Ciencia
Adiós a Josefina Castellví, la científica española del hielo
Muere Josefina Castellví, pionera española en la Antártida: del ICM a Livingston, entre Las Palmas, el Hespérides y sus premios influyentes. Josefina Castellví, bióloga y oceanógrafa, murió en Barcelona el lunes 2 de febrero a los 90 años, según confirmaron a la agencia EFE fuentes próximas a la científica.

Foto: Wiki
Muere Josefina Castellví, pionera española en la Antártida: del ICM a Livingston, entre Las Palmas, el Hespérides y sus premios influyentes.
Josefina Castellví, bióloga y oceanógrafa, murió en Barcelona el lunes 2 de febrero a los 90 años, según confirmaron a la agencia EFE fuentes próximas a la científica. Su nombre queda ligado a una de esas historias que parecen enormes cuando se cuentan y, sin embargo, se sostienen con gestos pequeños: un cuaderno de campo, una muestra bien tomada, una decisión logística a tiempo. Fue pionera de la investigación española en la Antártida y dirigió durante años la Base Antártica Española en la isla Livingston, en un periodo decisivo para consolidar la presencia científica del país en el continente blanco.
Castellví (Barcelona, 1935) era especialista en bacteriología marina, un territorio de ciencia silenciosa que no siempre sale en titulares, pero que explica el mar por dentro, como si te enseñaran el mecanismo de un reloj abriéndolo con cuidado. Hizo cerca de treinta campañas oceanográficas y participó en más de cinco expediciones a la Antártida; trabajó en el buque Las Palmas y, más tarde, en el oceanográfico Hespérides, y combinó el laboratorio con la gestión científica, esa parte menos fotogénica que decide si un programa de investigación avanza o se queda en promesa.
De Barcelona al mar: una carrera antes de que existiera el foco
En 1957 se licenció en Biología y, apenas tres años después, en 1960, ya estaba trabajando en el Instituto de Ciencias del Mar —entonces llamado Instituto de Investigaciones Pesqueras— en una Barcelona donde la ciencia iba abriéndose hueco a base de constancia, no de épica. Allí empezó una carrera que, con el tiempo, la llevaría a dirigir ese mismo centro en 1994-1995, un giro que tiene algo de círculo cerrado: empezar en un instituto joven, verlo crecer desde dentro y, décadas después, tener la responsabilidad de marcar rumbo.
Su especialidad, la bacteriología marina, podría sonar abstracta si se dice deprisa. En la práctica es una forma de mirar el océano con lupa: bacterias que viven en el agua, en los sedimentos, en zonas donde la luz apenas llega, en ambientes que parecen hostiles y aun así están llenos de vida microscópica. Castellví se movía en ese mundo de escalas pequeñas y preguntas grandes, donde una muestra bien conservada vale más que cien frases solemnes. Y desde ahí, desde esa fascinación por lo minúsculo, empezó a asomarse a lo extremo.
En aquellos años, además, su trayectoria tiene un peso añadido que no necesita subrayados melodramáticos: era una época en la que las mujeres tenían muy poca presencia en los laboratorios y menos aún en posiciones de decisión. No se trata de convertirlo en anécdota, porque no lo fue; era el clima de fondo, el ruido constante. En ese contexto, Castellví no solo trabajó y publicó, también se colocó en un lugar de organización y liderazgo científico. Eso, en ciencia, suele ser más difícil que sacar adelante un experimento.
1967: el primer contacto con la Antártida
La Antártida entró en su vida pronto: llegó por primera vez en 1967, empujada por esa pasión por las bacterias en ambientes extremos. El continente blanco no era, para ella, un paisaje para contemplar; era un laboratorio gigantesco, un entorno donde el frío, la salinidad, la luz, el hielo y el tiempo ponen a prueba cualquier forma de vida, incluida la microscópica. Ir allí significaba cambiar de escala vital: de la rutina del instituto a un escenario donde la logística manda y la naturaleza, directamente, decide.
El salto al sur también era un salto mental. En la Antártida, incluso lo cotidiano se vuelve técnico: moverse, calentar, conservar muestras, evitar contaminaciones, trabajar con guantes que restan sensibilidad. El viento no es solo viento; es un factor que altera planes. La nieve no es solo nieve; es una superficie que esconde grietas, que cubre instrumentos, que te obliga a recalcular. Castellví se adentró en ese mundo con mirada de científica, sí, pero también con la cabeza de quien entiende que una expedición no se sostiene con voluntarismo, sino con método.
Bacterias en frío extremo: una ciencia que no se ve, pero sostiene todo
Hablar de bacterias en ambientes polares es hablar de vida en condiciones límite. En el océano austral, y en zonas próximas al hielo, esos microorganismos participan en procesos básicos: descomponen materia orgánica, interactúan con nutrientes, forman parte de cadenas tróficas que, a su manera discreta, sostienen ecosistemas enteros. Castellví se interesó por esa vida que parece invisible, por esa biología que no sale en una postal, y la convirtió en hilo conductor de una trayectoria larga, coherente, obstinada.
A veces se entiende mejor con una imagen simple: cuando el frío lo ralentiza todo, cuando los ciclos son más lentos y el entorno es exigente, las bacterias siguen ahí, adaptándose. Estudiarlas es estudiar resiliencia biológica sin romanticismo. Por eso su trabajo conectaba con una idea que hoy está más presente que nunca en la conversación científica: los polos como piezas clave para entender el planeta, no como decorado. Ella lo hacía desde la microbiología y desde el océano, con el rigor de quien sabe que una explicación grande se apoya en datos pequeños.
1984: cuando España decide ordenar su ciencia en el continente blanco
La historia de Castellví no se queda en la expedición puntual. En 1984, participó en la organización de la investigación española en la Antártida, un paso importante en un país que buscaba consolidar estructuras, continuidad, coordinación. La investigación antártica no es “ir y volver”: requiere planificación, prioridades, equipos, financiación, permisos, coordinación internacional y, sobre todo, repetición en el tiempo. Si no hay continuidad, se pierde la serie de datos; y sin series largas, la ciencia polar se queda coja.
Ese mismo año fue delegada del CSIC en Cataluña, una responsabilidad que muestra hasta qué punto combinaba dos perfiles: el de investigadora que entiende el detalle, y el de gestora capaz de encajar piezas grandes. En la Antártida, además, todo se hace dentro de un marco internacional exigente, donde la cooperación entre países convive con la protección ambiental y con reglas estrictas. Coordinar proyectos allí no es solo coordinar ciencia: es coordinar presencia, comportamiento, estándares.
Castellví fue gestora del Programa Nacional de Investigación en la Antártida y asumió la coordinación de proyectos científicos internacionales en ese territorio. En términos reales, eso significa trabajar con calendarios que no perdonan —las ventanas de campaña son las que son—, con equipos que dependen de barcos y bases, con materiales que no se pueden improvisar a última hora. Significa también tomar decisiones que no siempre gustan a todo el mundo: priorizar, ordenar, decir que no. Quien ha vivido una campaña sabe que ese “no” a tiempo puede salvar una temporada entera.
Livingston y la Base Juan Carlos I: dirigir donde el error se paga caro
Entre 1989 y 1997, Castellví dirigió la Base Antártica Española en la isla Livingston, una etapa larga, de fondo, más cercana a la idea de “mantener” que a la de “aparecer”. La base —conocida como Base Antártica Española Juan Carlos I— no es un monumento, es un sistema vivo: personas, rutinas, protocolos, laboratorios, mantenimiento, seguridad. Dirigirla no consistía en posar para una foto junto a un mapa; consistía en lograr que la ciencia se hiciera bien en un lugar donde el margen de error es mínimo.
La isla Livingston es un entorno que cambia de humor con rapidez. Puede haber calma y, de pronto, un golpe de viento que reorganiza el día entero. El frío no es solo temperatura; es un condicionante que entra en el cableado, en los motores, en la piel. En ese contexto, la dirección de una base implica cuidar lo básico para que lo importante ocurra: que haya energía, que la comunicación funcione, que los turnos estén bien pensados, que las salidas al exterior se planifiquen, que las muestras se conserven, que el equipo humano no se rompa por desgaste.
Ahí aparece otra idea clave de su trayectoria: la Antártida no se conquista, se habita temporalmente con respeto y disciplina. Castellví estuvo en esa frontera entre el entusiasmo científico y la prudencia operativa. Su liderazgo coincidió con años en que España consolidaba su presencia polar, con campañas que se repetían, con conocimiento acumulado, con procedimientos que se afinaban. En ciencia, el progreso suele ser eso: afinación. Poco a poco. Sin ruido.
El pico Castellví: un apellido clavado en el mapa del sur
En Livingston existe el pico Castellví, nombrado en su honor. No es un gesto decorativo. En la Antártida, donde casi no hay referencias humanas permanentes y el paisaje parece borrar huellas con facilidad, un nombre en el mapa funciona como memoria tangible. Es una forma de reconocer que ahí hubo trabajo, que ahí hubo presencia científica sostenida, que ese apellido no pasó por el hielo como un turista del conocimiento, sino como alguien que ayudó a construir estructura.
También tiene algo simbólico, sin necesidad de metáforas grandilocuentes: un pico no se mueve, no cambia de sitio, permanece. En un mundo de campañas estacionales y equipos que entran y salen, esa permanencia dice mucho. El pico Castellví es un recordatorio silencioso de una etapa en la que España fue afirmando su lugar en la investigación antártica con constancia y con nombres propios.
Las Palmas y Hespérides: la ciencia que se hace a bordo
Durante su estancia en la Antártida, Castellví trabajó en el barco Las Palmas, el primer buque español que se instaló allí, y después en el Hespérides, oceanográfico con capacidad polar. Para entender el peso de esos nombres hay que imaginar lo que significa hacer ciencia en un barco: el laboratorio se mueve, el mar marca el ritmo, los instrumentos compiten con el vaivén, las guardias se mezclan con análisis, el sueño se corta en dos. Y aun así, se trabaja.
En ese ecosistema flotante, la investigación marina se convierte en una combinación de precisión y resistencia. Las muestras se toman en condiciones variables, los tiempos se ajustan a meteorología, las decisiones no siempre se pueden retrasar. Castellví, con su especialidad en microbiología marina y su experiencia de campañas, encajaba bien en esa dinámica donde la ciencia se hace con el cuerpo además de con la cabeza. No es épica; es oficio. Y el oficio en el mar, cuando hay frío y distancia, se nota el doble.
Su balance de actividad impresiona por volumen: cerca de treinta campañas oceanográficas y más de cinco expediciones a la Antártida. Pero lo importante de esos números no es la cifra como trofeo, sino lo que implica en términos de continuidad científica. Cada campaña suma datos, compara resultados, corrige hipótesis. En investigaciones relacionadas con el océano y los polos, la repetición en el tiempo es crucial: el mar cambia, el hielo cambia, los patrones varían. Quien acumula campañas acumula perspectiva.
Reconocimientos, dirección del Instituto y una jubilación que no fue silencio
En 1994 la nombraron directora del Instituto de Ciencias del Mar, el mismo lugar donde había empezado a trabajar en 1960 cuando todavía se conocía como Instituto de Investigaciones Pesqueras. Ese cargo, que desempeñó entre 1994 y 1995, refleja que su carrera había cruzado ya la frontera entre la investigación individual y la construcción institucional. Dirigir un centro científico no es solo administrar: es sostener líneas de trabajo, atraer talento, decidir prioridades, defender proyectos, encajar presupuestos. Y hacerlo sin perder el pulso del laboratorio, que es donde se prueba la realidad.
Su trayectoria fue reconocida con distinciones que marcan hitos concretos: el premio Mérula a la Mujer Directiva del Año en 1994; la Medalla de Oro al Mérito Científico del Ayuntamiento de Barcelona en 1996; la Medalla Narcís Monturiol al Mérito Científico y Tecnológico de la Generalitat, también en 1996; la Creu de Sant Jordi en 2003; el Premio de Medio Ambiente del Institut d’Estudis Catalans en 2006; y el Premio Català de l’Any de El Periódico en 2013. Dicho así, en una frase larga, se entiende lo esencial: el reconocimiento llegó desde ámbitos distintos y a lo largo de décadas, como si cada institución fuera poniendo su sello a una evidencia acumulada.
Se retiró profesionalmente en el año 2000, pero no desapareció. Durante muchos años siguió vinculada a la divulgación y a la defensa del medio ambiente y del continente antártico. En su caso, la divulgación no era “contar aventuras”, era explicar por qué la Antártida importa en términos científicos y ambientales, por qué es un territorio sensible, por qué la investigación allí exige rigor extra. Esa persistencia fuera del cargo, esa presencia sin necesidad de título, también forma parte de su legado.
Los recuerdos de hielo: la vuelta al continente blanco una última vez
Coincidiendo con el 25 aniversario de la creación de la base antártica española, Castellví fue protagonista del documental ‘Los recuerdos de hielo’, dirigido por Albert Solé. El punto de partida era potente por sí mismo: regresar a la Antártida 25 años después. No como expedicionaria joven ni como directora de base, sino con la memoria a cuestas y con un cuerpo que ya no juega a favor. Ese regreso no es una postal bonita; es un reencuentro con un lugar que fue trabajo, tensión, descubrimiento, rutina, frío y orgullo, todo a la vez.
La escena, incluso sin verla, se intuye: volver a pisar el continente blanco con la certeza íntima de que será la última vez. El hielo tiene esa forma de imponerse, de hacer que cualquiera baje el tono. La Antártida no acepta teatralidad. Castellví volvió y lo vio de nuevo, y ese “ver” también es científico: comparar, notar cambios, reconocer espacios, recordar. La película la convirtió en protagonista, sí, pero la historia ya estaba ahí: una vida unida a un territorio extremo que, de algún modo, la definió.
Su fallecimiento, a los 90 años, cierra una biografía que mezcla ciencia de base —microbiología marina, campañas, muestras— con construcción institucional —programas, coordinación, dirección de base— y con reconocimiento público sostenido. No es frecuente que una científica sea a la vez experta de laboratorio, gestora de programas nacionales y figura simbólica de una presencia española en la Antártida. En Castellví esas capas convivieron sin estridencias, como si fueran parte del mismo trabajo: hacer que la investigación sea posible y tenga continuidad.
Una huella que sigue en pie sobre el hielo
La muerte de Josefina Castellví deja una marca concreta en la memoria científica española: fue una de las personas que ayudaron a convertir la Antártida en un espacio de investigación organizada, no en una visita esporádica. Su etapa al frente de la Base Antártica Española en Livingston entre 1989 y 1997 habla de continuidad, de sostener temporadas, de construir rutinas donde antes había incertidumbre. Su papel en 1984, organizando la investigación española y asumiendo responsabilidades de coordinación, añade la parte invisible del avance: la estructura sin la cual los resultados no llegan.
Su legado también se lee en los nombres propios: el pico Castellví en Livingston, el vínculo con barcos como Las Palmas y Hespérides, el regreso filmado de ‘Los recuerdos de hielo’ con Albert Solé. Y, por debajo de esos hitos, una vida entera de trabajo en torno al mar y a lo microscópico, con la bacteriología marina como brújula científica —sin llamarla así, sin adornarla— y con la Antártida como escenario de prueba.
Queda, por último, una idea práctica, nada abstracta: en ciencia polar no basta con tener talento o curiosidad. Hay que sostener equipos, programas, bases, campañas, decisiones pequeñas que, acumuladas, hacen historia. Castellví estuvo ahí durante décadas, desde el instituto barcelonés donde empezó en 1960 hasta la dirección del centro en 1994-1995, desde su llegada a la Antártida en 1967 hasta la responsabilidad de base en 1989-1997, desde el retiro en 2000 hasta la divulgación y la defensa ambiental durante años. Eso es lo que permanece cuando pasan los titulares: fechas, lugares, trabajo, y un apellido que se quedó escrito en el mapa del sur.

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