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¿Por qué China condena a cadena perpetua al fundador de Evergrande?
Cadena perpetua para Xu Jiayin, fundador de Evergrande, tras un fraude financiero que terminó hundiendo uno de los mayores imperios de China.

China ha condenado a cadena perpetua a Xu Jiayin, también conocido internacionalmente como Hui Ka Yan, fundador de Evergrande y durante años uno de los hombres más ricos de Asia. El Tribunal Popular Intermedio de Shenzhen le considera responsable de múltiples delitos financieros cometidos durante el vertiginoso crecimiento del gigante inmobiliario, desde fraude en la captación de fondos hasta apropiación indebida y soborno. La sentencia incluye además la confiscación de todo su patrimonio personal y la pérdida de sus derechos políticos de por vida.
El castigo empresarial tampoco es pequeño. Evergrande deberá pagar 8.820 millones de yuanes y su principal filial inmobiliaria otros 7.000 millones. En conjunto son 15.820 millones de yuanes, alrededor de 2.350 millones de dólares. Conviene precisar el matiz: esa cifra corresponde a las multas impuestas a las compañías, no a una sanción personal de Xu. El antiguo magnate, por su parte, pierde todos sus bienes.
La sentencia pone un final judicial —al menos en primera instancia— a una de las historias empresariales más desmesuradas de la China contemporánea. Evergrande pasó de vender pisos a simbolizar el milagro inmobiliario chino y, después, a convertirse en el rostro de su crisis. Llegó a acumular más de 300.000 millones de dólares en pasivos antes de suspender pagos en 2021. Mucho ladrillo, muchísimo crédito y una contabilidad que, según las autoridades, era bastante menos sólida que las torres que aparecían en sus anuncios.
Una cadena perpetua por ocho delitos financieros
Xu Jiayin se había declarado culpable durante el juicio celebrado en abril. El tribunal lo condenó por ocho delitos, entre ellos captación fraudulenta de fondos, absorción ilegal de depósitos públicos, uso indebido de dinero empresarial, fraude financiero y soborno. La justicia china considera acreditado que, durante varios años, el entramado de Evergrande manipuló información financiera para presentar una compañía más saludable de lo que realmente era.
No se trata, por tanto, de una condena provocada simplemente por haber llevado una empresa a la quiebra. El núcleo penal está en cómo se obtuvo dinero, cómo se reflejaron las cuentas y cómo se utilizaron determinados fondos. El tribunal también ha ordenado continuar recuperando los beneficios considerados ilícitos y destinar las cantidades recuperadas a compensar las pérdidas cuando proceda.
El proceso va bastante más allá del fundador. Cinco antiguos altos directivos han recibido penas de entre seis y 18 años de prisión, mientras que decenas de personas vinculadas al caso han sido condenadas. Las informaciones difundidas tras el fallo sitúan en 56 el número total de acusados sentenciados dentro de esta macrocausa.
El agujero contable que anticipó el desastre
Las sospechas sobre las cuentas de Evergrande llevaban años sobre la mesa. En 2024, la Comisión Reguladora de Valores de China concluyó que Hengda Real Estate, el principal brazo inmobiliario del grupo, había inflado artificialmente ingresos y beneficios en sus estados financieros correspondientes a 2019 y 2020 mediante el reconocimiento anticipado de ventas.
Aquella investigación administrativa ya había colocado a Xu en una posición extrema: recibió una multa de 47 millones de yuanes y fue inhabilitado de por vida para operar en el mercado de valores chino. El regulador sostuvo que había ordenado y organizado directamente la falsificación financiera y calificó los métodos empleados de especialmente graves. La condena penal conocida este 20 de agosto lleva aquel expediente a otra dimensión.
Según las investigaciones divulgadas sobre el caso, Evergrande llegó a exagerar sus ingresos en torno a 80.000 millones de dólares durante los ejercicios de 2019 y 2020 al contabilizar prematuramente ventas inmobiliarias. En una promotora, reconocer hoy el dinero que en realidad pertenece al mañana puede convertir durante un tiempo una habitación llena de goteras en un salón perfectamente pintado. El problema llega cuando empieza a llover.
Del hombre más rico de Asia a una celda de por vida
La caída resulta todavía más llamativa por la biografía de Xu Jiayin. Nacido en 1958 en una zona rural de la provincia de Henan, trabajó como técnico en una empresa siderúrgica antes de fundar Evergrande en 1996. Su compañía creció al calor de la urbanización acelerada de China: millones de ciudadanos mudándose a las ciudades, crédito abundante, suelo, preventas de viviendas y una demanda que parecía no tener techo.
En 2017, Xu llegó a poseer una fortuna estimada en 45.300 millones de dólares y fue considerado el hombre más rico de Asia. Evergrande ya no era sólo una promotora. El grupo compró un club de fútbol, se introdujo en los vehículos eléctricos, comercializó agua mineral y extendió sus tentáculos por sectores que poco tenían que ver con construir apartamentos. Era la época en que algunos conglomerados chinos parecían capaces de vender una casa por la mañana, un coche por la tarde y fichar a un delantero después de cenar.
El combustible era la deuda. Evergrande crecía deprisa porque pedía prestado, compraba suelo, vendía viviendas sobre plano y utilizaba esos ingresos para financiar nuevos proyectos. Mientras los precios subían y las ventas respondían, el mecanismo funcionaba. Cuando Pekín endureció las reglas destinadas a frenar el endeudamiento de las promotoras, el engranaje empezó a chirriar.
Cómo Evergrande se convirtió en símbolo de la crisis china
El impago llegó en 2021. Para entonces Evergrande soportaba obligaciones superiores a los 300.000 millones de dólares y había dejado detrás miles de proyectos, proveedores, inversores, compradores de viviendas y acreedores pendientes de saber cuánto dinero podrían recuperar.
La crisis no quedó encerrada dentro de la empresa. El sector inmobiliario había adquirido un peso gigantesco en la economía china y Evergrande actuó como aviso de que el modelo basado en deuda, preventas y apreciación casi permanente de la vivienda tenía límites. Otras grandes promotoras atravesaron después problemas de liquidez, impagos o procesos de reestructuración.
El golpe resultó especialmente delicado para muchas familias chinas porque una vivienda comprada sobre plano no es una inversión abstracta en una pantalla. Es cemento que debería estar levantándose en algún barrio, una hipoteca que sigue llegando cada mes y unas llaves que quizá nunca llegan. De ahí que el caso Evergrande haya tenido una dimensión social que va mucho más allá de balances empresariales y fondos internacionales.
Los acreedores siguen esperando su dinero
La sentencia contra Xu tampoco significa que los damnificados vayan a recuperar automáticamente sus pérdidas. La liquidación de Evergrande continúa y los acreedores mantienen reclamaciones valoradas en decenas de miles de millones de dólares. Los liquidadores han ido intentando controlar filiales, vender activos y recuperar cantidades adeudadas, una tarea extraordinariamente compleja por la estructura del grupo y la dispersión de sus negocios.
En enero de 2024, un tribunal de Hong Kong ordenó la liquidación de China Evergrande Group después de fracasar los sucesivos intentos para alcanzar un acuerdo de reestructuración con los acreedores. Desde entonces, los administradores han tomado el control de más de un centenar de sociedades del conglomerado y han tratado de convertir en efectivo las participaciones y activos que todavía conservan algún valor.
Incluso en agosto de 2026 siguen apareciendo piezas de ese gigantesco rompecabezas. Un tribunal de Hong Kong resolvió recientemente a favor de una filial de Evergrande en una disputa que permite reclamar alrededor de 5.970 millones de dólares de Hong Kong, unos 765 millones de dólares estadounidenses, correspondientes a un préstamo y sus intereses. Cada activo recuperado cuenta. Pero frente al tamaño original del agujero, las cantidades siguen pareciendo cubos de agua frente a una piscina olímpica.
Evergrande desapareció incluso de la Bolsa de Hong Kong
A la ruina empresarial se añadió la desaparición bursátil. Las acciones de China Evergrande llevaban suspendidas desde el 29 de enero de 2024 y la Bolsa de Hong Kong terminó cancelando definitivamente su cotización el 25 de agosto de 2025, después de que la empresa no cumpliera las condiciones exigidas para regresar al mercado.
Era un desenlace casi ceremonial. Una empresa que durante años representó la fiebre inmobiliaria china acababa expulsada de la bolsa mientras sus liquidadores desmontaban pieza a pieza el conglomerado. Evergrande seguía existiendo jurídicamente en numerosos procedimientos, filiales y reclamaciones, pero el imperio financiero de Xu estaba terminado.
La paradoja es difícil de pasar por alto. Durante sus años de esplendor, Evergrande fue presentada como una demostración del ascenso empresarial chino; cuando llegó el derrumbe, se convirtió en ejemplo de los excesos que Pekín decía querer corregir. El mismo sistema capaz de favorecer durante años una expansión alimentada por crédito terminó aplicando una de sus penas más severas contra el hombre que la dirigió.
La condena castiga al magnate, pero no borra el derrumbe
La cadena perpetua de Xu Jiayin ofrece a las autoridades chinas una imagen contundente de castigo frente al fraude financiero. Es difícil imaginar una caída empresarial más absoluta: de una fortuna superior a los 45.000 millones de dólares a la confiscación completa de sus bienes, la pérdida de sus derechos políticos y una condena para pasar el resto de su vida en prisión.
Pero la sentencia no termina con la historia económica de Evergrande. Quedan acreedores, procesos judiciales, activos por vender y dinero por recuperar. Y, sobre todo, queda una crisis inmobiliaria que lleva años pesando sobre la economía china.
Evergrande prometió durante décadas que el crecimiento podía continuar casi indefinidamente mientras hubiera suelo, compradores y crédito. El tribunal de Shenzhen acaba de escribir el epílogo personal de su fundador. El económico será bastante más lento: 300.000 millones de dólares de deuda no desaparecen con una sentencia, por severa que sea.

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