Síguenos

Actualidad

¿Por qué España no ganó antes y ahora vuelve a una final mundial?

España vuelve a una final mundial con un fútbol renovado: las razones de décadas de tropiezos y el giro que cambió para siempre a esta Roja.

Foto del avatar

Publicado

el

historial España mundial y eurocopa

Resumen

  • España jugará su segunda final mundialista tras vencer a Francia por 2-0
  • El gran cambio empezó con Luis Aragonés y maduró con Vicente del Bosque
  • De la Fuente añadió velocidad, bandas y una selección menos dependiente

España vuelve a estar a un partido de la Copa del Mundo. La selección derrotó a Francia por 2-0 en Dallas, con goles de Mikel Oyarzabal y Pedro Porro, y disputará el domingo 19 de julio su segunda final mundialista, dieciséis años después de Johannesburgo. El rival saldrá de la semifinal entre Inglaterra y Argentina. Sobre el césped del área de Nueva York y Nueva Jersey también estará en juego algo más pequeño, apenas bordado sobre una camiseta, pero enorme en la memoria colectiva: la segunda estrella.

La paradoja española resulta conocida. El país de Real Madrid y Barcelona, de las grandes noches europeas, de futbolistas que llenaban vitrinas privadas, tardó décadas en construir una selección verdaderamente ganadora. No faltaban buenos jugadores. Faltaba otra cosa: un idioma futbolístico común, una jerarquía menos dependiente de los apellidos y la capacidad de jugar las eliminatorias sin sentir que cada balón llevaba pegados cien años de fatalismo.

El éxito de los clubes nunca garantizó el de la selección. Un equipo trabaja durante diez meses, ficha las piezas que necesita y entrena diariamente los mismos movimientos. Una selección recibe a sus futbolistas unos pocos días, mezcla escuelas distintas y debe resolver en tres semanas lo que un entrenador de club cocina durante una temporada. Y hay otro detalle que suele olvidarse: muchas de las grandes plantillas de Madrid y Barça estaban construidas alrededor de estrellas extranjeras que, naturalmente, no podían vestir la camiseta de España.

La transformación llegó cuando España dejó de reunir nombres y empezó a escoger perfiles. Luis Aragonés puso la primera piedra entre 2006 y 2008; Vicente del Bosque convirtió aquella idea en una dinastía, y Luis de la Fuente ha retirado el polvo acumulado sobre la posesión para añadirle velocidad, amplitud y cierta mala leche competitiva. Ni magia ni generación espontánea. Método, continuidad y evolución.

Una final levantada desde la defensa y el control

El recorrido español en este Mundial explica bastante bien la nueva madurez. Comenzó con un incómodo 0-0 frente a Cabo Verde, continuó con el 4-0 ante Arabia Saudí y el 1-0 contra Uruguay, y creció durante las eliminatorias: 3-0 a Austria, 1-0 a Portugal, 2-1 a Bélgica y 2-0 a Francia. La suma deja 13 goles a favor, uno en contra y seis porterías imbatidas en siete encuentros. No es una selección que sobreviva al caos; casi siempre consigue administrarlo.

Francia llegó a la semifinal con Mbappé, Dembélé, Olise y una colección de piernas capaces de convertir cualquier pérdida en una estampida. España respondió reduciendo espacios, defendiendo hacia delante y manejando los ritmos. Oyarzabal abrió el marcador desde el punto de penalti y Porro amplió la ventaja tras el descanso. Un lateral haciendo el segundo gol de una semifinal mundialista: también eso revela un equipo donde la responsabilidad ofensiva está repartida.

La selección conserva el balón, claro, pero ya no lo acaricia por obligación administrativa. Puede atacar por dentro con Pedri, Dani Olmo o Fabián Ruiz; puede ensanchar el campo mediante Lamine Yamal, Nico Williams o los laterales; puede acelerar, pausar y presionar arriba. Antes la posesión llegó a ser una especie de sala de espera, confortable y estéril. Esta España busca la puerta.

Tampoco necesita que todos sus mejores futbolistas pertenezcan a los dos grandes clubes. Hay jugadores formados en Barcelona, Madrid, Athletic, Real Sociedad, Valencia, Villarreal y otras canteras, junto a piezas curtidas en distintas ligas. La variedad ya no rompe el sistema, lo alimenta.

Madrid y Barça no eran una selección

Durante años se aplicó una lógica engañosa: si Real Madrid y Barcelona dominaban Europa, España debía dominar el mundo. El razonamiento parecía impecable hasta que llegaba junio, rodaba el balón y todo se deshacía como un azucarillo. Un club no es una suma de nacionalidades; es un ecosistema elegido a medida.

El Madrid de diferentes épocas contó con figuras como Di Stéfano, Netzer, Stielike, Redondo, Roberto Carlos, Zidane, Figo, Cristiano Ronaldo, Modric o Benzema. El Barça creció alrededor de Kubala, Cruyff, Koeman, Stoichkov, Rivaldo, Ronaldinho, Messi, Neymar o Luis Suárez. Los internacionales españoles tenían enorme importancia, desde luego, pero el talento decisivo del club no siempre era seleccionable. El escudo podía ser español; la plantilla era cosmopolita.

Existía, además, la rivalidad doméstica. El clásico ocupaba portadas, tertulias y conversaciones de bar durante meses. Los internacionales se encontraban después en una concentración breve, cargando recelos competitivos y hábitos tácticos diferentes. No significa que convivieran en guerra permanente —esa caricatura vende mucho y explica poco—, pero la selección careció durante bastante tiempo de una idea suficientemente fuerte para colocarse por encima de las trincheras del campeonato.

El ejemplo de la Eurocopa de 2008 desmonta la teoría del duopolio. En la final contra Alemania comenzaron únicamente tres jugadores del Barcelona y dos del Real Madrid. El resto procedía del Valencia, Villarreal, Arsenal y Liverpool. Casillas, Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila, Senna, Xavi, Iniesta, Silva, Cesc y Torres no ganaron porque representaran a dos clubes, sino porque encajaban en una estructura.

El talento estaba, el ecosistema no

España llevó grandes plantillas a numerosos campeonatos. En los años noventa convivieron Hierro, Guardiola, Luis Enrique, Caminero, Nadal, Zubizarreta o Butragueño; después llegaron Raúl, Mendieta, Valerón, Joaquín, Casillas, Puyol y Fernando Morientes. En 2006 ya estaban varios integrantes de la futura campeona mundial: Ramos, Xavi, Iniesta, Cesc, Xabi Alonso, Villa, Torres y Casillas.

Las piezas, por tanto, aparecieron antes que el puzle. Había calidad técnica, pero no siempre una estructura que maximizara el centro del campo. A ratos se pedía elaboración y paciencia; a ratos regresaban los centros laterales, el delantero de referencia y la vieja retórica de la furia. Se confundía el carácter con correr más, como si el fútbol fuera una oposición para bomberos.

También faltaba experiencia colectiva en los momentos incómodos. Las selecciones campeonas saben ganar partidos malos, resistir diez minutos de sufrimiento y detectar cuándo una eliminatoria necesita pausa o colmillo. España solía jugar con el partido y con su pasado al mismo tiempo. Cada cuarto de final parecía una auditoría histórica.

Cuartos, penaltis y un peso cosido a la camiseta

Antes de 2010, España había disputado doce Mundiales y solamente había terminado entre las cuatro mejores en Brasil 1950. Pasaron seis décadas sin otra semifinal. Hubo buenos equipos y actuaciones brillantes, pero la competición terminaba siempre cerca del mismo muro: Bélgica en 1986, Italia en 1994, Corea del Sur en 2002 o Francia en 2006.

La derrota contra Bélgica en México 1986 llegó en los penaltis. En Estados Unidos 1994, Italia ganó por 2-1 un partido marcado por el codazo de Mauro Tassotti a Luis Enrique, una agresión que no fue sancionada durante el encuentro. En 2002, Corea del Sur eliminó a España también desde el punto de penalti, después de dos goles españoles anulados en decisiones todavía discutidas. Aquellas noches alimentaron la impresión de que el destino siempre encontraba una nueva forma de burlarse.

Había algo de mala suerte y, en ocasiones, arbitrajes muy difíciles de digerir. Sería absurdo negarlo. Pero atribuir décadas de frustraciones únicamente a un silbato, un poste o una tanda permitía evitar la conversación más incómoda: España no dominaba suficientemente los partidos decisivos.

La mala suerte explica noches, no décadas

Las grandes selecciones también sufren errores arbitrales, lesiones y penaltis fallados. La diferencia aparece en la frecuencia con la que llegan a las rondas finales. Alemania, Brasil, Italia, Argentina o Francia acumularon oportunidades porque construyeron estructuras competitivas resistentes a una mala tarde. España aparecía de manera intermitente; cuando algo se torcía, casi nunca disponía de una segunda vía.

El equipo español podía circular bien el balón y, sin embargo, carecer de profundidad. Podía presentar delanteros formidables y no abastecerlos con continuidad. Podía defender correctamente durante ochenta minutos y perder la concentración en una acción. El margen era demasiado estrecho para un torneo donde una distracción manda cuatro años de trabajo a la papelera.

La presión tampoco era pequeña. Cada eliminación agrandaba el relato del fracaso y el siguiente grupo heredaba una mochila más pesada. Se hablaba del cruce maldito, de la barrera de cuartos, de la fecha fatídica. El fútbol español terminó creyendo parte de su propia superstición. Hasta Viena.

Luis Aragonés cambió el centro de gravedad

Luis Aragonés asumió la selección en 2004, pero el giro definitivo se produjo después del Mundial de Alemania. España había comenzado con entusiasmo y terminó cayendo por 3-1 ante una Francia veterana, gobernada por Zidane. Aragonés comprendió que acumular atacantes o veteranos prestigiosos no bastaba. El equipo necesitaba mandar desde el centro del campo.

Apostó por futbolistas de menor envergadura y enorme precisión: Xavi, Iniesta, Silva, Cesc, Cazorla. Marcos Senna sostuvo el equilibrio; Villa y Torres atacaron los espacios; Casillas, Ramos, Puyol, Marchena y Capdevila dieron firmeza atrás. El entrenador sacrificó jerarquías, incluida la de Raúl, y aceptó un coste mediático considerable. En España, prescindir de una figura suele provocar más debate que perder un partido. A veces, incluso más que perder un torneo.

La idea no consistía únicamente en conservar la pelota. España juntaba jugadores por dentro para crear superioridades, presionaba tras pérdida y aceleraba cuando encontraba un hueco. Xavi describió posteriormente a Aragonés como el punto de inflexión por su apuesta por los futbolistas técnicos y por abandonar la dependencia emocional de la vieja furia.

El momento psicológico llegó frente a Italia en los cuartos de la Eurocopa de 2008. España nunca había derrotado a los italianos en un partido oficial y arrastraba varias eliminaciones en tandas. Casillas detuvo dos penaltis y Cesc convirtió el definitivo. No fue únicamente una clasificación: el equipo comprobó que el pasado no podía entrar al campo salvo que alguien le abriera la puerta.

Después llegaron el 3-0 contra Rusia y el 1-0 frente a Alemania en la final. España levantó su primer gran título desde 1964 y cambió su relación con el fútbol. Ya no necesitaba ganar apelando al temperamento nacional, ese concepto vaporoso que servía para explicar cualquier cosa. Ganaba porque jugaba mejor, ocupaba mejor el campo y tomaba mejores decisiones.

Del Bosque conservó la obra; De la Fuente la hizo más veloz

Vicente del Bosque heredó una selección campeona y tuvo el mérito, nada menor, de no romperla para demostrar autoridad. Introdujo ajustes, reforzó el equilibrio mediante Busquets y Xabi Alonso y mantuvo la confianza en el núcleo técnico. En Sudáfrica 2010, España perdió el primer encuentro contra Suiza y no volvió a caer.

Aquella campeona mundial marcó ocho goles y recibió dos. Los cuatro cruces eliminatorios terminaron 1-0: Portugal, Paraguay, Alemania y Países Bajos. El recuerdo popular conserva la posesión, los pases y el gol de Iniesta, pero aquel equipo era también una maquinaria defensiva extraordinaria. Controlaba el balón para atacar y para evitar que el rival atacara.

En la Eurocopa de 2012 alcanzó una cima todavía más alta. España marcó doce tantos, recibió solamente uno y derrotó a Italia por 4-0 en la final, la mayor goleada registrada en un partido por el título europeo. Fue la primera selección capaz de enlazar Eurocopa, Mundial y Eurocopa.

El modelo terminó envejeciendo. En Brasil 2014 faltaron piernas y renovación; en Rusia 2018, el despido de Julen Lopetegui a dos días del debut dejó al equipo sin dirección estable; en Catar 2022, la circulación volvió a convertirse en una posesión sin herida. España tenía la pelota, pero el rival podía contemplarla con la tranquilidad de quien mira pasar un tranvía desde la acera.

Luis de la Fuente asumió el cargo tras aquel Mundial. Conocía las categorías inferiores: había ganado el Europeo sub-19, el Europeo sub-21 y una plata olímpica. Ese recorrido le permitió tratar a varios internacionales no como promesas recién llegadas, sino como futbolistas cuyo carácter y evolución ya había observado durante años.

La Nations League de 2023 y la Eurocopa de 2024 confirmaron el nuevo ciclo. España mantuvo el gusto por la pelota, pero recuperó las bandas, el uno contra uno y la llegada desde segunda línea. Lamine Yamal y Nico Williams abrieron el campo; Rodri y Fabián Ruiz ordenaron el centro; Dani Olmo, Oyarzabal, Pedri y Mikel Merino ofrecieron soluciones distintas. La selección ganó su cuarta Eurocopa, más que cualquier otro país.

En el Mundial de 2026, esa evolución se aprecia en los detalles. España puede dominar durante largos periodos, pero también correr. Puede ganar goleando o proteger una ventaja mínima. Puede apoyarse en Lamine Yamal o resolver mediante Oyarzabal, Merino, Fabián o Porro. El sistema no depende de una única estrella, y eso suele ser la mejor noticia para quien aspira a colocar otra sobre el escudo.

La posible segunda Copa del Mundo no convertiría en mediocres a las generaciones anteriores, como tampoco una derrota en la final borraría el cambio experimentado desde 2008. El talento siempre estuvo. Lo decisivo fue aprender a organizarlo, renovarlo y protegerlo de la nostalgia.

Durante demasiado tiempo, España creyó que reunir a los mejores bastaba. Después comprendió que una selección campeona necesita una idea que sobreviva a los nombres. Aragonés encontró esa idea, Del Bosque la convirtió en imperio y De la Fuente la ha adaptado a un fútbol más rápido, físico y cambiante. La Roja vuelve a una final porque ya no juega contra sus fantasmas. Juega contra el rival.

Newsletter

Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.