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Qué dijo Leire sobre La Oreja de Van Gogh: primer comentario
La cantante ha puesto palabras nítidas a una etapa nueva. En Bilbao, durante una charla en el foro BIME, Leire Martínez afirmó que, por primera vez en muchos años, toma todas las decisiones de su carrera y relató que en su etapa en La Oreja de Van Gogh sentía que su criterio “no se escuchaba tanto”.

Foto de Alterna2, vía Wikimedia Commons, bajo CC BY 2.0
Leire Martínez rompe el silencio en BIME: motivos de su salida de LODVG tras 17 años, autonomía creativa y denuncia de un episodio machista.
La cantante ha puesto palabras nítidas a una etapa nueva. En Bilbao, durante una charla en el foro BIME, Leire Martínez afirmó que, por primera vez en muchos años, toma todas las decisiones de su carrera y relató que en su etapa en La Oreja de Van Gogh sentía que su criterio “no se escuchaba tanto”. También describió un episodio machista: celebrando un número uno, un alto directivo le lanzó un comentario sexualizado y, cuando lo contó al resto, ninguno de sus entonces compañeros reaccionó. Sin desviar el foco, insistió en que su salida de la banda —y el posterior anuncio del regreso de Amaia Montero— desembocó en un movimiento natural: construir su propio proyecto con autonomía real.
La artista subrayó que aceptó durante años el dogma de “la marca por encima de los nombres”, convencida de que ese orden protegía la estabilidad del grupo. El tiempo, dijo, le mostró la otra cara: al colocar siempre el conjunto en primer plano, se apagaban matices creativos y decisiones en las que quería participar. Hoy reivindica otra forma de trabajar, con la responsabilidad de decidir repertorios, ritmos de lanzamiento, imagen y equipo, y con una certeza que repitió varias veces: “ahora yo decido y elijo”.
Leire habla tras romper con La Oreja de Van Gogh: ¿qué dijo?
La intervención ocurrió en BIME, el encuentro anual que reúne en Bilbao a profesionales de la música, desde artistas hasta programadores y ejecutivos. La mesa llevaba un título elocuente —“Más allá del empoderamiento: mujeres que transforman la industria”— y la acompañaba la también artista Francisca Valenzuela. En ese contexto, Martínez ordenó cronológicamente su experiencia: el aterrizaje en un grupo con una historia ya escrita, la presión de sostener el legado, las inercias de trabajo y el punto final que marcó su salida.
No fue un ajuste de cuentas. Leire evitó personalizar más allá del episodio que quiso visibilizar y centró su relato en cómo operan ciertos silencios que acaban dejando a una vocalista “ejecutando” decisiones ajenas. Hubo también un guiño a la etiqueta que la persiguió desde 2008: la de “sustituta”. Con ironía, se preguntó en qué momento dejó de serlo para convertirse en lo que el foro proponía: una profesional que, con sus decisiones, transforma de verdad su entorno de trabajo.
La sala reaccionó con aplausos espontáneos en varios momentos clave: cuando verbalizó que su criterio pesaba poco en el seno del grupo y cuando sostuvo que la perspectiva feminista no es un asunto exclusivo de las mujeres, sino una forma de mirar que deben asumir —y practicar— también los hombres que ocupan puestos de decisión.
Diecisiete años de banda, un comunicado y un nuevo comienzo
En su repaso, Martínez no eludió cifras ni contextos. Fueron diecisiete años al frente de La Oreja de Van Gogh, una etapa de giras largas, discos en lo alto de las listas y una relación consolidada con el público. El punto de quiebra llegó con un comunicado emitido de forma unilateral por su exbanda, donde se anunció su salida. La reacción fue intensa: mensajes de apoyo, debates en redes sociales y un foco mediático que se reactivó hace unas semanas con la reincorporación oficial de Amaia Montero.
Ante ese ruido, Leire pidió separar las historias. Agradeció el respaldo recibido y llamó a evitar lecturas en clave de “trono”. Lo relevante, recalcó, es que su carrera en solitario existe y tiene norte, mientras el grupo recompone su narrativa original. Dos caminos legítimos que no se cancelan, aunque compartan repertorios y recuerdos.
Muy significativo fue el modo en el que enmarcó ese tránsito: no como una ruptura airada, sino como una salida lógica de una dinámica en la que había cedido margen de decisión por lealtad a la marca. Ese pacto tácito funcionó durante años; dejó de hacerlo cuando notó que su voz no modulaba los grandes temas: qué se publica, cómo se comunica, qué portada lleva un lanzamiento, qué productor entra, qué queda fuera del repertorio. Ahí se encendió la luz roja.
«Mi criterio nunca se escuchaba tanto»: lo que hay detrás
La frase resonó porque describe una sensación reconocible en muchas bandas: la idea de que la vocalista —aun llevando la cara visible— participa poco del diseño creativo. Martínez no negó los roles. Asumió que hay equipos donde unos escriben, otros producen, otros tocan y alguien dirige la estrategia. Lo problemático, advirtió, es cuando el reparto se convierte en dogma y el “porque siempre ha sido así” tapa cualquier intento de aportar una mirada distinta.
Ese modelo centrado en la marca tiene efectos colaterales medibles. Para empezar, reduce la autoría de quien pone la voz, incluso cuando esa voz condiciona la identidad del proyecto ante las audiencias. También diluye la capacidad de veto: si no hay un “no” posible desde la interpretación, cualquier incomodidad se traduce en silencio o resignación. Leire puso palabras a esa resignación y explicó que, con el paso del tiempo, se había vuelto rutina. Lo natural era aceptar.
En su nueva etapa, rompe esa inercia. No como una revancha, sino como una forma de profesionalizar su propio nombre. Y aquí fue específica: decidir y elegir no es un eslogan; significa sentarse a trabajar el plan de lanzamiento, la comunicación, los directos, la banda de apoyo, el sonido. Significa, también, renunciar a proyectos que no encajan o a plazos que no permiten hacer bien las cosas. La libertad tiene coste, pero devuelve algo que se había erosionado: autoridad sobre lo que se firma.
La “marca” frente a las personas: una línea fina
Martínez sostuvo que creyó sinceramente en la prioridad de la marca y que esa convicción la ayudó a proteger al grupo en momentos delicados. La línea fina aparece cuando el discurso de la marca se usa para bajar el volumen a quien aporta otra luz. No lo dijo con rencor; lo dijo como conclusión operativa: si la marca exige silenciar diferencias durante demasiado tiempo, el proyecto pierde riqueza y las personas se marchan. En su caso, asumió que ese punto había llegado.
El episodio del comentario sexual y el silencio que duele
El momento más crudo de su intervención fue el relato de un comentario sexual que escuchó de un alto cargo de su compañía mientras celebraban un número uno. Lo que más le dolió no fue la frase en sí —grosera, fuera de lugar—, sino la falta de reacción del entorno cuando lo contó. “Ninguno de los hombres hizo nada”, resumió. Ese vacío de apoyo, explicó, es lo que mantiene vivo el machismo cotidiano: no solo el que agrede, sino el que mira para otro lado.
Leire no señaló nombres propios. Evitar la caza de brujas fue deliberado. Prefirió evidenciar una cultura tolerante con la broma sexista, con el comentario fuera de tono en el backstage, con la ocurrencia en una celebración. Y proponer una respuesta sencilla: que quienes presencien algo así paren la situación, respalden a quien lo sufre y dejen claro que el límite existe. La música pop, dijo, acumula inercias —a veces “gamberras”, a veces directamente tóxicas— que no se corrigen con consignas, sino con conductas.
En este punto, subrayó la responsabilidad de los hombres. No desde la trinchera, sino desde la convivencia profesional. Equipos, oficinas, sellos, promotores: cuando el estándar cambia y se hace cumplir, el resto se acomoda sin drama. No es una caza al chiste, insistió. Es un recordatorio: la línea del respeto no se negocia.
Qué significa autonomía en la práctica
Para explicar su presente, la cantante fue concreta al desglosar qué cubre esa autonomía que reivindica. Elegir repertorio con libertad, negociar tiempos de estudio sin precipitación, cerrar portadas y creatividades que conecten con lo que canta, definir el show que quiere llevar a festivales y teatros, y armar un equipo de confianza con el que se sienta cómoda en carretera. No es un “yo” en soledad, aclaró, sino un liderazgo donde la última palabra coincide con la cara que asume el resultado.
También habló de aprender a decir “no”. Si una colaboración no suma, si un plazo obliga a publicar a medias, si una campaña traiciona la narrativa de las canciones, el “no” es legítimo. Durante años, ese “no” parecía incompatible con el “bien del grupo”. Hoy es parte del trabajo. La experiencia en una banda grande deja reflejos útiles —resistencia, oficio, cuidado de la afinación en directo, gestión del foco—, pero la toma de decisiones es otra historia.
Reacción pública y gestión del relato
Desde su salida, la conversación digital ha sido intensa. Martínez agradeció la ola de apoyo y pidió rebajar el tono cuando la discusión derivó en trincheras. Recalcó que no hay campeonas y villanas en esta historia. Hay biografías que se entrelazan y, a veces, se separan. La narrativa útil, sugirió, es la que permite convivir con esa dualidad: un grupo con su hoja de ruta y una intérprete que se la fabrica con paciencia.
En BIME, la acogida fue cálida. La mezcla de autocrítica y claridad conectó con una audiencia profesional acostumbrada a mirar lo que no se ve desde el patio de butacas: quién decide, quién cobra, quién firma, quién aparece en los créditos y quién se calla. En su testimonio, los silencios ocupan un papel central. Hablar de ellos sin gritar fue, quizá, el gesto que más se aplaudió.
La Oreja de Van Gogh reordena su historia
Mientras Martínez detallaba su presente, La Oreja de Van Gogh recompone su relato con el regreso de Amaia Montero. No hay misterio: es noticia relevante para el pop español. Quedan por conocerse calendarios y lanzamientos, pero el movimiento restaura la alineación con la que el grupo construyó su primer ciclo de éxitos. El vínculo emocional de varias generaciones con esa voz —y con esas canciones— anticipa expectación.
Para quienes siguieron las dos etapas, conviven dos evidencias: durante diecisiete años la voz de Leire sostenía el directo, la promoción y los discos, y hoy el grupo apuesta por el regreso de su formación histórica. Son datos, no consignas. No se invalidan entre sí. De hecho, componen una memoria compleja que, si algo enseña, es que los grupos largos mutan. Sustituciones, regresos, cruces de caminos. Nada de eso resulta extraordinario en una carrera con décadas de historia.
La presión de ser “la sustituta” y el momento del giro
Matizó que la etiqueta de “sustituta” fue una carga real al principio: cada entrevista, cada reseña, cada primer concierto se leía contra un espejo. Había que sostener la comparación y lidiar con la nostalgia ajena. Con los años, la rutina del directo y el catálogo en crecimiento cambiaron el foco. Aun así, persistió una jerarquía simbólica donde la marca seguía por delante del nombre. Ahí se incubó el malestar: cuando casi todo está decidido de antemano, la voz cuenta menos de lo que parece.
El giro llega cuando ese modelo impide crecer. Lo contó sin dramatismo. Ni épica de choque ni heroísmos. Un proceso. Un “ya no me vale”. El BIME ofreció el altavoz y el marco para ponerle narrativa. El resto será música: conciertos que prueben el directo, lanzamientos que sostengan el interés, colaboraciones con sentido. Sin prisa, pero con orden.
Claves que se desprenden de su intervención
De la exposición de Leire emergen varias claves operativas para entender lo sucedido y lo que viene. Primera: la autoridad creativa importa tanto como la ejecución. Si la primera falta, la segunda se desgasta. Segunda: los silencios cómplices son el pegamento del machismo cotidiano; romperlos no exige un manifiesto, sino gestos concretos. Tercera: una marca fuerte no debería ahogar los nombres que la sostienen. Cuarta: la convivencia de dos relatos —el de una solista y el de un grupo histórico— es posible sin caer en comparaciones permanentes.
De fondo, el papel del público. Su reacción aceleró el debate cuando salió el primer comunicado y volvió a activarse con el regreso anunciado. Esa comunidad —que compra entradas, comparte canciones, comenta— legitima o cuestiona movimientos. En este caso, la empatía hacia una artista que se reconoce y se ordena ha sido notoria. No hay plebiscito. Hay lectura colectiva de hechos públicos.
Un presente con margen para crecer
La nueva etapa de Leire parte con dos ventajas: experiencia en giras grandes y oficio para sostener un repertorio de pop en escenarios diversos. Lo que falta —y no se improvisa— es tiempo para consolidar un sonido propio y redondear una narrativa que no dependa del contraste con su pasado. Ese es, precisamente, el reto que asume al decir “decido y elijo”: construir una identidad reconocible sin borrar las huellas de diecisiete años que también son suyos.
El calendario inmediato pasa por seguir activando repertorio, perfilar un directo con sello y fortalecer las alianzas que necesita cualquier solista: productores que entiendan su rango y su color, un equipo técnico estable, una oficina que acompañe la estrategia y promotores que se la jueguen. Nada de fuegos artificiales. Trabajo sostenido. Menos ruido, más canciones.
Lectura en clave industrial
Más allá del titular, la intervención interpela a un sistema. Sellos, managers, oficinas de contratación y festivales conviven con protocolos de prevención que han mejorado la conversación, pero no siempre llegan al día a día. El ejemplo de la broma sin réplica —o del comentario sin freno— es revelador. La profesionalización real no consiste solo en planillas y contratos; también en cultura interna. Y esa cultura se entrena: reuniones con orden, decisiones documentadas, créditos visibles, canales para reportar conductas y consecuencias claras cuando alguien cruza la línea.
El otro frente pasa por reconocer la autoría. En el pop en español, los créditos siguen siendo opacos: quién compone, quién arregla, quién decide. Dar visibilidad a esas capas evita malentendidos y reparte el peso de las decisiones. Si la vocalista no participa, que conste. Si participa, que figure. Son detalles que, con el tiempo, cambian el clima y previenen rupturas.
Dos narrativas que pueden convivir
La coexistencia de una solista con pasado en una banda grande y la reactivación de esa banda con su formación histórica no es un choque inevitable. La memoria del pop español tiene ejemplos de sobra de idas y vueltas. La diferencia, en 2025, es la transparencia del proceso: redes, foros, entrevistas, ruedas de prensa. Todo se amplifica. Y todo se archiva. Eso obliga a fijar mejor las palabras y a sostenerlas con hechos. Leire ha fijado las suyas. Toca ver cómo se traducen en repertorio, directos y una hoja de ruta que no dependa de comparaciones.
Lo que queda claro tras Bilbao
Leire Martínez ha explicado su cambio de etapa con serenidad y sin rodeos innecesarios. Ha dicho que su criterio pesaba poco dentro de la banda, que normalizó un modelo en el que la marca iba por delante de las personas y que decidir y elegir se ha convertido en condición de trabajo. Ha relatado un episodio machista y ha señalado el silencio cómplice como el problema central. Ha agradecido el apoyo, ha rebajado el tono de la polarización y ha defendido dos caminos legítimos: el suyo, en solitario, y el del grupo que recupera su alineación original.
La hoja de ruta se resume en tres verbos: decidir, trabajar y sostener. Decidir qué publica, con quién lo hace y cómo lo presenta. Trabajar un directo reconocible que no necesite compararse con nada anterior. Sostener la coherencia cuando los focos se apaguen y queden las canciones. Tras Bilbao, eso ya está dicho. Y, por cómo lo dijo, parece que va en serio.

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