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¿Por qué el libro en papel sigue dominando Primaria y ESO en España?
Tras una década de digitalización, el libro escolar en papel mantiene casi el 97 % de la facturación en Primaria y ESO y suma recursos digitales.

Después de una década de tabletas, plataformas educativas, pizarras digitales y planes de modernización tecnológica, el viejo libro de texto sigue sentado en primera fila. Y no precisamente como una reliquia. Cerca del 97 % de la facturación de los libros educativos de Primaria y ESO en España corresponde todavía al papel, según los últimos datos disponibles, correspondientes a 2025.
La cifra parece contradecir todo lo que hemos visto en las aulas durante estos años: ordenadores portátiles, ejercicios en línea, vídeos, aplicaciones, proyectores y alumnos que manejan una pantalla con la naturalidad con la que generaciones anteriores abrían un estuche. Pero la aparente contradicción tiene una explicación bastante menos espectacular. El libro impreso se ha digitalizado por dentro.
Muchos manuales escolares incluyen una licencia que abre la puerta a versiones electrónicas, actividades interactivas, vídeos, audios, ejercicios autocorregibles o materiales para el profesor. Ese componente tecnológico no siempre se vende por separado y, por tanto, no aparece estadísticamente como una compra digital. La tableta no ha jubilado al libro; más bien se ha instalado a su lado. El resultado es un modelo educativo híbrido que no siempre se aprecia mirando únicamente las cifras de ventas.
El 97 % que explica la resistencia del libro de texto
Los números de Primaria son especialmente claros. La facturación de libros educativos alcanzó en 2025 los 279,33 millones de euros. De esa cantidad, 270,27 millones procedieron del papel, equivalente al 96,76 %. Los formatos no impresos sumaron 9,06 millones, alrededor del 3,24 %.
En la Educación Secundaria Obligatoria ocurre prácticamente lo mismo. El mercado alcanzó los 175,76 millones de euros, de los cuales 170,12 millones correspondieron a libros en papel. Es decir, el 96,79 %. Los restantes 5,64 millones estuvieron vinculados a productos no impresos. No hay, pues, una gran brecha entre niños y adolescentes: económicamente, el manual tradicional conserva una posición casi idéntica en ambas etapas.
Conviene afinar aquí el dato. Que el papel concentre semejante porcentaje de las ventas no significa que el 97 % del aprendizaje se realice sin tecnología. La estadística mide facturación, no minutos delante de una pantalla ni intensidad de uso. Confundir ambas cosas sería como calcular cuánto se escucha música contando únicamente los discos vendidos.
Una década digital que apenas movió la facturación
La comparación histórica resulta todavía más llamativa. En 2015, los productos digitales suponían aproximadamente el 3,27 % de la facturación del texto no universitario. Diez años después, el porcentaje ronda el 3,45 %. Una variación mínima para un periodo en el que la digitalización educativa ha ocupado presupuestos públicos, debates políticos, programas escolares y kilómetros de titulares.
La serie elaborada por la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza, Anele, utilizando cursos escolares, dibuja incluso un ligero retroceso. En 2014-2015, el producto digital representaba el 3,75 %, con 28,12 millones de euros sobre una facturación de 748,64 millones. En 2024-2025 fueron 21,53 millones dentro de un mercado de 773,51 millones: el 2,78 %.
Las dos estadísticas no son exactamente intercambiables —una trabaja sobre años naturales y otra sobre cursos académicos—, pero apuntan hacia el mismo lugar. La digitalización escolar española no ha sustituido masivamente el producto impreso por una licencia digital independiente. Las pantallas han entrado en clase; la caja registradora, sin embargo, sigue hablando principalmente en papel.
Lo digital se esconde dentro del papel
Ahí está probablemente la parte más interesante de la historia. El libro escolar contemporáneo se parece cada vez menos a aquel volumen aislado que terminaba donde acababa la última página. Buena parte de los ejemplares incorpora códigos de acceso, plataformas, vídeos y actividades digitales que forman parte del paquete adquirido con el libro físico.
El profesor puede proyectar una versión electrónica mientras explica una lección y el estudiante seguirla en su manual impreso. Después podrá realizar una actividad interactiva desde casa o consultar un vídeo asociado al tema. Contablemente se ha vendido un libro de papel. Pedagógicamente, sin embargo, se ha utilizado un pequeño ecosistema digital.
Una licencia digital no siempre es una venta digital
Esta diferencia ayuda a entender por qué las estadísticas comerciales parecen mucho más analógicas que las aulas. Anele trabaja precisamente en mejorar la medición de esos usos, porque venta digital y utilización digital son categorías diferentes. Un recurso incluido en el precio del manual no engrosa necesariamente la columna reservada al producto electrónico independiente.
El conjunto del mercado editorial confirma que el formato electrónico sí crece cuando tiene una vida comercial propia. En 2025, las ventas y descargas digitales del sector llegaron a 20,4 millones de unidades, un 10,7 % más, mientras el texto no universitario digital facturó 24,61 millones de euros, con un aumento del 14,3 %. El libro electrónico avanza, por tanto, pero su penetración en el material escolar continúa siendo mucho más limitada que en otros usos editoriales.
Menos pantallas entre los pequeños cambia el debate
La dirección del péndulo también empieza a cambiar. Durante años, introducir tecnología en las aulas parecía casi sinónimo de modernización. La discusión educativa se ha vuelto bastante más incómoda —y bastante más interesante—: cuánta pantalla resulta útil, a qué edad y para hacer exactamente qué.
Madrid ofrece uno de los ejemplos más claros. Desde el curso 2025-2026, los colegios sostenidos con fondos públicos eliminaron el uso individual de dispositivos digitales en Infantil y Primaria, además de impedir que se programen tareas académicas fuera del horario escolar que obliguen a utilizar tabletas, ordenadores o móviles. La regulación mantiene determinados usos compartidos y educativos de la tecnología, pero limita considerablemente la exposición individual de los alumnos más pequeños.
La medida no supone regresar al encerado y a la tiza, aunque alguna caricatura del debate pueda sugerirlo. Las pizarras digitales, proyectores y otros recursos colectivos siguen teniendo espacio; en Secundaria, además, los centros disponen de mayor margen para determinar cómo utilizan los dispositivos según la edad y las necesidades educativas. Menos pantalla no equivale necesariamente a menos competencia digital.
Papel y tecnología han dejado de ser enemigos
La evolución del mercado invita precisamente a abandonar esa vieja pelea entre lo analógico y lo digital. El dato relevante no es que un soporte haya derrotado al otro. Es que el modelo escolar español parece haberse asentado en una combinación híbrida: el papel conserva el papel central —perdón por el inevitable juego de palabras— y los recursos digitales orbitan alrededor de él.
También hay razones prácticas. Un libro no necesita batería, conexión a internet ni un dispositivo por alumno. Permite escribir, subrayar, doblar una esquina y volver rápidamente veinte páginas atrás. Una plataforma digital, a cambio, puede incorporar vídeos, actualizar materiales, ofrecer ejercicios adaptativos y proporcionar al profesor recursos imposibles de encerrar entre dos tapas. Son herramientas distintas, no necesariamente rivales.
El dilema pedagógico, así visto, pierde bastante épica. No se trata de decidir si Gutenberg debe derrotar al iPad. Se trata de elegir qué herramienta funciona mejor para cada edad, contenido y situación educativa. La elección del soporte tiene sentido cuando responde a criterios pedagógicos, no cuando se convierte en una competición de modernidad entre pantallas y páginas.
El aula española se instala en el modelo híbrido
Diez años de digitalización no han conseguido expulsar al libro en papel de Primaria y ESO. Tampoco han dejado las aulas al margen de la tecnología. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo, aunque juntas produzcan una fotografía menos rotunda que los discursos sobre revoluciones educativas.
El 96,7 % largo de la facturación en ambas etapas sigue vinculado al papel, mientras el producto digital vendido de forma independiente apenas rebasa el 3 %. Pero detrás de muchas de esas cubiertas hay plataformas, enlaces, actividades y contenidos multimedia. El libro ha resistido porque, en parte, también ha aprendido a transformarse.
Y quizá ahí esté la paradoja más reveladora: después de tantos anuncios sobre el final del manual escolar, el objeto sigue encima del pupitre, con sus páginas, su lomo y sus esquinas castigadas. Solo que detrás lleva una contraseña. El futuro del aula, al menos por el momento, no parece exclusivamente digital ni exclusivamente impreso. Es bastante más prosaico: papel cuando sirve, pantalla cuando aporta algo.












