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¿Por qué marinos del USS Abraham Lincoln intentaron saltar al mar?
El USS Abraham Lincoln supera 250 días de despliegue entre agotamiento, incidentes a bordo y un relevo que puede poner fin a la misión naval.

El USS Abraham Lincoln se ha convertido en algo más que una formidable pieza de la maquinaria militar estadounidense. Tras más de 250 días de despliegue, meses de operaciones vinculadas a la guerra con Irán y largos periodos sin una escala convencional, el portaaviones afronta un serio desgaste entre parte de sus cerca de 5.000 marinos y militares embarcados. Familias y miembros de la tripulación han relatado varios episodios en los que marinos trataron de saltar por la borda o tuvieron que ser detenidos por compañeros, mientras crecen las denuncias por agotamiento, problemas de suministro y deterioro de la moral.
Hay, además, un hecho reconocido por una fuente oficial estadounidense: un marinero cayó por la borda en julio, fue rescatado rápidamente y recibió atención médica. Las circunstancias de ese episodio no han sido aclaradas públicamente. La Marina tampoco ha facilitado una cifra de posibles intentos de autolesión y sostiene que no ha detectado un aumento de la ideación suicida o de los intentos de suicidio a bordo. Es una diferencia importante: existen testimonios coincidentes y casos concretos comunicados por familias, pero no un balance oficial que permita convertir todas las denuncias en una estadística cerrada.
Un despliegue previsto para meses que acabó estirándose
El Abraham Lincoln salió de su base de San Diego el 21 de noviembre de 2025. La misión había sido concebida inicialmente como un despliegue por el Pacífico, pero el portaaviones fue desviado posteriormente hacia Oriente Medio y llegó al mar Arábigo en enero. Desde allí pasó a respaldar las operaciones militares de Estados Unidos contra Irán, incluidas misiones aéreas y operaciones relacionadas con el estrecho de Ormuz.
El regreso esperado inicialmente para primavera fue quedando atrás. Y después llegó una de las variables más corrosivas para cualquier tripulación: no saber cuándo se vuelve a casa. El despliegue, que debía haber terminado meses antes, fue prolongado sin una fecha pública de retorno; el senador demócrata Richard Blumenthal ha pedido al Pentágono que detalle cuándo se autorizó cada extensión, quién la decidió y qué necesidad operativa la justificó.
Conviene afinar aquí una cifra que está circulando de forma algo alegre. El buque lleva más de 250 días desplegado, pero eso no significa que todos ellos hayan transcurrido literalmente sin aproximarse a tierra. Hubo una breve escala en Guam en diciembre y otra en Omán a comienzos de julio, aunque numerosos tripulantes no disfrutaron de una salida convencional. Las informaciones disponibles sitúan en torno a los 200 días el periodo sin una escala portuaria normal, algo extraordinariamente exigente incluso para una marina acostumbrada a despliegues largos.
El día a día dentro de una ciudad de acero
Un portaaviones nuclear impresiona visto desde fuera: más de 300 metros de cubierta, cazas que despegan a golpe de catapulta, radares, reactores y toneladas de acero moviéndose por el océano. Desde dentro puede sentirse bastante menos cinematográfico. Miles de personas trabajan, comen y duermen en espacios reducidos, con turnos largos, ruido permanente, luz artificial y horarios condicionados por las operaciones aéreas.
Varios tripulantes han hablado abiertamente de cansancio, sueño irregular y monotonía durante la estancia del buque en el mar Arábigo. Los días, según esos testimonios, terminan pareciéndose demasiado unos a otros. Algunos miembros de la dotación han reconocido una moral baja en distintas zonas del barco, una sensación difícil de medir en una tabla pero bastante más fácil de reconocer cuando se acumulan los meses.
No hace falta mucha épica para entenderlo. Ocho meses lejos de casa ya son ocho meses; si se añaden combate, incertidumbre sobre el regreso y pocas oportunidades de pisar tierra, el calendario empieza a pesar. Hay tripulantes que han visto nacer a sus hijos por fotografías y que todavía no han podido conocerlos en persona.
Qué se sabe de los intentos de saltar por la borda
El episodio más delicado procede de varios testimonios recogidos en Estados Unidos. Una mujer explicó que su marido permanece bajo supervisión médica después de un supuesto intento de saltar desde el portaaviones. En otro caso, la esposa de un marinero relató que este vio a un compañero preparándose para caer por la borda y logró intervenir antes de que lo hiciera, con ayuda posterior de otros miembros de la tripulación.
También han trascendido testimonios sobre otro episodio en el que personal de guardia habría impedido a un tripulante saltar del buque. Según esos relatos, el incidente llegó a ser comunicado posteriormente a la dotación. Las familias han descrito conversaciones con sus allegados en las que aparecen agotamiento, desesperanza y una sensación de estar atrapados en un despliegue cuya fecha de finalización se alejaba una y otra vez.
A esto se suma el caso de un marinero que sí terminó en el agua durante julio. Fue recuperado rápidamente y sometido a evaluación médica. No se han aclarado públicamente las circunstancias exactas ni si posteriormente regresó al servicio o tuvo que ser evacuado.
Por eso resulta engañoso presentar lo ocurrido como si varios marinos simplemente hubieran decidido “abandonar el portaaviones”, casi como una fuga naval. Los testimonios apuntan a situaciones relacionadas con agotamiento y salud mental, no a una especie de motín para bajarse del barco. La diferencia no es pequeña.
La Marina niega un aumento de los intentos de suicidio
La posición oficial estadounidense introduce otro elemento. La Marina asegura que, con los datos disponibles para el mando, no ha observado un aumento de pensamientos suicidas ni de intentos de suicidio a bordo del Lincoln. También afirma que la dirección del barco evalúa de manera continua el estado psicológico de la tripulación.
El portaaviones cuenta con cinco capellanes, un psicólogo clínico, un trabajador social clínico, tres técnicos de salud conductual y personal especializado en prevención. Son recursos considerables para un buque de guerra, aunque la discusión planteada por las familias es otra: hasta qué punto pueden compensar el efecto acumulado de un despliegue extraordinariamente prolongado.
Más de 200 familiares participaron recientemente en reuniones con altos mandos de la Marina en San Diego. El secretario interino de la Armada, Hung Cao, y otros responsables escucharon preocupaciones sobre salud mental, agotamiento, seguridad y, sobre todo, la falta de una fecha clara para volver a casa.
Comida, agua, lavandería y paquetes que no llegan
El malestar no se explica únicamente por el calendario. Tripulantes y familiares han denunciado durante el despliegue racionamiento de alimentos, escasez de agua, interrupciones de la lavandería y retrasos prolongados en el correo. Durante más de una semana, según los testimonios conocidos, hubo personal que no pudo lavar su ropa.
La breve escala en Omán permitió reponer suministros, entre ellos fruta y verdura fresca que algunos marineros dijeron no haber tenido disponibles durante meses. Muchos pudieron bajar del portaaviones, aunque permanecieron dentro de una instalación protegida del puerto. No exactamente unas vacaciones en la costa.
La Marina sostiene que buena parte de esos problemas se ha corregido y atribuye las dificultades logísticas a un escenario bélico que alteró las rutas habituales de abastecimiento. Su versión es que el barco dispone de agua potable de forma continuada, aire acondicionado operativo y dos opciones de proteína en cada comida, mientras mejora el flujo de correo y mercancías.
El senador Blumenthal quiere algo más que declaraciones generales. Ha reclamado información sobre posibles problemas de moho, aseos y lavanderías averiados, agua, productos de higiene, seguridad de la cubierta y correo, así como datos sobre fatiga, incidentes médicos, disciplina y capacidad operativa.
El USS George Washington se prepara para tomar el relevo
La noticia que puede cambiar el horizonte de la tripulación llegó el 13 de agosto. El USS George Washington, portaaviones estadounidense destacado habitualmente en Japón, se dirige hacia Oriente Medio para relevar al Abraham Lincoln, según las informaciones conocidas sobre los movimientos de la flota estadounidense.
La Marina no ha querido ofrecer detalles sobre movimientos concretos por razones de seguridad operativa. Responsables estadounidenses sostienen, además, que la rotación estaba prevista antes de que estallara públicamente la polémica sobre las condiciones en el Lincoln. Eso importa: el relevo no puede presentarse, con la información disponible, como una evacuación improvisada provocada por la crisis de moral.
Tampoco significa que el Lincoln vaya a aparecer inmediatamente frente a San Diego. Una rotación de portaaviones implica desplazar un grupo de combate completo, coordinar escoltas, aviación embarcada, logística y presencia estratégica en una región todavía sometida a fuertes tensiones. La fecha exacta de regreso sigue sin divulgarse.
Cuando la resistencia humana también cuenta como capacidad militar
El caso del USS Abraham Lincoln abre una discusión incómoda para cualquier gran potencia naval. Estados Unidos puede mantener un portaaviones nuclear durante meses lejos de casa, reabastecerlo en alta mar, lanzar aviones desde su cubierta y desplazarlo de un océano a otro. La tripulación, sin embargo, no funciona con combustible nuclear.
No es una frase sentimental. Es un problema operativo. Dormir poco, trabajar durante meses bajo presión, perder descansos en puerto y desconocer cuándo acabará una misión repercute en la concentración, la seguridad y la capacidad de tomar decisiones. La cuestión ha llegado al Congreso precisamente porque la resistencia psicológica no es un añadido amable al funcionamiento de un buque de guerra: forma parte de su capacidad para seguir combatiendo.
El Lincoln continúa operativo y la Marina insiste en que dispone de medios para atender a sus hombres y mujeres. Al mismo tiempo, los relatos de tripulantes, esposas, padres e hijos dibujan un despliegue excepcionalmente duro. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez; la realidad, por desgracia, tiene esa costumbre poco práctica.
El relevo del George Washington ofrece por fin una perspectiva de regreso. Hasta que el Abraham Lincoln ponga rumbo definitivo a San Diego, seguirá flotando sobre el Pentágono una cuestión difícil de esconder bajo toneladas de acero: cuánto puede prolongarse una misión antes de que el límite deje de ser mecánico y empiece a ser humano.

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