Salud
¿La OMS está enferma? Anuncia agujero financiero y recortes
La OMS afronta un agujero de 500 millones y también el recorte de 1300 empleos tras la salida de EEUU, con grave impacto en la salud mundial. La Organización Mundial de la Salud atraviesa uno de los mayores baches financieros de su historia reciente.

Foto de Yann Forget, CC BY-SA 3.0.
La OMS afronta un agujero de 500 millones y también el recorte de 1300 empleos tras la salida de EEUU, con grave impacto en la salud mundial.
La Organización Mundial de la Salud atraviesa uno de los mayores baches financieros de su historia reciente. La combinación de un agujero de 500 millones de dólares en sus cuentas y la eliminación de 1.282 puestos de trabajo ha obligado a replantear prioridades, ajustar programas y revisar qué puede y qué no puede seguir haciendo un organismo que coordina desde Ginebra gran parte de la respuesta sanitaria mundial. Lo que sucede en sus pasillos no es un asunto interno de funcionarios: condiciona campañas de vacunación, vigilancia de brotes, regulaciones sanitarias y apoyo técnico a decenas de países con sistemas de salud frágiles.
El detonante principal está claro. La anunciada salida de Estados Unidos de la OMS, decisión comunicada tras la llegada de Donald Trump de nuevo a la presidencia estadounidense, ha dejado a la agencia sin un contribuyente que aportaba casi una quinta parte de su presupuesto. A esa retirada se suman los recortes de otros países donantes y la prolongada dependencia de un puñado de grandes financiadores. Resultado: menos recursos, menos personal y un presupuesto para 2026-2027 reducido de 5.300 millones de dólares a 4.200 millones, justo cuando la agenda sanitaria global sigue marcada por pandemias, crisis climáticas y conflictos.
Ajuste sin precedentes en la sede de Ginebra
El director general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha puesto cifras y rostro a la crisis ante los delegados de los Estados miembros reunidos en Ginebra. De una plantilla global de unas 9.000 personas, la organización suprime 1.282 puestos, un recorte que se ha intentado presentar como la opción “menos dañina” dentro de un escenario de recortes inevitables. Tedros ha admitido que los primeros cálculos internos hablaban de hasta 2.900 despidos, casi un tercio de la estructura, si no se encontraba una fórmula más gradual.
Para evitar ese escenario extremo, la dirección ha optado por una combinación de medidas: no renovar contratos temporales a su vencimiento, incentivar jubilaciones anticipadas y facilitar salidas voluntarias con condiciones algo más favorables. Es decir, menos cartas de despido directo y más goteo de plazas que se van extinguiendo. Sobre el papel, el enfoque reduce el conflicto laboral y permite planificar las salidas. En la práctica, deja departamentos enteros con huecos difíciles de cubrir y procesos que se ralentizan, porque muchas de esas personas ocupaban posiciones clave en áreas técnicas.
El mensaje oficial insiste en que se ha intentado “proteger” los equipos vinculados a las emergencias sanitarias y a las funciones esenciales del mandato de la OMS. Sin embargo, con una reducción equivalente aproximadamente a una séptima parte de la plantilla, ese objetivo tiene límites. Cada salida implica redistribuir tareas, reorganizar equipos y renunciar a parte de la capacidad de reacción. La agencia ya venía tensionada tras los años de pandemia, con muchos contratos creados para reforzar la respuesta a la covid-19 que se habían prolongado precisamente para no perder capacidades de vigilancia, logística o regulación de productos sanitarios. Ahora, una parte importante de ese refuerzo desaparece.
Otro elemento que preocupa en Ginebra es la pérdida de experiencia acumulada. No es lo mismo suprimir un puesto recién creado que dejar marchar a epidemiólogos, especialistas en vacunación, expertos en salud ambiental o coordinadores de programas que llevan años siguiendo de cerca determinados países o enfermedades. Ese capital humano no se recupera de un día para otro. Requerirá, si la situación mejora en algún momento, nuevos procesos de contratación, tiempo de adaptación y formación. Y mientras tanto, las decisiones se tomarán con menos ojos expertos sobre la mesa.
El impacto es desigual según las regiones. Además de la sede central, las oficinas regionales —especialmente en África y en el Mediterráneo Oriental, donde la OMS desempeña un papel de apoyo directo a ministerios de salud con recursos limitados— se ven obligadas a reestructurar sus equipos. En algunos países, los profesionales de la organización son quienes ayudan a montar campañas de vacunación, supervisan la vigilancia de enfermedades como el cólera o el sarampión y actúan como puente con laboratorios de referencia. La reducción en el personal de campo se traducirá en menos visitas, menos acompañamiento y, previsiblemente, menos capacidad para detectar problemas a tiempo.
De casi 2.900 despidos a 1.282 salidas
Los detalles del ajuste muestran hasta qué punto la OMS ha intentado frenar el golpe sin dejar de cuadrar las cuentas. Inicialmente, los servicios financieros alertaron de que el agujero provocado por la retirada de Estados Unidos y por la ralentización o recorte de aportaciones de otros socios obligaría a un recorte cercano a 2.900 puestos para mantener el equilibrio presupuestario. Esa cifra, puesta sobre la mesa, generó alarma entre los Estados miembros y dentro de la propia casa, donde los sindicatos advirtieron de que el organismo quedaría prácticamente irreconocible.
A partir de ahí comenzaron las negociaciones internas. Departamentos y divisiones presentaron propuestas de ahorro, se revisaron contratos de consultoría, se congelaron nuevas incorporaciones y se hizo un inventario de plazas que podían extinguirse mediante jubilaciones o no renovaciones sin paralizar de inmediato funciones críticas. El resultado final, los 1.282 empleos eliminados, refleja ese proceso de poda selectiva. Aun así, la propia dirección reconoce que algunos servicios quedarán en modo mínimo durante los próximos dos años.
Tedros ha insistido en que el personal “no son estadísticas sino personas con vidas, familias y carreras” y ha repetido que se ha intentado tratar a todos “con dignidad y respeto”. No es solo una frase amable: en un mercado laboral muy especializado, la forma en que la OMS gestiona una reducción de plantilla de este calibre influye en su capacidad para atraer talento en el futuro. Si el organismo es percibido como un lugar inseguro, en el que los cambios políticos pueden dejar proyectos y carreras en el aire, muchos profesionales se lo pensarán dos veces antes de incorporarse.
Un agujero de 500 millones en la financiación
El origen de la crisis está en la estructura misma de la financiación de la OMS. Aunque pueda imaginarse lo contrario, el grueso del presupuesto no procede de una gran cuota fija y previsible de los países miembros. La parte verdaderamente estable —las llamadas contribuciones señaladas u obligatorias— apenas ronda una décima parte del total de ingresos. El resto se compone de aportaciones voluntarias, muchas de ellas condicionadas a proyectos concretos o a prioridades marcadas desde los despachos de los principales donantes.
Ese modelo funciona mientras haya un clima político favorable al multilateralismo sanitario y los grandes contribuyentes mantengan sus compromisos. El problema es que la dependencia de unos pocos hace que cualquier giro brusco se convierta en un temblor. Estados Unidos, que en los últimos años aportaba casi una quinta parte del presupuesto de la OMS, ha pasado de presentarse como socio central a anunciar su retirada y congelar prácticamente sus transferencias. La cifra que desaparece supera los 500 millones de dólares, suficientes para vaciar de golpe una parte nada menor del plan de trabajo.
A la decisión de Washington se suman ajustes discrecionales de otros socios. Algunos gobiernos han reducido sus donaciones voluntarias alegando presiones de gasto internas; otros simplemente retrasan pagos previsto para este bienio o para el siguiente. Todo esto ocurre mientras la organización lleva años insistiendo en que necesita estabilizar su financiación, reducir la proporción de dinero condicionado y aumentar el peso de las cuotas básicas. El propio Tedros ha reiterado que las contribuciones voluntarias representan casi el 90 % de los ingresos totales, una proporción que obliga a ir encadenando rondas de promesas y conferencias de donantes.
En la primavera de este año, la Asamblea Mundial de la Salud aprobó un presupuesto revisado para el periodo 2026-2027 que baja de los 5.300 millones inicialmente planteados a 4.200 millones de dólares. Esa reducción no responde a una caída de necesidades, sino a un ejercicio de realismo: si no entra más dinero, no se puede seguir prometiendo el mismo nivel de actividad. Sobre la mesa quedan aparcadas, por ahora, algunas de las aspiraciones de reforma que se discutían desde la pandemia, como aumentar de manera sustancial el porcentaje de ingresos procedentes de contribuciones obligatorias.
La situación tiene otro efecto colateral. El espacio que dejan las aportaciones públicas tienden a ocuparlo cada vez más fundaciones privadas y alianzas internacionales, que financian programas específicos con objetivos muy marcados. Su dinero es bienvenido y ha permitido lanzar iniciativas importantes, pero, de nuevo, refuerza la lógica de proyectos parcelados: hay fondos para determinadas prioridades —por ejemplo, para vacunas concretas o enfermedades muy visibles—, mientras que otras líneas de trabajo menos “atractivas” para los donantes pasan a un segundo plano.
Programas, regiones y servicios bajo presión
El recorte de personal y la reducción del presupuesto no afectan por igual a todas las áreas de la OMS. En la categoría de “intocables” figuran las funciones más directamente asociadas al mandato central de la organización: la coordinación de emergencias de salud pública, la vigilancia internacional de enfermedades y la emisión de recomendaciones y normas técnicas que sirven de referencia global. Sin embargo, incluso esos ámbitos prioritarios se verán obligados a hacer más con menos.
En el campo de las emergencias sanitarias, la OMS había reforzado sus equipos después del golpe de la covid-19, con estructuras específicas para detectar señales tempranas de nuevos patógenos, revisar planes de preparación nacionales y coordinar despliegues rápidos de expertos cuando un brote se descontrola. Varios de los contratos ligados a esa expansión estaban financiados precisamente con aportaciones excepcionales de algunos grandes donantes, entre ellos Estados Unidos. Su retirada obliga a replantear el tamaño y el alcance de esos equipos. Habrá menos capacidad para enviar personal sobre el terreno, menos margen para mantener misiones largas y, seguramente, más dependencia de acuerdos puntuales con otros organismos.
En las enfermedades transmisibles clásicas —tuberculosis, malaria, VIH, polio—, el impacto se parece más a una erosión lenta que a un corte brusco. Muchos programas se sostienen mediante una combinación de fondos procedentes de la OMS, del Fondo Mundial, de alianzas como Gavi y de aportaciones bilaterales. Pero la agencia con sede en Ginebra es la que coordina la elaboración de guías clínicas, la actualización de estrategias y el apoyo técnico a los países para aplicar esas recomendaciones. Con menos epidemiólogos, menos especialistas en programas y menos personal administrativo, las revisiones de protocolos pueden tardar más, y cada misión de asesoría tendrá que priorizar aún más qué países visita y durante cuánto tiempo.
Hay otra lista de áreas que en los últimos años habían ganado protagonismo y que ahora se encuentran en una posición delicada: salud mental, impacto del cambio climático en la salud, salud digital y regulación de nuevas tecnologías sanitarias. Son frentes que la OMS intentaba integrar mejor en su agenda, trasladando la idea de que la salud global no es solo infecciones y quirófanos, sino también bienestar psicológico, contaminación, olas de calor o uso de algoritmos en la medicina. Al no tratarse de emergencias visibles a corto plazo en la misma medida que un brote epidémico, corren el riesgo de ser las primeras víctimas cuando hay que recortar.
Más allá de los contenidos técnicos, la reducción de plantilla afecta a la capacidad de comunicación de la organización. Durante la pandemia se evidenció que el combate contra la desinformación es un frente tan relevante como el desarrollo de vacunas o tratamientos. La OMS había construido equipos específicos para vigilar rumores, producir materiales comprensibles y asesorar a gobiernos sobre cómo comunicar riesgos sin alimentar el pánico. Esa capacidad, en parte, depende de personal estable con experiencia en comunicación de crisis. Si los equipos se achican, habrá menos presencia en redes, menos materiales traducidos y menos apoyo a los países con menos recursos.
Emergencias sanitarias y vigilancia internacional
El sistema de alerta temprana de la OMS se basa en una red de oficinas de país, puntos focales nacionales y centros de referencia que comparten información sobre posibles amenazas: un grupo de neumonías extrañas, una fiebre hemorrágica en una región remota, un aumento inusual de casos de gripe o de diarreas graves. Cuando una señal se considera preocupante, la organización moviliza expertos para evaluar la situación, coordinar pruebas de laboratorio, proponer medidas de control y, si es necesario, convocar al comité de emergencia que puede declarar una emergencia de salud pública de importancia internacional.
Todo ese proceso requiere personal especializado y disponible. Con menos epidemiólogos y menos expertos en operaciones de emergencia, la respuesta puede volverse más lenta o más selectiva. Es probable que la OMS tenga que concentrarse solo en los episodios con mayor potencial de descontrol, dejando otros brotes en manos casi exclusivas de las autoridades nacionales. En la práctica, eso significa que ciertas señales se atenderán con menos intensidad, sobre todo en países donde los sistemas de vigilancia son más débiles y dependen del acompañamiento internacional.
En los próximos años, además, se juega una partida importante en torno a un futuro acuerdo internacional sobre pandemias, destinado a fijar reglas sobre intercambio de información, acceso equitativo a vacunas y reparto de responsabilidades en la financiación de respuestas globales. La OMS actúa como secretaria técnica de esas negociaciones, prepara borradores y ofrece asesoría jurídica y científica. Si los recortes afectan también a esos equipos, el proceso podría ralentizarse, justo en un momento en el que la memoria del impacto de la covid-19 comienza a diluirse en muchas capitales.
La salida de Estados Unidos y el tablero político
La decisión de Estados Unidos de abandonar la OMS no se produce en el vacío. Reabre un pulso que ya se vivió en 2020, cuando el primer Gobierno de Donald Trump anunció su intención de retirarse del organismo en plena pandemia. Aquel proceso quedó finalmente abortado tras el cambio de administración en Washington, con la llegada de Joe Biden, que devolvió el apoyo financiero y político a la agencia. El nuevo giro, esta vez ya consumado con el regreso de Trump a la Casa Blanca, consolida una línea de desconfianza hacia el multilateralismo sanitario.
Los argumentos que la Casa Blanca ha puesto sobre la mesa combinan acusaciones de ineficiencia, supuesta politización de la organización y críticas a la gestión de los primeros meses de la covid-19. Se sostiene que la OMS no ha reformado lo suficiente sus mecanismos de alerta, que mantiene estructuras burocráticas costosas y que se muestra demasiado complaciente con ciertos gobiernos, especialmente con China. Desde Ginebra y desde numerosos Estados miembros se responde que se han puesto en marcha reformas internas, que el marco jurídico internacional tiene límites claros y que los fallos de la respuesta a la pandemia fueron compartidos por gobiernos nacionales y organismos internacionales.
Más allá del choque de narrativas, la salida de Estados Unidos deja un vacío de liderazgo político y técnico. La delegación estadounidense ha sido tradicionalmente una de las más activas en los debates sobre reglamentos sanitarios, normas de calidad de medicamentos y estrategias de preparación frente a pandemias. Su ausencia reduce la probabilidad de que futuras normas sean asumidas plenamente por el país con uno de los mayores presupuestos en salud del mundo. Y abre espacio para que otras potencias llenen ese hueco.
En el ámbito geopolítico, la situación refuerza la percepción de un escenario cada vez más fragmentado. China ha incrementado su presencia en la OMS en los últimos años, tanto en términos de aportaciones financieras como de influencia en algunos órganos de decisión. Otros actores, como Rusia o potencias regionales de Asia y Oriente Medio, aprovechan las grietas para ganar peso. El resultado puede ser un organismo más condicionado por equilibrios de bloques, con decisiones que se interpretan sistemáticamente en clave de disputa geopolítica, incluso cuando se trata de cuestiones puramente técnicas.
Europa, mientras tanto, intenta jugar un papel de socio fiable de la OMS. La Unión Europea y varios Estados miembros han defendido un aumento de las contribuciones obligatorias y han presentado la crisis actual como una oportunidad para reforzar la gobernanza sanitaria global. Sin embargo, su capacidad para compensar en términos absolutos el peso financiero y político de Estados Unidos es limitada. La tentación de algunos gobiernos europeos de recortar también sus aportaciones en un contexto de presiones presupuestarias internas no desaparece por el mero hecho de que la OMS esté en problemas.
Un horizonte abierto para la Organización Mundial de la Salud
El escenario que se abre para la OMS en los próximos años es complejo. Por un lado, la agencia sale de esta crisis con un mensaje claro: con el modelo actual de financiación, cualquier movimiento brusco de uno o dos grandes donantes puede obligarla a recortes de personal y a renuncias importantes en su agenda. La dependencia de pocos financiadores deja a la organización expuesta tanto a cambios políticos como a ciclos económicos. El objetivo de alcanzar un equilibrio en el que al menos la mitad del presupuesto proceda de contribuciones obligatorias sigue sobre la mesa, pero requerirá un compromiso sostenido de muchos gobiernos al mismo tiempo.
Por otro lado, la necesidad de priorizar puede obligar a la OMS a concentrarse en aquello que la hace verdaderamente insustituible: la coordinación de respuestas ante emergencias globales, la fijación de normas y estándares sanitarios aceptados internacionalmente, el apoyo técnico a los países con sistemas más débiles y la función de árbitro científico en debates complejos. No podrá abarcar todo lo que podría desear, y eso implicará decisiones difíciles sobre qué programas se mantienen con fuerza y cuáles pasan a depender más de otros actores.
La reconfiguración del tablero político, con la salida de Estados Unidos y el mayor protagonismo de otros países, también definirá el rumbo del organismo. Si la OMS logra mantener una cierta autonomía técnica y un equilibrio entre bloques, seguirá siendo el punto de referencia para coordinar respuestas globales y para arbitrar controversias científicas. Si, por el contrario, las tensiones geopolíticas se trasladan de forma plena a sus órganos de decisión, cada debate sobre un reglamento sanitario, sobre un informe o sobre una recomendación puede convertirse en una batalla política, con menos espacio para los criterios puramente técnicos.
Mientras tanto, el impacto de este agujero de 500 millones y de los 1.282 puestos que desaparecen se irá viendo de forma gradual. Algunos programas tardarán más en actualizar sus guías, ciertas misiones se espaciarán, la presencia sobre el terreno se reducirá en determinadas regiones y la capacidad de comunicación se verá más limitada. Son efectos menos visibles que un cierre completo de un organismo, pero, acumulados, condicionan la capacidad de la comunidad internacional para reaccionar ante la próxima crisis sanitaria.
La OMS afronta, en definitiva, un periodo de incertidumbre y transición. Las decisiones que tomen ahora los Estados miembros sobre financiación, reformas internas y reparto de responsabilidades marcarán hasta dónde podrá llegar la organización en los próximos años. El recorte actual no es solo una noticia sobre despidos en Ginebra: es una señal de alerta sobre la fragilidad de la arquitectura sanitaria global en un momento en el que las amenazas —desde nuevos virus hasta las consecuencias del cambio climático— no dan tregua.

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