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¿Cómo se explican más de 2.000 bajas prosauditas en el oeste de Yemen?
Las fuerzas de Tareq Saleh reconocen más de 2.000 bajas en Yemen mientras los hutíes avanzan por la costa occidental y crece la presión regional.

Foto: Staff Sgt. Christopher McCullough / National Guard / Wikimedia Commons — dominio público.
Resumen
- Las fuerzas de Tareq Saleh reconocen más de 2.000 bajas en un mes
- El balance incluye más de 500 muertos y alrededor de 1.500 heridos
- El avance hutí eleva la presión sobre la costa y Bab el Mandeb
La nueva ofensiva en Yemen ha dejado más de 2.000 bajas entre las fuerzas de la Resistencia Nacional comandadas por Tareq Saleh en poco más de un mes de combates en la costa occidental. El balance difundido por la propia formación distingue entre más de 500 combatientes muertos y alrededor de 1.500 heridos entre el 9 de agosto y el 10 de septiembre, durante los enfrentamientos con los hutíes.
La cifra permite medir la violencia de una escalada que ha vuelto a sacudir un frente relativamente contenido desde la tregua auspiciada por Naciones Unidas en 2022. Conviene precisar algo desde el principio: en lenguaje militar, una “baja” no equivale necesariamente a un fallecido. En este caso, la mayoría corresponde a heridos. Y el recuento procede de una de las partes enfrentadas, por lo que no existe una verificación independiente completa de todos los números comunicados.
Lo que sí está confirmado es el deterioro acelerado de la situación. Los hutíes han protagonizado importantes avances por la costa del mar Rojo, las fuerzas respaldadas por Arabia Saudí han tenido que reorganizar sus posiciones y más de 100.000 personas se han visto desplazadas dentro del país por la reanudación de las hostilidades. Miles más han cruzado el mar hacia Yibuti. Yemen vuelve así a un paisaje demasiado conocido: carreteras cortadas, familias huyendo con lo puesto y una guerra que, cuando parecía congelada, ha recuperado temperatura de golpe.
Más de 500 muertos y unos 1.500 heridos en poco más de un mes
La Resistencia Nacional de Yemen, integrada en el bloque que combate a los hutíes y dirigida por Tareq Saleh, hizo público el balance al revisar las operaciones desarrolladas entre el 9 de agosto y el 10 de septiembre.
Según su versión, los combates comenzaron con ataques mediante misiles, drones y embarcaciones cargadas con explosivos y terminaron extendiéndose a distintos ejes de la costa occidental, entre ellos Hays, Al Kadaha, Maqbanah y Al Barh.
El grupo reconoce más de 500 muertos propios y cerca de 1.500 heridos. Una sangría considerable incluso dentro de los parámetros de una guerra que acumula más de una década de destrucción. También sostiene que las fuerzas hutíes sufrieron más de un millar de muertos y varios miles de heridos, pero esas cifras pertenecen igualmente al relato de uno de los contendientes y no pueden darse por comprobadas de manera independiente.
Hay otro dato revelador. La propia dirección de las fuerzas de Saleh admitió que decidió replegar y redistribuir unidades hacia nuevas líneas defensivas para evitar su cerco y conservar capacidad de combate. Días antes, Saleh ya había reconocido públicamente que sus hombres habían pagado un precio muy elevado durante la ofensiva hutí.
Qué significa realmente hablar de “2.000 bajas”
La expresión puede inducir a error cuando salta del vocabulario militar a un titular. Las más de 2.000 bajas comunicadas no representan 2.000 fallecidos: suman muertos y heridos.
El detalle disponible dibuja un balance de algo más de 500 combatientes fallecidos y aproximadamente 1.500 heridos. Es, aun así, una cifra extraordinariamente alta para un periodo de apenas un mes y ayuda a entender por qué las posiciones gubernamentales de la costa occidental cedieron con tanta rapidez durante algunos momentos de la ofensiva.
Tampoco representa necesariamente todas las pérdidas sufridas por el conjunto del bloque contrario a los hutíes. En esa franja combaten distintas fuerzas, entre ellas la Resistencia Nacional, las Brigadas de los Gigantes, unidades del llamado Escudo de la Nación y efectivos vinculados al frente de Taiz. Hablar simplemente de “fuerzas prosauditas” sirve para orientarse, pero comprime en una sola etiqueta un tablero militar bastante más enrevesado.
La ofensiva hutí rompe el equilibrio de la costa occidental
El número de bajas tiene importancia, pero el cambio territorial quizá la tenga todavía más. Durante los últimos días, las fuerzas hutíes han avanzado hacia el sur por la costa del mar Rojo y han golpeado posiciones que durante años formaron parte del cinturón defensivo de las fuerzas gubernamentales.
Uno de los puntos decisivos ha sido Moca, histórico puerto y enclave estratégico situado cerca del estrecho de Bab el Mandeb. La ofensiva hutí alcanzó la ciudad mientras las fuerzas de Tareq Saleh se replegaban y reorganizaban su dispositivo más al sur.
También se han registrado avances sobre localidades y posiciones de las provincias de Hodeida y Taiz, mientras los combates se extendían simultáneamente por otros puntos del país. El resultado rompe parte del equilibrio militar construido después de 2022.
No es únicamente una cuestión de kilómetros sobre el mapa. El litoral occidental de Yemen mira hacia una de las arterias comerciales más delicadas del planeta.
Bab el Mandeb convierte una guerra local en un problema mundial
El estrecho de Bab el Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye la puerta meridional de la ruta marítima que continúa hacia el canal de Suez. Por allí circulan mercancías, hidrocarburos y buena parte del tráfico entre Asia, Oriente Próximo y Europa.
Cada avance militar en esa zona tiene, por ello, una segunda lectura. Una colina, una isla o un puerto aparentemente remoto pueden tener consecuencias a miles de kilómetros.
Los hutíes han extendido durante esta ofensiva su dominio por ciudades, localidades e islas del oeste y han reforzado su capacidad de presión sobre el entorno de Bab el Mandeb. Al mismo tiempo, han atacado ciudades e infraestructuras energéticas saudíes, mientras Arabia Saudí y fuerzas yemeníes respondían con bombardeos contra posiciones hutíes.
El frente yemení se cruza así con las tensiones más amplias de Oriente Próximo y con la pugna regional alrededor de Irán. Un conflicto que durante años fue tratado casi como una guerra periférica vuelve a tocar, literalmente, las rutas por las que circula una parte sensible del comercio mundial.
Tareq Saleh y un bloque anti-hutí lleno de fracturas
Tareq Saleh es miembro del Consejo de Liderazgo Presidencial de Yemen y sobrino del antiguo presidente Ali Abdullah Saleh, muerto en 2017 después de romper su alianza con los hutíes.
Sus fuerzas forman parte de la heterogénea coalición que intenta contener al movimiento hutí. Dentro de ese campo conviven unidades gubernamentales, grupos tribales, formaciones con diferentes padrinos regionales y organizaciones que no siempre comparten objetivos políticos. La guerra yemení nunca ha sido un tablero de dos colores; más bien parece uno al que alguien ha ido añadiendo piezas de juegos distintos.
La ofensiva reciente ha expuesto esas debilidades. Saleh ordenó reorganizar las fuerzas de la costa occidental y establecer un centro de mando alternativo después de que los hutíes penetraran en varios ejes defensivos.
La Resistencia Nacional atribuye la ofensiva a una operación respaldada directamente por Irán y asegura que participaron especialistas vinculados a la Guardia Revolucionaria iraní y a sus aliados regionales. Teherán mantiene desde hace años vínculos con los hutíes, pero las acusaciones concretas sobre participación directa iraní en determinadas operaciones militares siguen formando parte de la disputa política y militar entre los dos bloques.
Más de 100.000 desplazados mientras vuelve la guerra abierta
Fuera de los comunicados militares está la otra cifra, menos abstracta. Naciones Unidas calcula que más de 100.000 personas han tenido que abandonar sus hogares desde la reactivación del conflicto y que varios miles más han escapado por mar hacia Yibuti.
Las organizaciones humanitarias están encontrando dificultades para llegar a algunas zonas debido a la inseguridad y las carreteras dañadas, además de los problemas de telecomunicaciones y las restricciones de movimiento.
Hay familias que han recorrido durante días las carreteras hacia Adén. Algunas llegan sin ropa de recambio, alimentos o colchones. Otras han perdido familiares durante ataques y bombardeos. Esa escena devuelve a Yemen al punto del que nunca terminó de salir: una crisis humanitaria enquistada detrás de cada movimiento del frente.
Los hutíes tomaron Saná en 2014. Arabia Saudí encabezó al año siguiente una intervención militar en apoyo del Gobierno reconocido internacionalmente. Después vinieron años de ataques aéreos, combates terrestres, misiles, hambre, desplazamientos y una crisis humanitaria de dimensiones enormes.
La tregua mediada por Naciones Unidas en 2022 redujo considerablemente las grandes operaciones militares, aunque expiró meses después sin transformarse en un acuerdo de paz definitivo. Durante un tiempo, la guerra quedó en una especie de suspensión precaria. No era paz; tampoco aquella carnicería diaria de los peores años. Ese frágil espacio intermedio empieza a deshacerse.
Yemen vuelve a una guerra que nunca llegó a terminar
Las más de 2.000 bajas reconocidas por las fuerzas de Tareq Saleh ofrecen una medida concreta de lo ocurrido en la costa occidental: más de 500 muertos, unos 1.500 heridos y una retirada hacia nuevas posiciones defensivas después del avance hutí.
Pero el verdadero alcance de esta ofensiva está más allá de la contabilidad militar. Los hutíes han ampliado su presencia sobre el litoral del mar Rojo, las fuerzas respaldadas por Riad afrontan una reorganización delicada y Bab el Mandeb vuelve al centro de la batalla en un momento especialmente tenso para las rutas energéticas y comerciales de la región.
Mientras tanto, más de 100.000 yemeníes han vuelto a hacer lo que tantos hicieron antes: cerrar una puerta sin saber cuándo podrán abrirla de nuevo, subir a un vehículo —cuando lo hay— y marcharse hacia el sur.
Una década después del inicio de la guerra, Yemen recuerda una realidad bastante incómoda. Los frentes pueden congelarse, las negociaciones pueden prolongarse durante años y el mundo puede mirar hacia otro lado. La guerra, sin embargo, no desaparece por falta de titulares. Esta vez ha regresado a la costa occidental con miles de bajas, nuevos desplazamientos y un equilibrio militar profundamente alterado.












