Economía
¿Puede Italia quedarse con Deoleo y controlar marcas como Carbonell?
Deoleo, dueño de Carbonell y Bertolli, afronta una puja decisiva: Italia toma ventaja mientras España intenta retener el gigante del aceite.

Italia ha tomado ventaja en una de las operaciones empresariales más delicadas para el aceite de oliva español. El grupo familiar italiano Pietro Coricelli se ha colocado en cabeza de la puja por Deoleo, propietario de Carbonell, Bertolli, Carapelli, Hojiblanca y Koipe, entre otras marcas, con una propuesta que ronda los 500 millones de euros. Frente a ella aparecen dos alternativas españolas: la cooperativa andaluza Dcoop y Acesur, dueño de Coosur y La Española. El Gobierno ha dejado clara su preferencia: desea que el comprador sea español y preserve los intereses industriales y de los olivareros. Pero una cosa es la preferencia política y otra, bastante más prosaica, quién pone el dinero y supera los controles de competencia.
No hay todavía una venta definitivamente cerrada. Ese matiz importa. Deoleo confirmó ante la CNMV el pasado 19 de agosto que sus principales accionistas están estudiando alternativas estratégicas, incluida una posible operación corporativa, mientras Coricelli ha ganado terreno frente a sus rivales. Las cifras publicadas sitúan la oferta italiana en unos 500 millones, por encima de los 470 millones de Dcoop y los aproximadamente 460 millones de Acesur. El desenlace puede definir quién controla buena parte de las marcas que llevan el aceite mediterráneo desde Córdoba hasta los supermercados de Nueva York.
Qué está pasando con Deoleo y por qué Italia lleva ventaja
Deoleo no es una aceitera más. Es el mayor grupo mundial de aceite de oliva bajo marca, comercializa sus productos en 68 países y dispone de una cartera de 29 enseñas. Bertolli es la marca de aceite de oliva más vendida del mundo; Carbonell continúa siendo uno de los grandes nombres españoles y Carapelli conserva una posición especialmente potente en Italia. En conjunto, el grupo ronda el 9% del mercado mundial, una distancia considerable frente a sus principales competidores.
Ahí está el verdadero valor de la operación. No se compran solamente depósitos, líneas de embotellado o almacenes llenos de ese líquido verde y dorado que en España conocemos demasiado bien. Se compra distribución internacional, reconocimiento de marca, espacio en los supermercados y acceso al consumidor. Lo difícil no siempre es producir un magnífico aceite; a veces lo realmente complicado es conseguir que una botella tenga sitio a la altura de los ojos en un lineal de Chicago, Toronto o Berlín.
Coricelli ha entendido perfectamente esa lógica. La compañía italiana elevó su propuesta hasta los 500 millones después de haber quedado inicialmente rezagada en el proceso y habría reclamado una negociación en exclusiva. La oferta se articula a través de Farmers Elite Global, sociedad matriz del grupo de la familia Coricelli domiciliada en Sevilla desde 2015. Es decir, la operación tiene bandera italiana, pero una arquitectura societaria bastante menos sencilla que el clásico España contra Italia de sobremesa.
El grupo italiano cuenta además con una ventaja menos vistosa que el cheque, aunque quizá más importante: tiene menos solapamientos comerciales con Deoleo en los mercados decisivos. Eso podría facilitar la autorización de la compra frente a las alternativas de Dcoop y Acesur. En las grandes adquisiciones empresariales, ser más pequeño en determinados mercados puede acabar convirtiéndose en una formidable ventaja.
Carbonell, Bertolli y el verdadero premio de la operación
Carbonell cumple 160 años en 2026. La marca nació en Córdoba en 1866 y su historia prácticamente acompaña a la industrialización del aceite español. Resulta difícil encontrar una cocina española donde su nombre no produzca alguna imagen reconocible: la botella encima de una encimera, la aceitera junto a los fogones, el olor de una sartén recién calentada. Sin embargo, Carbonell es solo una pieza de un puzle bastante mayor.
Deoleo posee también Bertolli, Carapelli, Hojiblanca, Koipe, Sasso y Friol, entre otras enseñas. Bertolli resulta especialmente importante porque combina notoriedad internacional con una posición muy fuerte en Estados Unidos, un mercado donde se libra buena parte de esta batalla. La marca representa alrededor del 41% de los ingresos de Deoleo, según los datos manejados en el proceso de venta.
Ese detalle permite entender por qué reducir toda la historia a “Italia quiere comprar nuestro aceite” sería cómodo, patriótico y bastante incompleto. España seguirá teniendo olivos después de la operación. Seguirá produciendo aceite. Seguirán funcionando cooperativas y almazaras. Lo que puede cambiar es quién decide sobre algunas de las marcas más poderosas, cómo se comercializan y dónde se coloca la inversión futura.
Estados Unidos pesa más de lo que parece
El mercado estadounidense es precisamente uno de los obstáculos para Dcoop. La cooperativa española participa al 50% en Pompeian, que dispone de alrededor del 20% del mercado estadounidense, mientras Bertolli se mueve en torno al 14%. Una combinación de ambos negocios podría acercarse al 34%, suficientemente alta como para despertar el apetito —esta vez poco gastronómico— de las autoridades de competencia estadounidenses.
Dcoop estudia por ello desprenderse de su participación en Pompeian si consigue Deoleo. Una posibilidad sería vender ese 50% a su socio, el grupo marroquí Devico, evitando así que la adquisición termine obligando a trocear Deoleo o desprenderse de Bertolli. El problema tiene cierto sabor paradójico: el candidato español podría tener que vender un importante negocio internacional para poder mantener española a Deoleo.
Coricelli afrontaría menos dificultades por concentración porque su presencia relativa es menor en los mercados donde Deoleo resulta más fuerte. Esa situación ayuda a explicar por qué su candidatura ha avanzado tanto. El comprador perfecto para el regulador no siempre coincide con el comprador preferido por un Gobierno.
El Gobierno quiere un comprador español, pero no puede elegirlo a dedo
El Ministerio de Agricultura ha roto su prudencia inicial y ha expresado públicamente su deseo de que la posible adquisición termine en manos de una “entidad española” que preserve los intereses industriales del país y los de los olivareros. La posición beneficia políticamente a Dcoop y, en menor medida, a Acesur. También recoge una inquietud extendida entre las cooperativas y en Andalucía: España domina la producción mundial de aceite de oliva, pero eso no garantiza automáticamente el control de las marcas que capturan buena parte del valor comercial.
El Gobierno, sin embargo, no está comprando Deoleo. Tampoco puede indicar simplemente a sus propietarios a quién deben venderla. Se trata de una operación privada y cualquier intervención tendría que encajar en las normas sobre inversiones extranjeras, competencia y protección de sectores estratégicos.
El llamado escudo antiopas proporciona determinados instrumentos para examinar inversiones procedentes del extranjero, pero su aplicación en este caso dista de ser automática. Coricelli pertenece a otro país de la Unión Europea y la propia estructura de la operación añade capas jurídicas. Además, la oferta se canaliza mediante una sociedad domiciliada en España. Bloquear una operación únicamente porque el comprador último es italiano sería jurídicamente bastante más complicado que proclamar la conveniencia de conservar el control español.
Y ahí aparece una curiosa contradicción. Hablar de “recuperar” o “preservar” la españolidad de Deoleo resulta políticamente comprensible, aunque el capital de la compañía lleva años profundamente internacionalizado. Los fondos Alchemy y CVC son los principales actores que impulsan la venta. La batalla actual, por tanto, no enfrenta a una empresa familiar española intacta contra un invasor extranjero. La realidad económica tiene bastantes más apellidos.
Dcoop y Acesur, las cartas españolas frente a Coricelli
Dcoop posee una baza industrial evidente. Es una gigantesca cooperativa agroalimentaria construida desde el origen, pegada al campo andaluz y a miles de agricultores. Integrar Deoleo permitiría unir producción, transformación y marcas internacionales en un mismo grupo. Sobre el papel parece casi una operación escrita para reconciliar al olivar español con la parte más rentable de la cadena.
Pero el precio importa. Y también las autoridades de competencia. Dcoop se ha movido alrededor de los 470 millones de euros, por debajo de Coricelli, y tendría que solucionar el problema estadounidense relacionado con Pompeian.
Acesur representa otra alternativa española. El grupo de la familia Guillén controla Coosur y La Española, cuenta con una amplia red industrial y exporta a más de 120 países. También conoce Deoleo desde dentro porque mantiene una participación en su capital. Ahora bien, las últimas cuentas añaden un poco de pimienta a su posición negociadora.
Acesur terminó 2025 con unas ventas de unos 1.106 millones de euros, un 26% inferiores a las del ejercicio anterior, debido en buena medida a la caída del precio del aceite. El beneficio neto pasó de aproximadamente 13 millones a 7 millones de euros, casi la mitad. El grupo recuperó producción y ganó presencia comercial con Coosur y La Española, pero sus cifras muestran hasta qué punto las violentas oscilaciones del precio del aceite pueden transformar las cuentas de una campaña a otra.
Un negocio que mejora justo cuando aparece el cartel de venta
Deoleo, por su parte, llega al escaparate corporativo con una situación financiera bastante más atractiva que hace unos años. En el primer semestre de 2026 obtuvo un beneficio neto de 19,4 millones de euros y mejoró su rentabilidad operativa. Parte del resultado procede de la recuperación de 13 millones vinculados a aranceles pagados en Estados Unidos, de modo que tampoco conviene confundir una buena fotografía con un milagro empresarial.
La deuda también ha descendido respecto a etapas anteriores y el negocio ha ganado margen después de sobrevivir a varios ejercicios extraordinariamente duros para el aceite de oliva. El descenso del precio de la materia prima ha vuelto a animar el consumo, especialmente en algunos mercados de mayor margen. Es una empresa que sale de la tormenta con las velas bastante mejor colocadas. Naturalmente, ese es justo el momento en que los propietarios empiezan a escuchar ofertas.
España produce el aceite; la batalla está en quién vende la botella
La pugna por Deoleo toca una vieja herida del sector agroalimentario español. España tiene campo, producción, conocimiento técnico y una extraordinaria cultura oleícola. Italia ha construido durante décadas una formidable reputación comercial alrededor de la cocina mediterránea y una capacidad notable para colocar sus marcas internacionales.
Simplificar esa historia como una derrota española tampoco sería justo. Empresas como Dcoop, Acesur o Migasa tienen dimensiones industriales enormes, las cooperativas han profesionalizado su comercialización y el aceite español aparece bajo marcas propias en cada vez más mercados. Pero la venta de Deoleo recuerda que producir más no equivale necesariamente a controlar más valor.
Un litro de aceite comienza entre olivos, pero su margen económico puede engordar miles de kilómetros después: cuando adquiere una marca conocida, entra en una red logística, obtiene una buena posición en el supermercado y convence al consumidor de pagar unos céntimos —o varios euros— adicionales por una determinada etiqueta.
Ahí juega Deoleo. Bertolli, Carbonell y Carapelli figuran entre las grandes marcas mundiales, y el grupo llega a decenas de países. Quien compre la compañía no comprará los olivos de España. Comprará algo más difícil de cultivar: la relación entre esas marcas y millones de consumidores.
El precio decidirá, pero el aceite seguirá teniendo política
La partida sigue abierta. Coricelli parte con ventaja por su oferta, cercana a 500 millones de euros, y por un encaje regulatorio aparentemente más sencillo. Dcoop mantiene una candidatura industrial poderosa y busca fórmulas para resolver el problema de competencia en Estados Unidos. Acesur continúa dentro del tablero, aunque con una propuesta económica inferior según las cifras conocidas. Y el Gobierno ha hecho público el color de su camiseta: preferiría una solución española.
Pero Deoleo todavía no es italiana. No existe por ahora una compraventa definitiva anunciada y la compañía cotizada se ha limitado oficialmente a reconocer que sus accionistas estudian alternativas estratégicas. Esa diferencia entre favorito y propietario conviene conservarla mientras alrededor del aceite empiezan a ondear banderas con demasiada facilidad.
Lo que ocurra determinará mucho más que el domicilio de una empresa. En juego están Carbonell, Bertolli, Carapelli y una maquinaria comercial que tardó décadas en construirse. España continuará siendo una potencia mundial del olivar ocurra lo que ocurra. La cuestión menos romántica, y probablemente más importante, es quién controlará la marca, el margen y el lineal cuando ese aceite llegue al otro extremo del mundo.












