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¿Por qué Podemos perdió 7,8 millones y la mitad de su patrimonio?
Podemos pierde 7,8 millones y ve caer a la mitad su patrimonio: las cuentas muestran un deterioro que también pesa sobre su futuro político.

Las nuevas cuentas de Podemos dibujan una fotografía bastante menos amable que cualquier mitin: la formación cerró el último ejercicio con 7,8 millones de euros en pérdidas y ha visto desaparecer aproximadamente la mitad de su patrimonio. No es una pequeña desviación presupuestaria ni un trimestre torcido. Es un deterioro que golpea directamente la capacidad económica de un partido que hace apenas una década aspiraba a transformar por completo el mapa político español.
El dato tiene todavía más peso cuando se mira por el retrovisor. Podemos ya venía acumulando tres ejercicios consecutivos en números rojos y había perdido 7,22 millones entre 2022 y 2024. Al terminar 2024 conservaba alrededor de 11,5 millones de patrimonio neto. Es decir, el colchón existía, pero llevaba tiempo adelgazando.
Conviene colocar una cautela antes de que la palabra «ruina» empiece a correr sola por las redes sociales: tener pérdidas no equivale automáticamente a estar quebrado. Tampoco prueba ninguna irregularidad. Una organización política puede gastar más de lo que ingresa durante uno o varios años y compensarlo con reservas acumuladas anteriormente. El problema aparece cuando el desequilibrio se repite y esas reservas empiezan a derretirse. Y eso es, precisamente, lo incómodo de estas cuentas.
Un agujero de 7,8 millones que cambia la escala del problema
Hasta ahora, el deterioro económico de Podemos podía explicarse como una erosión progresiva ligada a su pérdida de representación institucional. Las nuevas cifras añaden otra dimensión. Perder 7,8 millones en un solo ejercicio supone un golpe comparable a todo lo perdido durante los tres años anteriores juntos.
La comparación resulta especialmente llamativa porque el presupuesto elaborado para 2025 contemplaba alrededor de 5,1 millones de euros de ingresos y 4,9 millones de gastos, una previsión prácticamente equilibrada. La fotografía definitiva ha resultado muy distinta.
Ahí está uno de los datos políticamente más delicados. Un partido puede asumir un mal año electoral; incluso dos. Pero cuando la caída institucional se convierte también en caída de ingresos, la maquinaria empieza a pesar. Sueldos, locales, asesores, actos, estructura territorial, campañas, comunicación, abogados, suministros. La política también tiene facturas y llegan con puntualidad británica aunque las encuestas no acompañen.
Podemos nació, además, haciendo de su modelo económico una parte importante de su identidad. La formación ha defendido durante años la independencia respecto a los bancos, apoyándose en cuotas, aportaciones, donaciones y mecanismos como los microcréditos. Esa filosofía puede evitar determinadas dependencias financieras, pero no elimina una realidad bastante menos romántica: mantener una estructura nacional cuesta dinero.
Menos representación significa también menos ingresos
Aquí aparece el elefante violeta de la habitación. Los partidos españoles reciben financiación pública vinculada, entre otros factores, a su representación parlamentaria y sus resultados electorales. Cuando desaparecen diputados, concejales, grupos institucionales o cuotas de poder, desaparece también una parte de los recursos que permitían sostener la organización.
Podemos pasó en pocos años de ser una fuerza con decenas de diputados, presencia territorial y ministros en el Gobierno a ocupar un espacio mucho más reducido dentro de la izquierda. El retroceso electoral no termina la noche en que se cuentan las papeletas. Continúa después, mes a mes, en la contabilidad.
La organización mantiene capacidad política, militancia y representación, pero trabaja sobre una base económica menor. Y ciertos gastos no caen con la misma velocidad que los votos. Una sede no reduce el alquiler porque un partido pierda escaños; una campaña sigue necesitando propaganda, equipos y desplazamientos. Los costes tienen memoria.
La paradoja de una organización creada para crecer
Ese es quizá el punto más interesante. Podemos fue construido para una fase expansiva: rápido crecimiento electoral, presencia en instituciones, campañas constantes, círculos territoriales y una enorme actividad pública. Cuando aquel ciclo terminó, la organización tuvo que adaptarse a una dimensión bastante más pequeña.
Es como tener una casa diseñada para veinte personas cuando solo viven cinco. Se pueden apagar habitaciones, vender muebles, recortar calefacción. Pero los metros cuadrados siguen ahí.
Las cuentas anteriores ya reflejaban ese proceso de ajuste, incluida una reducción de estructura, pero la pérdida de patrimonio muestra que el recorte del gasto no ha compensado suficientemente la disminución de recursos. El problema deja entonces de ser coyuntural y empieza a parecer estructural.
El dinero público y la relación con Sumar también importan
La fractura de la izquierda alternativa tiene, por supuesto, una lectura ideológica. Podemos sostiene que Sumar diluyó su proyecto político; desde el resto del espacio progresista se ha acusado a los morados de alimentar una estrategia de confrontación interna. Son discusiones conocidas. Pero existe otra capa, bastante más prosaica: el dinero.
Para 2026, el Gobierno reservó más de 52 millones para financiar los gastos ordinarios de los partidos con representación en el Congreso. A la coalición Sumar le correspondían algo más de 6 millones de euros, y el acuerdo electoral establecía para Podemos un 23 % de esos ingresos, cerca de 1,4 millones.
Por eso cualquier negociación sobre grupos parlamentarios, coaliciones futuras o fórmulas de reunificación tiene también consecuencias materiales. No hace falta imaginar conspiraciones contables: basta entender cómo funciona la financiación de los partidos.
La política necesita ideas, líderes y votos. También necesita fotocopiadoras y nóminas.
Volver juntos ya no sería solo una cuestión electoral
En las últimas semanas han vuelto a aparecer movimientos y conversaciones alrededor de una posible recomposición de la izquierda situada a la izquierda del PSOE. Izquierda Unida ha defendido fórmulas unitarias y las distintas organizaciones siguen midiendo cuánto pueden ganar juntas y cuánto pueden perder separadas. El tablero sigue fragmentado y cualquier acercamiento tiene detrás intereses electorales, políticos y organizativos.
Las cuentas de Podemos añaden presión a ese debate, aunque sería demasiado simple afirmar que una eventual alianza respondería únicamente al dinero. Hay diferencias políticas reales, algunas profundas. Pero una estructura con menos patrimonio tiene menos margen para afrontar sola campañas electorales sucesivas, especialmente unas generales que exigen desplegar recursos por toda España.
Ese matiz cambia algo la negociación. Una organización con reservas abundantes puede permitirse perder unas elecciones y esperar cuatro años. Una organización que consume patrimonio necesita resultados antes. El reloj político y el reloj financiero empiezan entonces a marcar la misma hora.
Del terremoto de 2015 a una estructura mucho más pequeña
Para entender la dimensión de lo ocurrido basta recordar dónde estaba Podemos hace una década. En 2015 irrumpió en el Congreso con 69 diputados junto a sus confluencias y convirtió una organización recién nacida en uno de los grandes actores nacionales. Llegó después al Gobierno de España, ocupó una vicepresidencia y varios ministerios y condicionó buena parte de la agenda de la izquierda.
Aquel Podemos parecía enorme porque, durante un tiempo, lo fue.
Después llegaron las divisiones internas, la salida de dirigentes históricos, el nacimiento de Más País, el desgaste del Gobierno de coalición, la retirada de Pablo Iglesias, la aparición de Sumar y finalmente la ruptura entre ambas fuerzas. Cada episodio tuvo una explicación política distinta, pero juntos dibujan una trayectoria bastante clara: menos poder institucional, menos votos y menos capacidad financiera.
Las cuentas no explican por sí mismas el declive político. Sería absurdo. Pero sí funcionan como un sismógrafo: registran movimientos que ocurrieron antes en las urnas.
Y existe una diferencia fundamental entre Podemos y otros partidos que atravesaron crisis parecidas. El PSOE y el PP disponen de enormes redes territoriales, miles de concejales, gobiernos autonómicos, diputaciones y estructuras consolidadas durante décadas. Podemos nació como un partido mucho más dependiente del impulso nacional y de los grandes ciclos electorales. Cuando ese impulso se redujo, había menos suelo debajo.
Las pérdidas no significan desaparición, pero estrechan el margen
Podemos continúa teniendo activos, militantes, cargos públicos y posibilidades electorales. Presentar unas pérdidas de 7,8 millones de euros no significa que mañana vaya a cerrar la sede y entregar las llaves. Ese salto sería sensacionalista y contablemente incorrecto.
Lo que sí significa es que su margen de error se ha reducido considerablemente. Una organización puede financiar déficits recurriendo a su patrimonio durante un tiempo; difícilmente puede convertir esa fórmula en una rutina permanente.
Para cambiar la tendencia hay básicamente dos movimientos posibles, aunque puedan adoptar muchas formas: ingresar más o gastar menos. En un partido político, aumentar los ingresos suele depender en gran medida de recuperar representación, movilizar militancia y mejorar la financiación privada dentro de los límites legales. Reducir gastos implica adelgazar todavía más la organización, algo que a su vez puede limitar la capacidad para competir electoralmente. Una pescadilla incómoda.
Ahí está la auténtica gravedad del asunto. No tanto en los 7,8 millones aislados, por espectaculares que resulten, sino en la combinación de pérdidas recurrentes, patrimonio menguante y menor peso institucional.
Cuando las cuentas empiezan a mandar sobre la política
Podemos ha sobrevivido a rupturas, salidas de dirigentes, derrotas electorales y a varios certificados prematuros de defunción. Sería imprudente escribir otro. Los partidos, como los gatos del tópico, suelen tener más vidas de las que sus adversarios calculan.
Pero tampoco conviene maquillar los números. Perder 7,8 millones y consumir aproximadamente la mitad del patrimonio disponible es una señal seria, sobre todo después de varios ejercicios deficitarios. El partido necesita que su proyecto político vuelva a generar representación antes de que la reducción económica termine condicionando aquello que puede hacer electoralmente.
La paradoja tiene cierto sabor histórico. Podemos nació denunciando que detrás de la política siempre había intereses económicos y estructuras materiales que condicionaban las decisiones. Doce años después, una versión bastante menos grandilocuente de aquella tesis aparece en sus propias cuentas.
Las ideas pueden aspirar a cambiar el mundo. La contabilidad, mientras tanto, sigue sumando.

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