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Naturaleza

Ola de calor marina: qué ocurre con peces y corales del Mediterráneo

El calentamiento repentino cambia el alimento, la reproducción y el comportamiento de numerosas especies marinas.

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Peces ola de calor marina sobre un arrecife de coral afectado por el calentamiento

El aumento repentino de la temperatura del océano puede cambiar la vida de un pez mucho antes de que aparezca una mortalidad visible. Durante una ola de calor marina, algunas especies abandonan sus áreas habituales, otras encuentran menos alimento y muchas afrontan un gasto metabólico mayor para sobrevivir. El impacto no es uniforme: depende de la intensidad del episodio, su duración, la profundidad del agua y la capacidad de cada animal para desplazarse o adaptarse.

La evidencia científica ofrece una imagen más compleja que la de un océano en el que todos los peces mueren por igual. En ciertas regiones se han observado pérdidas importantes de biomasa, mientras que en otras la abundancia apenas cambió durante el episodio. Eso no significa que el fenómeno sea inocuo. El daño puede aparecer en el crecimiento, la reproducción, la inmunidad y la red alimentaria, incluso cuando el número de peces capturados en una campaña parece estable. La señal más preocupante puede ser invisible durante años.

Qué se considera una ola de calor marina

Una ola de calor marina es un periodo de al menos cinco días consecutivos en el que la temperatura del agua supera el percentil 90 de los registros históricos de una zona y una época concretas. El umbral no equivale a una cifra fija para todo el planeta: un valor normal en el trópico puede resultar extremo en una región polar. Por eso los científicos comparan cada medición con su climatología local, no con una temperatura universal.

El episodio puede ocupar una franja costera, extenderse por cientos de kilómetros o avanzar con una corriente oceánica. También puede durar semanas, meses e incluso más de un año si las condiciones atmosféricas y marinas mantienen atrapado el calor. La superficie se calienta por la atmósfera, la falta de viento limita la mezcla con aguas profundas y las corrientes transportan masas cálidas hacia lugares donde antes predominaban temperaturas menores. La duración convierte un pico térmico en una crisis ecológica.

Estos acontecimientos se superponen al calentamiento gradual del océano. En un mar que ya parte de una temperatura más alta, un episodio extremo empuja a los animales fuera de su margen habitual de tolerancia. Fenómenos climáticos como El Niño pueden reforzar el calentamiento de amplias zonas del Pacífico, aunque también existen olas regionales provocadas por cambios persistentes en los vientos, la presión atmosférica o la circulación marina. El cambio climático no inventa todos los episodios, pero aumenta su frecuencia, extensión e intensidad.

El primer golpe ocurre dentro del organismo

La temperatura controla buena parte de la fisiología de los peces. Al subir el calor, se acelera el metabolismo y el animal necesita más oxígeno y energía para realizar las mismas funciones. Si el agua caliente contiene menos oxígeno disuelto, la presión se duplica: el pez debe gastar más mientras dispone de menos. En especies que no pueden desplazarse a aguas profundas o frías, ese desequilibrio puede traducirse en menor crecimiento, agotamiento y mayor vulnerabilidad frente a enfermedades.

El calor también modifica la digestión, la actividad muscular y la respuesta frente a estímulos. Un pez sometido a temperaturas extremas puede cambiar sus horarios de alimentación, nadar hacia otras capas del océano o reducir movimientos para ahorrar energía. El problema surge cuando esas decisiones lo alejan de sus presas, de sus refugios o de las zonas donde se reproduce. Sobrevivir a la temperatura no garantiza conservar una vida normal.

Las primeras etapas son especialmente delicadas. Huevos, larvas y juveniles tienen menos reservas, menor capacidad de desplazamiento y sistemas fisiológicos aún en desarrollo. Un episodio cálido durante esas semanas puede elevar la mortalidad, alterar el ritmo de crecimiento o producir individuos más pequeños al llegar a la edad adulta. Incluso cuando el agua vuelve a la normalidad, las consecuencias pueden persistir porque el animal perdió una ventana de desarrollo que no siempre puede recuperar.

El cambio genético que no se ve a simple vista

Una investigación experimental con lubinas europeas expuso peces recién nacidos a un aumento de 3,6 °C durante los dos primeros meses de vida. Después, los animales regresaron a temperaturas normales. Tres años más tarde mantenían modificaciones en la expresión de genes relacionados con la respuesta inmunitaria, el metabolismo y la reacción ante estímulos externos, aunque su apariencia no mostraba anomalías evidentes.

El fenómeno se relaciona con la epigenética, un conjunto de mecanismos que regula cómo se activa o se silencia la información del ADN sin cambiar necesariamente la secuencia genética. En el experimento se detectaron alteraciones en los niveles de metilación del ADN en tejidos con distintos orígenes embrionarios, incluidos el cerebro, el músculo, los testículos y el hígado. Una exposición breve durante el desarrollo dejó una huella molecular prolongada.

El hallazgo no permite afirmar que todos los peces reaccionen igual ni que cada ola de calor produzca cambios permanentes. La respuesta depende de la especie, la edad, la temperatura alcanzada y el tiempo de exposición. Sin embargo, demuestra por qué contar cadáveres ofrece una visión incompleta. Un individuo puede crecer, nadar y reproducirse con dificultades sin mostrar señales externas claras. Esas alteraciones subletales importan para la conservación y para la pesca, porque afectan el rendimiento futuro de una población.

Las marcas epigenéticas también abren una posibilidad de vigilancia ambiental. Una muestra de ADN podría ayudar a identificar si un pez estuvo expuesto a condiciones térmicas anormales durante su desarrollo, siempre que los marcadores sean validados para la especie y la región. No se trata de un termómetro perfecto, sino de una especie de registro biológico que conserva parte de la historia ambiental del animal.

El alimento cambia y la cadena se desordena

El calor altera la red alimentaria desde su base. El fitoplancton, el zooplancton y otros organismos pequeños responden a la temperatura, la luz y la disponibilidad de nutrientes. Si el calentamiento reduce la mezcla vertical, pueden llegar menos nutrientes desde las profundidades a la superficie. En otros casos proliferan organismos oportunistas que no ofrecen el mismo valor nutricional que las presas habituales. El pez no solo encuentra menos comida: puede encontrar una comida distinta.

Las olas de calor también favorecen desplazamientos masivos. Las especies de aguas frías buscan latitudes mayores o profundidades más frescas, mientras que animales de regiones cálidas avanzan hacia nuevas zonas. Esa reorganización puede crear competencia entre especies que antes apenas coincidían y dejar sin alimento a depredadores especializados. La presencia de un pez en un área no demuestra que el ecosistema esté mejor: quizá solo refleja que el animal escapó de un hábitat que dejó de ser adecuado.

Un estudio del Pacífico nororiental analizó miles de capturas científicas y comparó comunidades de peces de fondo con cientos de episodios cálidos registrados entre 1993 y 2019. No encontró una relación general y significativa entre la intensidad acumulada de esos fenómenos y la biomasa de los peces en el conjunto del hemisferio norte. El resultado es importante porque evita generalizaciones, pero no invalida los impactos locales. Una media regional puede ocultar pérdidas severas en una bahía o una pesquería concreta.

En el Golfo de Alaska se observó una pérdida del 22 % de biomasa después del episodio cálido de 2014 a 2016, mientras que el noreste de Estados Unidos registró un aumento del 70 % tras la ola de calor de 2012. Las cifras parecen contradictorias hasta considerar las corrientes, la disponibilidad de presas, la movilidad de los peces y la composición de cada comunidad. El calor puede concentrar temporalmente animales en una zona y dar la impresión de abundancia, aunque la población completa esté sometida a estrés.

El caso de The Blob y las especies atrapadas

Entre 2013 y 2016, una extensa masa de agua anormalmente cálida afectó el Pacífico nororiental. El episodio, conocido internacionalmente como The Blob, modificó la distribución de peces, aves y mamíferos marinos y alteró pesquerías de gran importancia. También coincidió con proliferaciones de algas tóxicas y con cambios en la disponibilidad de alimento, de modo que el efecto se propagó desde organismos microscópicos hasta depredadores situados en la parte alta de la red.

Uno de los cambios más llamativos fue el aumento de organismos gelatinosos llamados pirosomas. Estos animales filtradores pueden consumir grandes cantidades de plancton y, cuando se multiplican en exceso, desvían energía que antes circulaba hacia peces, aves o mamíferos. Si los depredadores locales no los comen de forma suficiente, esa energía queda prácticamente fuera del circuito alimentario habitual. El problema no es solo cuántos peces hay, sino cuánta energía llega hasta ellos.

Los desplazamientos también afectan a la pesca. Una especie puede aparecer en una zona nueva cuando las embarcaciones, las cuotas, los puertos o los mercados siguen organizados para otra distribución. El recurso existe, pero no necesariamente donde puede capturarse de forma rentable o sostenible. A la inversa, una pesquería puede mantener sus desembarques durante un tiempo consumiendo una población debilitada, hasta que el descenso reproductivo se vuelve evidente.

Reproducción, migración y supervivencia futura

El calendario reproductivo de los peces depende de señales térmicas, de la luz, de las corrientes y de la disponibilidad de alimento. Una primavera o un verano inusualmente cálidos pueden adelantar el desove, retrasarlo o separar en el espacio a los adultos y las larvas. Aunque los progenitores logren sobrevivir, sus crías pueden nacer cuando las presas adecuadas son escasas. Esa falta de sincronía es uno de los daños más difíciles de detectar en tiempo real.

La temperatura también influye en la proporción de sexos de algunas especies y en la calidad de los gametos. En peces que liberan huevos y esperma al agua, una pequeña diferencia en el momento del desove puede reducir la fecundación. En otros, el estrés térmico disminuye la inversión energética en la reproducción. Una población puede conservar adultos visibles y, aun así, estar perdiendo su próxima generación.

La migración ofrece una salida, pero no todos los animales tienen la misma capacidad. Los peces grandes y móviles pueden buscar refugios térmicos; las larvas, los juveniles y las especies asociadas a arrecifes, praderas submarinas o fondos concretos disponen de menos opciones. Además, las rutas pueden cruzar fronteras administrativas y zonas de pesca distintas. La gestión basada en mapas históricos pierde precisión cuando las especies ya no ocupan los mismos lugares.

En el Mediterráneo, el calentamiento progresivo ha facilitado la llegada de especies tropicales y subtropicales desde el mar Rojo a través del canal de Suez o desde el Atlántico por Gibraltar. Algunas barracudas han aumentado en zonas donde antes eran menos comunes, mientras que peces herbívoros invasores pueden competir con especies autóctonas y consumir algas que forman refugios para otros animales. La ola extrema acelera una transformación que el calentamiento de fondo ya había puesto en marcha.

Cuando el calor mata hábitats enteros

Los peces no viven aislados de su entorno. Si una ola de calor causa el blanqueamiento y la muerte de corales, desaparecen estructuras que ofrecen refugio, alimento y lugares de cría. La mortalidad de gorgonias, erizos, ostras y mejillones puede reducir la complejidad del fondo marino. En aguas cálidas también pueden crecer algas filamentosas que cubren organismos sésiles y dificultan su alimentación o intercambio de oxígeno.

La pérdida de hábitat tiene un efecto más duradero que el episodio térmico. Aunque la temperatura descienda después de unas semanas, un arrecife degradado o un bosque submarino de algas no se recupera de inmediato. Algunas especies necesitan años para recolonizar una superficie y otras no regresan si cambiaron las condiciones de fondo. El océano puede enfriarse antes de que el ecosistema vuelva a ser habitable.

La combinación de calor, contaminación, acidificación, pesca excesiva y enfermedades agrava el riesgo. Un pez sano puede soportar una anomalía térmica breve, pero uno que ha perdido alimento o refugio tiene menos margen. Por esa razón, las reservas marinas, la restauración de hábitats y la reducción de presiones locales no detienen por sí solas el calentamiento global, aunque sí pueden aumentar la resistencia de las comunidades ante episodios extremos.

Qué significa para la pesca y las comunidades costeras

La relación entre temperatura y capturas no es lineal. Algunas especies comerciales se concentran temporalmente y aumentan los desembarques; otras desaparecen de las zonas tradicionales o llegan en una etapa del año distinta. Un incremento puntual puede beneficiar a una flota durante una temporada y perjudicar la reproducción o la estabilidad del recurso a medio plazo. Las decisiones basadas únicamente en el volumen capturado pueden confundir una redistribución con una recuperación.

Las consecuencias alcanzan a pescadores, plantas de procesamiento, mercados y consumidores. Cuando una especie cambia de área, los costos de navegación aumentan y las comunidades con menos infraestructura quedan en desventaja. Si una pesquería colapsa, el impacto económico puede extenderse a restaurantes, comercios y empleos costeros. En sentido contrario, la llegada de una especie nueva no garantiza un beneficio: puede carecer de mercado, estar protegida o alterar el equilibrio ecológico.

La gestión necesita combinar observaciones en el mar, datos de desembarques, modelos de circulación y seguimiento biológico. Las campañas científicas son esenciales porque permiten distinguir un cambio pasajero de una tendencia real. También conviene incorporar la incertidumbre: los estudios del hemisferio norte muestran que una respuesta promedio débil no descarta efectos intensos en especies de aguas cálidas, fondos someros o regiones tropicales menos monitorizadas.

La adaptación pesquera no consiste en perseguir cada especie hasta su nueva ubicación. Requiere revisar temporadas, cuotas, zonas protegidas y reglas de captura cuando la distribución cambia, sin abrir la puerta a una explotación mayor de poblaciones ya estresadas. La flexibilidad debe ir acompañada de límites ecológicos claros.

Un océano más cálido exige mirar más allá de la mortalidad

Las olas de calor marinas no producen una única historia. En una zona pueden causar mortalidad inmediata; en otra, desplazar peces sin reducir todavía su abundancia; en una tercera, dejar alteraciones fisiológicas que solo aparecerán durante la reproducción. Esa diversidad explica por qué los resultados científicos parecen distintos entre sí. No existe una respuesta universal para todos los océanos, especies y profundidades.

La conclusión más sólida es que la temperatura extrema actúa como un multiplicador de riesgos. Cambia el metabolismo, reduce el oxígeno disponible, altera las presas, favorece invasiones y presiona los hábitats. Los peces más móviles pueden escapar, pero el desplazamiento también reorganiza comunidades completas. Los juveniles y las especies dependientes de un lugar concreto quedan expuestos a consecuencias que no se resuelven cuando el agua recupera su promedio estacional.

Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero sigue siendo la medida decisiva para limitar la frecuencia y la intensidad de estos episodios. Mientras tanto, la protección de refugios térmicos, la recuperación de arrecifes y praderas, el control de la pesca y la vigilancia genética pueden mejorar la capacidad de respuesta. El futuro de los peces dependerá tanto de la temperatura global como de la salud cotidiana de cada ecosistema.

Contar peces seguirá siendo importante, pero ya no basta. También habrá que observar su tamaño, su condición corporal, su edad, sus rutas, sus tejidos y el éxito de sus crías. El mar no siempre anuncia sus transformaciones con una superficie hirviendo: a veces las guarda en el ADN de un juvenil, en una red alimentaria que pierde energía o en una migración que empieza varios cientos de kilómetros antes de que nadie la advierta.

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