Ciencia
¿Qué pasa con el Falcon 9? La NASA confirma vuelo a la EEI
El Falcon 9 vuelve a escena: Crew-12 despega el 11-F tras la evacuación médica en la EEI, con horarios, protagonistas y el motivo del parón.

El Falcon 9 vuelve a escena: Crew-12 despega el 11-F tras la evacuación médica en la EEI, con horarios, protagonistas y el motivo del parón.
NASA ha puesto fecha y hora a la vuelta a la normalidad: el 11 de febrero despega la misión Crew-12 rumbo a la Estación Espacial Internacional, el primer vuelo tripulado hacia la estación desde la evacuación médica que obligó a recortar la misión anterior. Viajan cuatro astronautas en un Falcon 9 de SpaceX, con una cápsula Dragon, para recomponer la rotación a toda prisa y dejar atrás estas semanas de tripulación mínima.
La confirmación llega con una segunda pieza igual de decisiva: la Administración Federal de Aviación ha autorizado el regreso del Falcon 9 a los lanzamientos tras investigar una anomalía en la segunda etapa detectada en un vuelo reciente. El parón técnico, breve pero suficiente para helar el ambiente, había abierto una posibilidad muy fea: prolongar el tiempo con solo tres personas a bordo en un laboratorio que vive de rutinas milimétricas y de manos disponibles, muchas manos, para mantenerlo todo en marcha.
El 11-F y el visto bueno que desbloquea el calendario
La agencia ya no habla en condicional. El despegue está previsto para el miércoles 11 de febrero a las 6:01 de la mañana, hora del Este de Estados Unidos, desde Space Launch Complex 40, en la Cape Canaveral Space Force Station. En hora peninsular española, ese momento cae a las 12:01. Es una franja con margen, sí, porque el viento, la meteorología en altura y los pequeños “no” de última hora mandan mucho, pero lo esencial es que la fecha ha pasado de “posible” a objetivo oficial. A pocos kilómetros, el Centro Espacial Kennedy seguirá el ritual de siempre, con su mezcla de rutina industrial y tensión silenciosa: un cohete vertical, personal de tierra midiendo lo invisible, y un planeta girando a su ritmo sin esperar a nadie.
La otra clave no está en la torre ni en la cuenta atrás, sino en el sello del regulador. La FAA ha dado por cerrada la revisión del incidente y ha comunicado que el vehículo puede volver a volar. Eso no es un aplauso, es un “vale” condicionado a que el paquete técnico —causa probable, medidas preventivas, controles añadidos— sea creíble. En castellano llano: SpaceX presentó su informe final, el regulador lo aceptó, y el Falcon 9 deja de estar en pausa. En un sistema que vive de cadencia, parar duele; en un sistema tripulado, parar es obligatorio si la duda es razonable.
Y aquí la duda lo era, sobre todo por el contexto. Crew-12 no es una rotación cualquiera en un mes cualquiera. La estación lleva desde mediados de enero con plantilla reducida, lo que obliga a priorizar mantenimiento crítico, soporte vital y tareas científicas que no se pueden abandonar. Con cuatro astronautas subiendo, el objetivo no es solo “llegar”: es llegar pronto para reactivar equipos, recuperar tiempos de laboratorio, redistribuir turnos y volver a una agenda con aire. La diferencia entre tres y siete no es matemática de colegio; es capacidad operativa.
Entre el despegue y el acoplamiento, un día entero de precisión
La planificación prevé que la Dragon se acople al día siguiente, el jueves 12 de febrero, alrededor de las 10:30 de la mañana, hora del Este; en España, en torno a las 16:30. El destino es el puerto “orientado al espacio” del módulo Harmony, una especie de cerradura orbital donde todo se hace en secuencia: aproximación automática, contacto, enganche, comprobaciones de presión, revisiones de fugas… y solo entonces, con calma, la apertura de escotillas. No hay épica en ese tramo, hay disciplina, y esa disciplina es lo que sostiene la estación desde hace décadas.
En paralelo, la NASA ha colocado en primer plano a los responsables del programa. Aparecen Steve Stich, al frente de Commercial Crew, y Dana Weigel, jefa del programa de la estación; se suma William Gerstenmaier por parte de SpaceX y Josef Aschbacher por la parte europea. Cuando una rotación es tranquila, estos nombres se citan casi por protocolo. Cuando hay una evacuación médica reciente, una estación en mínimos y un cohete que acaba de salir de un parón, esos nombres significan algo más: significan responsabilidad directa.
La evacuación médica de Crew-11 que lo alteró todo
El detonante del reajuste fue un regreso adelantado que ya era, por sí solo, un hito incómodo. Crew-11 amerizó en el Pacífico el 15 de enero, frente a la costa de California, alrededor de un mes antes de lo previsto, tras una “preocupación médica” en uno de los integrantes. Dentro de la cápsula Dragon viajaban Zena Cardman y Mike Fincke, junto con Kimiya Yui —astronauta de JAXA— y el cosmonauta Oleg Platonov. Fue un retorno limpio en lo técnico: amerizaje, recuperación por el equipo marítimo, salida ordenada, primeras revisiones médicas. Lo extraordinario no fue el cómo; fue el porqué.
La agencia ha mantenido un silencio férreo sobre la naturaleza del problema, amparándose en la privacidad médica. Ha repetido una idea con bisturí: la persona afectada estaba estable, pero era preferible regresar para disponer de recursos en tierra. Esa palabra, “estable”, es una de esas piezas de lenguaje institucional que caben en un tuit y, sin embargo, pesan mucho. En órbita no hay quirófanos, no hay UCI, no hay especialistas a dos pasillos. Hay telemedicina, hay protocolos, hay botiquines bien pensados y hay, sobre todo, un plan de salida. El plan se activó y se ejecutó. Eso tranquiliza y, a la vez, subraya lo serio del episodio: si se mueve una misión, se mueven porque toca.
El impacto se notó en cadena. Adelantar un retorno significa reescribir semanas de planificación: actividades de mantenimiento que estaban asignadas, secuencias de experimentos, cambios de turnos, coordinación con vehículos de carga, preparación de futuras caminatas espaciales. La estación no es un hotel al que se le cambian huéspedes; es un entorno donde la agenda es el sistema nervioso. El regreso de Crew-11 obligó a una decisión estratégica: acelerar Crew-12 para acortar al máximo el tiempo con tripulación reducida. Y ahí aparece, de nuevo, el Falcon 9: cuando solo hay un cohete disponible para una rotación concreta, cualquier anomalía se convierte en un problema que salta de lo técnico a lo humano.
También hay una lectura operativa, menos dramática pero muy real. La EEI siempre mantiene naves “de escape” atracadas, preparadas para salir si hay emergencia. La Dragon lo estaba. En ese sentido, el sistema funcionó: la estación tuvo salida, la salida se usó, y el retorno se completó. Lo importante es que funcionara sin improvisaciones. Lo inquietante es que funcionara porque hubo necesidad de usarlo.
La estación sosteniéndose con tres personas y mucha disciplina
Desde aquel 15 de enero, la estación ha seguido viva, trabajando, girando a unos 400 kilómetros de altura y viajando a más de 28.000 kilómetros por hora. Pero lo ha hecho en “modo mínimo”, con solo tres residentes. Son el astronauta de la NASA Chris Williams y los cosmonautas Sergey Kud-Sverchkov y Sergey Mikaev. Con ese trío se mantiene el soporte vital, la gestión de energía, las comunicaciones, el control de sistemas, el mantenimiento diario y una parte nada despreciable del trabajo científico. Suena a demasiado, porque lo es; la diferencia es que la estación está diseñada para resistir estos descensos de personal, y desde tierra hay equipos enteros que sostienen la operación.
Aun así, se nota. Con siete personas, el día se reparte mejor: mantenimiento, ciencia, preparación física —que es obligatoria para no perder músculo y hueso—, operaciones con vehículos, tareas de logística. Con tres, la priorización se vuelve más dura. Hay experimentos que necesitan manos y ojos durante horas, hay equipos que requieren montaje, ajuste, repetición, y esa parte se resiente. En cambio, las tareas de “vida de estación” se vuelven dominantes: filtros, ventilación, comprobaciones de sistemas, inspecciones visuales, limpieza de superficies, pequeños arreglos. Es una mecánica cotidiana, poco fotogénica, que sin embargo decide si la estación sigue siendo un laboratorio o se convierte en un cascarón que solo respira.
Este periodo de mínimos también pone el foco en la coordinación internacional. La EEI es cooperación con tensiones, sí, pero cooperación al fin, con un segmento estadounidense y otro ruso que deben convivir en lo técnico incluso cuando la política en tierra va por otros carriles. Con menos gente, esa interdependencia se percibe más: planificación de energía, reparto de tareas, coordinación de horarios, gestión del control de actitud, comprobación de redundancias. Todo sigue funcionando porque hay procedimientos, y porque los procedimientos, allí arriba, son una forma de respeto.
La preocupación real de los últimos días no era que la estación “no pudiera” con tres. Podía. La preocupación era cuánto tiempo tendría que hacerlo. Un retraso de días en Crew-12 sería asumible; uno de semanas empezaba a recortar margen de mantenimiento, de investigación, de descanso, de reacción. Por eso el parón del Falcon 9, aunque corto, se sintió como un ruido fuerte en una habitación silenciosa.
La pausa del Falcon 9: el susto de la segunda etapa y lo que reveló
El Falcon 9 es el caballo de batalla de SpaceX y, precisamente por eso, sufre una especie de paradoja pública: cuanto más vuela, más “normal” parece; y cuanto más normal parece, más llama la atención cuando algo se sale de lo esperado. La pausa se originó tras un lanzamiento de Starlink el 2 de febrero desde Vandenberg Space Force Base, en California, que colocó 25 satélites en órbita como estaba previsto. La primera etapa aterrizó sin drama en la plataforma marítima, el despliegue se completó… y, después, llegó el problema: la segunda etapa registró una condición off-nominal durante la maniobra planificada para desorbitar, el encendido destinado a devolver el hardware a una reentrada controlada.
Esa maniobra puede sonar secundaria, casi decorativa, pero no lo es. Desorbitar de forma controlada reduce riesgos para el tráfico espacial y para la seguridad pública. Si el encendido no ocurre, la etapa queda en una órbita que irá decayendo con el tiempo; lo habitual es que se desintegre al reentrar, pero “lo habitual” no sirve como estándar cuando hay un regulador observando y cuando un cohete está a punto de lanzar una misión tripulada. En este caso, la FAA informó de que la causa probable fue un fallo de encendido del motor de la segunda etapa antes de la maniobra de desorbitado. No hubo heridos ni daños a propiedad pública, pero el incidente bastó para exigir investigación y medidas preventivas.
Lo interesante —y lo inquietante— de un problema en la etapa superior es que toca el corazón de la precisión. La primera etapa del Falcon 9 es reutilizable y ha convertido el retorno en rutina; la segunda, en cambio, es desechable, y cada vuelo estrena hardware. Eso hace que cualquier anomalía se mire con lupa: ¿fue un componente? ¿una tolerancia? ¿un procedimiento? ¿un fallo de encendido aislado o un patrón que podría repetirse? En un lanzamiento de satélites, el margen de tolerancia social es mayor; en uno tripulado, no hay margen. Por eso el parón fue inmediato, y por eso el visto bueno del regulador no podía ser una simple frase, sino el cierre formal de un proceso.
Cuando un “off-nominal” deja de ser jerga y entra en la conversación pública
La jerga espacial tiene esa capacidad de suavizar lo áspero. “Off-nominal” suena a pequeña desviación, a algo que se sale un poco de la línea. A veces lo es. Pero también puede significar que un paso crítico del guion no sucedió y que, si no se entiende por qué, se abre una puerta peligrosa: repetir el fallo. En este caso, el debate no era solo técnico; era de confianza. Un cohete puede cumplir su misión principal y, aun así, obligar a detener una flota si algo falla en la fase final. Y la fase final, cuando se habla de vuelos tripulados, importa tanto como el recuerdo heroico del despegue.
La FAA dejó claro que supervisó y aceptó los hallazgos de la investigación liderada por SpaceX, y que SpaceX identificó medidas preventivas, técnicas y organizativas, para evitar la repetición. Ese detalle, el “organizativas”, es pequeño pero elocuente: no siempre falla un tornillo; a veces falla una cadena de verificación, una cultura de revisión, un punto ciego de procedimiento. Que se diga implica que, al menos sobre el papel, se miró más allá del componente.
Con esa autorización, el Falcon 9 sale de la pausa y Crew-12 recupera su carril. Pero el episodio deja una foto clara de la dependencia del sistema: una estación con tripulación reducida, un único cohete para una rotación urgente, un regulador que tiene que cerrar una investigación antes de que el reloj llegue a cero. En tierra, se llama logística; en órbita, se llama seguridad.
Crew-12 entra en escena y la EEI vuelve a respirar a siete
La tripulación que despegará el 11 de febrero es una mezcla calculada de experiencia y debut, con sello internacional. La comandante será Jessica Meir, astronauta de la NASA con una estancia previa en la estación como ingeniera de vuelo y con un perfil científico muy marcado; su trayectoria incluye la participación en las primeras caminatas espaciales realizadas por dos mujeres. Como piloto irá Jack Hathaway, de la promoción más reciente de astronautas de la NASA, con carrera en aviación naval y en entornos de prueba, ese tipo de currículum que encaja con el puesto sin necesidad de adornos: manos firmes y cabeza fría.
La parte europea la pone Sophie Adenot, astronauta de la Agencia Espacial Europea, ingeniera y piloto militar francesa, en su primera misión de larga duración. La ESA ha bautizado su participación como εpsilon, un nombre con sabor matemático que apunta a una idea simple: lo pequeño que pesa, lo minúsculo que sostiene algo enorme, un guiño lógico para una misión que llega cuando la estación necesita manos sin discusión. Cierra el equipo Andrey Fedyaev, de Roscosmos, que ya ha volado antes en Crew Dragon y que vuelve a un esquema de rotación donde la cooperación con Rusia sigue viva en lo técnico, pese a lo áspero del contexto en tierra. En la EEI, la física no entiende de fronteras; los protocolos, tampoco.
La nave que los llevará añade otra capa de interés: la cápsula Dragon asignada es Grace, la más nueva de la flota, estrenada en 2025. Es un detalle que se cuela porque el calendario apretado obliga a cuidar cada variable: cápsula, cohete, integración, revisiones, ventanas de lanzamiento. Que sea una nave nueva no es un problema en sí; es, de hecho, parte del diseño del programa: alternar cápsulas, mantener flota, asegurar redundancias. Pero en una misión acelerada por una evacuación médica, cualquier “nueva” suena más grande de lo que es, como una luz blanca en una sala a oscuras.
Lo que cambia cuando Crew-12 se acople y se abran escotillas es, de nuevo, un número: siete personas a bordo. Siete significa volver a repartir turnos con margen, reactivar experimentos que se habían comprimido, programar mantenimiento sin asfixiar el resto del día, y recuperar esa flexibilidad que permite que un imprevisto no lo congele todo. En la estación, el tiempo se mide en minutos de planificación; con tripulación completa, esos minutos vuelven a aparecer.
Y aquí entra, además, el contenido científico que Crew-12 lleva en la mochila, que no es pequeña. La NASA ha explicado que parte de la misión estará centrada en estudios de salud humana y adaptación a gravedad alterada. Uno de los más llamativos se llama Venous Flow y busca entender si el tiempo en microgravedad aumenta el riesgo de coágulos, observando cambios sutiles en el flujo sanguíneo; se harán ecografías de vasos, controles de presión y extracciones, antes, durante y después de la misión, para construir un mapa de riesgo más fino. El responsable de ese trabajo en tierra, el fisiólogo Jason Lytle, lo ha planteado sin dramatismo: la idea es anticipar estrategias de seguridad para estancias largas, esas que ya no son seis meses, sino nueve en el caso de Crew-12.
Otro estudio, llamado Manual Piloting, pone a prueba algo que suena a videojuego y es neurociencia aplicada: simulaciones de alunizajes para medir desorientación y toma de decisiones durante transiciones de gravedad. El coordinador, el neurocientífico Scott Wood, lo resume con un principio básico: aunque los aterrizajes futuros estén automatizados, las tripulaciones deben poder tomar el control si algo se tuerce. Si el cuerpo se acostumbra a la microgravedad, el regreso a un entorno con gravedad —aunque sea parcial, como la Luna— puede jugar malas pasadas. Medirlo no es curiosidad; es seguridad operacional.
El paquete de investigaciones incluye también el seguimiento de problemas conocidos como el síndrome neuro-ocular asociado a vuelos espaciales, con cambios de visión y de ojo que han aparecido en misiones largas, y la exploración de si un suplemento diario de vitaminas del grupo B puede aliviar síntomas. Y hay otra línea, casi doméstica, pero muy real: documentar pequeñas lesiones tras el aterrizaje, esos golpes o moratones que pueden surgir cuando el cuerpo pasa de flotar a pesar otra vez. Parece menor, y sin embargo guía diseño: arneses, asientos, secuencias de salida, protección frente a fuerzas de reentrada. En la estación, lo pequeño suele ser lo que manda.
Al fondo de todo queda el episodio médico de Crew-11, que seguirá sin detalles públicos. La NASA no suele romper esa privacidad y no lo ha hecho ahora. Queda, eso sí, la constatación de que el sistema de evacuación funcionó, de que el regulador frenó un cohete cuando tocaba, de que el cohete vuelve a volar cuando el proceso se cierra y de que, con Crew-12, la estación recupera pulso. No es un final; es un reajuste: la EEI vuelve a siete, el Falcon 9 sale del paréntesis, y la medicina —la que obligó a mover piezas— permanece en reserva, como tantas veces ocurre cuando lo importante sucede lejos de las cámaras.

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