Síguenos

Actualidad

¿Qué vio Pérez-Reverte en Zapatero antes del caso Tíbet?

Un viejo tuit de Pérez-Reverte sobre Zapatero vuelve como un boomerang político tras la imputación del expresidente.

Publicado

el

Zapatero se citó con un detenido de Plus Ultra

La política española tiene una facilidad casi artística para convertir una frase antigua en munición nueva. Esta vez le ha tocado a Arturo Pérez-Reverte, que no necesitó un editorial de veinte folios ni una tribuna de mármol para volver al centro de la conversación: bastó con que alguien rescatara un tuit suyo de julio de 2024, escrito cuando todavía no existía la actual sacudida judicial alrededor de José Luis Rodríguez Zapatero. En aquel mensaje, el escritor decía que, si aún fuera el reportero que fue, dedicaría una temporada a investigar el papel del expresidente en Venezuela. No era una denuncia judicial, ni una prueba, ni una sentencia. Era una intuición formulada con ese colmillo viejo de corresponsal que ha visto demasiadas alfombras levantarse solas.

El mensaje se ha hecho viral después de que la Audiencia Nacional haya situado a Zapatero como investigado en el caso Plus Ultra, dentro de la llamada operación Tíbet, una causa que indaga presuntos delitos relacionados con blanqueo de capitales, tráfico de influencias, organización criminal y falsedad documental. El expresidente está citado para declarar el 2 de junio. La palabra decisiva aquí es investigado. No condenado. No culpable. Investigado. La presunción de inocencia no es un adorno constitucional para días tranquilos, sino precisamente el cortafuegos que debe funcionar cuando el incendio político se pone vistoso.

De una sospecha literaria a una tormenta judicial

Lo llamativo no es solo que Pérez-Reverte escribiera aquel tuit. Lo llamativo es la manera en que ha regresado. Como esas botellas que el mar devuelve años después, con la sal pegada al vidrio y una nota dentro que nadie sabe si era advertencia, ironía o simple hartazgo. El autor no dijo entonces que conociera una trama. Dijo, en esencia, que le parecía periodísticamente interesante el papel de Zapatero en Venezuela. Y remató con una retirada elegante o cínica, según el lector: él ya escribía novelas, que investigaran otros.

Con Zapatero bajo el foco judicial, el tuit ha sido leído por muchos como una premonición política. Pérez-Reverte, fiel a su estilo de sable corto, respondió a esa lectura con una frase seca: “Sólo sentido común”. Ahí está el anzuelo. No presume de profeta. No se coloca la túnica de Casandra. Se limita a decir que había señales suficientes para mirar donde casi nadie quería mirar, o donde algunos miraban con demasiada cortesía.

Qué investiga realmente el caso Plus Ultra

El caso gira alrededor del rescate público de Plus Ultra, la aerolínea que recibió 53 millones de euros del fondo gestionado por la SEPI durante la pandemia. Aquel rescate ya fue polémico desde el primer minuto por el tamaño de la compañía, su peso real en el mercado y sus conexiones societarias. Ahora la investigación judicial ha ampliado el campo de visión y ha colocado en el centro no solo la ayuda pública, sino también posibles operaciones económicas vinculadas a redes internacionales, intermediaciones y relaciones con Venezuela.

El auto judicial atribuye a Zapatero un papel que, según la investigación, habría ido más allá de la simple influencia política informal. Ese es el núcleo delicado. Porque un expresidente puede opinar, mediar, asesorar, viajar, reunirse y hasta cultivar amistades incómodas. España no tiene una ley de clausura monástica para antiguos presidentes. Pero otra cosa distinta es que esas actividades puedan confundirse con intereses empresariales, puertas giratorias internacionales o mediaciones opacas. Ahí empieza el barro. Y en el barro, ya se sabe, todos dicen caminar con zapatos limpios.

El Gobierno ha reaccionado con cautela. Ha defendido la presunción de inocencia de Zapatero y ha señalado que, por ahora, hay indicios, no pruebas concluyentes. Esa distinción no es menor. En una democracia adulta, o que al menos intenta parecerlo, un auto judicial no equivale a una condena. Pero tampoco es una nota de prensa que se pueda barrer debajo de la alfombra. Lo serio exige dos movimientos a la vez: no linchar y no tapar.

Por qué Venezuela vuelve siempre al nombre de Zapatero

La conexión entre Zapatero y Venezuela lleva años generando recelos, lecturas encontradas y una incomodidad difícil de disimular incluso dentro de sectores de la izquierda española. El expresidente ha defendido durante años su papel como mediador, interlocutor y figura de diálogo en un país roto por la crisis política, económica e institucional. Sus defensores lo presentan como un puente. Sus críticos, como una sombra demasiado amable con el poder chavista. Y entre ambas versiones queda una zona gris, espesa, de viajes, reuniones, silencios y frases medidas.

Pérez-Reverte apuntó precisamente ahí. No al rescate de Plus Ultra en sentido técnico, sino al papel persistente de Zapatero en Venezuela. Esa insistencia es la que ahora da al tuit un aire incómodo. No porque demuestre nada judicialmente, sino porque condensa una pregunta que lleva tiempo flotando: qué hacía exactamente Zapatero, para quién, con qué compensaciones, bajo qué marco y con qué límites. Una pregunta sencilla, casi vulgar. De esas que a veces irritan más que un tratado entero.

En España se ha confundido con demasiada frecuencia la prudencia con el silencio reverencial. Un expresidente merece respeto institucional, sí. Pero no inmunidad narrativa. Haber ocupado la Moncloa no convierte cada paso posterior en asunto privado. La democracia liberal, cuando no se disfraza de club de antiguos alumnos, se basa también en eso: rendir cuentas incluso después de dejar el cargo.

La viralidad no prueba nada, pero revela mucho

El éxito del tuit de Pérez-Reverte dice bastante sobre el clima político actual. La gente no solo comparte una frase porque sea brillante; la comparte porque encaja con una sospecha previa, porque ordena una intuición dispersa, porque permite decir “yo también lo pensaba” sin tener que redactar una tesis. Internet funciona así: convierte el archivo en martillo. Y golpea.

Pero conviene no caer en la trampa contraria. Que un tuit parezca profético no lo convierte en prueba. Las redes tienen una memoria selectiva, casi de tahúr. Rescatan los aciertos y entierran las exageraciones, los errores, los disparos al aire. Pérez-Reverte ha opinado mucho, durante décadas, sobre política, cultura, educación, violencia, España y sus ruinas favoritas. Alguna vez acierta con precisión de francotirador. Otras, dispara con pólvora de carácter. Aquí lo relevante es que su mensaje antiguo conectaba con un asunto real que ahora ha entrado en sede judicial.

La viralidad, por tanto, no absuelve ni condena. Pero ilumina un malestar. Y ese malestar tiene que ver con una pregunta más grande que Zapatero: qué hacen los antiguos cargos públicos cuando dejan de gobernar, quién paga sus asesorías, qué puertas abren, qué intereses representan y por qué todo eso sigue regulado con una mezcla de ingenuidad, costumbre y alfombra roja.

El problema de los expresidentes en zona gris

España nunca ha resuelto del todo el estatuto moral y práctico de sus expresidentes. Tienen agenda internacional, prestigio, contactos, acceso, memoria de Estado y una capacidad de interlocución que no desaparece al entregar la cartera. Eso puede ser útil. También puede ser peligroso. El mismo capital simbólico que sirve para mediar en una crisis puede servir para abrir negocios, suavizar decisiones administrativas o vestir de diplomacia lo que quizá sea influencia privada.

El caso Zapatero reabre ese debate con una crudeza poco cómoda para todos. Para el PSOE, porque afecta a uno de sus expresidentes más reconocibles. Para el Gobierno, porque debe defender la presunción de inocencia sin parecer que blinda a los suyos. Para la oposición, porque tiene la tentación de convertir una investigación judicial en una condena política instantánea. Y para el país, porque vuelve a aparecer la sospecha de siempre: que las reglas son clarísimas para el ciudadano común y bastante más elásticas para quienes han tenido chófer, escolta y teléfono directo con medio planeta.

No hace falta caer en populismo de barra de bar para señalarlo. La regulación de las actividades posteriores de los expresidentes debería ser más precisa, más transparente y menos dependiente del decoro personal. El decoro está muy bien para una novela decimonónica. Para la vida pública hacen falta normas claras, publicables, entendibles y fiscalizables.

Zapatero, Pérez-Reverte y el extraño placer español de tener razón tarde

La figura de Pérez-Reverte funciona aquí como catalizador. No es juez, no es fiscal, no es diputado. Es un escritor con una larga biografía periodística y una voz pública áspera, a veces brillante, a veces excesiva, casi siempre incómoda. Su tuit no cambia el curso procesal del caso. Pero sí cambia el marco emocional de la conversación. Introduce la idea de que algo olía raro desde antes. Y en política, el olfato pesa mucho aunque no baste para condenar a nadie.

Zapatero, por su parte, se enfrenta a uno de los momentos más delicados de su trayectoria posterior a la Moncloa. No solo por la causa judicial, sino por el deterioro simbólico que implica verse asociado a una trama de presunto tráfico de influencias y dinero internacional. Quien fue presidente del Gobierno entre 2004 y 2011 queda ahora obligado a explicar, con detalle y sin literatura diplomática, cuál fue su papel, qué relaciones mantuvo, qué cobró, por qué conceptos y con qué límites. La transparencia no debería llegar como castigo. Pero a veces llega tarde, despeinada y por orden judicial.

En el fondo, el caso tiene algo muy español: la mezcla de política, orgullo, sarcasmo, memoria digital y sospecha retrospectiva. Un país entero mirando un tuit antiguo como quien revisa una radiografía después del dolor. “Ahí estaba”, dicen unos. “No demuestra nada”, responden otros. Ambos tienen parte de razón. El tuit estaba. Y no demuestra nada.

Cuando una frase pesa más que un comunicado

Lo que convierte este episodio en algo más que una anécdota viral es su capacidad para condensar una crisis de confianza. Pérez-Reverte no ha descubierto el caso Plus Ultra, ni ha imputado a Zapatero, ni ha aportado una prueba nueva. Ha hecho otra cosa: ha puesto una frase antigua en el centro de una incomodidad presente. Y eso, en la era de la política nerviosa, pesa más que muchos comunicados oficiales escritos con guantes de látex.

La justicia tendrá que hacer su trabajo, sin atajos ni linchamientos. Zapatero tendrá que dar explicaciones. El Gobierno tendrá que sostener la prudencia sin convertirla en parapeto. La oposición tendrá que decidir si busca verdad o simplemente espectáculo. Y los ciudadanos, que no son figurantes aunque a veces los traten como tal, tienen derecho a saber qué ocurrió con Plus Ultra, qué papel jugaron los intermediarios y hasta dónde llegó la influencia de un expresidente.

Pérez-Reverte lo ha resumido con dos palabras: sentido común. Quizá sea demasiado poco para un sumario judicial. Pero, para empezar a preguntar, a veces basta. Y en este caso las preguntas han dejado de ser literatura.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído