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¿Por qué tantos jóvenes marroquíes quieren irse de Marruecos a Europa?

Marruecos se moderniza, pero muchos jóvenes miran a Europa ante el paro, la desigualdad, los servicios débiles y una confianza que se agota.

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migrantes en ceuta

Marruecos tiene autopistas, tren de alta velocidad, fábricas de automóviles, industria aeronáutica, enormes puertos comerciales, complejos turísticos y grandes inversiones vinculadas al Mundial de 2030. En 2025 su economía creció un 4,9%, el mejor resultado en una década. Pero bajo esa fotografía de país emergente aparece otra bastante menos lustrosa: el desempleo juvenil alcanzó el 37,2%, el subempleo creció y decenas de miles de jóvenes siguen contemplando Europa como una posible salida. Modernización económica y bienestar social, por mucho que a veces se vendan juntos, no son exactamente lo mismo.

Esa es la respuesta esencial a por qué tantos jóvenes marroquíes quieren marcharse. No existe una única causa y tampoco resulta serio describir Marruecos como un país del que todo el mundo huye. Hay paro, empleos precarios, desigualdad territorial, servicios públicos insuficientes, corrupción percibida, sequías recurrentes y desconfianza institucional; a ello se añaden problemas de derechos humanos, violencia y protección de colectivos vulnerables. Para una generación más formada y conectada que las anteriores, ver Europa cada día en una pantalla —y, desde el norte del país, casi en el horizonte— hace el contraste todavía más áspero.

La crisis migratoria de Ceuta de finales de julio de 2026 convirtió esa tensión en una imagen brutal. Más de 70.000 personas llegaron a la ciudad española durante la oleada, aunque no todas eran marroquíes, y a mediados de agosto el balance confirmado superaba los 90 muertos. Entre las víctimas aparecieron perfiles que rompen el tópico del emigrante sin estudios: un licenciado en Física, jóvenes deportistas, adolescentes y trabajadores que buscaban oportunidades económicas. La desinformación difundida en redes y las expectativas sobre la posibilidad de permanecer en España influyeron también en el éxodo.

El Marruecos moderno existe, pero no llega igual a todos

Definir Marruecos simplemente como un «país árabe moderno» sirve poco para comprenderlo. Moderno puede ser un puerto, una fábrica o una línea ferroviaria; otra cosa es una sociedad con movilidad social suficiente, buenos servicios públicos y oportunidades repartidas de manera razonablemente homogénea.

Tánger Med se ha convertido en uno de los grandes nodos logísticos del Mediterráneo. Renault y Stellantis producen vehículos en el país. Casablanca concentra servicios financieros y empresariales; Tánger ha vivido una transformación industrial enorme; Rabat y Marrakech muestran infraestructuras, hoteles y barrios que poco tienen que ver con el Marruecos de hace tres décadas. Todo esto es real. No es una fachada inventada para los turistas.

También lo es el crecimiento. El Banco Mundial calcula que el PIB avanzó un 4,9% en 2025 y prevé alrededor de un 4,2% para 2026. La inflación se moderó hasta el 0,8% y el fuerte gasto público en infraestructuras ha actuado como locomotora. Pero el propio organismo introduce la letra pequeña: una medición amplia de la infrautilización del trabajo alcanza el 22,5%. El país está produciendo más riqueza sin conseguir todavía transformar esa riqueza en suficientes empleos productivos.

Los datos laborales oficiales enseñan dónde se abre la grieta. Marruecos creó 193.000 empleos en 2025, pero perdió 41.000 en agricultura, silvicultura y pesca. El número de desempleados permaneció en 1,62 millones y la tasa general de paro quedó en el 13%. Entre los jóvenes de 15 a 24 años, en cambio, subió del 36,7% al 37,2%. Entre titulados alcanzó el 19,1%, y entre las mujeres llegó al 20,5%.

El subempleo tampoco es una nota al pie. Afectó a 1,19 millones de personas, frente a 1,08 millones el año anterior. Son trabajadores que tienen una ocupación pero necesitan más horas, mejores ingresos o un empleo acorde con sus capacidades. La estadística dice «subempleo»; en una casa puede significar algo mucho más sencillo: trabajar y seguir sin poder independizarse.

Hay otra cifra que retrata una fractura más silenciosa. La tasa de actividad femenina se mantuvo alrededor del 19%, frente al 68,5% masculino. Marruecos dispone de muchas más mujeres formadas que hace una generación, pero la incorporación efectiva de esas mujeres al mercado laboral sigue siendo extraordinariamente baja. El talento existe; parte de él continúa fuera de juego.

Una generación que estudió más y esperaba bastante más

El problema quizá sea incluso más político que económico: las expectativas han crecido más deprisa que las oportunidades.

Afrobarometer encontró en 2025 que el 56% de los jóvenes marroquíes de 18 a 35 años tenía formación posterior a la secundaria, frente a proporciones de entre el 9% y el 27% en las generaciones de mayor edad. Sin embargo, solamente una cuarta parte tenía empleo a tiempo completo y el 21% estaba desempleado y buscando trabajo. El 34% señalaba como obstáculo la falta de correspondencia entre formación y puestos disponibles; otro 18%, la falta de experiencia.

La misma encuesta ofrece un detalle interesante porque evita el relato excesivamente oscuro: el 73% de los jóvenes consideraba que Marruecos avanzaba en la dirección correcta y el 54% esperaba una mejora económica. No es, por tanto, una generación que necesariamente haya perdido toda confianza en su país.

Pero una cosa puede convivir con la otra. El 28% afirmaba haber pensado «mucho» en emigrar, frente al 20% registrado en 2017. Optimismo nacional y malestar personal pueden sentarse perfectamente en la misma mesa.

Una investigación posterior de Afrobarometer amplía la perspectiva al conjunto de la población: el 44% de los marroquíes había considerado emigrar. Entre los jóvenes la proporción llegaba al 64%; entre desempleados que buscaban trabajo, al 69%; entre las personas económicamente más desfavorecidas, al 74%, y entre los ciudadanos con mayor educación, al 61%.

Las razones son bastante menos misteriosas de lo que sugieren algunos debates políticos. Entre quienes pensaban emigrar, el 50% mencionaba las oportunidades de empleo, un 12% mejores posibilidades empresariales y otro 12% escapar de la pobreza o de dificultades económicas. Europa era la primera opción para el 58%, seguida por Norteamérica con el 27%.

No significa que el 64% de la juventud esté preparando una salida irregular. Pensar en emigrar puede significar buscar un contrato en Francia, estudiar en España, trabajar en Alemania, probar suerte en Canadá o imaginar una vida distinta sin haber hecho siquiera una maleta. Pero el dato revela algo poderoso: marcharse forma parte del horizonte mental de una parte enorme de la juventud.

los problemas de marruecos

Sanidad, educación y la sensación de que hay dos países

Marruecos lleva años ampliando su protección sanitaria y ha emprendido reformas ambiciosas. Sería absurdo negar esos progresos. El problema surge cuando la modernización de grandes infraestructuras contrasta, para muchos ciudadanos, con la experiencia cotidiana de una consulta médica, una escuela pública o un hospital provincial.

Los últimos datos comparables publicados por la Organización Mundial de la Salud sitúan la densidad de médicos en 7,61 por cada 10.000 habitantes y la de personal de enfermería y obstetricia en 13,9. Son cifras de 2022, las últimas disponibles en ese indicador mundial, y habían mejorado respecto a una década atrás. El problema sigue siendo tanto de número como de reparto: no dispone de las mismas opciones una familia con ingresos altos en Casablanca que otra situada en una localidad rural alejada de los grandes centros sanitarios.

Las protestas de la denominada Generación Z 212 hicieron visible esa frustración en septiembre de 2025. Jóvenes de Casablanca, Agadir, Marrakech, Tánger, Salé, Uxda y Rabat reclamaron mejores hospitales, educación, empleo y medidas contra la corrupción, mientras criticaban el contraste entre los problemas de los servicios públicos y el enorme gasto asociado a los acontecimientos deportivos internacionales.

Amnistía Internacional documentó que las movilizaciones comenzaron de forma pacífica y denunció posteriormente uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias y procesos judiciales. Tres personas murieron, decenas resultaron heridas y, según el balance recogido posteriormente por la organización, cerca de 2.480 personas fueron detenidas y al menos 1.473 manifestantes afrontaron procedimientos penales con prisión preventiva. Durante los disturbios también hubo violencia contra agentes y daños materiales; el Ministerio del Interior informó de cientos de policías heridos.

La respuesta gubernamental mostró que aquellas protestas habían tocado un nervio real. Para 2026 se anunció un incremento conjunto del presupuesto destinado a sanidad y educación desde 128.000 hasta 140.000 millones de dírhams, acompañado de promesas de nuevos puestos de trabajo, especialmente en áreas rurales.

Hay otro indicador especialmente incómodo: alrededor de uno de cada cuatro jóvenes de 15 a 24 años no estudiaba, no trabajaba ni seguía formación alguna, según el Consejo Económico, Social y Ambiental citado por Amnistía Internacional. Son los conocidos como jóvenes NEET —lo que en España solemos llamar, de manera bastante menos elegante, «ninis»—. Una cuarta parte de una generación situada fuera de los principales canales de estudio y empleo es un enorme depósito de frustración.

Sequía, campo y desigualdad: cuando el problema empieza lejos de Ceuta

La emigración no comienza necesariamente en una frontera. A veces empieza años antes, con una cosecha que falla, una explotación agrícola que deja de ser rentable o una familia rural que manda a uno de sus hijos a Casablanca o Tánger.

Marruecos ha atravesado varios años de sequía severa. La FAO estimó que la producción de cereales de 2025 quedó en unos 4,5 millones de toneladas, alrededor de un 13% por debajo de la media, debido principalmente a unas condiciones secas prolongadas. Entre diciembre de 2024 y febrero de 2025, las precipitaciones fueron más de un 60% inferiores al promedio histórico en algunas de las principales regiones cerealistas.

La consecuencia fue una dependencia mucho mayor del exterior: para la campaña 2025-2026 se estimaron necesidades de importación de cereales cercanas a 11 millones de toneladas, aproximadamente un 20% por encima de la media. El Gobierno prolongó las ayudas a la importación de trigo blando para estabilizar el precio de la harina y del pan. El pan, al final, es donde las grandes estadísticas dejan de ser macroeconomía.

La situación ha mejorado considerablemente en 2026. Las lluvias desde finales de noviembre repusieron humedad del suelo y reservas de agua, y la FAO prevé una producción cerealista de 6,3 millones de toneladas, un 16% superior a la media de los últimos cinco años. Buenas noticias, pero también una demostración de hasta qué punto una parte de la economía rural queda expuesta al clima: un año llegan lluvias abundantes; otro, no.

El estrés hídrico no desaparece porque haya una buena temporada. Marruecos necesita abastecer ciudades que crecen, agricultura, turismo e industria mientras sus recursos hídricos soportan la presión del cambio climático y de décadas de sequías. Desaladoras, nuevos embalses, reutilización y grandes conducciones forman parte de la respuesta. Otra modernización espectacular, sí, pero impulsada esta vez por una necesidad bastante elemental: tener agua suficiente.

La geografía económica explica igualmente por qué hablar de «Marruecos» como una realidad homogénea resulta engañoso. Casablanca, Rabat, Tánger y algunos corredores industriales concentran inversión y empleo de alto valor añadido. En otras zonas, especialmente rurales, las oportunidades son menores y el transporte, la sanidad o la enseñanza superior quedan más lejos. El país puede reducir la pobreza monetaria y, al mismo tiempo, conservar enormes diferencias en las posibilidades reales de prosperar.

Corrupción, libertades y el desgaste de la confianza

La corrupción es otra palabra que suele usarse con demasiada facilidad. Conviene colocarle números.

El Índice de Percepción de la Corrupción correspondiente a 2025 otorgó a Marruecos 39 puntos sobre 100 y lo situó en el puesto 91 entre 182 países. Mejoró dos puntos respecto al año anterior, pero permanece en una franja que refleja problemas institucionales persistentes.

Para el ciudadano normal, sin embargo, la corrupción rara vez se presenta como un índice internacional. Aparece como la sospecha de que un contacto abre puertas que un currículum no abre, que determinados procedimientos administrativos son opacos o que las reglas no pesan exactamente lo mismo para todos. Es esa sensación de enchufe y desigualdad ante las oportunidades la que puede resultar corrosiva entre jóvenes que llevan años intentando entrar en el mercado laboral.

Los derechos civiles añaden otra capa. Amnistía Internacional sostiene que durante 2025 las autoridades intensificaron la presión sobre la libertad de expresión y la disidencia pacífica, con procedimientos judiciales, intimidación y vigilancia digital contra periodistas, activistas y voces críticas. En julio de 2026 la organización seguía reclamando la puesta en libertad de la activista Saida El Alami, condenada a tres años de prisión después de publicaciones y declaraciones críticas con las autoridades.

Esto no convierte Marruecos en un lugar donde resulte imposible desarrollar una vida normal. Tampoco justifica presentar cada calle de Casablanca, Tetuán o Fez como un territorio inseguro. La delincuencia y la inseguridad institucional son cosas distintas, y mezclarlas solo produce una caricatura.

Millones de marroquíes estudian, trabajan, crean empresas, forman familias y no desean abandonar su país. Marruecos recibió inversiones internacionales, sigue siendo una de las sociedades políticamente más estables de su región y mantiene una economía diversificada. Precisamente por eso sus carencias resultan tan llamativas: no hablamos de un Estado colapsado, sino de un país que ha avanzado mucho y cuya modernización social no siempre corre a la misma velocidad que sus infraestructuras.

Violencia sexual: mujeres, menores y el silencio sobre los chicos

La violencia sexual merece una precisión especial porque es uno de los terrenos donde más fácilmente se pasa del dato al prejuicio. No existe base seria para describir la sociedad marroquí en su conjunto como sexualmente violenta, ni el problema es exclusivo de Marruecos. Existen, sin embargo, casos, déficits de protección, tabúes y estadísticas que no pueden esconderse debajo de la alfombra.

Los datos internacionales disponibles sobre las mujeres siguen siendo preocupantes. ONU Mujeres recoge que un 10,5% de las mujeres marroquíes de 15 a 49 años con pareja o expareja había sufrido violencia física o sexual de ésta durante los doce meses anteriores a la medición utilizada. Otra encuesta nacional sobre distintas formas de violencia encontró una prevalencia mucho mayor cuando se amplía la definición y el periodo estudiado. Los datos no son directamente comparables y algunos tienen varios años, precisamente una de las limitaciones existentes al intentar medir el fenómeno con precisión.

Más desconocida es la situación de niños y adolescentes varones víctimas de explotación sexual. ECPAT International y la organización marroquí AMANE realizaron una investigación específica dentro de su Global Boys Initiative. El trabajo incluyó entrevistas y cuestionarios a 36 profesionales que atendían directamente a menores víctimas, además de un análisis de la legislación marroquí.

El estudio detectó una barrera particularmente cruel: muchos chicos no son percibidos inmediatamente como víctimas, ni siquiera por su entorno. Los estereotipos de masculinidad —el varón debe ser fuerte, saber defenderse, no mostrar vulnerabilidad— favorecen el silencio, la vergüenza y la infradenuncia. El problema no es únicamente encontrar al agresor; primero hay que conseguir que el menor pueda decir lo ocurrido y que alguien lo crea.

ECPAT y AMANE también identificaron lagunas en los servicios especializados, en la preparación de profesionales y en los mecanismos legales de protección. La organización reclamó programas específicos de apoyo y reintegración, formación para quienes trabajan con niños y una educación más clara sobre consentimiento, límites personales y abuso sexual.

Es importante no fabricar cifras donde no existen. Precisamente una de las conclusiones de este tipo de investigaciones es que la explotación sexual de los chicos está infraestudiada e infradenunciada. Afirmar que se conoce su verdadera prevalencia sería engañoso. El silencio estadístico no demuestra que el fenómeno sea gigantesco, pero tampoco demuestra que sea pequeño.

Marruecos también recibe refugiados: la otra cara de la frontera

Hay una paradoja que suele desaparecer del debate español. Mientras algunos jóvenes marroquíes sueñan con marcharse hacia Europa, Marruecos se ha convertido al mismo tiempo en país de tránsito y de acogida para personas que huyen de situaciones todavía más difíciles al sur y al este.

A 31 de marzo de 2026, ACNUR tenía registradas en Marruecos 23.365 personas bajo su protección, entre ellas 10.173 refugiados y 13.192 solicitantes de asilo procedentes de más de 60 países. Los grupos más numerosos eran ciudadanos de Sudán y Siria, seguidos por personas procedentes de Guinea, Costa de Marfil y Senegal.

Las llegadas de sudaneses crecieron con intensidad desde 2024 debido al conflicto de su país. ACNUR señala además que uno de cada nueve nuevos registrados era un menor no acompañado, una señal clara de las situaciones de vulnerabilidad que atraviesan estas rutas migratorias.

Este dato ayuda a ordenar conceptos. Un marroquí que se marcha buscando un salario mejor no es automáticamente un refugiado. El estatuto de refugiado protege a personas perseguidas o necesitadas de protección internacional conforme a criterios jurídicos concretos. Muchos jóvenes marroquíes son migrantes económicos, aunque su precariedad pueda ser severa. Usar «refugiado» y «emigrante» como sinónimos confunde realidades diferentes.

También desmonta otra simplificación: la presión migratoria no circula únicamente desde Marruecos hacia España. El territorio marroquí forma parte de una ruta africana mucho más amplia, recibe población desplazada y soporta sus propios desafíos de acogida. La frontera europea empieza, de hecho, muchos kilómetros al sur del Estrecho.

Europa parece una puerta cuando la escalera social se atasca

La mayoría de los jóvenes marroquíes que piensan en Europa no escapan de una guerra. Tampoco proceden todos de una pobreza extrema. Algunos tienen carrera universitaria; otros trabajan. Los hay de clase media, de barrios populares, de zonas rurales y de ciudades prósperas. No huyen todos del mismo Marruecos porque no existe un solo Marruecos.

Un licenciado que no encuentra empleo cualificado puede sentir que pierde años de su vida. Una joven que estudió pero apenas encuentra espacio en el mercado laboral puede mirar al exterior. Un agricultor golpeado varias campañas por la sequía calcula otras posibilidades. Un adolescente observa en TikTok a amigos que llegaron a Francia o España y solo ve la parte luminosa de la película: el sueldo europeo, el coche usado, las calles limpias, una foto delante de una tienda. Fuera de encuadre quedan los turnos interminables, las habitaciones compartidas y los papeles.

Europa no es el paraíso que algunas redes sociales venden. Esperan alquileres caros, empleos precarios, discriminación, burocracia y dificultades de integración. Para quien llega de manera irregular, el coste humano puede ser enorme. Las muertes ocurridas alrededor de Ceuta en el verano de 2026 han recordado hasta dónde puede llegar ese precio.

Pero la decisión migratoria no depende únicamente de cómo sea Europa. Depende de cómo se compara Europa con el futuro que una persona imagina para sí misma. Ahí está probablemente el núcleo del fenómeno.

Marruecos puede tener el mayor puerto de África, fabricar cientos de miles de coches y levantar estadios deslumbrantes mientras un joven continúa preguntándose cuándo podrá cobrar un salario que le permita alquilar una vivienda y construir una vida independiente. No hay contradicción económica. Hay dos velocidades de modernización.

Ese desequilibrio también explica las protestas juveniles. Educación, sanidad, empleo y corrupción aparecieron juntos porque, en el fondo, describen una misma demanda: que el desarrollo no sea solamente algo que se vea desde una autopista nueva, sino algo que se note al entrar en un hospital, presentar un currículum o intentar formar una familia.

El futuro marroquí se juega mucho más lejos de la frontera

Reducir Marruecos a inseguridad, pobreza o atraso sería tan falso como reducirlo a trenes rápidos, hoteles de lujo y fábricas de última generación. Las dos imágenes existen al mismo tiempo. Esa convivencia incómoda es precisamente lo interesante.

El país ha crecido, ha industrializado parte de su economía, ha reducido pobreza durante las últimas décadas y atrae capital internacional. También mantiene un paro juvenil extraordinariamente alto, una participación laboral femenina muy baja, servicios públicos sometidos a presión, desigualdades territoriales, vulnerabilidad climática y problemas documentados de corrupción y derechos humanos.

La juventud conoce ambas caras mejor que nadie. Tiene más estudios, más teléfonos, más información sobre el exterior y mayores expectativas. Puede sentirse orgullosa de que su país fabrique automóviles para Europa y, cinco minutos después, enfadarse porque ella no consigue un empleo decente. No es incoherencia. Es vida cotidiana.

Quizá por eso el dato más revelador no sea cuántos jóvenes logran cruzar una frontera, sino cuántos han pensado seriamente en marcharse. Cuando un país consigue que sus hijos estudien más pero no consigue convencerlos de que podrán construir allí la vida que desean, el problema no está únicamente en la frontera.

Está mucho antes. En el empleo que no llega, en el hospital saturado, en el campo pendiente de la lluvia, en la desigualdad de oportunidades y en esa sensación difícil de convertir en estadística: que el futuro puede estar en otra parte.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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