observar que no parece un cuerpo perdido en un deporte que le queda pequeño.
Las comparaciones siempre llegan, inevitablemente, como moscas a la luz. En la historia de la NBA, la altura de 2,31 remite enseguida a Gheorghe Mureșan y Manute Bol, nombres que se repiten cuando se habla del techo físico del baloncesto profesional. Pero ahí conviene frenar el impulso: una cosa es medir lo mismo, otra muy distinta es ser el mismo jugador. Aun así, el simple hecho de que un chico de 15 años ya esté en ese rango de estatura explica por qué cada partido suyo se convierte en noticia y por qué su progresión se mira con lupa.
Riesgos reales: salud, lesiones y el peaje de crecer tan rápido
Una historia así tiene brillo, pero también sombra. Crecer a esa velocidad, y llegar a 2,31 con 15 años, no es un detalle pintoresco: es una condición que afecta a todo, dentro y fuera de la pista. El cuerpo adolescente está en construcción, y cuando la construcción se dispara, aparecen desajustes. Músculos que todavía no sostienen del todo, articulaciones sometidas a cargas enormes, tendones que se tensan, coordinación que a veces se desordena por puro crecimiento. En baloncesto, donde se salta y se aterriza cientos de veces, donde se gira, se frena, se vuelve a arrancar, el riesgo no es una idea abstracta: es un trabajo diario.
A esto se le suma el tipo de contacto que recibe un gigante joven. No es el mismo contacto que el resto. A un interior de su tamaño se le empuja más, se le golpea más, se le prueba más. A veces de manera casi inconsciente: el rival quiere ver si “de verdad” es fuerte o solo alto. Esa presión se acumula en tobillos, rodillas, caderas, espalda. Y aquí hay una paradoja: la altura da ventaja, pero también multiplica el castigo, porque las palancas son más largas, las caídas más pesadas, los apoyos más exigentes. En un chico de 15 años, la gestión de cargas deja de ser una palabra técnica y pasa a ser un asunto de supervivencia deportiva.
Luego está el peaje mental, que no se ve en la estadística de 46-19-5. Ser “el gigante” desde niño significa vivir con expectativas ajenas pegadas a la piel. Significa que un partido normal parece malo, que un día discreto genera ruido, que cada error se mira con lupa y cada acierto se da por hecho. Y, por si fuera poco, significa que la gente te mira incluso cuando no estás jugando. En el deporte de formación, esa exposición puede ser un combustible o una piedra. El equilibrio suele depender del entorno: familia, entrenadores, rutina, escuela, descanso. Y también de algo muy simple, casi prosaico: poder tener días corrientes sin que parezca una crisis.
El camino de un interior así suele estar lleno de decisiones complicadas: cuánto jugar, cuánto entrenar, qué competiciones disputar, qué viajes hacer, cuándo parar. En jugadores de estatura “normal” ya es difícil; en un chico de 2,31 que todavía crece, lo prudente no siempre coincide con lo que el ruido pide. Porque el ruido siempre pide más: más partidos, más minutos, más exhibiciones. La realidad del cuerpo suele pedir lo contrario en momentos concretos: recuperar, fortalecer, aprender a moverse mejor, proteger las articulaciones, construir una base que aguante. Esa parte no se celebra, pero es la que separa una historia larga de una historia cortada.
La ruta del fenómeno: del parqué juvenil al escaparate global
Cuando aparece un jugador así, el baloncesto se organiza alrededor. Se organizan los rivales, que preparan defensas específicas. Se organizan los propios compañeros, que aprenden a jugar con una referencia interior dominante. Y se organizan también los focos: entrenadores, ojeadores, agentes, programas de desarrollo, academias. En el caso de Jeremy Gohier, el simple hecho de que ya exista una narrativa de progresión —de 2,21 con 13 a 2,31 con 15, y un partido que lo coloca en el mapa con 46 puntos— hace que el salto de “promesa local” a “nombre internacional” sea casi automático.
En Canadá, el baloncesto de formación lleva años ganando músculo y visibilidad. Han salido jugadores de perfil muy distinto, y eso ha generado un ecosistema más preparado para gestionar talentos que antes eran excepciones aisladas. Un interior gigante, además, siempre despierta un interés especial: el mercado del baloncesto profesional lleva décadas buscando el equilibrio perfecto entre tamaño y movilidad, esa mezcla que parece ciencia ficción cuando aparece de verdad. Por eso, un adolescente que combina altura descomunal con señales de coordinación activa todas las alarmas… y todas las tentaciones.
Hay varios futuros posibles para un jugador así, y ninguno es automático. La vía universitaria estadounidense, la ruta de academias europeas, el salto progresivo en ligas domésticas, incluso la decisión de quedarse más tiempo en el entorno de origen para crecer con calma. Cada opción tiene ventajas y trampas. En lo estrictamente deportivo, la cuestión central siempre es la misma: dónde puede desarrollar su técnica sin quemarse, dónde puede aprender a defender en un juego cada vez más rápido, dónde puede construir un cuerpo fuerte sin destrozarlo. Un pívot de 2,31 que aprende a moverse bien y a leer el juego puede tener un lugar en el baloncesto profesional; un pívot de 2,31 que vive lesionado o que se queda atrás en movilidad puede convertirse en un recuerdo temprano.
También está el factor “tiempo”. En formación, el tiempo se percibe mal porque todo parece urgente: el próximo torneo, la próxima invitación, el próximo vídeo. Pero en un jugador que aún está creciendo, el tiempo es un aliado si se usa bien. Un partido de 46 puntos genera titulares, sí, pero el verdadero examen llega cuando el rival ya tiene plan, cuando el cuerpo ya no crece tan rápido, cuando el juego se acelera y los espacios se reducen. Ahí se ve si el talento era un espejismo o una semilla. En esa frontera, la altura ya no basta; hace falta técnica, hace falta cabeza, hace falta salud.
En el plano puramente baloncestístico, lo que más suele evolucionar en interiores jóvenes es el repertorio de decisiones: pasar cuando llega la ayuda, no precipitarse, elegir el momento de atacar, castigar con un tiro corto cuando le niegan la zona, poner un bloqueo útil y no solo “estar”. Es un aprendizaje lento, repetitivo, casi aburrido. Y, sin embargo, es el que convierte a un gigante en jugador completo. Si el partido de Nobel Elite ante LaSalle fue un aviso, el proceso que venga ahora será la historia de verdad: menos espectacular por fuera, más determinante por dentro.
Del centímetro al juego
La imagen más fácil es la del chico que parece tocar el techo y aplasta el aro con una mano. La imagen que explica el fenómeno, en realidad, es otra: la de Jeremy Gohier sosteniendo un partido entero sin deshacerse, acumulando 46 puntos con continuidad, ganando 19 rebotes como si el balón le perteneciera y dejando 5 tapones que cambian trayectorias y decisiones del rival. En esa combinación —producción, presencia, impacto— hay algo más que un cuerpo raro: hay una forma de jugar que empieza a organizar el partido alrededor de él.
A partir de aquí, todo lo que rodea su historia se vuelve más serio. La altura de 2,31 metros seguirá siendo el primer titular, inevitable, pero el segundo titular ya está escrito por ese partido: el gigante también suma con oficio. El reto, el único que importa, será sostenerlo con el tiempo: crecer sin romperse, aprender sin prisas, mejorar la técnica mientras el mundo mira. Y si algo deja claro esta explosión de números es que ya no basta con señalarlo por la calle o por la grada; ahora hay que mirarlo en la pista, donde se decide todo, con el sonido seco del balón y ese detalle que no engaña: cuando el juego se pone duro, él sigue ahí.

Actualidad¿Qué se sabe hoy de los terremotos de Venezuela y cómo sigue el país?
Salud¿Por qué me duelen las piernas por dentro? Causas, síntomas y alertas
Naturaleza¿Dónde siguen activos los incendios en España este 28 de septiembre?
Economía¿Cómo funciona la nueva cuenta de Revolut al 3,51% TAE en España?
Actualidad¿Qué pasó con el terremoto de Colombia? Balance, víctimas y réplicas
ActualidadSan Miguel 2026: fecha, día de la semana y santoral
Actualidad¿Cuánto cuesta el desfile de la Fiesta Nacional en Madrid en 2026?
Economía¿Cuándo llega Kaufland a España y qué ciudades tendrán compra online?
Ocio¿Cuándo es Halloween 2026 en España y qué día se celebra este año?
ActualidadCalendario laboral 2026: ¿cuántos días festivos tendrás en España?
Salud¿Por qué mi sudor huele mal y antes no? Causas y cuándo preocuparse
Ocio¿Cómo queda la Liga Endesa? Fichajes, bajas y renovaciones 2026-27









