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¿Por qué discutir de política casi nunca consigue cambiar opiniones?

Las discusiones políticas suelen reforzar convicciones, aunque hablar con respeto puede reducir la hostilidad y acercar posiciones personales.

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Discutir de política casi nunca logra que otra persona cambie de opinión de forma inmediata. Puede haber argumentos impecables, datos encima de la mesa y hasta una hemeroteca capaz de hundir una estantería: el interlocutor suele marcharse con unas ideas bastante parecidas a las que llevaba al entrar. La conversación política no funciona como una ecuación en la que gana quien aporta la prueba definitiva. Por desgracia —o quizá por fortuna— somos algo más complicados.

Eso no significa que hablar de política sea inútil. La investigación reciente introduce un matiz bastante interesante: estas conversaciones pueden reducir la hostilidad hacia quienes piensan distinto, aumentar la disposición a volver a hablar con ellos y corregir algunas caricaturas sobre el adversario, aunque las posiciones concretas sobre inmigración, impuestos, partidos o candidatos apenas se muevan. En otras palabras: tal vez no conviertas a nadie, pero puede que ambos terminéis considerándoos un poco menos idiotas. No es una revolución democrática, aunque tampoco es poca cosa.

La cuestión ha vuelto a circular a partir de una reflexión del economista Branko Milanovic, investigador especializado en desigualdad y antiguo economista principal del Banco Mundial. Milanovic publicó en 2023 un texto provocador sobre la aparente futilidad de las discusiones políticas. No era un estudio experimental, sino una conclusión nacida de décadas de conversaciones y enfrentamientos intelectuales con personas de distintas familias ideológicas.

Su diagnóstico sigue resultando incómodamente reconocible: muchas veces no discutimos para averiguar algo, sino para defender una identidad que ya hemos elegido. Y ahí empieza buena parte del problema.

Discutir no es lo mismo que convencer

Milanovic parte de una experiencia bastante común. Uno comienza hablando del presupuesto público, de una guerra, de impuestos o de inmigración y, media hora después, descubre que ya no está discutiendo sobre ninguno de esos asuntos. Está defendiendo una especie de frontera personal.

Para el economista, existe incluso una diferencia entre recibir una idea mediante un libro, un artículo o una conferencia y aceptarla durante una confrontación cara a cara. Leyendo a solas podemos cambiar de opinión sin espectadores. Nadie gana delante de nosotros. Nadie puede apuntarse un tanto.

En una discusión ocurre otra cosa. Admitir que el adversario tiene razón puede sentirse, aunque racionalmente no debería, como perder una pequeña competición social. El ego se sienta a la mesa antes de que lleguen los argumentos.

De ahí aquella experiencia tan familiar: alguien recibe un dato que contradice su posición y no necesariamente reconsidera el conjunto. Puede discutir la fuente, buscar una excepción, cambiar ligeramente el asunto, recordar una incoherencia del campo contrario o recurrir al comodín universal de la política contemporánea: «sí, pero los otros…».

El dato incómodo desaparece entre el humo. Problema resuelto. Al menos hasta la siguiente discusión.

Milanovic cuenta que observó mecanismos semejantes en conversaciones con estalinistas, nacionalistas y liberales, aunque atribuye a cada grupo formas diferentes de proteger sus convicciones. Conviene entender esa clasificación por lo que es: una tipología personal y deliberadamente polémica, no una investigación que permita concluir que esas familias ideológicas tengan una resistencia especial al razonamiento.

La conducta descrita, en cambio, sí tiene paralelos bien conocidos en la psicología política y las ciencias sociales. La tendencia a proteger nuestras propias creencias no conoce demasiadas fronteras ideológicas.

Cuando una idea política termina formando parte del «yo»

Hay opiniones relativamente baratas. Podemos descubrir que una película era peor de lo que recordábamos o aceptar que el restaurante favorito ha bajado mucho de nivel sin sufrir una crisis existencial. Con la política, en cambio, la cosa suele complicarse.

Una posición puede estar vinculada a la familia, el territorio, la clase social, los amigos, la generación, la religión, el partido votado durante veinte años o simplemente a la imagen que alguien mantiene de sí mismo. Entonces discutir una idea empieza a parecerse peligrosamente a discutir quién es esa persona.

Ahí aparece lo que suele denominarse razonamiento motivado: no procesamos toda la información como árbitros perfectamente neutrales. Tendemos a mirar con mayor simpatía aquello que encaja con nuestras creencias y con mucho más recelo aquello que las amenaza. Los estudios sobre comportamiento electoral llevan años observando esa resistencia a corregir determinadas creencias cuando están estrechamente asociadas a la identidad partidista.

El problema no siempre son los hechos

Esto explica una paradoja. Dos personas pueden conocer prácticamente los mismos acontecimientos y terminar construyendo relatos políticos completamente diferentes.

No necesariamente porque una de ellas ignore los hechos, sino porque seleccionan, jerarquizan e interpretan de manera distinta. Un dato puede ser decisivo para uno y circunstancial para otro. Una excepción puede considerarse anecdótica o convertirse en la prueba de que todo el sistema está podrido.

Las discusiones políticas acaban entonces pareciéndose a dos abogados presentando alegatos ante tribunales distintos. Ambos pueden manejar información real y, aun así, utilizarla para levantar edificios ideológicos que apenas comparten los cimientos.

Y cuanto más importante es una idea para nuestra identidad, más difícil resulta tratarla como una hipótesis provisional. Nadie lleva una camiseta que diga «estas son mis opiniones políticas hasta que aparezcan mejores evidencias». Sería intelectualmente admirable y electoralmente desastroso.

La ciencia corrige la parte más pesimista de Milanovic

Aquí llega la parte interesante. Los experimentos realizados durante los últimos años no respaldan del todo la idea de que conversar con adversarios políticos sea una pérdida de tiempo.

Un estudio publicado en 2024 reunió a 582 votantes laboristas y conservadores británicos para mantener conversaciones anónimas de diez minutos sobre asuntos polémicos. Después del intercambio aumentaron la simpatía hacia los partidarios del otro partido y la voluntad de volver a conversar con personas del campo contrario.

Sin embargo, ocurrió algo fundamental: sus opiniones políticas concretas apenas cambiaron. La conversación modificó más la visión del adversario que la posición sobre el asunto discutido. Dos o tres semanas después, buena parte del efecto sobre la simpatía se había debilitado, aunque permanecía una mayor disposición a conversar.

Otro trabajo experimental realizado en Estados Unidos llegó a resultados compatibles: republicanos y demócratas que conversaron de manera anónima con personas del partido contrario mostraron reducciones de la polarización, especialmente cuando el diálogo había sido civil.

La diferencia parece pequeña, pero cambia bastante la conclusión. Convencer y despolarizar no son lo mismo.

Una conversación puede fracasar por completo si el objetivo consiste en conseguir que alguien abandone su postura sobre inmigración y, simultáneamente, funcionar si consigue que deje de imaginar al votante contrario como un monstruo, un imbécil o un traidor a la patria.

Hablar de igual a igual también importa

Un experimento desarrollado en México con 2.454 participantes encontró otro elemento revelador. Las interacciones entre personas con simpatías partidistas enfrentadas podían mejorar la tolerancia, pero los efectos más duraderos aparecían cuando ambas participaban desde una posición de igualdad.

Tres semanas después, los beneficios persistían sobre todo en las conversaciones donde ninguno ocupaba una posición social superior dentro del intercambio. Tiene bastante lógica. Pocas personas revisan tranquilamente sus convicciones mientras sienten que están siendo examinadas, ridiculizadas o aleccionadas.

El debate televisivo clásico, construido alrededor del vencedor y el derrotado, quizá sea precisamente uno de los peores escenarios posibles para conseguir reflexión. Produce espectáculo. Produce clips. Produce titulares. Lo de cambiar de parecer es otra actividad.

Las redes sociales convierten el desacuerdo en espectáculo

El problema se vuelve más áspero cuando la conversación abandona una mesa y entra en una red social.

Una investigación que analizó comunicaciones políticas en nueve países —entre ellos España— encontró redes fuertemente polarizadas y una mayor toxicidad en las interacciones dirigidas hacia integrantes del grupo político contrario. También observó que los contactos entre cuentas políticamente comprometidas de campos enfrentados eran relativamente escasos y pocas veces recíprocos.

No hablamos únicamente para nuestro interlocutor. Delante está el público.

Cada réplica puede convertirse en una representación ante seguidores que esperan fidelidad, ingenio y, preferiblemente, algún cadáver dialéctico. Rectificar allí resulta más costoso. «Me equivoqué» tiene menos posibilidades de hacerse viral que un insulto cuidadosamente empaquetado.

Las cámaras de eco añaden otra capa. Conversar principalmente con personas ideológicamente similares puede reforzar las opiniones del propio grupo mediante mecanismos de conformidad social y razonamiento motivado. No hace falta una conspiración algorítmica perfecta; basta con que los seres humanos prefiramos, con bastante frecuencia, los ambientes donde nuestras intuiciones reciben aplausos en lugar de objeciones.

Se forma entonces un curioso ecosistema. Cada bando observa la versión más estridente del contrario y concluye que acaba de contemplar al ciudadano medio.

También empeora la conversación imaginar cualquier disputa como una guerra de suma cero. Si mi adversario gana algo, yo necesariamente lo pierdo. Si acepto uno de sus argumentos, mi bando retrocede. Si reconozco una exageración de los míos, estoy ayudando al enemigo.

La investigación reciente ha relacionado esa forma de entender la política con una mayor tendencia a evitar conversaciones con quienes piensan distinto. Pesan tanto la expectativa de conflicto como la sospecha de que el otro será incapaz de escuchar.

Es un mecanismo que se alimenta solo. Evitamos hablar porque suponemos que el contrario es imposible; al no hablar con él, conservamos una imagen construida a distancia; esa caricatura confirma que conversar sería inútil.

Hay incluso indicios de que modificar esas expectativas mejora el diálogo. Fomentar la curiosidad intelectual y rebajar la impresión de que los miembros del propio grupo son completamente cerrados favorece conversaciones políticas más abiertas y menos defensivas.

Curiosidad parece una palabra modesta para semejante incendio. Precisamente por eso resulta interesante.

Una democracia no necesita que todos acabemos pensando igual

La provocación de Milanovic conserva una parte difícil de negar. Entrar en una discusión política convencido de que treinta minutos después el adversario entregará las armas intelectuales suele ser una receta bastante fiable para terminar frustrado.

Las personas cambian de opinión, desde luego. Lo hacen al acumular experiencias, recibir información, observar contradicciones, leer, escuchar, cambiar de entorno o comprobar que una explicación ya no encaja con la realidad. Pero ese movimiento puede ser lento y casi invisible. No siempre ocurre delante de quien presentó el argumento.

Quizá alguien rechace una idea durante una cena y vuelva a pensar en ella tres semanas después, a solas, mientras conduce. El interlocutor jamás recibirá una medalla por haber sembrado la duda.

La evidencia disponible tampoco obliga a elegir entre dos extremos: ni el diálogo político transforma mágicamente las convicciones ni toda conversación es un derroche de oxígeno. Cambiar posiciones profundas es difícil; cambiar la percepción de quien las sostiene resulta algo más posible.

Y ahí aparece una distinción bastante democrática. Una sociedad plural no necesita eliminar el desacuerdo. Necesita conseguir que el desacuerdo no convierta automáticamente al vecino en enemigo.

Puede que después de una buena discusión nadie cambie su voto. Uno seguirá defendiendo impuestos más altos y otro más bajos; uno querrá una política migratoria más abierta y otro más restrictiva. Seguirán discrepando, a veces mucho.

Pero si salen de la conversación entendiendo mejor por qué el otro piensa como piensa, algo se ha movido. No exactamente una opinión. Algo quizá más básico: la capacidad de convivir con ella.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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