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Historia

¿Qué pasó el 31 de mayo? Los hechos que marcaron España y el mundo

El 31 de mayo reúne bombas, boda real, Titanic, Granollers y Tulsa: una fecha clave para mirar la historia española y mundial sin anestesia.

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Qué pasó el 31 de mayo

El 31 de mayo aparece en el calendario con esa discreción de los días que parecen normales hasta que uno levanta la alfombra. Y debajo hay de todo: una boda real convertida en tragedia en Madrid, el casco del Titanic entrando al agua antes de convertirse en mito, un bombardeo sobre población civil en Granollers, una catástrofe hidráulica en Pensilvania, la creación de una república sudafricana marcada por el apartheid, el recuerdo de la masacre racista de Tulsa y una jornada internacional contra el tabaco que sigue oliendo demasiado a presente.

En España, la fecha tiene una densidad particular. El 31 de mayo de 1906, Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg se casaron en Madrid y, pocas horas después, la calle Mayor quedó sacudida por una bomba lanzada contra el cortejo real. Los reyes salieron vivos; muchos ciudadanos, soldados y curiosos no. Tres décadas más tarde, el 31 de mayo de 1938, Granollers sufrió uno de los bombardeos más duros de la Guerra Civil. No hace falta forzar la épica: basta mirar la fecha. Poder, violencia política, población civil, memoria. La historia no siempre entra por la puerta grande; a veces cae desde un balcón o desde un avión.

Fuera de España, el mismo día también acumula episodios que ayudan a entender el mundo moderno. El Titanic fue botado en Belfast el 31 de mayo de 1911, todavía sin iceberg, sin película, sin violines congelados, solo como una mole industrial celebrada por su tiempo. En 1889, la riada de Johnstown dejó más de 2.000 muertos en Estados Unidos tras la rotura de una presa. En 1921, comenzó en Tulsa una de las mayores matanzas racistas de la historia estadounidense. En 1961, Sudáfrica se proclamó república bajo el apartheid. En 1962 murió ejecutado Adolf Eichmann, uno de los engranajes administrativos del Holocausto. Y cada 31 de mayo, desde el impulso de la Organización Mundial de la Salud, el mundo recuerda el Día Mundial Sin Tabaco, una efeméride sanitaria que no pertenece al museo, sino al bolsillo, al pulmón y a la terraza de cualquier bar.

Madrid, 1906: una boda real, una bomba y una ciudad abierta en canal

La mañana del 31 de mayo de 1906, Madrid amaneció con ornamento de solemnidad. Alfonso XIII contraía matrimonio con Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de San Jerónimo el Real. Carrozas, uniformes, balcones ocupados, una capital convertida en teatro de Estado. España miraba a su monarquía con una mezcla antigua de obediencia, curiosidad y resignación. Lo normal, vaya: el país vestido de gala aunque llevara los bolsillos remendados.

Tras la ceremonia, el cortejo regresaba al Palacio Real por la calle Mayor. En el número 88, el anarquista Mateo Morral arrojó una bomba camuflada en un ramo de flores. La imagen tiene una violencia casi literaria: flores y metralla, boda y sangre, protocolo y pánico. La bomba no mató a los reyes, que salieron ilesos, pero sí dejó más de una veintena de muertos y alrededor de un centenar de heridos, según los recuentos históricos más citados, con pequeñas variaciones según la fuente. La España oficial sobrevivió; la España que miraba desde la calle pagó el precio.

El atentado no fue un gesto aislado en el vacío. La Europa de comienzos del siglo XX estaba atravesada por tensiones sociales, violencia política, anarquismo insurreccional, represión estatal y una sensación de mundo viejo que crujía sin saber todavía hacia dónde. España, además, venía del desastre colonial de 1898, de una crisis de legitimidad profunda y de una modernización a trompicones. La boda real debía proyectar estabilidad. La bomba enseñó lo contrario: debajo de la seda había pólvora.

La figura de Victoria Eugenia quedó marcada desde el primer día. Llegaba a España desde el mundo británico, convertida al catolicismo para poder casarse con el rey, y su entrada oficial en la monarquía española quedó teñida literalmente por la sangre de las víctimas. La posteridad, tan cómoda cuando simplifica, la encerró durante años en el papel de reina distante, extranjera o desgraciada. Pero aquel 31 de mayo sirve para algo más que para alimentar crónicas palaciegas: revela una España donde la vida pública se movía entre el ceremonial y la fractura social.

El atentado de la calle Mayor también dejó una huella urbana. Madrid no solo conserva palacios, fuentes y placas bonitas para que el paseante crea que la historia fue siempre de piedra limpia. También guarda lugares donde el siglo se abrió de golpe. El 31 de mayo de 1906 fue uno de esos días en los que el poder descubre que la calle no es decorado. Es protagonista, aunque a menudo la inviten tarde y mal.

Granollers, 1938: un minuto de bombas y una memoria demasiado incómoda

El otro gran 31 de mayo español no tiene carrozas, sino sirenas; no tiene boda, sino mercado; no tiene ramo, sino bombas. El 31 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, aviones de la aviación italiana que apoyaba al bando sublevado bombardearon Granollers, en Barcelona. El ataque duró muy poco, alrededor de un minuto según la memoria local, pero bastó para dejar centenares de víctimas. La cifra más repetida por las instituciones y la memoria de la ciudad habla de 224 muertos, además de numerosos heridos y una parte del centro destruida.

Granollers no era un frente clásico, con trincheras y soldados esperando la embestida. Era retaguardia. Y ahí está precisamente el cambio brutal que anticipaba el siglo XX: la población civil convertida en objetivo. La guerra aérea estrenaba una lógica que después se haría tristemente familiar en Europa. Lo que antes era excepcional —atacar ciudades, mercados, estaciones, casas— se fue normalizando bajo la coartada militar de quebrar la moral del enemigo. Una manera fina, casi administrativa, de decir que se bombardeaba a gente que compraba pan.

Aquel martes de mayo, las bombas cayeron sobre una ciudad en actividad. No sobre una postal vacía. Había niños, trabajadores, mujeres haciendo recados, comerciantes, ancianos. La violencia moderna tiene esa cualidad helada: llega desde arriba, sin mirar a los ojos. El piloto no ve nombres; ve puntos. En tierra, sin embargo, todo tiene nombre. Una calle, una tienda, una familia, un cuerpo cubierto de polvo.

El bombardeo de Granollers pertenece a esa parte de la Guerra Civil que durante décadas fue contada a medias, con pudor interesado o con silencio. Guernica se convirtió en símbolo universal, con razón, pero no fue el único laboratorio del terror aéreo. Alicante, Barcelona, Lleida, Granollers y otras ciudades también padecieron ataques sobre población civil. El recuerdo no compite; suma. La memoria democrática no es una vitrina de agravios ordenados por fama, sino una forma de higiene pública. Sí, higiene: abrir ventanas donde otros prefirieron dejar el aire encerrado.

En el 31 de mayo, Granollers introduce una lección áspera. La historia de España no cabe en el falso empate sentimental de “todos sufrieron” cuando se usa para borrar responsabilidades. Sufrieron muchos, claro. Pero los hechos tienen autores, contextos y direcciones. La aviación fascista italiana bombardeó una ciudad catalana en apoyo a los sublevados. El dato no grita; simplemente se queda ahí, con la seriedad de una piedra sobre la mesa.

Castilla-La Mancha y el 31 de mayo autonómico

La fecha también tiene una dimensión institucional menos trágica, pero significativa: el Día de Castilla-La Mancha se celebra el 31 de mayo porque ese día, en 1983, se constituyeron las primeras Cortes regionales elegidas por la ciudadanía tras el despliegue autonómico nacido de la Constitución. No es una efeméride de sangre, sino de arquitectura política. Y conviene no despreciar estas fechas, aunque parezcan menos cinematográficas.

En un país tan dado a discutir su forma territorial con más víscera que mapa, el nacimiento de las instituciones autonómicas fue una de las grandes operaciones democráticas de la España contemporánea. Castilla-La Mancha, tierra ancha, rural, literaria, castigada a menudo por el tópico de la llanura vacía, encontró en su autogobierno una forma de ordenar voz, competencias y representación. No resolvió todos los problemas, claro. Ningún estatuto autonómico hace milagros; para eso ya estaba la literatura del Siglo de Oro. Pero sí fijó un marco político propio dentro del Estado.

Ese 31 de mayo autonómico contrasta con los otros. Aquí no hay explosión ni derrumbe, sino una escena mucho más sobria: diputados, sesión constitutiva, instituciones naciendo con papeles, reglamentos y discursos. Puede parecer poca cosa. No lo es. La democracia también tiene días de oficina. Y menos mal.

El Titanic antes del mito: Belfast, hierro y confianza industrial

El 31 de mayo de 1911, el Titanic fue botado en Belfast desde los astilleros Harland & Wolff. Todavía no era el símbolo universal de la soberbia tecnológica ni el decorado trágico de tantas versiones culturales. Era, sencillamente, una proeza industrial: un casco gigantesco lanzado al agua ante la mirada de una ciudad orgullosa de su músculo naval. Belfast no estaba posando para la posteridad; estaba trabajando.

La botadura no fue el viaje inaugural. Ese detalle importa, porque la memoria popular tiende a comprimirlo todo: nacimiento, lujo, iceberg, hundimiento, película y canción, todo en una misma bola de nieve sentimental. El 31 de mayo de 1911 el Titanic comenzó a flotar, pero aún quedaban meses de acondicionamiento, pruebas, instalaciones y preparativos antes de su travesía de 1912. El barco entró en el agua como entraban los grandes sueños industriales del momento: con fe en el acero, en la ingeniería y en el progreso como religión laica.

La historia posterior convirtió al Titanic en una advertencia. Pero visto desde su botadura, el barco pertenece a otro clima mental: el de una Europa y un Atlántico convencidos de que la técnica podía domesticar la distancia, el mar, el tiempo y quizá hasta la muerte. La modernidad tenía olor a carbón, barniz caro y metal recién trabajado. También tenía clases sociales perfectamente separadas por cubiertas, camarotes y puertas. El progreso, cuando se mira de cerca, casi siempre trae escalera de servicio.

Por eso el 31 de mayo del Titanic resulta tan sugerente. No recuerda el desastre, sino el instante anterior al desastre. Ese segundo luminoso en el que la humanidad se aplaude a sí misma sin sospechar el golpe. Una fecha así sirve para entender que muchas tragedias no nacen en el momento del hundimiento, sino en la confianza excesiva que las precede.

Johnstown, Tulsa y Sudáfrica: cuando el calendario enseña heridas globales

El 31 de mayo de 1889, la ciudad de Johnstown, en Pensilvania, sufrió una de las mayores catástrofes civiles de la historia de Estados Unidos. La rotura de la presa de South Fork, tras lluvias intensas, liberó una masa de agua que descendió con una fuerza devastadora. Murieron más de 2.200 personas. La imagen es simple y terrible: una pared de agua entrando en una ciudad industrial, arrastrando casas, fábricas, puentes, animales, muebles, vidas enteras convertidas en escombro flotante.

La tragedia de Johnstown no fue solo “un desastre natural”, esa etiqueta tan cómoda que a veces sirve para absolver a los vivos. Las lluvias fueron reales, sí, pero también lo fueron los fallos de mantenimiento, las decisiones humanas y la desigualdad entre quienes asumían riesgos y quienes pagaban sus consecuencias. La historia de las infraestructuras está llena de obras que parecen neutrales hasta que se rompen. Entonces aparece la política, empapada y furiosa.

Otro 31 de mayo, el de 1921, comenzó en Tulsa, Oklahoma, la masacre racial de Greenwood, también conocida durante mucho tiempo con el eufemismo de disturbios raciales. El lenguaje, ya se sabe, a veces llega con guantes blancos para tapar sangre. Durante la noche del 31 de mayo y la mañana siguiente, grupos blancos atacaron el barrio afroamericano de Greenwood, una comunidad próspera conocida como Black Wall Street. Hubo muertos, casas incendiadas, negocios destruidos y miles de personas desplazadas. La cifra exacta de víctimas sigue siendo objeto de investigación y debate, pero el episodio está reconocido como una de las mayores violencias racistas de la historia estadounidense.

Tulsa incomoda porque desmiente el cuento amable del progreso lineal. No basta con decir que una comunidad prosperó; también hay que contar quién la destruyó y por qué. Greenwood era un barrio negro con negocios, profesionales, periódicos, vida cultural y orgullo económico. Fue atacado no por fracasar, sino por existir con éxito en una sociedad racista. Esa es la parte que escuece.

El 31 de mayo de 1961, Sudáfrica se proclamó república y rompió formalmente sus vínculos monárquicos con la Corona británica. Pero el término “república”, que en teoría suena a ciudadanía y soberanía popular, quedó allí envenenado por el apartheid. Para la mayoría negra del país, aquel cambio institucional no significó democracia plena, sino la consolidación de un sistema de segregación racial ya brutal. La palabra república puede ser noble; también puede usarse como fachada. La historia está llena de palabras hermosas haciendo trabajos bastante feos.

Ese mismo hilo de responsabilidad histórica aparece un año después en otra fecha de 31 de mayo: Adolf Eichmann murió ejecutado en 1962 tras ser juzgado en Israel por su papel en la organización del Holocausto. Eichmann no fue el monstruo de la propaganda con cuernos y capa; fue algo quizá más perturbador: un burócrata de la muerte, un hombre de formularios, trenes, deportaciones y obediencia criminal. Su juicio obligó al mundo a mirar la maquinaria administrativa del exterminio. La barbarie, a veces, no entra gritando. Entra sellando documentos.

Ciencia, deporte y salud pública: el 31 de mayo también mira al presente

El 31 de mayo no se queda en los grandes traumas políticos. También cruza deporte, ciencia y salud pública. En 2008, Usain Bolt batió en Nueva York el récord mundial de los 100 metros con 9,72 segundos, antes de pulverizar de nuevo los límites en Pekín y Berlín. Fue uno de esos momentos en los que el cuerpo humano parece discutir con la física. Bolt corría con una mezcla rara de potencia y despreocupación, como si llegara tarde a ningún sitio. El récord de Nueva York ya no es el vigente, pero conserva algo de primera revelación: la tarde en que el mundo entendió que aquel jamaicano no era solo rápido, sino otra escala.

También el 31 de mayo de 2008 despegó el transbordador Discovery en la misión STS-124, vinculada al módulo japonés Kibo de la Estación Espacial Internacional. La fecha une así el viejo impulso del Titanic —la tecnología como orgullo— con una versión más cooperativa y científica del progreso. Donde antes había acero lanzado al Atlántico, ahora hay laboratorios en órbita. Cambia el paisaje; permanece la ambición humana de ir más allá del suelo inmediato.

Y luego está el Día Mundial Sin Tabaco, que cada 31 de mayo recuerda un problema menos espectacular que una bomba o una riada, pero mucho más cotidiano. La OMS dedica la jornada a informar sobre los riesgos del tabaco, las prácticas comerciales de las tabacaleras y la protección de las generaciones futuras. En 2026, el lema se centra en desenmascarar el atractivo de los productos de tabaco y nicotina, especialmente por su capacidad para enganchar a los jóvenes. Aquí la historia no huele a archivo, sino a humo dulce de vapeador, a cajetilla, a nicotina disfrazada de sabor amable.

El tabaco tiene una peculiaridad cultural: durante décadas fue símbolo de adultez, cine negro, sobremesa, rebeldía, conversación. Después llegó la evidencia sanitaria a desmontar el decorado. Hoy el debate se ha desplazado también hacia los cigarrillos electrónicos, los productos de nicotina y las estrategias de diseño y marketing que suavizan la percepción de riesgo. Nada nuevo bajo el sol: cuando una industria pierde prestigio, cambia el envoltorio. Menos cenicero, más color pastel.

El 31 de mayo, por tanto, no solo sirve para mirar hacia atrás. También pone el dedo en una batalla presente: cómo se protege la salud pública sin tratar a los ciudadanos como menores de edad, cómo se regula una industria poderosa sin caer en sermones inútiles, cómo se habla de adicción con firmeza y sin moralina. Porque la moralina, además de antipática, suele funcionar fatal.

La efeméride dudosa: el fútbol femenino español y el cuidado con las fechas

En muchas recopilaciones aparece el 31 de mayo de 1914 como fecha vinculada al primer fútbol femenino en España, con los equipos Giralda y Montserrat. Conviene matizarlo. Las investigaciones especializadas sitúan el primer partido documentado del Spanish Girl’s Club el 9 de junio de 1914, en Barcelona, entre Montserrat y Giralda, con finalidad benéfica contra la tuberculosis. Es posible que el 31 de mayo aparezca asociado a preparativos, referencias iniciales o versiones divulgativas posteriores, pero la fecha más sólida para el encuentro documentado es la de junio.

Este matiz no empequeñece la historia; la mejora. El fútbol femenino español tuvo que crecer contra el prejuicio, el paternalismo, el desprecio médico de época y una prensa que a menudo miraba a las jugadoras como curiosidad exótica antes que como deportistas. Que hoy España sea potencia mundial en fútbol femenino da a aquellas pioneras una luz retrospectiva especial. Pero precisamente por respeto a ellas conviene no convertir la efeméride en baratija. La memoria también necesita precisión. No mucha solemnidad; precisión.

Una fecha con memoria, ruido y demasiadas lecciones pendientes

El 31 de mayo concentra algo más que una colección de curiosidades. Es una fecha donde se cruzan los grandes temas del mundo contemporáneo: el poder, la violencia política, la guerra contra civiles, la fe tecnológica, el racismo, la salud pública, la memoria democrática y la fragilidad de las instituciones. No está mal para una casilla del calendario que, vista de lejos, parece igual que las demás.

En España, el día deja dos escenas difíciles de borrar: la calle Mayor de Madrid en 1906, con una boda real rota por una bomba, y Granollers en 1938, con la población civil golpeada desde el aire. Entre ambas se abre buena parte del siglo: del atentado individual a la guerra mecanizada, de la violencia política artesanal al terror aéreo moderno. También queda la Castilla-La Mancha autonómica, mucho menos dramática, pero necesaria para recordar que la historia democrática no solo se hace con mártires y tragedias. También se hace con parlamentos, elecciones y administración. Menos épico, más útil.

En el mundo, el 31 de mayo ofrece una secuencia casi pedagógica. Johnstown enseña que las infraestructuras mal cuidadas matan. El Titanic recuerda que el progreso puede tener una vanidad carísima. Tulsa obliga a llamar masacre a lo que durante demasiado tiempo se llamó disturbio. Sudáfrica demuestra que las palabras institucionales pueden esconder sistemas injustos. Eichmann revela que el mal también puede vestir traje de funcionario. El Día Mundial Sin Tabaco trae la lección al presente, al cuerpo, al hábito, a la industria que aprende a cambiar de máscara.

La historia, cuando se mira bien, no es una vitrina de fechas muertas. Es un espejo con manchas. El 31 de mayo nos devuelve una imagen incómoda, brillante por momentos, oscura muchas veces. Y quizá ahí está su valor: obliga a mirar sin demasiada nostalgia. Porque el pasado no pasa del todo. A veces se queda en una placa de Madrid, en una calle de Granollers, en un casco de barco, en una comunidad destruida, en una ley, en una campaña sanitaria o en ese humo que alguien expulsa pensando que no tiene nada que ver con la historia. Tiene. Casi todo tiene.

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