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¿Qué falla ha ganado el primer premio 2026 y por qué?

Convento Jerusalén revalida el trono de las Fallas 2026 con Redimonis, una falla potente sobre deseo, poder, dinero y tentaciones
La falla Convento Jerusalén-Matemático Marzal volvió a quedarse con el primer premio de la Sección Especial en las Fallas 2026 y lo hizo con un monumento que iba directo al nervio del tiempo: “Redimonis”, una sátira sobre las tentaciones que se presentan con buena cara, perfume de éxito y sonrisa impecable. Salud, dinero, amor, poder, juventud, prestigio. Todo eso aparecía en la falla como si fuera premio y, al mismo tiempo, como una trampa. El jurado la situó en lo más alto el 16 de marzo, en uno de esos momentos en los que València se para un segundo, escucha el veredicto y entiende que una parte del relato de la fiesta ya ha quedado escrita.
No fue una victoria menor ni un premio de trámite. Convento Jerusalén repite el primer puesto que ya logró en 2025, refuerza su dominio en la categoría reina y firma otro episodio de una trayectoria que la ha convertido en una referencia permanente dentro del mapa fallero. La comisión plantó este año la falla con más presupuesto de Especial, 260.000 euros, apostó por un artista de peso como David Sánchez Llongo y por un diseño de Daniel Gómez, y levantó un monumento que no se limitaba a ser grande, vistoso y técnicamente poderoso. Era, además, una falla con idea, con mensaje, con una carga satírica reconocible a simple vista y con una pregunta incómoda en el centro: hasta dónde está dispuesto a llegar cualquiera por conseguir lo que desea.
El triunfo de “Redimonis” en la gran batalla de Especial
La Sección Especial es el escaparate máximo de las Fallas de València. Ahí no basta con plantar una falla hermosa. Hace falta impacto visual, lectura clara, ambición artística, riesgo formal, potencia narrativa y una ejecución casi milimétrica. En ese terreno, Convento Jerusalén-Matemático Marzal presentó una propuesta que reunía casi todos los ingredientes que suele premiar el jurado cuando una comisión consigue ir más allá del músculo económico y convierte el presupuesto en discurso.
“Redimonis” se construía alrededor de una idea tan sencilla como feroz: todos tenemos un precio, aunque nos cueste admitirlo. La falla planteaba que la dignidad, el tiempo, la verdad e incluso el alma pueden ponerse en venta cuando aparecen ciertas promesas envueltas en seducción. No hablaba de demonios antiguos, de cuernos y azufre, ni de una moral de catecismo. Hablaba de otra cosa, bastante más contemporánea y quizá más incómoda: de cómo lo deseable puede esconder lo destructivo, de cómo lo aparentemente luminoso a veces viene con sombra incorporada, de cómo la ambición se convierte en un mercado donde cada cual negocia consigo mismo.
Esa lectura explica buena parte del éxito. La falla era crítica, pero no en un sentido abstracto. No soltaba una moraleja desde arriba ni caía en el tono sermoneador que suele matar cualquier sátira. Lo que hacía era traducir en lenguaje fallero una sensación bastante compartida en esta época: la de vivir rodeados por una exposición continua a promesas de felicidad, bienestar, riqueza, juventud y validación. “Redimonis” captó eso con un lenguaje visual reconocible, popular, potente. Ahí estuvo una de sus grandes virtudes. Se entendía. Y se entendía rápido.
En Fallas, que una propuesta se entienda rápido no significa que sea simple. Significa que ha dado con una clave cultural fuerte. La falla de Convento Jerusalén hablaba de una sociedad que lo mide todo, lo compara todo y lo convierte casi todo en aspiración. Esa intuición, llevada al monumento, tenía una eficacia enorme. El visitante veía la falla, admiraba la factura artística, pero también captaba el fondo. Y eso, en la categoría más exigente, marca diferencias. No ganó solo por ser cara o por ser grande. Ganó porque el monumento tenía una tesis clara, una estética coherente y una capacidad llamativa para conectar la tradición satírica de las Fallas con una ansiedad muy de 2026.
Una comisión acostumbrada a competir arriba
Convento Jerusalén no llega a estos premios por casualidad. Es una comisión con una historia larguísima, 133 años, y con una cultura competitiva muy marcada dentro del mundo fallero. El presidente, Paco Segura, lo resumió con una frase que tiene más sinceridad que pose: la comisión quiere estar “lo más altos del pódium”. No es una frase menor. En Especial nadie vive de la ingenuidad. Aquí no se juega a participar por romanticismo. Se compite, y se compite muy en serio.
Ese espíritu es parte de la identidad de Convento Jerusalén desde hace tiempo. La comisión ha construido una imagen de excelencia, continuidad y ambición, y en 2026 esa estrategia vuelve a darle resultado. Con el triunfo de este año suma 19 primeros premios, una cifra que no solo engorda el palmarés sino que consolida una idea: esta comisión no está de paso por la cima, está instalada en ella desde hace años con una constancia poco frecuente incluso en un universo tan competitivo como el fallero.
Repetir el primer premio en dos años consecutivos tiene un peso especial. Una cosa es ganar una vez, otra muy distinta es mantener el nivel cuando ya todos te miran como favorito, cuando la expectativa sube y el margen de error se estrecha. En ese contexto, Convento Jerusalén volvió a responder con una falla pensada para mandar un mensaje muy claro: seguimos aquí, seguimos arriba y seguimos marcando el ritmo. Eso en València se admira, aunque también despierte recelos. Es lógico. Las comisiones dominantes generan aplausos, envidia, respeto y ese escepticismo de café que acompaña siempre a quien encadena victorias. Pero lo cierto es que la comisión volvió a cumplir en la plaza, que es donde se deshacen los discursos.
El premio, además, tiene un componente emocional añadido por la presencia en primera fila de Juan Roig y Hortensia Herrero, vinculados a la comisión también a través de sus nietas, las falleras mayores de Convento Jerusalén este año: Juana Paula Centeno Roig y Trinidad Ferrer Roig. La imagen del matrimonio celebrando el fallo junto a la comisión se convirtió en una de las estampas más comentadas de la jornada. No solo por la dimensión social de ambos nombres en València, sino porque esa escena condensaba muy bien el tipo de mezcla que representan las Fallas: tradición popular, familia, poder económico, orgullo de barrio y exhibición festiva en una misma fotografía.
El presupuesto más alto y lo que de verdad compra el dinero
La victoria de Convento Jerusalén vuelve a poner sobre la mesa una discusión vieja en Especial: qué peso tiene el presupuesto en el resultado final. La falla ganadora contó con 260.000 euros, el presupuesto más alto de la categoría. La segunda clasificada, Monestir de Poblet-Aparicio Albiñana, plantó con 200.000 euros. La tercera, Na Jordana, con 185.000 euros. El dato importa. Negarlo sería tan artificial como negar que en el fútbol influyen las plantillas o que en el cine importa la producción. El dinero abre posibilidades. Permite un monumento más ambicioso, mejores acabados, más margen técnico, más capacidad para corregir, rehacer, afinar.
Pero reducir el premio a una simple cuestión económica sería demasiado pobre. El presupuesto no redacta la sátira, no resuelve por sí solo el diseño y no garantiza que la falla tenga alma. Ayuda, claro. Mucho. Da músculo. Da altura. Da detalles. Da presencia. Sin embargo, lo que convierte una falla cara en una falla ganadora es otra cosa: la coherencia entre el concepto, la forma y la ejecución.
En el caso de “Redimonis”, el dinero permitió levantar una obra grande, imponente y con presencia de campeón, pero el éxito no estuvo solo en esa escala. Estuvo en cómo la comisión, el artista y el diseño supieron darle una lectura identificable y reconocible. Había una idea. Había una atmósfera. Había una sátira con recorrido. La falla no era una suma de escenas dispersas ni una colección de virtudes técnicas sin centro. Tenía un hilo argumental muy claro: el ser humano frente a sus tentaciones, frente a esa facilidad con la que a veces vende algo íntimo a cambio de una recompensa que quizá ni siquiera le compensa.
Eso es importante porque en la Sección Especial no gana automáticamente quien más gasta. Gana quien convierte su inversión en discurso artístico y eficacia visual. En 2026, Convento Jerusalén lo hizo mejor que nadie. Monestir de Poblet y Na Jordana presentaron trabajos sólidos, con ambición y personalidad, pero la vencedora tenía una combinación difícil de igualar: espectacularidad, mensaje, contemporaneidad y pegada. Era una falla con la que se podía hablar, no solo posar.
Los nombres propios detrás del monumento ganador
Toda gran falla se sostiene sobre una red de nombres que muchas veces queda resumida de forma injusta en una sola comisión. En este caso, el primer premio tiene una firma artística clara. David Sánchez Llongo fue el artista fallero responsable de dar cuerpo a “Redimonis”, mientras que el diseño corrió a cargo de Daniel Gómez. Esa combinación resultó decisiva para levantar un monumento que no se limitara a ser vistoso, sino que tuviera una personalidad definida.
En las Fallas, la figura del artista fallero sigue siendo central aunque a veces el gran público se quede solo con el nombre de la comisión. El artista es quien convierte la idea en una presencia física, quien resuelve volúmenes, ritmos, jerarquías, escenas, remates y expresividad. Un mal monumento no se salva con una buena explicación. Un buen monumento, en cambio, se defiende solo con su presencia. “Redimonis” entraba en esta segunda categoría. Se imponía por la composición, por el golpe escénico, por la riqueza visual y por esa capacidad tan fallera y tan difícil de explicar del todo de parecer viva cuando todavía es materia inmóvil.
El diseño de Daniel Gómez aportó otra capa importante: la de la lectura ordenada. Una falla de este tamaño puede convertirse fácilmente en ruido si no está bien planteada. Hace falta un equilibrio delicado entre densidad visual y claridad narrativa. En “Redimonis”, el concepto no quedaba enterrado bajo la exuberancia. Al contrario. La exuberancia reforzaba el concepto. Esa es una diferencia esencial. Se podía pasear visualmente por el monumento y, al mismo tiempo, seguir el hilo de la crítica.
Alrededor de esa labor artística aparece también la estructura interna de una comisión que lleva tiempo trabajando con criterios de máximo nivel. Convento Jerusalén no improvisa los grandes proyectos. La comisión funciona con una lógica casi de alta competición, donde cada ciclo fallero exige planificación, inversión, elección artística y una visión clara de qué tipo de monumento quiere plantar. Eso explica en parte por qué la repetición del éxito no parece un golpe de suerte. Hay una manera de operar, una forma de entender la fiesta y una voluntad muy explícita de pelear siempre por el primer premio.
Monestir de Poblet y Na Jordana, un podio con mucha lectura
El resultado de Especial 2026 dejó también un podio con peso propio más allá de la ganadora. El segundo premio fue para Monestir de Poblet-Aparicio Albiñana, con el lema “Sent-i-ment” o “Sentiment”, una propuesta del artista Josué Beitia que giraba alrededor de las emociones humanas. Alegría, tristeza, miedo, ira y amor aparecían convertidas en una especie de recorrido vital, casi una montaña rusa simbólica donde el visitante se encontraba con los estados que acompañan cualquier vida desde el principio hasta el final.
Era una falla con una base emocional muy marcada, con un registro quizá más introspectivo que el de Convento Jerusalén, menos directo en la sátira social y más centrado en los afectos y en el vaivén anímico. Tenía potencia conceptual y una narrativa clara, pero no alcanzó el mismo grado de impacto que “Redimonis”. Eso no significa que saliera debilitada. Quedar segunda en Especial sigue siendo una posición de enorme prestigio. Y en esta edición, además, confirmó el buen momento de una comisión que lleva tiempo compitiendo a gran nivel.
El tercer premio recayó en Na Jordana, con “Passions a la deriva”, obra de Mario Gual del Olmo. La propuesta planteaba una travesía por el amor, la pasión y la redención desde un imaginario ligado al mar, a la deriva sentimental, a los fondos emocionales más intensos. Na Jordana es una comisión con fuerte personalidad estética, con un sello muy reconocible dentro del panorama fallero y con una tradición de monumentos que a menudo buscan una lectura cultural más cargada, más elaborada, menos obvia. En 2026 volvió a situarse en el podio con una falla de gran nivel.
Ese reparto de premios deja una imagen bastante clara de la edición: las Fallas 2026 han girado en buena medida alrededor del deseo, las emociones, las pasiones y las tensiones internas del presente. No es casual. Las Fallas siempre retratan algo de su tiempo, incluso cuando parecen hablar de asuntos eternos. Este año, la categoría reina ha mirado bastante hacia dentro: hacia lo que mueve a las personas, hacia las trampas del deseo, hacia lo que se promete y lo que se paga. En ese paisaje, Convento Jerusalén supo construir el monumento más afilado.
El momento del veredicto y la recta decisiva de la fiesta
La lectura de los premios de las Fallas grandes de València no es un mero trámite administrativo. Es uno de los instantes más intensos del calendario fallero, un momento de tensión, alivio, alegría y golpe de realidad. Hasta que no se pronuncia el fallo, todo son expectativas, comparaciones, quinielas, intuiciones. Después, la clasificación ordena la conversación y fija una jerarquía simbólica dentro de la fiesta.
El veredicto fue leído por Santiago Ballester, presidente de la Junta Central Fallera y concejal de Fallas, en una jornada que actúa siempre como frontera emocional: desde ahí ya no se mira tanto a la plantà, a las visitas del jurado o a la posibilidad del premio, sino a la parte final de la fiesta, la más multitudinaria y la más intensa. Tras el anuncio llegan de lleno la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados, la Nit del Foc y, por supuesto, la cremà, que pone final a todo lo que durante meses ha costado dinero, tiempo, horas de taller, discusiones, ilusión y una energía colectiva difícil de medir desde fuera.
Eso hace que el primer premio tenga un brillo especial y a la vez fugaz. La falla ganadora entra en la historia de ese año, queda fijada en la memoria visual de la edición, pero su destino es el mismo que el de todas las demás: arder. Esa condición efímera es una de las claves profundas de las Fallas. El premio consagra algo que se destruye. La gloria no evita el fuego. Solo lo hace más solemne, más comentado, más fotografiado, más recordado. En el caso de “Redimonis”, esa desaparición futura parece incluso encajar con el propio sentido del monumento: una gran alegoría sobre el precio de los deseos destinada a consumirse entre llamas.
La victoria de Convento Jerusalén también se inserta en unas Fallas especialmente vivas en términos de participación y ambiente. La fiesta sigue mostrando una capacidad enorme de convocatoria, una centralidad cultural intacta y una fuerza emocional que ningún tópico turístico agota. No son solo días de pólvora, música y ocupación hotelera. Son días en los que València se representa a sí misma, se discute, se exhibe, se homenajea, se ríe y se mide. El primer premio de Especial ocupa un lugar central dentro de esa representación porque acaba siendo, de algún modo, la gran imagen de la edición.
Por qué “Redimonis” ha conectado tanto con València
Más allá del jurado, del palmarés y de la batalla entre comisiones, hay una razón de fondo que ayuda a entender por qué “Redimonis” ha funcionado tan bien. La falla habla un idioma moral perfectamente reconocible en 2026. No se limita a denunciar un vicio abstracto. Lo que hace es poner cara, color y cuerpo a un sistema de seducciones modernas que se ha vuelto casi omnipresente. El dinero no aparece como simple riqueza, sino como poder de compra sobre la identidad. El éxito no figura solo como triunfo, sino como una forma de sometimiento. La juventud no es solo belleza, sino exigencia. El amor no es solo afecto, sino promesa envuelta en idealización. La salud tampoco queda fuera: en la falla aparece como una de esas obsesiones que pueden dejar de ser cuidado para convertirse en tiranía.
Esa lectura tiene algo muy fallero y muy actual al mismo tiempo. La sátira clásica siempre ha funcionado mejor cuando reconoce en el presente sus máscaras más amables. No hace falta caricaturizar al mal como una bestia grotesca si el propio tiempo ya le ha dado disfraces mucho más eficaces. “Redimonis” entendió eso. Por eso la falla impactó tanto. Porque señalaba algo que no resulta ajeno ni remoto. Señalaba una época en la que muchas promesas brillan mucho y pesan más de la cuenta.
También ayudó, claro, la dimensión estrictamente estética. La falla tenía presencia, volumen, ritmo visual y capacidad para imponerse en el espacio urbano. En Especial, el monumento no compite en una sala neutra. Compite en la calle, contra el ruido, contra la multitud, contra la saturación de estímulos de la propia fiesta. Para destacar de verdad hace falta una obra que aguante el choque con ese ecosistema. “Redimonis” lo aguantó y lo dominó. Se convirtió en punto de atracción y de conversación, en monumento que se mira desde lejos y se sigue mirando al acercarse.
La repetición del triunfo confirma, además, que Convento Jerusalén ha conseguido algo que muchas comisiones persiguen y pocas alcanzan: ser hegemónica sin volverse previsible del todo. Ganar otra vez podría haber parecido una simple ratificación del favoritismo, pero la falla vencedora no se limitó a cumplir expediente. Trajo una propuesta con filo, con tema, con densidad simbólica. Y eso, dentro de una fiesta tan observada, tan comentada y tan disputada como las Fallas, tiene mucho valor.
El monumento que ya queda en la memoria de 2026
Cuando pasen los días grandes, cuando llegue la cremà y la ciudad empiece a recoger ceniza, sonido y cansancio, una de las imágenes que quedará fijada en la memoria de las Fallas 2026 será la de Convento Jerusalén-Matemático Marzal celebrando el primer premio de Especial alrededor de “Redimonis”. No solo por el triunfo en sí, sino por lo que resume: la consolidación de una comisión dominante, el peso de una propuesta artística muy bien resuelta y la capacidad de las Fallas para retratar el presente con una mezcla rarísima de espectáculo, ironía y verdad popular.
El monumento ganador hablaba del precio de los deseos y acabó consiguiendo algo que no es fácil en una fiesta donde todo compite por llamar la atención: convertirse en emblema del año. Ahí reside la magnitud del premio. Una falla puede ser excelente y, aun así, quedarse en un recuerdo parcial, limitado al circuito más fallero. “Redimonis” ha ido más allá. Ha condensado una atmósfera, un debate y una intuición colectiva sobre el tiempo en que vive València y en que vive media sociedad occidental sin necesidad de ponerse grandilocuente.
Convento Jerusalén gana porque vuelve a reunir lo que en Especial separa a las fallas buenas de las fallas campeonas: ambición, oficio, dinero bien convertido en monumento, una idea poderosa y una ejecución a la altura del mensaje. Gana porque tenía el presupuesto más alto, sí, pero sobre todo porque supo darle sentido. Gana porque la comisión no ha dejado de comportarse como una estructura de máxima exigencia. Gana porque David Sánchez Llongo y Daniel Gómez levantaron un monumento con personalidad. Gana porque el jurado encontró en “Redimonis” la propuesta más completa. Y gana, en el fondo, porque la falla acertó al ponerle forma a una verdad incómoda: los demonios contemporáneos casi nunca asustan al principio; primero seducen.

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