Ciencia
Por qué meteorólogos acusan a Iker Jiménez de desinformación
Un mapa de presas un tuit en X y la réplica de AMETSE: qué significaba el “riesgo potencial” y por qué faltaba la leyenda que lo cambió todo.

Un mapa de presas un tuit en X y la réplica de AMETSE: qué significaba el “riesgo potencial” y por qué faltaba la leyenda que lo cambió todo.
En plena sacudida del temporal Leonardo, con imágenes de ríos crecidos y embalses vigilados casi como si fueran quirófanos a cielo abierto, Iker Jiménez publicó en X una infografía con un mapa de España y una frase que, en días así, pesa como un plomo: “Presas según riesgo potencial de rotura”. La reacción llegó rápido y con firma: la Asociación Meteorológica del Sureste (AMETSE) le corrigió públicamente, acusándole de confundir dos cosas distintas que, vistas desde lejos, parecen gemelas… pero no lo son. El mapa, venían a decir, no mostraba “presas a punto de romperse” ni una probabilidad de fallo, sino una clasificación pensada para medir las consecuencias aguas abajo en el caso hipotético de una rotura. Y añadieron dos detalles que encendieron aún más el foco: la imagen circulaba sin leyenda y, de paso, le lanzaron un recado que llevaba tiempo en cola: seguían esperando una invitación a su programa para hablar de DANAs.
El choque tiene algo de escena mínima, casi doméstica: una publicación, un mapa con manchas, una corrección técnica. Pero el fondo es mayor, porque cuando el país anda con avisos, desalojos en algunas zonas y alertas meteorológicas activas, la diferencia entre “riesgo potencial” y “riesgo real de rotura” no es un matiz de especialistas; es una frontera psicológica. Una etiqueta mal entendida convierte una herramienta de planificación en un mensaje de alarma, y el salto no es inocente: donde el documento técnico dice “si ocurriera”, el timeline lee “va a ocurrir”. La propia Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) venía avisando en estos días de un episodio con lluvias intensas, viento fuerte y temporal marítimo asociado a Leonardo, con una ventana de mayor adversidad concentrada a mitad de semana; con ese ruido de fondo, cualquier palabra relacionada con presas se vuelve inflamable.
El mensaje de AMETSE, además, no se quedó en la colleja rápida. Fue más quirúrgico: “Hola Iker…”, empezaban, y a partir de ahí dibujaban la confusión con precisión casi pedagógica. No cuestionaban que existan mapas de presas ni que se hable de seguridad; cuestionaban qué estaba diciendo ese mapa y cómo se estaba presentando. Porque un mapa de clasificación por consecuencias puede ser útil, necesario y perfectamente legítimo… y al mismo tiempo convertirse en una pieza de desinformación si se usa como si fuera un mapa de fallos inminentes.
Qué es el “riesgo potencial” cuando hablamos de presas
En España, clasificar una presa por “riesgo potencial” no significa etiquetarla como más “frágil” o “peor mantenida”. La idea va por otro carril: se analiza qué podría pasar aguas abajo si se diera una rotura o un funcionamiento incorrecto, y con eso se asigna una categoría. Es una lógica de consecuencias: núcleos habitados, servicios esenciales, daños materiales, impactos ambientales… el tipo de cosas que, si un día se torciera todo, marcarían la gravedad del daño. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) lo explica de forma clara cuando describe que la clasificación consiste, en esencia, en analizar las afecciones que podrían producirse aguas abajo en caso de una eventual rotura, y asignar una de tres categorías.
Categorías A, B y C: consecuencias, no adivinación
Las categorías se entienden mejor si se miran como escalones de impacto. La Categoría A se reserva para presas cuya rotura o mal funcionamiento podría afectar gravemente a núcleos urbanos o servicios esenciales, o producir daños muy importantes; la Categoría B apunta a daños importantes o afectación a un número reducido de viviendas; la Categoría C queda para daños de moderada importancia y solo incidentalmente pérdida de vidas humanas, y funciona, en la práctica, como el cajón para lo que no entra en A o B. Este esquema, que suena frío, es en realidad una pieza de engranaje: de la categoría dependen exigencias de seguridad, controles y revisiones más o menos estrictos, planes y obligaciones.
Aquí viene el matiz que AMETSE estaba señalando con el dedo, porque es el punto exacto donde se produce el resbalón: “riesgo”, en lenguaje común, suena a probabilidad (“hay riesgo de que pase”), mientras que en este contexto administrativo-técnico el foco está en el daño (“si pasara, el daño sería este”). La guía técnica del propio MITECO lo verbaliza sin rodeos: la determinación de la categoría se basa en una evaluación de daños potenciales y no en una evaluación del riesgo en sí, porque el concepto de riesgo, propiamente, lleva asociada también la probabilidad de que el suceso ocurra. Traducido a lenguaje de calle: el mapa puede hablar del tamaño del golpe, no de lo cerca que está el golpe.
El salto semántico que lo cambia todo
En un plató, o en una red social, ese matiz se deshace como una pastilla efervescente. Se lee “rotura” y el cerebro completa el resto: grieta, colapso, sirenas. Se lee “riesgo” y se entiende “peligro inmediato”. Y ahí es donde la publicación de un mapa sin contexto puede convertirse en un acelerador de ansiedad colectiva, más aún en un episodio meteorológico duro. No hace falta inventarse una presa nueva ni manipular datos: basta con empujar una palabra hacia el sentido equivocado. Ese tipo de confusión, además, suele tener una estética muy concreta: mapa de España, puntitos o áreas marcadas, colores que parecen jerarquías… y un texto corto que actúa como titular. Con eso, ya está: la interpretación se decide en dos segundos.
Por eso la crítica de AMETSE no era una discusión de matices por deporte. En el momento en que alguien entiende que “hay un mapa de presas con riesgo de rotura”, el asunto deja de ser técnico para convertirse en conversación de alarma. Y la alarma, cuando se dispara sin precisión, tiene efectos muy reales: se comparte más, se comenta más, se dramatiza más; y en días de lluvias intensas, el miedo se pega como humedad en pared vieja.
La leyenda que faltaba: cuando el color manda más que el dato
AMETSE añadió un elemento aparentemente menor que, sin embargo, explica medio incendio: la infografía no contaba con una leyenda. Un mapa sin leyenda es una imagen a medias, como un termómetro sin grados. Se puede mirar, sí, y hasta impresiona… pero no se puede interpretar con rigor. ¿Qué representa cada color? ¿Cada punto es una presa, un área inundable, una categoría, una simulación? ¿Es un mapa oficial, un recorte, una elaboración propia, un pantallazo sacado de otro documento? Sin esa “traducción” mínima, el mapa se convierte en un espejo donde cada cual ve lo que ya traía en la cabeza.
En redes, además, el color tiene mando y plaza. El rojo —aunque no se diga— suena a peligro; el naranja suena a alerta; el amarillo suena a “ojo”. La leyenda existe, precisamente, para evitar que el código emocional sustituya al código real. Un mapa técnico no está hecho para asustar ni para tranquilizar: está hecho para describir. Pero cuando se le quita la explicación y se le pone una frase rotunda encima, la descripción deja de ser descripción y pasa a ser mensaje.
La frase que desencadenó la corrección, tal como la recoge El Plural, tenía esa potencia ambigua: “Presas según riesgo potencial de rotura”. No es una mentira en bruto si se interpreta en clave administrativa, pero sí es una invitación a malinterpretar si se entiende en clave de urgencia. Y la red funciona así: nadie abre un PDF técnico antes de reenviar un pantallazo. El pantallazo ya va “interpretado” por el texto que lo acompaña.
También pesa el contexto temporal: en un episodio como Leonardo, se habla de acumulaciones de lluvia, de carreteras cortadas, de evacuaciones en algunos puntos, de ríos que suben con mala cara. Con ese paisaje, un mapa de presas no se lee como planificación; se lee como amenaza. Por eso el detalle de la leyenda no es un capricho de diseñador: es la diferencia entre informar y sugerir un relato.
La sombra de la DANA: un choque que venía de antes
La respuesta de AMETSE no cayó del cielo como un rayo aislado. Tenía historia. En el artículo se recuerda que esta misma asociación ya había tenido encontronazos con el entorno televisivo de Jiménez a propósito de la DANA y de cómo se habló de ella. En concreto, se cita un episodio de Horizonte emitido el 19 de diciembre de 2024, en el que una invitada —descrita como vecina de la zona afectada— lanzó una frase violenta contra quien mencionara “DANA o cambio climático” en las calles de Valencia, y defendió que lo ocurrido no fue una DANA sino “una riada”. En el mismo contexto, Carmen Porter comentaba que había vivido varias “gotas frías” y que “no tiene nada que ver”, según el relato publicado. AMETSE contestó entonces desde su perfil en X: afirmar que lo de Valencia no fue provocado por una DANA sino solo una riada era, según la asociación, una falta de consideración hacia los afectados y hacia la ciencia meteorológica; se ofrecían a explicarlo cara a cara.
Horizonte, el debate meteorológico y el terreno resbaladizo
Ese antecedente importa porque marca el patrón: no es solo una disputa por una palabra, sino una tensión sostenida entre divulgación meteorológica y relato televisivo en momentos de crisis. La DANA, además, se ha convertido en España en un término con vida propia: se usa con rigor técnico en meteorología, se usa como etiqueta popular, se discute en tertulia, se caricaturiza en redes. Y esa mezcla produce un resultado extraño: se politiza el vocabulario del cielo. Cuando el lenguaje se convierte en bandera, los mapas dejan de ser mapas y pasan a ser munición.
En la pieza de diciembre de 2024, El Plural ampliaba el foco y hablaba de polémicas por la cobertura del programa, citando escenas y nombres que circularon mucho en redes: el colaborador Rubén Gisbert, al que se atribuía un gesto deliberado de arrodillarse en el lodo antes de una conexión; referencias reiteradas al aparcamiento de Bonaire como “infierno” y la insinuación sobre cuerpos; tertulianos y colaboradores como el Pedro Baños, Beatriz Talegón o Marc Vidal, y el portavoz sindical policial Alfredo Perdiguero. El hilo conductor era la acusación de dar altavoz a teorías o desinformaciones en un momento especialmente sensible.
Visto así, el mensaje de febrero de 2026 no es un episodio aislado: es un nuevo capítulo en una relación tensada por el mismo punto débil, que es siempre el mismo: cuando hay emergencia meteorológica, la precisión deja de ser una virtud académica y pasa a ser una forma de seguridad pública. Una cosa es abrir debate; otra, deslizar significados que disparan alarmas que nadie ha activado.
Cuando la precisión se vuelve seguridad pública
La discusión del mapa de presas tiene un centro muy concreto: qué información estaba realmente mostrando y qué información se entendió que mostraba. Un mapa de clasificación por daño potencial puede ser útil para exigir planes de emergencia, controles, protocolos y revisiones. De hecho, el propio MITECO subraya que de esa clasificación dependen los criterios de seguridad que se aplican a una presa, y que cuanto más graves se estimen las afecciones aguas abajo, más riguroso y exhaustivo debe ser el control. Esa lógica no es alarmista; es preventiva. Lo alarmista aparece cuando se presenta esa clasificación como si fuera un ranking de presas “a punto de caer”.
Y ahí se entiende mejor por qué AMETSE insistió tanto en la confusión: el mapa al que se referían —por el modo en que se describió en redes— parecía sugerir “riesgo de rotura” en el sentido coloquial, cuando el concepto administrativo habla de “riesgo potencial” ligado a consecuencias. La guía técnica oficial lo deja cristalino con una frase que casi parece escrita para este caso: evaluar daños potenciales no equivale a evaluar probabilidad.
El temporal Leonardo añade otra capa, porque cuando llueve así, aparece la palabra desembalse y se interpreta a veces como si fuera un fallo. Un desembalse puede ser una operación de gestión; una presa puede soltar agua de forma controlada; un embalse puede estar alto sin que exista una amenaza estructural. Y al mismo tiempo, claro, existen riesgos reales y se activan cuando toca. Pero ese “cuando toca” lo marcan protocolos, mediciones, inspecciones, decisiones técnicas y de protección civil… no un pantallazo sin leyenda. En España, la seguridad de presas se mueve con normas, clasificaciones, planes de emergencia y revisiones, y el lenguaje importa porque marca cómo se entiende todo ese sistema.
Lo que dejó este episodio, al final, fue una imagen nítida: una asociación meteorológica reclamando exactitud en un concepto técnico, un presentador con enorme difusión moviendo un mapa hacia un significado más explosivo, y un país con el oído fino —demasiado fino— por la meteorología de estos días. AMETSE no pidió silencio ni pidió censura; pidió algo más simple y más difícil: que el mapa diga lo que es y que lo que es no se venda como otra cosa.

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