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¿Qué hizo Morante para rozar la Puerta del Príncipe?

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Morante para roza la Puerta del Príncipe

Morante incendia Sevilla con una faena descomunal, roza la Puerta del Príncipe y agita el calendario taurino de abril y mayo entero.

Morante de la Puebla volvió a poner Sevilla patas arriba porque el 16 de abril no dejó una simple tarde buena, ni siquiera una de esas faenas notables que engordan el currículo y alimentan la tertulia durante unas horas. Hizo algo más raro. Más difícil de encerrar en una cifra. En el cuarto toro de Álvaro Núñez construyó una actuación de las que alteran el clima entero de una feria: verónicas de escalofrío, un quite personalísimo, banderillas puestas por él mismo y un arranque de faena con la muleta desde una silla de tijera que convirtió la Maestranza en una caldera. Luego falló con la espada y ahí se escapó la gran salida reglamentaria, pero el terremoto ya estaba dentro de la plaza.

Eso explica por qué media prensa taurina amaneció hablando de Morante en tono de epopeya. No fue una tarde grande en el sentido burocrático del término, sino en el emocional, que en Sevilla pesa a veces más que el otro. La plaza pidió premio grande, hubo una conmoción visible en los tendidos y hasta se generó una escena de salida tumultuosa, con la afición queriendo llevarse al torero en volandas. Morante no salió por la Puerta del Príncipe, que exige otra contabilidad, pero sí dejó algo que a menudo vale incluso más para su leyenda: la sensación compartida de que allí había ocurrido una de esas cosas que no se repiten cuando uno quiere, ni siquiera cuando uno manda mucho.

La tarde en la Maestranza que desató el fervor

La clave estuvo en el cuarto toro, “Colchonero”, de la ganadería de Álvaro Núñez. Ahí Morante se desató. Primero, con el capote, dibujando lances que tuvieron ese temblor suyo entre lo clásico y lo imprevisible. Después llegó un quite fuera del molde, uno de esos inventos que no parecen un capricho sino una travesura antigua recuperada del fondo del baúl. Sevilla, que para estas cosas tiene un olfato de sabueso y una teatralidad de patio noble, ya estaba entregada.

Pero faltaba lo más llamativo. Morante pidió banderillas. No como un gesto folclórico para adornar la tarde, sino como parte central de la faena. Puso un par de frente, dejó otro de gran pureza y remató el tercio sentado en una silla de tijera antes de levantarse para cuadrar un quiebro que encendió a la plaza por completo. Hubo un momento en que aquello dejó de parecer una corrida corriente y pasó a parecer una ceremonia extraña, un juego serio, un desafío al orden habitual del toreo moderno.

Después vino la muleta. Ahí la tarde cogió otro espesor. Morante empezó desde la silla, con ayudados por alto de perfume antiguo, y fue ligando tandas de distinta temperatura: unas hondísimas, otras más deshilachadas, algunas bellísimas por el trazo, otras por la pura intención. No fue una faena geométrica ni cerrada como un tratado. Fue otra cosa. Un toreo de inspiración, de fogonazo, de ecos, de capricho genial. En unas épocas eso desconcierta. En Sevilla, si prende, directamente intoxica de entusiasmo.

El momento en que se escapó la gloria entera

La espada fue el freno. El único y el decisivo. Cuando Morante entró a matar, la plaza ya estaba colocada mentalmente en el terreno de las grandes recompensas. Pero el desenlace no obedeció al delirio previo. Pinchó, dejó una estocada insuficiente, necesitó descabellos y ahí el triunfo de trofeos se hizo más pequeño. En el ruedo, sin embargo, la impresión siguió siendo inmensa. Una contradicción muy taurina: la tarde podía ser memorable y, al mismo tiempo, quedarse corta en el marcador oficial.

Ese desajuste entre lo que sintió la plaza y lo que permitió el reglamento es precisamente uno de los motivos por los que la tarde ha dado tanto que hablar. En el toreo todavía sobreviven esas batallas entre la emoción y la norma, entre el arte arrebatado y la exigencia administrativa. Y Sevilla, claro, es especialista en vivirlas con una mezcla de pasión, exageración y orgullo local casi religioso.

Por qué se ha dicho que fue una tarde histórica

Cuando se habla de Morante como “el más grande” o se recurre a expresiones casi místicas, no se está redactando un acta notarial ni cerrando una clasificación objetiva de todos los tiempos. Se está traduciendo una sensación. Esa es la verdad. El lenguaje alrededor de Morante suele vivir en la hipérbole porque su toreo, cuando funciona, también parece vivir ahí, en una zona que está un poco fuera de la lógica corriente.

Hay varios motivos para que eso ocurra. El primero, obvio, es el repertorio. No abundan las figuras que hoy conviertan una tarde de feria en un ejercicio tan personal, tan poco industrial, tan capaz de mezclar clasicismo, improvisación y gesto barroco sin caer del todo en el teatro vacío. El segundo tiene que ver con la personalidad. Morante no transmite la sensación de estar ejecutando una partitura perfecta, sino de estar inventándola delante del toro. Eso, para el aficionado, posee un magnetismo casi infantil: la impresión de que puede pasar cualquier cosa.

Y luego está Sevilla, que no es una plaza cualquiera. Es un escenario con memoria, con gusto antiguo, con tendencia a la mitificación y con un tipo de público que premia la belleza con una rapidez que en otras plazas despertaría sospechas. Cuando Morante conecta ahí, el relato se dispara. De pronto no se habla solo de una faena, sino de una idea del toreo. No se comenta una tarde, se comenta una resurrección estética. Todo sube de temperatura.

Eso sí, conviene no hacerse trampas con el entusiasmo. También hubo debate sobre la presencia del toro, sobre el peso real del conjunto y sobre esa facilidad sevillana para coronar lo sublime antes de tiempo. Forma parte del asunto. Lo hace más humano, más discutible y, por tanto, más interesante. Una tarde verdaderamente importante no suele ser limpia ni unánime. Tiene siempre algo de pelea.

La vuelta de Morante y el contexto de esta primavera

La dimensión de lo ocurrido en Sevilla se entiende mejor si se recuerda de dónde venía Morante. Su retirada en octubre de 2025 había dejado un hueco tremendo en el panorama taurino. Fue una salida inesperada, una de esas decisiones que parecen definitivas hasta que dejan de serlo. Durante meses el ambiente quedó suspendido, como si faltara una pieza incómoda pero central, un torero al que no siempre se entiende pero al que todos necesitan mirar de vez en cuando para saber si la temporada late o simplemente funciona.

Su reaparición en 2026 no fue un regreso cualquiera. Sevilla aparecía desde el principio como el escenario simbólico de la vuelta. Y la primera gran señal ya había llegado en el Domingo de Resurrección, cuando Morante cortó dos orejas y confirmó que no regresaba para cumplir expediente. Regresaba con ambición, con foco y con ese extraño don de alterar el tono de una plaza en cuanto pisa el albero con verdad.

Lo del 16 de abril, por tanto, no sale de la nada. Es el segundo gran capítulo de una primavera que lo ha vuelto a colocar en el centro. La diferencia es que esta vez no fue solo un triunfo de premio, sino una irrupción estética, una de esas tardes que alimentan semanas enteras de conversación. Ahí está la clave. No se ha hablado tanto de Morante porque cortara más trofeos que nadie, sino porque toreó de una forma que obligó a mirar.

Morante y esa vieja guerra contra el toreo previsible

Hay un elemento de fondo que explica mejor que ningún adjetivo la dimensión del fenómeno: Morante representa justo lo contrario de la regularidad funcional que ha dominado muchas temporadas. Frente al toreo milimetrado, blindado, eficaz, él sigue ofreciendo una mezcla de genio y derrumbe, de inspiración y grieta, de maravilla y desastre potencial. Eso genera divisiones, sí. Pero también evita el aburrimiento, que en un espectáculo ritualizado siempre es el enemigo más serio.

Cuando Morante se atasca, se atasca de verdad. Cuando se va de la tarde, se va entero. Y cuando aparece en plenitud, el resultado puede ser esto: una plaza hipnotizada, un debate encendido y una sensación de excepcionalidad que desborda la mera estadística. En un tiempo de formatos repetidos, esa capacidad de romper la plantilla vale muchísimo. También fuera del toreo.

El programa de los próximos días en Sevilla

La Feria de Abril sigue su curso y la explosión morantista no ha cerrado nada; al revés, lo ha condicionado todo. Sevilla continúa con un tramo fuerte de carteles que mantienen a la Maestranza en plena ebullición. El viernes 17 de abril está anunciada la corrida de Domingo Hernández para Alejandro Talavante, Roca Rey y Pablo Aguado. El sábado 18 llega uno de esos carteles de contraste áspero y muy esperado, con Manuel Escribano y Borja Jiménez frente a los toros de Victorino Martín. El domingo 19 se celebra el festejo de rejones con Andy Cartagena, Lea Vicens y Guillermo Hermoso de Mendoza.

El lunes 20 vuelve Morante de la Puebla. Ahí está uno de los puntos más calientes del calendario inmediato. Hará el paseíllo junto a Borja Jiménez y Tomás Rufo con toros de Hermanos García Jiménez. Después, el martes 21, comparecen José María Manzanares, Alejandro Talavante y Daniel Luque. El miércoles 22 torean Diego Urdiales, Emilio de Justo y David de Miranda. El jueves 23 será el turno de Manzanares, Roca Rey y Javier Zulueta. El viernes 24 se anuncian Daniel Luque, Juan Ortega y Pablo Aguado. El sábado 25 harán el paseíllo El Cid, Fortes y José Garrido. Y el domingo 26 cerrará la feria una cita de carácter muy sevillano y muy serio, con Manuel Escribano, Pepe Moral y Román ante los toros de Miura.

Ese programa convierte la semana y media que queda en un corredor intensísimo. No es solo una sucesión de corridas. Es una cadena de escenarios en los que se va a medir el verdadero peso de la sacudida que ha provocado Morante. Porque una gran tarde, en un calendario tan comprimido, no vive sola. Obliga a todos los demás a situarse frente a ella.

Las próximas semanas del mundo del toro

Más allá de Sevilla, el mapa taurino de las próximas semanas viene apretado y con varias estaciones mayores. Madrid prepara la transición hacia San Isidro, que volverá a concentrar buena parte de la atención nacional. El arranque de mayo llevará a Las Ventas a su zona de máxima exigencia, con carteles amplios, presión diaria y esa forma tan madrileña de convertir cada tarde en una reválida, a veces justa y a veces feroz.

También asoma Jerez, donde Morante volverá a ser protagonista dentro de la Feria del Caballo. Es un detalle importante porque Jerez comparte con Sevilla cierta sensibilidad estética: allí el toreo de gusto, de cadencia, de mano baja y regusto clásico suele encontrar un eco muy especial. Si Morante llega con la inspiración encendida, esas citas pueden reforzar todavía más la narrativa de su primavera.

A la vez, Córdoba va tomando cuerpo en mayo con su propia feria taurina, en un calendario que no concede tregua. Sevilla aprieta abril, Madrid engulle mayo, Jerez mete aroma y foco, Córdoba se coloca en un lugar estratégico. Todo aparece encadenado. Así funciona el mundo del toro cuando entra en la parte alta de la temporada: una tarde importante no se queda quieta, viaja, se comenta, contamina plazas, modifica expectativas.

Y en medio de ese paisaje vuelve a asomar Morante como una figura que no solo actúa, sino que reorganiza la conversación. Cada comparecencia suya empieza a sentirse como un episodio. Eso no ocurre con cualquiera. Ocurre con quienes, para bien o para mal, poseen la llave del relato.

Lo que de verdad dejó Morante en Sevilla

La tarde del 16 de abril no dejó una verdad única, y quizá ahí reside su fuerza. Dejó belleza desbordada, sí. Dejó discusión sobre el toro. Dejó un fallo con la espada que frustró la dimensión reglamentaria del triunfo. Dejó una plaza encendida, una afición dispuesta a sacar al torero casi a pulso y una sensación de acontecimiento que no cabe del todo en el acta final. Dejó, en suma, una corrida que seguirá siendo contada porque fue excesiva, desigual, brillante, problemática y memorable. Como las cosas que importan.

Eso es lo que hizo Morante para rozar la Puerta del Príncipe: alteró el orden de la tarde, convirtió una corrida normal de feria en una escena extraordinaria y obligó a Sevilla a sentirse dentro de algo irrepetible. No la abrió en el sentido exacto del reglamento. Rozarla, sin embargo, la rozó de la manera más rotunda posible: haciendo que pareciera inevitable aunque al final no se produjera.

Y hay algo más. En tiempos de espectáculo domesticado, Morante volvió a demostrar que todavía existe una forma de torear capaz de generar desconcierto, entusiasmo y pelea a la vez. Una forma que no siempre gana, ni falta que le hace. A veces le basta con dejar esa impresión tan antigua y tan española de que, durante unos minutos, el ruedo no fue un ruedo sino otra cosa: un lugar donde el tiempo se dobló un poco y la lógica se quedó mirando desde fuera.

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