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Economía

¿Cómo la OPV récord de SpaceX convirtió a Elon Musk en trilionario?

SpaceX sale a bolsa con una valoración colosal, convierte a Elon Musk en trilionario y sacude el mapa financiero y tecnológico internacional.

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Musk más rico que media Tierra

SpaceX ha firmado la mayor salida a bolsa de la historia y ha colocado a Elon Musk por encima de otra frontera, esta vez financiera. La compañía captó 75.000 millones de dólares, empezó a cotizar en el Nasdaq a 150 dólares y terminó su primera sesión en 160,95, un avance del 19,2% sobre el precio de colocación. Su valor bursátil quedó por encima de los 2 billones de dólares, una altitud reservada hasta ahora a un puñado de gigantes tecnológicos.

La revalorización convirtió a Musk en el primer “trilionario” del planeta, según la terminología financiera anglosajona. Dicho en castellano sin hacerle una avería al diccionario: su patrimonio estimado superó el billón de dólares, es decir, un millón de millones. No significa que guarde esa cantidad en una cuenta corriente ni que pueda gastarla mañana en cohetes, redes sociales o caprichos marcianos. La mayor parte de su fortuna son participaciones empresariales cuyo precio cambia cada día. Pero la cifra existe, aunque tenga algo de espejismo contable y bastante de poder real.

La operación también dejó una lluvia de riqueza entre empleados y antiguos trabajadores. Unos 4.400 empleados y accionistas vinculados a la plantilla pasaron a tener participaciones valoradas en más de un millón de dólares. Todo sobre el papel, claro: faltan impuestos, plazos de bloqueo, opciones todavía no ejercidas y la pequeña manía de los mercados de subir con champán y bajar sin pedir permiso.

Una OPV histórica de 75.000 millones que rompió todos los récords

SpaceX vendió 555.555.555 acciones de clase A a 135 dólares por título. La multiplicación arroja prácticamente 75.000 millones, casi tres veces la cantidad obtenida por Saudi Aramco en su salida a bolsa de 2019, que conservaba hasta ahora el récord mundial. Una empresa nacida para abaratar lanzamientos espaciales terminó recaudando en una noche más dinero que el producto interior bruto anual de decenas de países.

En España se habla habitualmente de OPV para referirse a cualquier estreno bursátil, aunque la etiqueta técnica merece un matiz. Como SpaceX emitió acciones nuevas y el dinero entró en la compañía, la operación se parece más a una oferta pública de suscripción que a una venta clásica de títulos propiedad de accionistas antiguos. En Estados Unidos basta con IPO, tres letras capaces de vestir con cierta elegancia una gigantesca petición de dinero.

El valor inicial de la empresa fue de aproximadamente 1,77 billones de dólares al precio de colocación. Al comenzar la negociación a 150 dólares, esa cifra se acercó a 1,96 billones. Durante la sesión, las acciones alcanzaron un máximo de 176,52 dólares, más de un 30% por encima del precio inicial, y la capitalización llegó a rondar los 2,3 billones. Finalmente, el título cerró en 160,95 dólares y dejó la valoración alrededor de 2,1 billones.

Esa sucesión de cifras explica por qué algunas informaciones hablan de 1,77 billones, otras de 2 billones y otras de más de 2,1. No hay necesariamente contradicción. El primer dato corresponde al precio fijado para la oferta; el segundo, al arranque de la cotización; el tercero, al cierre. La Bolsa es una fotografía que cambia mientras se revela.

SpaceX todavía podría captar más. Los bancos colocadores disponen de una opción de sobreasignación, conocida como greenshoe, que permite comprar hasta unos 83 millones de acciones adicionales a 135 dólares durante los primeros 30 días. Si se ejerce por completo, la recaudación aumentaría en unos 11.200 millones y superaría los 86.000 millones de dólares.

Este mecanismo sirve para contener sacudidas extremas durante las primeras semanas. Si la demanda sigue siendo feroz, los bancos adquieren las acciones adicionales directamente a SpaceX. Si el precio cae por debajo de 135 dólares, pueden comprar títulos en el mercado para cerrar sus posiciones y sostener la cotización. No es una red de seguridad perfecta, pero sí un amortiguador bursátil. Hasta los cohetes llevan sistemas de estabilización; Wall Street no iba a ser menos.

La demanda previa superó ampliamente la oferta. Los inversores particulares presentaron órdenes por unos 100.000 millones de dólares, aunque recibieron aproximadamente el 20% de las acciones colocadas, cerca de 15.000 millones. Fondos de inversión, gestoras, fondos soberanos y grandes patrimonios se quedaron con la mayor parte. El estreno fue espectacular, pero apenas fue eso: el primer día. La evolución de SpaceX stock tras su OPV récord dependerá de beneficios, promesas cumplidas y una paciencia que en Bolsa suele durar menos que un lanzamiento orbital.

Cómo el patrimonio de Elon Musk superó el billón de dólares

El patrimonio de Elon Musk creció porque conserva alrededor del 42% del capital económico de SpaceX. La subida bursátil elevó automáticamente el valor atribuido a esa participación, que llegó a superar los 870.000 millones de dólares durante la jornada. A esa cifra se suman sus acciones y opciones en Tesla, además de participaciones en Neuralink, The Boring Company y otras sociedades.

Las estimaciones situaron su riqueza total en una horquilla aproximada de 1,1 a 1,16 billones de dólares después del estreno. La diferencia depende del momento exacto de la cotización, de cómo se valoren sus empresas no negociadas y del descuento aplicado a activos difíciles de vender. Las clasificaciones de grandes fortunas parecen tablas exactas, con sus números bien alineados, pero en realidad contienen bastante cocina financiera.

Musk no recibió cientos de miles de millones en efectivo. No tuvo que vender una sola acción para aparecer más rico. Simplemente, el mercado decidió que cada porción de SpaceX valía mucho más y ese nuevo precio se aplicó al enorme paquete que mantiene. Es riqueza patrimonial, no liquidez. Si intentara venderla de golpe, el precio probablemente caería y la cifra se desharía como una huella sobre polvo lunar.

Aun así, la distinción no debe utilizarse para restar importancia al fenómeno. Las acciones pueden servir como garantía para obtener préstamos, financiar adquisiciones, negociar con gobiernos o reforzar el control sobre otras compañías. Una fortuna de esta escala permite convertir patrimonio bursátil en capacidad política, tecnológica e industrial. Musk no tiene un billón de dólares en billetes; tiene algo quizá más influyente: activos con los que puede mover capital ajeno.

El salto resulta todavía más llamativo al recordar que SpaceX comenzó en 2002 con parte del dinero obtenido por Musk tras la venta de PayPal. Su inversión inicial fue enorme para cualquier mortal, pero diminuta frente al valor alcanzado 24 años después. El mercado ha terminado premiando una combinación peculiar: ingeniería brillante, contratos públicos, tolerancia al fracaso, jornadas laborales durísimas y una habilidad casi teatral para vender el futuro antes de construirlo.

La magnitud de esa fortuna plantea también una cuestión democrática. Nunca una sola persona había concentrado tanta riqueza empresarial calculada a precios de mercado. Musk controla infraestructuras de comunicaciones, lanzamientos espaciales, sistemas de inteligencia artificial y una red social con influencia política global. La OPI de SpaceX hace a Musk más rico que casi media humanidad, una comparación que no es solo llamativa: retrata la creciente distancia entre el poder privado y las instituciones encargadas de regularlo.

Su ascenso también reabre el debate sobre los impuestos a las grandes fortunas. Una parte sustancial del patrimonio de Elon Musk no se considera ingreso hasta que vende acciones, de manera que puede aumentar durante años sin generar una factura fiscal equivalente. No es una anomalía diseñada exclusivamente para él, sino una característica del sistema. La diferencia es la escala: cuando los números se cuentan en billones, hasta una norma corriente adquiere proporciones de ciencia ficción.

Los 4.400 empleados millonarios y la letra pequeña

La salida a bolsa ha convertido en empleados millonarios, al menos contablemente, a unos 4.400 trabajadores y antiguos miembros de la plantilla que recibieron acciones u opciones como parte de su remuneración. Cerca de 400 tendrían participaciones valoradas en más de 100 millones de dólares. En el grupo aparecen directivos, ingenieros, técnicos, soldadores, cocineros y personal que aceptó durante años una parte del sueldo en títulos de una empresa privada.

La imagen es poderosa: personas que llegaron a Starbase con una nómina corriente y despertaron con siete cifras en su cartera. Pero la fortuna no cae como confeti desde el techo del Nasdaq. Muchas acciones están sujetas a periodos de bloqueo durante los cuales no pueden venderse. Las opciones exigen pagar un precio de ejercicio. Después llegan los impuestos y, por supuesto, la cotización puede retroceder antes de que el propietario tenga libertad para vender.

El resultado dependerá también de cuánto tiempo permaneció cada empleado en la empresa y de cuántas acciones recibió. Un ingeniero incorporado en los primeros años puede poseer un paquete enorme después de sucesivas revalorizaciones. Alguien contratado recientemente quizá apenas supere el umbral del millón, una cantidad formidable, aunque no necesariamente suficiente para retirarse a los 30 años en California o Texas.

SpaceX utilizó las acciones para atraer talento cuando no podía competir siempre con los salarios de las grandes tecnológicas. Era una apuesta compartida: la empresa ahorraba efectivo y el trabajador aceptaba una parte del riesgo. Durante años, esas participaciones tenían una liquidez limitada, aunque SpaceX organizaba ventas privadas periódicas. La Bolsa abre ahora una puerta mucho más ancha.

La riqueza puede producir un efecto secundario interesante. Silicon Valley conoce bien las llamadas mafias empresariales: grupos de antiguos empleados que, tras enriquecerse, financian o fundan nuevas compañías. PayPal generó una de las más famosas. SpaceX podría alumbrar otra, centrada en cohetes, satélites, defensa, energía, robótica e inteligencia artificial. Parte del dinero que sale de una empresa termina sembrando a sus futuros competidores. El capitalismo, cuando funciona, también practica cierta forma de canibalismo creativo.

La concentración geográfica tendrá consecuencias en lugares como Brownsville y Starbase, en Texas, donde trabajan miles de personas. Nuevas viviendas, negocios, inversiones y fortunas convivirán con una población que no participa necesariamente de esa riqueza. El cohete despega para todos los que miran; los dividendos, como suele ocurrir, tienen una lista de pasajeros bastante más corta.

Tampoco todos los trabajadores contemplarán sus acciones del mismo modo. Algunos venderán en cuanto puedan para comprar una vivienda, pagar deudas o asegurar la jubilación. Otros mantendrán los títulos esperando nuevas subidas. La decisión financiera se mezclará con algo más íntimo: desprenderse de una participación en la empresa a la que se han entregado años puede sentirse como vender un trozo de biografía.

Qué hay dentro de SpaceX: Starlink gana y la IA quema capital

El inversor no ha comprado únicamente una empresa de cohetes. La SpaceX que llega al Nasdaq es un conglomerado tecnológico con tres grandes motores: el negocio espacial, la conectividad de Starlink y la inteligencia artificial incorporada tras la compra de xAI. Dentro de esta última órbita aparecen Grok y la plataforma X.

En 2025, el grupo registró ingresos consolidados de 18.674 millones de dólares. Starlink y el resto del área de conectividad aportaron 11.387 millones y obtuvieron un beneficio operativo de 4.423 millones. Es la parte del negocio que ya genera caja y sostiene buena parte del relato financiero. Millones de clientes pagan por internet vía satélite en hogares, aviones, barcos, explotaciones agrícolas y zonas donde tender fibra resulta caro o directamente absurdo.

El segmento espacial facturó 4.086 millones, pero registró una pérdida operativa de 657 millones. El desarrollo de Starship absorbió unos 3.004 millones en investigación y desarrollo durante el año. Falcon 9 es una máquina comercial extraordinariamente afinada; Starship sigue siendo una promesa monumental que explota, aprende, vuelve a despegar y consume dinero con la misma facilidad con la que consume combustible.

La inteligencia artificial aportó unos 3.201 millones de ingresos, pero perdió 6.355 millones a nivel operativo. La cifra explica buena parte del déficit consolidado y del apetito de SpaceX por captar capital. Construir centros de datos, comprar procesadores avanzados, asegurar electricidad y entrenar modelos como Grok exige inversiones gigantescas. Durante 2025, el gasto de capital del área de IA alcanzó 12.727 millones; el de conectividad, 4.178 millones; el espacial, 3.832 millones.

Sumados, son más de 20.700 millones de dólares de inversión en un solo año. En el primer trimestre de 2026, el grupo gastó otros 10.100 millones aproximadamente. La OPV no se organizó para decorar el balance ni para celebrar que Marte queda lejos. SpaceX necesita financiar una estructura industrial que devora acero, chips, energía, satélites, antenas y talento especializado.

El dinero captado se destinará principalmente a ampliar la infraestructura informática para IA, mejorar las instalaciones y vehículos de lanzamiento y aumentar la capacidad de las constelaciones de satélites. También habrá fondos para usos corporativos generales, una expresión deliberadamente ancha que permite mover capital allí donde aparezca el siguiente incendio. O la siguiente oportunidad.

La apuesta más audaz consiste en desplegar satélites capaces de realizar computación para inteligencia artificial en órbita desde 2028. SpaceX sostiene que la energía solar disponible en el espacio y su experiencia fabricando y lanzando satélites pueden reducir algunos costes de los centros de datos terrestres. Suena a ciencia ficción, porque en buena medida todavía lo es. Refrigerar equipos, protegerlos de la radiación, reemplazar componentes y transmitir cantidades masivas de datos siguen siendo desafíos colosales.

Los centros de datos orbitales podrían convertirse en una nueva industria o en uno de esos proyectos que resultan magníficos dentro de una presentación y terriblemente incómodos cuando aparece la factura. La idea tiene lógica física: abundante energía solar, grandes superficies disponibles y menor presión sobre el suelo terrestre. También tiene una lista de obstáculos técnicos que ocuparía varias órbitas.

De tres cohetes fallidos a dominar los lanzamientos comerciales

SpaceX nació en marzo de 2002 con una idea que parecía insolente: construir cohetes privados más baratos, reutilizables y capaces de llevar algún día seres humanos a Marte. El primer Falcon 1 despegó en 2006 y fracasó. El segundo también. El tercero, otra vez. Para 2008, la empresa estaba cerca de quedarse sin dinero y Musk reconocería después que apenas podía financiar un intento más.

El cuarto lanzamiento, en septiembre de 2008, logró alcanzar la órbita. Fue el primer cohete de combustible líquido desarrollado por una empresa privada que lo conseguía. Tres meses después llegó un contrato de la NASA para transportar carga a la Estación Espacial Internacional. Aquel acuerdo no fue una propina pública a un emprendedor simpático: evitó probablemente la desaparición de SpaceX.

En 2012, una cápsula Dragon se convirtió en la primera nave privada que se acoplaba a la estación. En 2015, un Falcon 9 regresó y aterrizó verticalmente después de colocar una carga en órbita. Ese momento cambió la economía espacial. Los cohetes habían sido hasta entonces objetos desechables carísimos; recuperarlos permitía imaginar una frecuencia de lanzamientos mucho mayor y precios más bajos.

Falcon Heavy debutó en 2018 con un Tesla Roadster y el maniquí Starman como carga publicitaria. Un año después comenzaron los despliegues de Starlink. En 2020, Crew Dragon devolvió a Estados Unidos la capacidad de enviar astronautas desde su territorio. SpaceX dejó de ser la compañía pintoresca de un millonario para convertirse en una infraestructura esencial para la NASA, el Pentágono, empresas de telecomunicaciones y usuarios de medio planeta.

No todo fue una marcha triunfal. Cohetes y cápsulas explotaron durante pruebas. Starship sufrió fallos en vuelo, retrasos y críticas ambientales. La nave elegida por la NASA para su programa lunar acumula dificultades y todavía debe demostrar que puede repostar en órbita, aterrizar con seguridad y despegar de nuevo. A veces, el lema de aprender destruyendo prototipos funciona; otras, simplemente produce una nube muy cara.

En febrero de 2026, SpaceX adquirió xAI en una operación valorada en 250.000 millones de dólares. La compañía dejó de ser solamente el fabricante de Falcon, Dragon y Starlink. Pasó a integrar inteligencia artificial, redes sociales, centros de datos y proyectos de computación orbital. Esa transformación explica tanto la salida a bolsa como sus riesgos: Musk ha colocado bajo un mismo techo negocios extraordinarios, heterogéneos y hambrientos de capital.

Una acción que vende el futuro a cien veces los ingresos

Una valoración cercana a 2 billones de dólares frente a 18.674 millones de ingresos supone pagar alrededor de 100 veces las ventas anuales. Es un múltiplo excepcional incluso para una empresa tecnológica con crecimiento rápido. El comprador no está valorando únicamente lo que SpaceX hace; está pagando por varias industrias que todavía deben existir.

El argumento optimista resulta reconocible. Starlink crece, posee una red difícil de copiar y genera beneficios operativos. Falcon 9 domina los lanzamientos comerciales. Los contratos gubernamentales ofrecen ingresos estables. Starship, si alcanza una reutilización completa, podría reducir radicalmente el coste de poner masa en órbita. La integración con IA abriría mercados de computación, datos y defensa. En esa narración, SpaceX no es una empresa: es la autopista de peaje del futuro espacial.

La lectura escéptica empieza en el mismo lugar. Starship sufre retrasos. La IA consume miles de millones. Los centros de datos orbitales no tienen aún una economía probada. Las misiones a la Luna y Marte requieren tecnologías que no existen a escala comercial. Las autorizaciones de lanzamiento, el espectro radioeléctrico, las tensiones geopolíticas y la dependencia de contratos federales añaden capas de incertidumbre.

También preocupa el reducido capital disponible en Bolsa. SpaceX colocó alrededor del 5% de sus acciones, una proporción pequeña para una empresa de este tamaño. La escasez inicial puede sostener el precio, pero también amplificar las oscilaciones. Cuando terminen los periodos de bloqueo y empleados o inversores antiguos puedan vender, aumentará la oferta. La gravedad acaba apareciendo incluso en Wall Street.

La estructura de gobierno concede a Musk un poder extraordinario. Posee aproximadamente el 42% del capital, pero controla cerca del 82% de los derechos de voto tras la operación. Las acciones de clase B disponen de diez votos por título, frente a uno para las acciones de clase A adquiridas por el público. Musk seguirá siendo presidente, consejero delegado y director tecnológico. El inversor minoritario podrá acompañar el viaje; decidir el rumbo, bastante menos.

La compañía también ha limitado determinadas vías de reclamación judicial mediante cláusulas de arbitraje obligatorio y restricciones a las demandas colectivas. SpaceX está constituida en Texas y se acoge a un marco favorable a las sociedades controladas por sus fundadores. El mensaje al accionista es transparente, casi brutal: se compra una participación económica, no una porción equivalente de poder.

En el escenario más favorable, Starlink mantiene su expansión, Starship alcanza una cadencia elevada de vuelos y la infraestructura de inteligencia artificial comienza a generar ingresos suficientes para compensar su consumo de capital. SpaceX podría justificar parte de la valoración mediante el dominio simultáneo del lanzamiento, la conectividad y la computación. No sería barato, pero tampoco sería la primera vez que una empresa de Musk desafía durante años los cálculos tradicionales.

Un escenario intermedio traería crecimiento real acompañado de una cotización muy volátil. La empresa avanzaría, aunque no tan deprisa como descuentan los inversores. Cualquier explosión de Starship, retraso regulatorio, fallo de Starlink o aumento del gasto podría provocar correcciones fuertes. Después llegaría otro anuncio grandioso y el título volvería a despegar. Tesla ha enseñado que el universo Musk rara vez cotiza en línea recta.

La posibilidad negativa es menos cinematográfica. La competencia en IA reduce márgenes, Starship necesita más años y dinero, el mercado se cansa de pagar por beneficios lejanos y la acción pierde una parte importante de su valor. Una empresa excelente puede ser una inversión mediocre cuando el precio incorpora demasiados milagros por adelantado.

La OPV servirá además como referencia para futuras salidas a bolsa de grandes compañías tecnológicas. Si SpaceX mantiene su valoración, Wall Street interpretará que existe apetito para operaciones enormes. Si tropieza, los bancos deberán rebajar precios y expectativas. El análisis sobre qué esconde la OPV de SpaceX ayuda a entender por qué el estreno trasciende a una sola compañía y puede condicionar el calendario bursátil del sector tecnológico.

También circula la hipótesis de que SpaceX pueda absorber algún día Tesla. No existe un plan oficial anunciado. La estructura de voto de Musk facilitaría una operación corporativa de gran tamaño, pero de ahí a una fusión hay un sistema solar. Tesla tiene accionistas, obligaciones y problemas propios; SpaceX acaba de estrenar traje bursátil. Conviene separar la posibilidad jurídica del hecho empresarial.

Wall Street ya ha comprado Marte; falta construirlo

SpaceX ha conseguido algo más difícil que lanzar un cohete: convencer al mercado de que valore conjuntamente negocios presentes, tecnologías inmaduras y territorios económicos que todavía no existen. Starlink aporta clientes y beneficios operativos. Falcon 9 ofrece una ventaja probada. Starship promete cambiar la escala. La inteligencia artificial y los centros de datos orbitales añaden otra capa, enorme, cara y nebulosa.

La salida a bolsa demuestra que los inversores siguen dispuestos a pagar por una visión industrial cuando esa visión tiene detrás logros verificables. Musk exagera, provoca y convierte cada presentación en una mezcla de ingeniería, mitología personal y espectáculo. Pero sus cohetes vuelan, sus cápsulas transportan astronautas y sus satélites dan conexión a millones de usuarios. No todo es humo; el problema es calcular cuánto vale el fuego.

Los 75.000 millones recaudados proporcionan a SpaceX combustible financiero para varios años de expansión. También someten a la compañía a una nueva disciplina: resultados trimestrales, accionistas impacientes, analistas y una cotización visible cada segundo. Musk quiso proteger durante años sus proyectos espaciales de la mirada cortoplacista de la Bolsa. Finalmente ha invitado a Wall Street a subir a bordo.

El mercado ha respondido con entusiasmo. Ha convertido a miles de empleados en millonarios, ha elevado a Elon Musk por encima del billón de dólares y ha valorado una empresa con pérdidas como una de las mayores del planeta. Todo en una sesión. Una jornada capaz de mezclar ingeniería aeroespacial, concentración de riqueza y especulación con la naturalidad de quien mezcla hielo en un vaso.

La parte fácil, curiosamente, ya está hecha. El dinero ha llegado. SpaceX debe demostrar ahora que una valoración situada más allá de los 2 billones no es solo la primera colonia humana construida en el aire.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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