Síguenos

Actualidad

¿Qué pactaron EE. UU. e Irán en Suiza y qué cambia tras el acuerdo?

EE. UU. e Irán pactan en Suiza una hoja de ruta de 60 días mientras Hormuz, Líbano y el petróleo someten a prueba una tregua muy frágil aún.

Publicado

el

Vance habla en suiza
Vance, junto al primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, y al primer ministro de Qatar, Al Thani.

Resumen

  • EE. UU. e Irán pactan una hoja de ruta para negociar durante 60 días
  • Hormuz y Líbano tendrán canales para reducir choques y proteger buques
  • El petróleo bajó, pero la tregua sigue frágil y el pacto nuclear abierto

Estados Unidos e Irán cerraron en Bürgenstock, Suiza, la primera ronda de conversaciones de alto nivel con una hoja de ruta para intentar alcanzar un acuerdo definitivo en 60 días. No hay todavía tratado de paz ni pacto nuclear, pero sí tres decisiones concretas: continuar las negociaciones técnicas durante esta semana, abrir una línea de comunicación para proteger el paso de buques comerciales por el estrecho de Hormuz y crear un mecanismo destinado a frenar las operaciones militares en Líbano.

El resultado evita, al menos de momento, que la reunión termine convertida en otra fotografía diplomática de hotel alpino, chimenea elegante y comunicado vacío. El acuerdo llega después de una apertura áspera: Teherán anunció un nuevo cierre del estrecho y el presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a amenazar con ataques más duros. Tras conocerse el avance, el crudo Brent cayó más de un dólar, hasta 79,44 dólares por barril, señal de que los mercados prefieren una negociación imperfecta a una guerra perfectamente imprevisible.

Un acuerdo de método, todavía no un acuerdo de paz

La declaración conjunta de Qatar y Pakistán, los dos mediadores, dibuja una arquitectura política bastante precisa. Se crea un Comité de Alto Nivel que supervisará el proceso y recibirá informes periódicos de los negociadores principales. De él dependerán grupos de trabajo sobre el programa nuclear iraní, las sanciones, la vigilancia del cumplimiento y la resolución de disputas.

La diferencia importa. Washington y Teherán no han resuelto sus desacuerdos esenciales; han pactado cómo discutirlos sin dispararse entre reunión y reunión. En diplomacia, eso parece poco hasta que la alternativa son misiles, petroleros inmóviles y economías mirando de reojo el precio de la gasolina. La hoja de ruta de 60 días convierte la tregua en un calendario y obliga a ambas partes a enseñar cartas antes de que vuelva a imponerse la lógica militar.

Las conversaciones técnicas seguirán durante el resto de la semana en el complejo de Bürgenstock, propiedad qatarí y situado cerca del lago de Lucerna. Allí deberán aterrizar los asuntos que el lenguaje de las cumbres suele envolver en algodón: qué concesiones económicas recibe Irán, qué límites acepta sobre su programa atómico, cómo se verifican los compromisos y qué ocurre cuando una de las partes acusa a la otra de incumplir.

Lo que Irán asegura haber obtenido

El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araqchi, afirmó que su país consiguió exenciones para exportar petróleo y productos petroquímicos, la liberación de parte de los activos congelados y la puesta en marcha de un plan de reconstrucción y desarrollo. Son concesiones de enorme valor para una economía castigada por las sanciones internacionales y por una guerra que comenzó el 28 de febrero con ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.

La Casa Blanca no confirmó de inmediato todos esos puntos. Esa cautela deja abierta una diferencia delicada entre lo que Teherán presenta como logros cerrados y lo que Washington puede considerar medidas condicionadas al cumplimiento del memorando previo. No sería la primera vez que dos delegaciones salen de la misma sala con comunicados que parecen primos lejanos. Aun así, el simple hecho de que se negocien exenciones petroleras y desbloqueo de fondos indica que el alivio económico forma parte central del intercambio.

Para Irán, el orden de los factores no es decorativo. Sus negociadores han insistido en que la discusión nuclear solo avanzará si antes se aplican las ventajas económicas prometidas. Para Estados Unidos, en cambio, esas ventajas deben servir como palanca para obtener límites verificables y duraderos. Ahí está el nudo: sanciones a cambio de controles, pero con una desconfianza acumulada durante años y una guerra reciente todavía humeando.

Hormuz, la palanca que mueve el precio del petróleo

El estrecho de Hormuz no es un detalle geográfico perdido entre mapas. Es una arteria estrecha por la que circulan enormes volúmenes de petróleo y gas del Golfo Pérsico. Cuando Irán limita el tráfico, las pantallas de los mercados se tiñen de nerviosismo casi antes de que los barcos reduzcan velocidad. El cierre prolongado de los últimos meses provocó la mayor alteración del suministro energético mundial registrada en la historia reciente.

La nueva interrupción fue visible en el tráfico marítimo. El domingo pasaron cinco buques, frente a los 26 detectados el día anterior por la firma de análisis Kpler. El dato no ofrece una fotografía absoluta —algunas embarcaciones apagan sus transpondedores—, pero muestra un descenso brusco. Un día antes, el Mando Central de Estados Unidos había asegurado que 55 mercantes atravesaron el paso y transportaron más de 17 millones de barriles de petróleo hacia los mercados internacionales.

Por eso la línea directa acordada en Suiza es más importante de lo que parece. Su función será evitar incidentes, mensajes contradictorios y errores de cálculo que puedan bloquear el comercio. Un capitán de petrolero no necesita discursos históricos; necesita saber si puede cruzar sin convertirse en ficha de una partida entre Washington y Teherán. La promesa de paso seguro para buques comerciales es, por ahora, el elemento más práctico del entendimiento.

El mercado reaccionó con alivio. Los futuros del crudo Brent bajaron después del comunicado conjunto, aunque el precio sigue muy por encima de los niveles anteriores a la guerra. La caída no significa que el riesgo haya desaparecido. Significa algo más modesto: los operadores creen que existe una posibilidad real, aunque frágil, de mantener abierto Hormuz y reducir la presión sobre el suministro mundial.

Trump negocia con una mano y amenaza con la otra

La cumbre mostró las dos voces de la política estadounidense. Mientras el vicepresidente JD Vance hablaba de pasar página y transformar la relación con el pueblo iraní, Trump advertía de nuevos ataques si Irán no contenía a sus aliados en Líbano. También sugirió que Estados Unidos podría controlar el estrecho e incluso imponer un peaje si fracasan las conversaciones.

La combinación tiene algo de viejo teatro imperial: una delegación coloca carpetas sobre la mesa y, desde Washington, el presidente agita el sable para mejorar la posición negociadora. El problema es que las amenazas públicas también pueden dinamitar la sala. Medios iraníes aseguraron que la delegación de Teherán se negó a regresar al espacio de reunión después de conocer las palabras de Trump, aunque los mensajes continuaron a través de los mediadores qataríes y pakistaníes.

Un diplomático estadounidense sostuvo, sin embargo, que los iraníes nunca abandonaron realmente el proceso y que las conversaciones continuaron hasta bien entrada la noche. Ambas versiones pueden convivir: una retirada física, una negociación indirecta y varias capas de orgullo nacional. La diplomacia de Oriente Próximo rara vez avanza en línea recta; se parece más a un pasillo con puertas que se cierran de golpe y vuelven a abrirse por el lateral.

Líbano se convierte en el examen inmediato

El acuerdo incluye una célula de desconflicción con participación de las partes, la República Libanesa y los mediadores. Su objetivo es asegurar el fin de las operaciones militares previsto en el memorando. Es el compromiso más urgente porque Irán justificó el nuevo cierre de Hormuz alegando que Estados Unidos no había garantizado el alto el fuego en Líbano.

Sobre el terreno, la tregua sigue siendo quebradiza. Israel ha continuado lanzando ataques y Hezbolá, aliado de Irán, ha disparado contra posiciones israelíes. Más de un millón de desplazados han abandonado sus hogares desde la invasión israelí de marzo. El domingo fue más tranquilo que las jornadas anteriores y algunos residentes comenzaron a regresar al sur del país, aunque la calma continúa dependiendo de decisiones militares tomadas lejos de sus casas.

Israel no participa en las conversaciones entre Estados Unidos e Irán y ha sostenido que no está obligado por ese entendimiento. Esa ausencia convierte el mecanismo sobre Líbano en una prueba especialmente incómoda: Washington deberá convencer a un aliado armado de que respete una tregua negociada sin él, mientras Teherán tendrá que influir sobre Hezbolá. Sobre el papel todo cabe. En una frontera llena de artillería, bastante menos.

El programa nuclear queda para la mesa técnica

El expediente nuclear será uno de los ejes de los grupos de trabajo, pero no existe todavía un acuerdo sobre límites, inspecciones ni calendario. Irán había advertido que no entraría en cuestiones sustantivas hasta comprobar que se aplicaban las exenciones económicas y la liberación de activos. Estados Unidos pretende, por su parte, lograr restricciones más exigentes que las del acuerdo de 2015, abandonado por Trump durante su primer mandato.

El nuevo proceso deberá definir qué ocurre con el uranio enriquecido, qué capacidad de inspección tendrá el Organismo Internacional de Energía Atómica y cómo se reaccionará ante un incumplimiento. Son asuntos técnicos, sí, pero detrás de cada porcentaje de enriquecimiento hay una decisión política de enorme alcance. La letra pequeña, esa criatura poco fotogénica, decidirá si el pacto sirve para contener la proliferación nuclear o solo para ganar tiempo.

Sesenta días para saber si la tregua tiene cimientos

La reunión de Suiza deja un avance real, aunque limitado. Hay un calendario, una estructura de negociación, un canal para Hormuz y un mecanismo para Líbano. También quedan amenazas, versiones contradictorias y un programa nuclear sin resolver. Nadie ha firmado la paz; se ha firmado, más bien, la obligación de seguir hablando mientras el reloj corre.

Durante los próximos 60 días, el éxito dependerá de hechos medibles: barcos cruzando el estrecho, ataques detenidos en Líbano, activos liberados, exportaciones autorizadas y negociadores capaces de convertir fórmulas generales en compromisos verificables. Si eso ocurre, Bürgenstock podrá recordarse como el lugar donde comenzó una desescalada. Si no, será otro refugio de montaña desde el que se contempló el incendio con magníficas vistas.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído