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¿Qué dijo Pérez-Reverte sobre el mal perder de Argentina en la final?
Pérez-Reverte incendia el debate tras la final: denuncia el mal perder de Argentina y separa la conducta de la selección del resto del país.

Arturo Pérez-Reverte ha censurado con extrema dureza el comportamiento de la selección argentina después de perder la final del Mundial 2026 ante España. El escritor habló de «zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder», aunque introdujo un matiz decisivo: aquel equipo, sostuvo, «no representó a Argentina, que es mejor que eso».
Su mensaje llegó después de una final marcada por la expulsión de Enzo Fernández, los forcejeos posteriores al pitido y el gesto de varios jugadores argentinos, que permanecieron de espaldas durante parte de la celebración española. España había ganado por 1-0 en la prórroga, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106, y conquistado así su segundo Mundial. El fútbol terminó; el ruido, no.
Pérez-Reverte no discute el resultado, discute las formas
El novelista y académico publicó su reflexión el martes 21 de julio, dos días después del partido disputado en el New York New Jersey Stadium. Comenzó pidiendo cautela —«No seamos injustos, no nos equivoquemos»— antes de cargar contra la conducta de los futbolistas y vincularla con la franja más violenta e irracional de una «cierta detestable sociedad» argentina. No extendió el reproche al conjunto del país; al contrario, trató de deslindarlo.
Ese detalle cambia el sentido de la intervención. Pérez-Reverte no afirmó que Argentina sea así, sino que la selección ofreció durante aquellos minutos la imagen de un sector social que él desprecia. Puede discutirse la amplitud del juicio, su pólvora verbal —marca de la casa— o la conveniencia de pasar del césped a la sociología nacional en apenas unas líneas. Pero reducir el mensaje a una simple arremetida contra los argentinos sería leerlo con las gafas empañadas.
El centro de su crítica fue el comportamiento posterior a la derrota, no el estilo de juego, la estrategia de Lionel Scaloni ni la legitimidad del subcampeonato. Argentina resistió durante más de cien minutos a la campeona de Europa y estuvo cerca de llevar la final a los penaltis. El problema llegó cuando la épica se quedó sin balón y empezó a pedir prestados los empujones.
La final que encendió el reproche
España y Argentina llegaron sin goles al final del tiempo reglamentario. Enzo Fernández había visto la segunda tarjeta amarilla en el minuto 90, dejando a la Albiceleste con diez jugadores para la prórroga. Ferran Torres, que había entrado desde el banquillo, resolvió el partido en el minuto 106 y entregó a España su segunda estrella mundial, 16 años después de Sudáfrica 2010.
El resultado fue estrecho; la diferencia futbolística, más visible. España llevó la iniciativa durante buena parte de la noche, mientras Argentina defendía cerca de Emiliano Martínez y buscaba sobrevivir a cada oleada. Nada ilegítimo. Las finales también se ganan cerrando puertas, achicando agua, haciendo que el reloj pese como una piedra.
La controversia nació en los últimos compases y se desbordó tras el pitido. El encuentro acumuló entradas duras, discusiones y tensión, una temperatura que el árbitro esloveno Slavko Vinčić no siempre logró enfriar. Ya terminado el partido, varios jugadores de ambos equipos quedaron atrapados en una sucesión de choques, carreras y agarrones.
Empujones, expulsión y una ceremonia incómoda
Leandro Paredes apareció en el centro de los incidentes posteriores, con enfrentamientos en los que estuvieron implicados Gavi y Eric García. También hubo roces entre miembros de los banquillos y jugadores españoles. Las imágenes recorrieron las televisiones y las redes sociales antes incluso de que España levantara la Copa.
Después llegó el gesto más simbólico. Mientras el campeón recibía el trofeo, varios futbolistas argentinos dieron la espalda al escenario. Puede interpretarse como desolación, protesta o desplante; el resultado visual fue pésimo. La televisión no suele detenerse a psicoanalizar: encuadra, transmite y deja una imagen pegada a la memoria.
No todos actuaron igual. Lionel Messi felicitó a integrantes de la selección española, una excepción que conviene recordar porque las condenas colectivas suelen ser cómodas, rápidas y bastante perezosas. Un vestuario no es una criatura con una sola cabeza. Tampoco un país de casi 50 millones de habitantes.
La investigación abierta por la FIFA
La FIFA ha abierto una investigación disciplinaria sobre los incidentes registrados después de la final. El procedimiento deberá determinar responsabilidades individuales y aclarar si corresponde imponer sanciones a futbolistas o integrantes del cuerpo técnico argentino. Hasta este 22 de julio no se había comunicado una resolución definitiva.
Gavi, uno de los jugadores involucrados, calificó lo sucedido como bochornoso, aunque se mostró contrario a castigos añadidos y prefirió rebajar la temperatura. Una reacción menos aparatosa que buena parte de la conversación pública. A veces el afectado pide calma mientras las gradas virtuales reclaman destierros, presidios y retirada del pasaporte.
Una crítica feroz, pero no contra toda Argentina
La frase de Pérez-Reverte provocó respuestas airadas en Argentina. Algunos usuarios lo acusaron de incorporarse a un supuesto coro antiargentino surgido tras la final, mientras otros compartieron su reproche a los jugadores. El debate creció porque el escritor no se limita a describir una conducta: la conecta con una parte de la sociedad. Ahí está la astilla.
Hablar del carácter de un país a partir de once hombres sudorosos, frustrados y recién derrotados es un terreno resbaladizo. También lo es fingir que los deportistas de élite no proyectan símbolos colectivos. Las selecciones visten una bandera, escuchan un himno y celebran como representantes nacionales cuando ganan. Pretender que se conviertan en modestos trabajadores particulares cuando pierden tiene algo de truco de tahúr.
Pérez-Reverte intentó resolver esa contradicción separando Argentina de la conducta de su selección. Su mensaje, pese al tono afilado, contiene una defensa del país: sostiene que es mejor que la escena ofrecida en Nueva Jersey. El golpe es duro, sí, pero no cae sobre todos. Cae sobre quienes, a su juicio, confundieron orgullo con agresividad y dolor con licencia para comportarse mal.
De los «primos hermanos» al desengaño
La posición del escritor antes de la final añade contexto. Pérez-Reverte había explicado que, si España debía perder, prefería hacerlo frente a los «primos hermanos argentinos» antes que contra Inglaterra. También escribió que «en familia las cosas son diferentes», una declaración difícil de encajar con la idea de una hostilidad previa hacia Argentina.
Su crítica nació, por tanto, del cambio entre la expectativa y lo sucedido. Veía el partido como una final entre dos países unidos por una relación histórica, cultural y lingüística compleja, llena de afectos, rivalidades y bromas de sobremesa. Terminó viendo una escena que consideró indigna de ese parentesco. Del abrazo imaginado al dedo acusador hubo 120 minutos y un gol.
Esto no convierte su juicio en indiscutible. La expresión «detestable sociedad» es deliberadamente abrasiva y corre el riesgo de alimentar generalizaciones que el propio mensaje dice querer evitar. Pérez-Reverte escribe como quien coloca una moneda sobre la mesa con una navaja: la idea se entiende, pero el filo acaba llevándose buena parte de la conversación.
El fútbol también se juega después del silbato
La derrota de Argentina fue deportiva; el daño posterior, simbólico. Nadie esperaba sonrisas de catálogo ni abrazos de anuncio publicitario después de perder un Mundial en la prórroga. Se esperaba algo más modesto: aceptar el resultado, controlar los impulsos y reconocer al campeón. Saber perder no significa no sufrir. Significa no convertir el sufrimiento en coartada.
Pérez-Reverte expresó esa idea con la contundencia habitual, quizá demasiada para quienes consideran que el lenguaje también debe saber frenar. Pero su argumento central resulta difícil de esquivar: la selección argentina ofreció en los minutos finales una imagen inferior a su historia, a sus títulos y al talento de sus futbolistas.
España se quedó con la Copa. Argentina, con un subcampeonato enorme y una fotografía amarga. Y la frase del escritor sobrevivió a ambas cosas porque tocó un nervio bastante más profundo que el fútbol: el viejo conflicto entre el orgullo y la dignidad, dos palabras que suelen caminar juntas hasta que llega una derrota.

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