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Arteixo: ¿cómo acabó una pareja viviendo en su coche bajo la lluvia?

Juan e Isabel llevan dos semanas viviendo en un coche en Arteixo tras perder su alquiler, un caso que refleja la creciente precariedad residencial.

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una pareja viviendo dentro de su coche

Resumen

  • Juan e Isabel llevan dos semanas viviendo en un coche en Arteixo
  • Perdieron el alquiler de 400 euros tras 12 años en la misma vivienda
  • España no sabe cuántas personas duermen habitualmente en vehículos

Juan José e Isabel Otero llevan alrededor de dos semanas viviendo dentro de un coche en Arteixo, en un descampado próximo al centro médico. No están de viaje, ni hacen vida nómada, ni han elegido convertir el automóvil en una casa diminuta de esas que quedan estupendas en Instagram. Perdieron el alquiler en el que habían vivido durante 12 años y, al intentar encontrar otra vivienda, se toparon con un muro bastante menos fotogénico: precios más altos, exigencias laborales y garantías que sus ingresos no permiten superar con facilidad.

Pagaban 400 euros mensuales por su anterior vivienda. La propietaria decidió no renovarles el contrato porque quiere vender el inmueble y la pareja tuvo que marcharse. Juan está en paro e Isabel percibe una pensión de viudedad. Según han relatado, al buscar otro alquiler les exigen nóminas de entre 1.500 y 1.800 euros y, en algunos casos, al menos un año de antigüedad laboral. Resultado: pueden disponer de algunos ingresos y, sin embargo, quedarse fuera del mercado del alquiler. Ahí está precisamente la parte incómoda de la historia.

Dos semanas en un coche y la lluvia cambia casi todo

Dormir una noche en un automóvil puede ser incómodo. Hacerlo durante semanas es otra cosa. El coche se convierte simultáneamente en dormitorio, salón, refugio y almacén; cada bolsa ocupa un espacio que antes ocupaba una pierna y cualquier necesidad cotidiana —lavarse, cocinar, ir al baño— adquiere unas dimensiones absurdamente complicadas.

La llegada de la lluvia a Arteixo ha empeorado la situación. Isabel padece problemas de espalda y tiene prevista una intervención médica durante septiembre. Su marido asegura que también tiene los pies hinchados y que el frío y la humedad agravan su estado. Salir del vehículo cuando llueve supone mojarse; permanecer dentro significa pasar horas en un habitáculo pequeño donde tampoco resulta viable mantener continuamente encendida la calefacción. Un coche protege del agua, pero no sustituye una vivienda. Ni de lejos.

A eso se suma la comida. La pareja asegura haber pasado varios días alimentándose muy poco y depender en ocasiones de la ayuda de vecinos o establecimientos de la zona. Juan también ha gastado parte de sus ahorros en reparar el vehículo para superar la ITV. El automóvil, que en condiciones normales sería un bien secundario, se ha convertido en algo mucho más delicado: es el único techo que conservan.

De ahí su preocupación ante la posibilidad de que una incidencia administrativa, una avería o la retirada del vehículo los deje directamente a la intemperie. Una situación límite puede depender, de pronto, de cuatro ruedas, una batería y una inspección técnica.

De un alquiler de 400 euros a un mercado completamente distinto

El caso de Arteixo tiene un detalle fundamental. Juan e Isabel no proceden de una larga trayectoria en la calle. Habían permanecido 12 años en la misma vivienda. El salto se produce cuando desaparece ese contrato antiguo y deben regresar al mercado para buscar otro.

Y el mercado que encuentran ya no es el que conocían.

Los últimos datos disponibles del Índice de Precios de Vivienda en Alquiler del INE muestran que los alquileres subieron un 3,5% en 2024, pero esa cifra general esconde una diferencia bastante más reveladora: los contratos que ya estaban vigentes aumentaron un 2,8%, mientras que los nuevos contratos se encarecieron un 8,8%. Precisamente estos últimos son los que debe afrontar alguien cuando pierde la vivienda en la que llevaba años.

Ese salto explica parte del nuevo mapa de vulnerabilidad residencial. Ya no basta siempre con disponer de unos ingresos modestos y reservar una parte para la renta. En muchas operaciones aparecen filtros como la estabilidad contractual, la antigüedad laboral, las garantías adicionales o determinadas relaciones entre sueldo y alquiler.

Juan e Isabel cuentan que pueden abonar algunos meses, pero no superar esas barreras de acceso. El problema deja así una paradoja desagradable: tener dinero para pagar no significa necesariamente conseguir una vivienda.

El Banco de España lleva tiempo señalando el elevado esfuerzo que supone el alquiler para muchos hogares. En su Informe Anual de 2025 calcula que el 32,5% de los hogares arrendatarios analizados se encontraba en situación de sobresfuerzo, entendido como destinar más del 30% de la renta neta al pago del alquiler. La presión es mayor en determinados grupos y grandes áreas urbanas.

Detrás de los porcentajes hay decisiones bastante domésticas. Comer peor para pagar la vivienda. Retrasar una factura. Compartir piso a una edad en la que antes se vivía de forma independiente. Regresar a casa de los padres. Alquilar una habitación en vez de un apartamento. Y, en el extremo, dormir dentro de un vehículo.

Cuántas personas viven realmente en coches en España

España no dispone de una cifra oficial precisa que permita saber cuántas personas duermen habitualmente en coches. Las estadísticas de sinhogarismo incluyen esta realidad, pero suelen agruparla con otras formas de alojamiento precario.

La Encuesta a las Personas sin Hogar del INE de 2022 contabilizó 28.552 usuarios de centros asistenciales de alojamiento o restauración. De ellos, 7.277 habían pernoctado en espacios públicos o alojamientos de fortuna. Dentro de esa categoría pueden figurar lugares como portales, cajeros, vestíbulos o coches, lo que impide conocer cuántos dormían concretamente dentro de un automóvil.

Hay otra limitación relevante: aquella encuesta estudia a personas que habían utilizado determinados servicios asistenciales. Quien duerme en un coche, conserva algún ingreso, no acude a un comedor social y trata de mantener una vida aparentemente ordinaria puede quedar fuera del radar estadístico.

Es el sinhogarismo menos visible. A las siete de la mañana alguien puede guardar una manta en el maletero, lavarse en unos aseos públicos, ponerse ropa de trabajo y desaparecer entre la gente. Desde fuera no parece una persona sin hogar. Por la noche vuelve al asiento reclinado.

Los datos más recientes de centros y servicios muestran, en cualquier caso, una presión creciente sobre la red asistencial. En 2024 una media de 34.145 mayores de edad se alojó diariamente en centros de atención a personas sin hogar, un 57,5% más que en la anterior edición bienal de esta estadística. El INE contabilizó 1.376 centros y 39.888 plazas medias de alojamiento.

Son estadísticas distintas y no deben mezclarse como si midieran exactamente lo mismo, pero dibujan una realidad común: la exclusión residencial española es bastante más amplia que la imagen tradicional de una persona durmiendo sobre cartones.

FOESSA advierte de una exclusión residencial mucho más extensa

El IX Informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social describe un fenómeno que desborda el sinhogarismo más evidente. Sus datos correspondientes a 2024 sitúan en unos tres millones de personas la población afectada por fórmulas precarias de tenencia de vivienda, mientras alrededor de 3,4 millones viven en hogares con problemas de hacinamiento.

El informe también advierte de que las fuentes disponibles para medir el sinhogarismo siguen siendo incompletas. Es lógico: contar camas ocupadas en un albergue es relativamente sencillo; contar a quien pasa tres noches en un coche, otras dos en casa de un amigo y el fin de semana en una pensión barata es mucho más difícil. La estadística ve una foto; la precariedad residencial se parece más a una película.

El coche como último escalón antes de la calle

Durante años, el imaginario del sinhogarismo fue muy simple: perder la vivienda equivalía casi automáticamente a dormir al raso o acudir a un albergue. La realidad se ha llenado de zonas grises. Hay personas que alternan sofás de familiares, habitaciones temporales, pensiones, vehículos, trasteros habilitados de manera precaria o alojamientos cedidos durante algunos días.

Un coche ofrece algo que la calle no tiene: puertas que pueden cerrarse. También permite guardar objetos personales y trasladarse. Esa mínima privacidad explica por qué para algunas personas se convierte en la última frontera antes de dormir directamente en el exterior.

Pero sigue siendo una solución extrema. No hay baño, ducha, agua corriente ni una cama apropiada. En verano el habitáculo puede acumular temperaturas peligrosas; en invierno aparecen la condensación y el frío. Dormir repetidamente encogido o sobre asientos abatidos tampoco resulta inocuo para alguien con problemas musculares o de espalda.

Y hay una dimensión menos visible todavía: conservar una rutina mientras se intenta que nadie note lo que ocurre. Aparcar, dormir, despertarse pronto, ordenar el interior. Buscar un baño. Mover el coche. Repetir. La vivienda desaparece, pero las obligaciones cotidianas siguen llegando puntualmente.

Dormir en el coche no equivale automáticamente a acampar

Existe además cierta confusión sobre la legalidad de pasar la noche dentro de un vehículo. Dormir dentro de un coche correctamente estacionado no constituye por sí mismo una infracción específica de tráfico. Otra cosa son las normas que regulan dónde puede aparcarse, durante cuánto tiempo o qué actividades pueden realizarse en el exterior del vehículo.

Las ordenanzas municipales tienen competencias sobre el estacionamiento en las vías urbanas y pueden establecer restricciones. Y cuando se sacan mesas, sillas, toldos u otros elementos al exterior, la situación puede abandonar el terreno del simple estacionamiento para entrar en el de la acampada, sometida a reglas diferentes.

La DGT distingue precisamente entre permanecer dentro de un vehículo estacionado y desplegar una actividad que trasciende al exterior. La normativa sobre autocaravanas ha desarrollado con mayor detalle esa diferencia. Para una persona que duerme en un turismo convencional, sin embargo, el problema práctico suele ser menos jurídico que social: encontrar un lugar seguro donde pasar la noche sin perder el único refugio disponible.

Arteixo, una historia pequeña que retrata un problema grande

El Concello de Arteixo sostiene que sus servicios sociales mantienen contacto diario con Juan José e Isabel y que les ofrecen las ayudas que corresponden según sus circunstancias y la normativa aplicable. El Ayuntamiento también señala que sus competencias municipales en materia de vivienda son limitadas. La pareja, por su parte, considera insuficiente la respuesta y reclama una solución que les permita abandonar el coche.

Entre ambas versiones permanece la realidad física, bastante menos burocrática: dos personas duermen dentro de un automóvil.

Su historia no permite afirmar que España esté viviendo una epidemia de personas instaladas en coches; no existen datos capaces de sostener semejante afirmación. Sí permite observar algo más sólido. La frontera entre disponer de una vivienda y quedarse sin ella puede ser mucho más fina de lo que parece cuando coinciden un contrato que termina, ingresos inestables, enfermedad y un mercado de alquiler que exige garantías difíciles de reunir.

Hace doce años Juan e Isabel entraron en un piso de Arteixo. Durante años pagaron 400 euros al mes. En 2026 salen de aquel contrato y descubren que regresar al mercado no consiste simplemente en localizar otra puerta y pagar otra renta.

Entre una casa y la calle apareció un coche. Y llevan dos semanas durmiendo dentro.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.