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¿Por qué Susanna Griso habla de “vergüenza” desde una playa de Ceuta?
Desde la playa del Trampolín, Susanna Griso retrata una Ceuta aún marcada por la crisis migratoria, las cifras enfrentadas y el impacto local.

Susanna Griso ha comenzado la nueva temporada de Espejo Público lejos del plató y con los pies, literalmente, en uno de los escenarios que mejor explican el momento que atraviesa Ceuta. Desde la playa del Trampolín, la periodista ha descrito como «la imagen de la vergüenza» la situación que permanece en la ciudad un mes después de la entrada masiva de migrantes registrada a finales de julio.
La frase ha corrido rápido porque condensa una escena difícil de maquillar: personas todavía alojadas en instalaciones provisionales o sin una solución estable, vecinos que reclaman recuperar la normalidad, comercios golpeados y unas administraciones que siguen discutiendo incluso sobre algo tan elemental como cuántas personas permanecen realmente en Ceuta. Griso habló de una situación impropia «del primer mundo». Más allá del énfasis televisivo, los datos explican buena parte de su dureza.
Susanna Griso regresa a Espejo Público desde una Ceuta todavía alterada
La presentadora ha regresado de sus vacaciones desplazándose directamente a Ceuta para abrir la temporada de Espejo Público. No eligió un fondo neutro ni una terraza con vistas al Estrecho. Se situó en El Trampolín, una playa que durante las últimas semanas ha terminado convertida en símbolo involuntario de la crisis.
Allí permanecieron numerosos migrantes después de la entrada extraordinaria de finales de julio. El Gobierno respondió posteriormente con instalaciones temporales en Loma Colmenar y Loma Margarita, levantadas con participación del Ejército y concebidas para albergar aproximadamente a 1.500 personas. El traslado alivió parte de la presión sobre playas y calles, pero no devolvió automáticamente a la ciudad su aspecto anterior.
Griso resumió lo que veía con palabras poco diplomáticas: «un despropósito» y «un fracaso colectivo». La expresión importa porque desplaza el foco. No señala únicamente a quienes llegaron, sino también a una gestión institucional que, un mes después, continúa dejando imágenes de precariedad en una ciudad española de apenas 20 kilómetros cuadrados.
El problema de las cifras: 5.000, 8.000 o incluso más
Una de las cuestiones más confusas sigue siendo el número de migrantes que permanecen en la ciudad autónoma. Las cifras oficiales han situado en torno a 5.000 personas la población llegada durante la crisis que todavía continúa en Ceuta. Durante la emisión, sin embargo, Griso habló de unas 8.000 personas aún presentes o pendientes de una solución, mientras otras estimaciones locales han manejado cantidades superiores.
No es un detalle menor. Cuando diferentes instituciones y actores públicos ofrecen números distintos después de varias semanas, la estadística deja de ser una simple columna de Excel y empieza a convertirse en parte del problema político y de gestión.
La cifra de referencia utilizada para la entrada de finales de julio ronda las 72.000 personas, una magnitud excepcional incluso para una frontera acostumbrada a soportar episodios de fuerte presión migratoria. La inmensa mayoría regresó posteriormente a Marruecos, pero miles permanecieron en territorio español.
Los menores añaden otra capa al problema
La situación resulta todavía más compleja cuando se habla de infancia. Las cifras oficiales manejadas sitúan en torno a 1.500 los menores migrantes que permanecen en Ceuta, aunque también aquí se han sucedido estimaciones distintas durante las últimas semanas.
Su situación jurídica no puede resolverse como si fueran adultos. La identificación y determinación de la edad, la protección del menor y cualquier eventual procedimiento de retorno están sujetos a garantías específicas. De ahí que la salida administrativa sea mucho más lenta de lo que una parte de la población local desearía.
Y ahí aparece una de las contradicciones más incómodas de esta crisis: Ceuta necesita recuperar la normalidad cuanto antes, pero el Estado tampoco puede convertir la urgencia en un atajo que borre las garantías legales de quienes se encuentran bajo su responsabilidad. La presión política existe; las obligaciones jurídicas, también.
Una crisis migratoria que también golpea el bolsillo de Ceuta
La escena denunciada por Susanna Griso no se limita a tiendas de campaña y personas durmiendo en espacios públicos. La economía local lleva semanas pagando su propia factura y el impacto se deja notar especialmente en los sectores que dependen del movimiento diario de residentes y visitantes.
Las estimaciones empresariales han situado las pérdidas directas por encima de los 33 millones de euros desde finales de julio hasta el cierre de agosto. Los primeros cálculos eran menores, pero el deterioro se prolongó más de lo esperado y obligó a revisar la magnitud del golpe.
El comercio ha sufrido una fuerte caída de facturación, mientras hostelería y restauración también han visto reducirse notablemente su actividad. El turismo, especialmente sensible a cualquier percepción de inseguridad o incertidumbre, quedó asimismo muy tocado durante buena parte de agosto.
Para una gran capital, 33 millones pueden perderse entre las líneas de un presupuesto. Para Ceuta es otra cosa. Una persiana bajada en una ciudad pequeña se nota; veinte, mucho más. Cuando desaparecen visitantes, consumo y actividad al mismo tiempo, la crisis fronteriza termina entrando también en cafeterías, taxis, hoteles y nóminas.
El cansancio de los vecinos entra también en directo
Espejo Público ha recogido testimonios de residentes que describen un mes marcado por cambios en sus hábitos cotidianos. Algunos padres aseguran haber reducido las salidas de sus hijos o muestran preocupación ante el comienzo del curso escolar. Otros denuncian suciedad, ocupación de determinados espacios y una creciente sensación de abandono institucional.
Conviene separar aquí dos asuntos que a menudo se mezclan con demasiada facilidad. Que existan problemas de convivencia, seguridad o deterioro del espacio público no convierte a miles de personas migrantes en responsables colectivos de cualquier incidente. Pero negar el impacto que una llegada de semejante dimensión provoca sobre una ciudad de unos 83.000 habitantes tampoco ayuda demasiado.
Ceuta está atrapada precisamente entre esas dos simplificaciones. De un lado, quien reduce toda la crisis a una amenaza. Del otro, quien parece considerar que reconocer sus consecuencias sociales supone automáticamente criminalizar al extranjero. Entre ambos extremos queda una realidad bastante más compleja: incómoda, poco manejable para una tertulia y profundamente humana.
Por qué la frase de Griso ha encontrado tanto eco
«La imagen de la vergüenza» funciona como titular porque hay algo reconocible detrás de la hipérbole. España dispone de administraciones, cuerpos de seguridad, servicios sociales, Fuerzas Armadas, presupuesto público y mecanismos europeos. Ver, semanas después de una crisis fronteriza, personas atrapadas en un limbo provisional y ciudadanos que no perciben una vuelta a la normalidad proyecta inevitablemente una sensación de improvisación.
La expresión «primer mundo», en cambio, pertenece a ese vocabulario televisivo que conviene mirar con cierta distancia. La precariedad, la mala gestión y los campamentos improvisados no respetan categorías geográficas. También ocurren dentro de sociedades ricas, donde precisamente resulta más visible el contraste entre recursos disponibles y respuestas insuficientes.
Un teléfono de última generación frente a una persona durmiendo sobre cartón; burocracia digital y, unos metros más allá, alguien esperando que una administración averigüe qué hacer con su vida. Ese choque entre normalidad y emergencia es el que Griso ha encontrado en El Trampolín.
Ceuta sigue buscando una normalidad que no termina de llegar
La intervención de Susanna Griso ha vuelto a colocar la crisis de Ceuta en el escaparate nacional justo cuando las televisiones recuperan su programación habitual. La ciudad, sin embargo, todavía no ha recuperado del todo la suya.
La mayoría de quienes entraron a finales de julio ya no permanece en la ciudad, se han habilitado nuevas plazas de acogida y las administraciones han desplegado recursos que no existían durante los primeros días. Esa parte también cuenta. La fotografía de Ceuta no es exactamente la misma que semanas atrás.
Pero siguen pendientes cuestiones bastante menos fotogénicas: identificar a quienes continúan en Ceuta, atender a los menores migrantes, liberar espacios públicos, garantizar la convivencia, reconstruir la actividad económica y aclarar una maraña de cifras que cambia dependiendo de quién acerque el micrófono.
La playa del Trampolín se ha convertido así en algo más que un escenario de televisión. Es la postal de una crisis que todavía busca salida. Miles de personas esperan una solución y toda una ciudad espera volver a reconocerse. En medio quedan unas instituciones obligadas a demostrar que gestionar una frontera europea significa bastante más que resistir mientras las cámaras siguen encendidas.










