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¿Qué cambia en Siria tras disolverse las fuerzas kurdas de las SDF?

Las fuerzas kurdas de Siria disuelven las SDF tras pactar con Damasco: qué cambia, qué pierden y por qué su historia armada no termina aquí.

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una soldado de SDF

Foto: Denilaur / Wikimedia Commons · CC BY-SA 4.0

Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), la gran alianza militar dirigida por kurdos que durante una década fue el principal socio terrestre de Estados Unidos contra Estado Islámico en Siria, ha dejado oficialmente de existir como fuerza independiente. Su comandante, Mazloum Abdi, anunció el 25 de agosto de 2026 en Damasco la disolución después de completar su integración en el nuevo aparato militar sirio acordada con el presidente transitorio, Ahmad al-Sharaa. Es un vuelco considerable: las FDS llegaron a controlar aproximadamente una cuarta parte del territorio de Siria y construyeron en el noreste una administración autónoma que sobrevivió a Assad, a Estado Islámico, a Turquía y a una guerra civil que parecía no terminar nunca.

Pero conviene apartar una primera confusión. Los combatientes kurdos no están dejando necesariamente las armas, ni han firmado una suerte de jubilación militar colectiva. Lo que desaparece es la FDS como ejército autónomo. Sus hombres, mandos y parte de sus estructuras de seguridad están siendo absorbidos por las Fuerzas Armadas y las instituciones de Siria. Dicho de otra manera: desaparece una bandera militar, no todos los fusiles que combatían bajo ella. Y nadie puede afirmar seriamente que los kurdos sirios hayan renunciado “para siempre” a organizarse militarmente. Lo firmado explica el presente; el para siempre, en Oriente Próximo y casi en cualquier otro sitio, es una categoría bastante menos fiable.

La disolución no significa que los kurdos se desarmen

Mazloum Abdi eligió un escenario cargado de simbolismo: el palacio presidencial de Damasco. Allí declaró terminada la misión de las FDS y anunció su disolución como fuerza militar independiente, una fórmula mucho más precisa que hablar simplemente de desarme. El proceso culmina meses de negociaciones y, sobre todo, el cambio de equilibrio militar producido a comienzos de 2026, cuando las fuerzas gubernamentales avanzaron rápidamente por territorios controlados durante años por los kurdos y sus aliados.

El acuerdo contempla la incorporación de combatientes y mandos a las estructuras estatales sirias. Las YPG, Unidades de Protección Popular, que constituían el corazón kurdo de las FDS, ya habían avanzado en ese proceso. Uno de sus principales responsables, Sipan Hamo, fue nombrado en marzo viceministro de Defensa para las regiones orientales. La absorción incluye también estructuras policiales y administrativas que durante años funcionaron prácticamente al margen de Damasco.

Esto supone una victoria política para Ahmad al-Sharaa. El Gobierno surgido después de la caída de Bashar al-Assad quiere reconstruir un Estado con un solo Ejército, una sola cadena institucional y, en teoría, una soberanía que vuelva a abarcar todo el mapa. Las FDS eran una de las excepciones más importantes. Ya no lo son.

Para los kurdos, sin embargo, la ecuación es menos triunfal. Han conseguido garantías culturales que durante buena parte de la historia contemporánea siria habrían parecido ciencia ficción: reconocimiento del kurdo como lengua oficial junto al árabe, el Nowruz convertido en fiesta nacional y la restitución de la ciudadanía a decenas de miles de kurdos afectados por el polémico censo de 1962. Abdi asegura además haber recibido garantías sobre la enseñanza en lengua kurda. A cambio, el proyecto de autonomía militar y territorial construido desde la guerra civil queda profundamente reducido.

Quiénes eran realmente las Fuerzas Democráticas Sirias

Llamarlas simplemente “fuerzas kurdas” resulta práctico, pero incompleto. Las FDS nacieron en 2015 como una coalición multiétnica en la que participaban kurdos, árabes, turcomanos y combatientes cristianos siríacos y asirios. El componente dominante era kurdo, especialmente las YPG y su rama femenina, las YPJ, pero nunca fueron una organización exclusivamente kurda.

Su aparición se entiende por el vacío que dejó la guerra. Desde 2011, el régimen de Bashar al-Assad fue retirando efectivos de amplias zonas del noreste para concentrarse en frentes considerados más decisivos. Organizaciones kurdas ocuparon ese espacio, desarrollaron fuerzas armadas propias y crearon instituciones políticas y administrativas. Allí germinó lo que acabaría conociéndose como Rojava, o Kurdistán occidental, aunque sus dirigentes tendieron posteriormente a utilizar fórmulas menos nacionalistas, como Administración Autónoma del Norte y Este de Siria.

La relación entre las FDS y Estados Unidos terminó convirtiéndose en uno de esos matrimonios geopolíticos en los que nadie comparte realmente apellido. Washington necesitaba tropas terrestres capaces de enfrentarse a Estado Islámico sin desplegar un gran ejército estadounidense. Las milicias kurdas necesitaban aviación, armamento, entrenamiento y respaldo diplomático. La alianza funcionó militarmente. Políticamente siempre crujió.

De Kobani a Raqqa y Baghouz: el ejército terrestre contra Estado Islámico

Antes incluso de la creación formal de las FDS hubo una batalla que cambió la percepción internacional de las milicias kurdas: Kobani. Entre 2014 y comienzos de 2015, las YPG y las YPJ resistieron durante meses el asedio de Estado Islámico en esta ciudad fronteriza con Turquía. Con el apoyo aéreo de la coalición encabezada por Estados Unidos y ayuda de fuerzas kurdas iraquíes, los defensores acabaron expulsando a los yihadistas.

Kobani convirtió a unas milicias bastante desconocidas fuera de la región en uno de los símbolos de la resistencia contra el llamado califato. Y también convenció a Washington de algo bastante elemental: aquellos combatientes podían conquistar terreno donde las bombas, por sí solas, no podían hacerlo.

Tras la formación de las FDS llegaron Manbij en 2016, Raqqa en 2017 y Baghouz en 2019. Raqqa tenía un valor especialmente brutal: era la capital de facto de Estado Islámico en Siria, el escaparate desde el que la organización había administrado su régimen de terror. Su caída después de meses de combates urbanos dejó una ciudad devastada, pero quebró uno de los principales centros de poder yihadista.

Baghouz cerró otro capítulo. Allí, junto al Éufrates y cerca de la frontera iraquí, las FDS conquistaron el último enclave territorial significativo de Estado Islámico el 23 de marzo de 2019. El califato territorial desapareció. Estado Islámico, por supuesto, no: pasó de gobernar ciudades a volver a funcionar como insurgencia clandestina, con células capaces todavía de ejecutar atentados y emboscadas.

Pocas organizaciones armadas sirias pueden discutir a las FDS ese mérito. Fueron una pieza esencial de la derrota territorial del yihadismo. Tampoco lo consiguieron solas. Sin inteligencia, armamento, fuerzas especiales y una formidable cobertura aérea estadounidense y aliada, aquella campaña habría sido muy diferente. La épica, cuando se mira de cerca, suele llevar bastante logística detrás.

Rojava, el experimento político que llegó a controlar un cuarto de Siria

La guerra contra Estado Islámico fue solo una parte de la historia. Mientras conquistaban territorio, las fuerzas kurdas levantaban una administración propia en una extensa franja del norte y este de Siria. En su máximo desarrollo, las FDS llegaron a controlar alrededor del 25% del país, incluyendo zonas de Raqqa, Hasaka y Deir ez-Zor y recursos estratégicos como campos petrolíferos y agrícolas.

El modelo llamó la atención fuera de Siria porque trató de proyectar una identidad política poco habitual en la región. Defendía oficialmente una administración descentralizada, secular y multiétnica, con consejos locales y una fuerte insistencia en la participación política de las mujeres. Las YPJ, integradas únicamente por combatientes femeninas, se transformaron incluso en un icono internacional durante la guerra contra Estado Islámico.

La realidad fue bastante más áspera que el póster. Rojava funcionaba en un territorio en guerra, rodeado de enemigos y bajo el enorme peso político del movimiento kurdo dominante. Había elecciones y organismos civiles, pero también una estructura de poder poco plural, una presencia militar omnipresente y conflictos especialmente delicados en regiones mayoritariamente árabes donde algunos habitantes veían a las autoridades kurdas como un poder impuesto desde fuera.

Las YPJ plantean un problema que el acuerdo aún no ha resuelto

La integración tampoco ha despejado por completo el futuro de las unidades femeninas kurdas. Este asunto continúa siendo uno de los puntos sensibles de las conversaciones, precisamente porque parte de las nuevas autoridades de Damasco procede de ambientes islamistas conservadores poco favorables a mantener unidades femeninas de combate.

No es una cuestión decorativa. Para el movimiento kurdo, las YPJ no eran únicamente una unidad militar: se habían convertido en una pieza de su identidad política. Integrarlas, dispersarlas o apartarlas de las funciones de combate toca una fibra mucho más profunda que la organización de un cuartel.

Las luces no borran las sombras

El papel decisivo de las FDS contra Estado Islámico no convierte automáticamente en ejemplar todo lo ocurrido bajo su control. Organizaciones internacionales han documentado durante años abusos graves, y esa parte de la historia también pertenece al balance.

Ya en 2015 fueron denunciados desplazamientos forzosos, destrucción de viviendas y confiscaciones en zonas tomadas por fuerzas vinculadas a la administración kurda. En algunos casos se consideró que las actuaciones documentadas podían constituir crímenes de guerra. Buena parte de las víctimas eran árabes y turcomanos sospechosos de simpatizar con Estado Islámico, aunque también hubo kurdos afectados.

Otro punto especialmente oscuro fue el reclutamiento de menores. Las FDS firmaron en 2019 un plan con Naciones Unidas para terminar con esa práctica y posteriormente adoptaron medidas para separar a menores de sus filas. Hubo avances, pero el problema no desapareció y siguieron documentándose casos vinculados a organizaciones relacionadas con las estructuras políticas y militares del noreste sirio.

También queda la gigantesca herencia de los prisioneros de Estado Islámico. Durante años, las FDS custodiaron cárceles con miles de presuntos yihadistas y los enormes campos de Al-Hol y Roj, donde quedaron recluidas decenas de miles de personas, muchas de ellas mujeres y niños relacionadas familiarmente con miembros de EI. Se han denunciado detenciones indefinidas, condiciones degradantes y graves problemas jurídicos y humanitarios.

Ese problema pasa ahora progresivamente a Damasco. Y no es precisamente una caja que uno quiera encontrar sobre la mesa el primer lunes en la oficina.

Turquía, Estados Unidos y el precio de depender de aliados

Para entender por qué la experiencia de las FDS acaba de esta manera hay que mirar hacia el norte. Turquía nunca aceptó la consolidación de una entidad militar kurda autónoma junto a su frontera. Ankara considera a las YPG estrechamente vinculadas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán, PKK, organización que durante décadas mantuvo una insurgencia contra el Estado turco.

Ahí apareció una de las grandes contradicciones de la política occidental en Siria. Estados Unidos consideraba a las FDS su mejor socio contra Estado Islámico mientras Turquía, miembro de la OTAN, veía al núcleo de esa misma fuerza como una amenaza para su seguridad nacional. Washington sostuvo el equilibrio mientras combatir al califato era la prioridad absoluta. Cuando la amenaza territorial de EI disminuyó y cambió el tablero político sirio, mantenerlo resultó mucho más complicado.

Las operaciones militares turcas de 2018 y 2019 ya demostraron los límites del paraguas estadounidense. Los kurdos perdieron territorios, entre ellos Afrin, y aprendieron una lección bastante antigua en geopolítica: una alianza basada en intereses comunes dura exactamente lo que duran esos intereses comunes.

La caída de Assad en diciembre de 2024 cambió la partida otra vez. Estados Unidos estrechó relaciones con las nuevas autoridades de Damasco y la supervivencia de un gran ejército kurdo independiente resultó cada vez más difícil de justificar. En enero de 2026, una rápida ofensiva gubernamental arrebató a las FDS buena parte del territorio que aún administraban. La negociación dejó entonces de producirse entre actores de fuerza comparable. Damasco tenía mejores cartas.

Qué cambia ahora para Siria y para los kurdos

Para Ahmad al-Sharaa, la disolución de las FDS es uno de los mayores éxitos de su proyecto de reunificación territorial. Tras casi catorce años de guerra civil, Damasco recupera autoridad sobre una región que había desarrollado Ejército, policía, administración, recursos económicos y política exterior propios. El Estado sirio vuelve a extenderse hacia el noreste sin una guerra total contra los kurdos, algo que unos meses atrás distaba mucho de estar asegurado.

Para Turquía también supone una transformación favorable. Un ejército kurdo autónomo pegado a su frontera era exactamente el escenario que Ankara llevaba años intentando impedir. Su integración en estructuras estatales sirias reduce esa autonomía militar, aunque no elimina las redes políticas, sociales e ideológicas kurdas ni resuelve automáticamente la relación con el PKK.

Estados Unidos pierde, al menos formalmente, al socio militar que utilizó durante una década contra Estado Islámico, pero el acuerdo evita un escenario todavía peor para Washington: una guerra entre Damasco y sus antiguos aliados kurdos que desestabilizara las cárceles y campos donde permanecen miles de personas vinculadas a EI.

Los kurdos obtienen algo y pierden bastante. Obtienen reconocimiento lingüístico y cultural, presencia de antiguos mandos dentro de las nuevas estructuras estatales y cierta protección institucional negociada. Pierden la independencia de sus fuerzas armadas y gran parte del sistema de autonomía que habían levantado desde 2012.

Y permanece la incógnita principal: si el nuevo Estado sirio respetará esas garantías cuando la excepcionalidad de la guerra haya desaparecido. Los kurdos conocen bien la otra versión. Durante décadas, miles fueron privados de ciudadanía, su lengua quedó marginada de la esfera pública y determinadas expresiones de identidad kurda fueron reprimidas por el régimen baazista. De ahí que una firma presidencial, por solemne que sea, no cierre medio siglo de desconfianza.

Cambia el uniforme, no desaparece la cuestión kurda

La desaparición de las Fuerzas Democráticas Sirias marca el final de una etapa extraordinaria de la guerra siria. Una alianza nacida en plena expansión de Estado Islámico consiguió pasar de defender ciudades kurdas amenazadas por los yihadistas a controlar una extensa región, administrar campos petrolíferos, gobernar sobre millones de personas y convertirse en interlocutor directo de Washington, Moscú, Damasco y Ankara.

Diez años después, ese ejército se disuelve. No porque sus combatientes hayan decidido abandonar para siempre las armas, sino porque el equilibrio que permitió su existencia dejó de existir. La Siria de Assad desapareció, Estado Islámico perdió su califato, Estados Unidos cambió sus prioridades y Damasco volvió a tener capacidad para imponer una estructura estatal común.

Queda algo más difícil de disolver mediante decreto: la identidad política kurda, el recuerdo de Kobani, los miles de combatientes que pasaron por las FDS, la experiencia de autogobierno y una población que ha comprobado durante más de una década que podía administrar su propio territorio. Ahora esos hombres y mujeres podrán vestir otro uniforme y obedecer otra cadena de mando. La cuestión que los convirtió en actores decisivos de la guerra siria, sin embargo, continúa ahí: qué lugar tendrán los kurdos dentro de Siria y cuánto poder estará realmente dispuesto Damasco a compartir con ellos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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