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¿Qué dijo Luque sobre la muerte de Maradona y las señales de alarma?
Leopoldo Luque niega haber visto signos de alarma en Maradona y discute la versión de los peritos en un juicio que entra en su fase decisiva.

Por Presidencia de la Nación Argentina - CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Luque niega haber visto señales de alarma antes de la muerte de Maradona
- Los peritos describen un deterioro que exigía controles médicos más estrechos
- El juicio entra en su fase decisiva con los alegatos previstos para septiembre
Leopoldo Luque volvió a declarar en el juicio por la muerte de Diego Armando Maradona y colocó su defensa en un punto muy concreto: asegura que no vio los signos de alarma que, según peritos y distintos testigos, mostraban que el exfutbolista atravesaba un deterioro grave durante sus últimos días. El neurocirujano sostuvo que los estudios disponibles eran normales, negó haber dirigido al conjunto de profesionales que participaba en la internación domiciliaria y afirmó que jamás imaginó que Maradona pudiera morir en aquellas circunstancias.
Su declaración, la décima desde que comenzó este segundo juicio, no despeja la cuestión que atraviesa todo el proceso; más bien la agranda. Porque la Fiscalía y varios especialistas que han comparecido ante el tribunal dibujan otro cuadro: un paciente hinchado, con menor movilidad, problemas cardíacos y señales de empeoramiento que habrían requerido controles médicos mucho más estrechos. Luque sostiene que ese Maradona gravemente enfermo apareció, en realidad, cuando los peritos reconstruyeron el caso después de la autopsia.
El choque es frontal. Ya no gira únicamente alrededor de quién entraba en la habitación, quién enviaba un mensaje de WhatsApp o quién debía tomar una determinada decisión médica. Lo que se discute ante el Tribunal Oral en lo Criminal número 7 de San Isidro es si quienes atendían a Maradona podían advertir que su vida estaba en peligro y, pese a ello, no adoptaron las medidas necesarias.
Luque está acusado junto a otros seis profesionales sanitarios de homicidio simple con dolo eventual, una calificación que puede comportar penas de entre ocho y 25 años de prisión. Los siete mantienen su inocencia y deben ser considerados inocentes mientras no exista una sentencia firme.
Luque niega el deterioro que describen los peritos
La idea que vertebró la nueva intervención del neurocirujano fue sencilla: el paciente reconstruido por la junta médica después de la muerte no coincidiría con el hombre al que él había tratado.
Luque explicó que no observó las señales de alarma mencionadas durante el juicio y cuestionó que los especialistas llegaran a sus conclusiones disponiendo de información que los médicos no tenían mientras Maradona estaba vivo, especialmente la autopsia y los estudios posteriores.
Según su versión, los controles que conocía no apuntaban hacia una situación crítica. Afirmó que los estudios cardiológicos eran normales, que los valores relacionados con la función renal tampoco despertaban preocupación y que, aunque Maradona tenía cirrosis, su funcionamiento hepático no mostraba entonces síntomas capaces de anticipar el desenlace.
Es una diferencia decisiva. Una autopsia permite mirar el organismo como un mapa terminado, con el camino completo delante de los ojos. La medicina clínica trabaja en otra penumbra: síntomas parciales, antecedentes, resultados, cambios pequeños que pueden significar mucho o nada. La defensa de Luque se apoya precisamente ahí.
Pero el proceso no intenta determinar si los acusados podían conocer de antemano el resultado de una autopsia. Busca establecer algo bastante más terrenal: si había signos clínicos suficientes para actuar de otra manera.
Hinchazón, inmovilidad y avisos contradicen esa versión
Durante el debate oral se han escuchado relatos sobre un Maradona que, en sus últimos días, había dejado prácticamente de levantarse, rechazaba comida, higiene y masajes y presentaba una importante hinchazón en las piernas y otras partes del cuerpo.
El masajista Claudio Taffarel declaró que observó ese deterioro y que trasladó advertencias a Luque. En mensajes incorporados al juicio describió a Maradona muy hinchado y durante largos periodos en la cama. También habló de temblores y dificultades para expresarse con normalidad.
Ese material tiene un peso particular porque introduce algo diferente a una reconstrucción forense realizada años después: son observaciones efectuadas cuando Maradona todavía vivía.
También los peritos han defendido ante el tribunal que existían señales compatibles con una descompensación cardíaca. El médico forense Eduardo Cassinelli sostuvo que en la fase final aparecieron signos que debieron motivar un seguimiento clínico diario y una evaluación cardiológica más intensa. Según su declaración, no existió un médico que asumiera de manera integral la evolución del paciente durante la internación domiciliaria.
La agonía prolongada, uno de los puntos más duros del caso
La junta médica interdisciplinaria constituida en 2021 llegó a conclusiones particularmente severas. Sus expertos consideraron que la atención ofrecida a Maradona había sido inadecuada y que el exfutbolista comenzó un proceso agónico al menos 12 horas antes de su muerte.
Los peritos estimaron también que, por sus antecedentes clínicos y psiquiátricos, Maradona habría necesitado continuar su recuperación en una institución preparada para proporcionar atención interdisciplinaria y no en las condiciones en las que terminó desarrollándose la hospitalización domiciliaria.
La muerte se produjo el 25 de noviembre de 2020, cuando Maradona tenía 60 años y se recuperaba de una intervención por un hematoma subdural. Los estudios forenses atribuyeron el fallecimiento a un cuadro cardíaco acompañado de edema pulmonar, sobre un organismo castigado por distintas enfermedades previas.
Luque rechaza precisamente la interpretación retrospectiva de esa evolución. Para él, la gravedad que describen los especialistas no era evidente en vida. Para la acusación, en cambio, el deterioro estaba allí y no recibió una respuesta proporcional. Ahí está el nudo.
El papel real de Luque en la atención de Maradona
Otra batalla importante se libra alrededor de una palabra aparentemente sencilla: responsabilidad.
A lo largo del juicio, varios testigos han presentado a Luque como una de las personas con mayor influencia sobre las decisiones médicas relacionadas con Maradona. El abogado y antiguo apoderado del futbolista, Matías Morla, señaló a Luque y a la psiquiatra Agustina Cosachov como profesionales situados en una posición central dentro de su atención.
Luque lo niega. En su última declaración insistió en que su función estaba circunscrita fundamentalmente a la neurocirugía, después de haber operado a Maradona del hematoma subdural. Aseguró que no dirigía al resto de médicos ni coordinaba el dispositivo sanitario y que recibía información, en buena medida, porque tenía una relación personal privilegiada con el paciente y conseguía acceder a él cuando otros profesionales encontraban dificultades.
No es una discusión semántica. Determinar qué poder real tenía cada acusado, qué obligaciones asumió y qué decisiones estaban dentro de sus competencias resulta esencial para atribuir una eventual responsabilidad penal.
Ya en junio, durante otra de sus declaraciones, Luque había defendido que nunca asumió el papel de médico clínico y había señalado responsabilidades de otros integrantes del dispositivo, entre ellos Nancy Forlini, coordinadora de los cuidados domiciliarios, y Pedro Di Spagna, médico clínico.
Esta vez suavizó ese frente. Dijo que no había visto a ningún profesional actuar con mala intención y sostuvo que todos intentaron ayudar a Maradona. Una cosa, naturalmente, no resuelve la otra: la ausencia de mala intención no equivale por sí sola a ausencia de responsabilidad penal. Precisamente el tribunal deberá establecer dónde termina una y empieza la otra.
El corazón de Maradona y la contradicción sobre su medicación
La situación cardiovascular del exfutbolista se ha convertido en otro territorio central del juicio. Luque rechazó que los datos médicos conocidos antes del fallecimiento mostraran el estado extremo posteriormente descrito por los peritos. Sin embargo, durante las audiencias se han expuesto declaraciones, estudios y conversaciones que apuntan a una preocupación previa por su salud cardíaca.
La nueva intervención del acusado añadió otra discrepancia. Al abordar la utilización de losartán, medicamento empleado habitualmente para tratar la hipertensión, Luque sostuvo que Maradona había dejado de utilizarlo muchos años antes, alrededor de 2007.
La afirmación choca con el testimonio de un cardiólogo que había atendido al exjugador apenas unos meses antes de su muerte y declaró que entonces tomaba esa medicación.
Cada dato aislado puede parecer menor. Juntos, construyen el problema que tienen delante los jueces: decidir qué información conocía realmente el equipo sanitario, quién la recibió, quién debía interpretarla y qué conducta cabía esperar ante ella.
Luque expresó que jamás imaginó el final que tendría Maradona y habló también del vínculo afectivo que mantenía con él. Explicó que se sentía frustrado porque buena parte de los problemas del exfutbolista estaban relacionados con su dependencia del alcohol y él, como neurocirujano, carecía de herramientas para abordar esa dimensión.
La explicación humana puede resultar comprensible. La jurídica discurre por otro carril. La tesis de la acusación no necesita demostrar que alguien quisiera provocar la muerte de Maradona. El debate consiste en determinar si existía un riesgo grave y reconocible para su vida, si los profesionales comprendieron o debieron comprender ese peligro y qué hicieron frente a él.
La acusación sostiene que la internación domiciliaria carecía de medios apropiados para un paciente con los antecedentes de Maradona y que distintos síntomas fueron desatendidos. Las defensas niegan esa lectura, discuten la previsibilidad del fallecimiento y cuestionan la relación causal entre las decisiones de cada profesional y la muerte.
Un segundo juicio después de la nulidad del primero
Todo este debate judicial se está celebrando por segunda vez. El primer juicio comenzó en marzo de 2025, pero fue declarado nulo el 29 de mayo de 2025 después de conocerse la participación de la jueza Julieta Makintach en un documental no autorizado sobre el propio proceso. El escándalo contaminó el debate hasta obligar a empezar de nuevo. Meses más tarde, Makintach fue destituida de su cargo.
El segundo juicio comenzó el 14 de abril de 2026 ante el Tribunal Oral en lo Criminal número 7 de San Isidro. En el banquillo se encuentran Luque, la psiquiatra Agustina Cosachov, el psicólogo Carlos Díaz, la coordinadora de cuidados domiciliarios Nancy Forlini, el médico Pedro Di Spagna, el coordinador de enfermería Mariano Perroni y el enfermero Ricardo Almirón.
La enfermera Gisella Madrid, también investigada por su participación en los cuidados de Maradona, siguió otra vía procesal y no forma parte de este juicio junto a los siete acusados.
La nueva declaración de Luque se produjo casi por accidente procesal. Estaba previsto que comenzaran las pruebas propuestas por las defensas con el testimonio del cirujano y médico legista Antonio José Maya, perito presentado por la defensa del neurocirujano. Su comparecencia se aplazó porque pidió tiempo para revisar documentación antes de declarar. Sin aquel testigo disponible, Luque decidió volver a hablar.
Y habló mucho más que de medicina. Defendió su papel, cuestionó la interpretación de la junta médica, negó haber sido responsable general del tratamiento y volvió a situar su relación con Maradona en una zona difícil de encajar en un organigrama sanitario convencional: médico, confidente, intermediario, amigo. Precisamente esa mezcla forma parte del problema.
Las señales clínicas quedan en manos del tribunal
La declaración del 3 de septiembre llega cuando la fase probatoria se aproxima a su final. La Fiscalía ya dio por terminada la presentación de sus pruebas y las querellas anunciaron que no incorporarán nuevos testigos.
El tribunal ha reservado cinco próximas audiencias para 17 testigos de las defensas y fijó el comienzo de los alegatos para el 29 de septiembre de 2026. Después llegarán las últimas palabras de los acusados y, finalmente, la decisión de los jueces.
No será sencillo separar la medicina de la convivencia caótica que rodeó los últimos meses de Diego Maradona. Era un paciente con antecedentes graves, adicciones, una personalidad difícil de controlar y una enorme capacidad para imponer su voluntad a quienes tenía alrededor. Todo eso está presente en el juicio. Pero tampoco basta para resolverlo.
El expediente terminará girando sobre hechos mucho menos legendarios que el personaje: una pierna hinchada, un medicamento, una llamada sin respuesta, unas constantes vitales, un médico que entra o que no entra en una habitación. Pequeñas cosas, casi domésticas. La muerte de Maradona se juzga precisamente ahí, lejos del estadio y de la mitología.
Luque sostiene que no vio venir el desastre. Los peritos y buena parte de la acusación responden que las alarmas estaban encendidas. Entre esas dos versiones deberá moverse ahora el tribunal, con la responsabilidad individual de cada acusado y la calidad real de la atención médica como piezas centrales de una decisión que deberá apoyarse, esta vez, únicamente en las pruebas.












