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Ciencia

¿Por qué la inteligencia humana se desploma entre pantallas y prisas?

La caída de la inteligencia humana asoma en pruebas de lectura, cálculo y atención, entre pantallas, IA y una memoria cada vez más delegada.

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la inteligencia humana está cayendo

La alarma sobre una caída de la inteligencia humana no nace de una tertulia de barra ni de esa sensación tan contemporánea de que todo el mundo conduce peor, lee menos y opina más fuerte. Hay datos. No son una sentencia bíblica, tampoco una prueba de que la especie haya entrado en decadencia irreversible, pero sí dibujan una grieta bastante fea: en varios países ricos se observan retrocesos o estancamientos en habilidades básicas como la lectura, el cálculo, la concentración y la resolución de problemas. La inteligencia, esa palabra enorme que a veces usamos como si fuera una bombilla encendida o apagada, parece estar perdiendo brillo en algunos indicadores concretos. Y eso, amigos, no se arregla con un vídeo motivacional de 40 segundos.

La noticia que ha reactivado el debate recoge una inquietud ya presente en análisis recientes: personas de distintos grupos de edad muestran más dificultades para concentrarse y para manejar tareas de razonamiento, procesamiento de información y solución de problemas, justamente las piezas que suelen asociarse a lo que llamamos inteligencia general. La OCDE, con su encuesta internacional de competencias adultas, también habla de un panorama poco cómodo: lectura y numeracy —la capacidad de usar números en situaciones reales, no recitar fórmulas como un loro aplicado— han caído o se han estancado en buena parte de los países analizados durante la última década. No es el fin del cerebro humano. Es peor, en cierto modo: es una erosión lenta, doméstica, casi educada.

La caída no es una metáfora: ya aparece en los datos

Durante décadas, Occidente se acostumbró a una idea tranquilizadora: cada generación parecía rendir mejor que la anterior en pruebas de inteligencia. A ese fenómeno se le llamó efecto Flynn, por James Flynn, el investigador que observó el aumento sostenido de puntuaciones de cociente intelectual a lo largo del siglo XX. Mejor nutrición, más años de escolarización, entornos más complejos, trabajos menos físicos y más abstractos, hogares con más estímulos. La humanidad, al menos en los test, parecía ir cuesta arriba.

Ese ascensor, sin embargo, ha empezado a chirriar. La propia investigación sobre el efecto Flynn ha detectado reversos en algunos países. Un estudio sobre cohortes noruegas encontró que tanto el aumento histórico como su posterior inversión podían explicarse por factores ambientales, no por una supuesta mutación genética ni por fantasías eugenésicas de sobremesa, siempre tan peligrosas como intelectualmente perezosas. En Estados Unidos, una investigación basada en una amplia muestra entre 2006 y 2018 encontró señales compatibles con un efecto Flynn inverso en varios dominios cognitivos, aunque con matices importantes: no todas las capacidades bajaban igual y alguna, como el razonamiento espacial, incluso mejoraba.

Ese matiz importa. Mucho. Decir que “la inteligencia humana cae” es una buena frase para prender fuego a internet, pero la realidad es más áspera y menos cinematográfica. Lo que parecen deteriorarse son ciertas habilidades medibles en pruebas concretas: comprensión verbal, razonamiento numérico, capacidad de mantener la atención, flexibilidad para resolver problemas con varias variables. No significa que todos seamos menos capaces de vivir, crear, cuidar, inventar o adaptarnos. Significa que el entrenamiento mental cotidiano ha cambiado. Y cuando cambia el entrenamiento, cambia el músculo.

El cerebro no es una estatua de mármol. Es más bien una cocina en hora punta: se ordena o se ensucia según lo que hagamos todos los días. Si pasamos horas saltando entre notificaciones, titulares inflamados, vídeos breves, respuestas automáticas y textos que nunca terminamos de leer, no es raro que luego cueste sentarse ante un problema largo, ambiguo, sin premio inmediato. La atención profunda no desaparece por decreto. Se desentrena.

Adultos con menos músculo lector y numérico

La Encuesta de Competencias de Adultos de la OCDE, conocida como PIAAC, evaluó en 2023 a personas de 16 a 65 años en lectura, cálculo y resolución adaptativa de problemas. No mide “ser listo” en sentido popular. Mide algo más humilde y más importante: entender textos, manejar información numérica y resolver tareas cambiantes en contextos reales. Pagar una factura, interpretar una instrucción médica, evaluar una oferta laboral, detectar una trampa estadística, organizar una decisión con varias condiciones. La vida adulta, vamos, sin filtros ni música épica.

El informe muestra que, de media en los países participantes, una parte muy amplia de la población adulta se queda en los niveles bajos de competencia: el 26 % en lectura, el 25 % en numeracy y el 29 % en resolución adaptativa de problemas. En términos llanos, hablamos de adultos que pueden funcionar en tareas sencillas, pero tropiezan cuando la información se vuelve densa, cambiante o exige varios pasos. La democracia liberal, por cierto, también vive ahí: en la capacidad de leer una promesa, entender una cifra, desconfiar de un bulo elegante y no convertir la política en un combate de memes con bandera.

La propia OCDE subraya que la lectura y el cálculo han disminuido o se han quedado parados en la mayoría de países comparables durante la última década. El golpe no cae igual sobre todo el mundo. Es más duro entre adultos con menos formación, mientras los grupos con alto rendimiento resisten mejor o incluso mejoran. Aquí aparece una fractura muy seria: no solo puede estar bajando el nivel medio, sino abriéndose la distancia entre quienes aún manejan bien información compleja y quienes quedan atrapados en el ruido.

Y esa fractura no es cultural en el sentido decorativo, de leer novelas bonitas o saber quién pintó Las meninas. Es material. Quien comprende peor un texto firma peores contratos, cae antes en estafas, depende más de intermediarios, se defiende peor ante una administración y se traga con más facilidad la primera explicación que le acaricie el enfado. La pérdida de habilidades cognitivas no llega con sirenas. Llega en letra pequeña.

España no se cae del mapa, pero tampoco puede presumir

España ofrece una fotografía menos catastrófica que algunos titulares, aunque tampoco invita a abrir champán. En la encuesta de competencias adultas, los resultados medios españoles en lectura y numeracy se mantuvieron relativamente similares a los de 2011-2012, pero el país presenta señales preocupantes en resolución adaptativa de problemas: el 35 % de los adultos se situó en el nivel 1 o por debajo, frente al 29 % de media de la OCDE. Además, el 21 % de los adultos en España quedó en los dos niveles más bajos cuando se consideran conjuntamente los tres dominios evaluados.

Los jóvenes españoles de 16 a 24 años tampoco salen especialmente airosos: puntuaron por debajo de la media de la OCDE en lectura, numeracy y resolución adaptativa de problemas. Es un dato incómodo porque esa franja ha pasado por sistemas educativos más prolongados, más digitalizados y, en teoría, más preparados para el mundo de la información. En teoría. Luego llega la realidad con sus deberes sin hacer, su comprensión lectora quebradiza y su habilidad olímpica para deslizar el dedo sobre una pantalla.

En PISA 2022, los estudiantes españoles se situaron cerca de la media de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, con menos alumnos de máximo rendimiento que la media, aunque también con una proporción relativamente mayor que alcanzaba niveles mínimos en las tres áreas. Traducido: España no es un desastre internacional, pero tiene un techo bajo. Aguanta razonablemente en la base, le cuesta producir excelencia. Y un país que se conforma con no hundirse acaba confundiendo la flotación con la navegación.

La pantalla no nos vuelve tontos, pero nos entrena peor

Conviene huir del sermón fácil contra las pantallas. La tecnología no es una bruja con escoba azulada. Un móvil puede servir para leer a Cervantes, aprender álgebra, seguir una guerra con mapas fiables, escuchar una clase de neurociencia o llamar a tu madre. También puede convertirse en una máquina tragaperras de dopamina, con notificaciones como migas de pan para que no salgas nunca del bosque.

El problema no es el dispositivo, sino el entrenamiento cognitivo que impone cuando se usa mal. La lectura larga enseña paciencia; el vídeo breve enseña recompensa rápida. Resolver un problema sin ayuda enseña tolerancia a la frustración; pedir una respuesta instantánea enseña dependencia. Un texto complejo obliga a sostener varias ideas a la vez; un carrusel de titulares premia la reacción inmediata. El cerebro aprende de lo que repite. Y estamos repitiendo mucho lo pequeño, lo rápido, lo ya masticado.

Los datos educativos encajan con esa sospecha. En PISA 2022, el rendimiento medio de los países de la OCDE cayó 15 puntos en matemáticas entre 2018 y 2022, la mayor caída registrada, mientras lectura descendió 10 puntos. La pandemia tuvo parte de culpa, claro, pero la OCDE advirtió de que el deterioro no podía atribuirse solo a los cierres escolares. La pendiente venía de antes en lectura y ciencias. El virus empujó; no inventó el precipicio.

También aparece la distracción digital. Los estudiantes que dijeron distraerse por el uso de dispositivos digitales de otros compañeros en algunas, la mayoría o todas las clases de matemáticas obtuvieron peores resultados que quienes apenas sufrían esa distracción, incluso teniendo en cuenta el perfil socioeconómico. Es decir: el ruido no solo molesta. Aprende contigo. Se sienta en el pupitre, abre la mochila y te roba medio recreo mental.

Atención rota, lectura pobre, razonamiento cansado

La atención no es una virtud antigua, de monjes con vela y pergamino. Es una infraestructura moderna. Sin atención no hay lectura profunda; sin lectura profunda no hay razonamiento complejo; sin razonamiento complejo solo queda la opinión inmediata, ese animalito nervioso que se alimenta de indignación.

Lo vemos a diario. Gente capaz de consumir cientos de mensajes en una mañana y, sin embargo, incapaz de reconstruir el argumento central de un artículo de cinco minutos. Profesionales que contestan correos, revisan chats, abren hojas de cálculo, saltan a una videollamada, vuelven al correo, pierden el hilo y llaman multitarea a lo que antes se llamaba interrupción. Estudiantes que saben buscar, pero no siempre saben evaluar; encuentran información, pero no necesariamente conocimiento. La diferencia es grande. Un vertedero también contiene materiales. Nadie lo confunde con una biblioteca.

El razonamiento exige fricción. Hay que quedarse un rato con la incomodidad de no entender. Hay que probar, equivocarse, volver, comparar. La cultura digital dominante, en cambio, suaviza esa fricción hasta hacerla casi intolerable. Todo tarda demasiado si no carga en dos segundos. Todo parece largo si supera tres párrafos. Todo parece sospechoso si no confirma lo que ya sentíamos. Y así, poco a poco, el pensamiento pierde callo.

No estamos ante una conspiración. Nadie se reúne en un sótano para diseñar ciudadanos más distraídos, aunque a algunos modelos de negocio les venga de maravilla. La economía de la atención premia capturar, retener y agitar. No premia formar lectores exigentes ni ciudadanos templados. La democracia necesita gente capaz de leer un dato frío antes de compartir una emoción caliente. El mercado de la distracción necesita justo lo contrario.

La IA entra en escena: pensar menos también se aprende

La inteligencia artificial generativa añade otra capa al problema. No porque sea mala por naturaleza. De hecho, bien usada puede ayudar a aprender, resumir, traducir, ordenar ideas, detectar errores y ampliar acceso al conocimiento. La herramienta no es el enemigo. El problema empieza cuando la herramienta deja de acompañar el pensamiento y empieza a sustituirlo sin que el usuario se dé cuenta. Una muleta puede ayudarte a caminar mientras te recuperas. Otra cosa es olvidarte de que tenías piernas.

Investigaciones recientes sobre IA y pensamiento crítico apuntan a esa zona gris. Un estudio con trabajadores del conocimiento recopiló ejemplos de uso de IA generativa en tareas laborales y observó una relación relevante entre confianza en la IA, confianza en uno mismo y esfuerzo crítico. Cuanto más se delega sin revisar, menos se ejercita el músculo del juicio. No porque la IA hipnotice a nadie, sino porque resulta comodísima. Y la comodidad, cuando se instala en el cerebro, cobra alquiler.

Otra investigación sobre escritura asistida con modelos de lenguaje, todavía discutida y con limitaciones de muestra, observó menor conectividad cerebral y menor sensación de autoría en participantes que escribían con ayuda de ChatGPT frente a quienes escribían sin herramientas o con buscador. Los autores hablaron de posible deuda cognitiva: obtener una respuesta rápida a cambio de practicar menos los procesos internos que permiten construirla. El estudio debe leerse con prudencia, no como mandamiento en piedra, pero encaja con una intuición sensata: si siempre externalizamos el esfuerzo, el esfuerzo interno se atrofia.

El riesgo no es que una máquina sea inteligente. El riesgo es que nosotros aceptemos ser usuarios pasivos de inteligencia ajena. Que el estudiante entregue sin entender. Que el trabajador copie sin verificar. Que el lector pregunte sin leer. Que el ciudadano deje de comparar datos porque un asistente ya le ofreció una frase redonda. La IA puede elevar el suelo de mucha gente, pero también puede bajar el techo de quien la usa como anestesia.

Aquí está el matiz decisivo: no se trata de prohibir herramientas, sino de conservar el control mental sobre ellas. Usar IA para contrastar argumentos puede ser excelente. Usarla para no argumentar, no. Pedir ayuda para corregir un texto puede mejorar el aprendizaje. Pedir que lo piense todo por uno puede vaciarlo. La frontera no siempre se ve. A veces tiene el tamaño de un botón que dice “generar”.

El problema no es saber menos, sino rendirse antes

La inteligencia humana no vive solo en el número de datos acumulados. De hecho, nunca hemos tenido más información disponible. Ese es precisamente el chiste cruel. La biblioteca universal cabe en el bolsillo, pero la capacidad de leer con calma parece encogerse. Tenemos mapas, cursos, archivos, diccionarios, traducciones, calculadoras, tutores automáticos. Y aun así hay señales de peor comprensión, peor cálculo cotidiano y menor tolerancia ante problemas complejos.

La contradicción se entiende mejor si distinguimos entre acceso y asimilación. Acceder a información es abrir una puerta. Asimilarla es caminar por la casa, mirar las habitaciones, recordar dónde estaba la ventana, entender por qué cruje el suelo. Internet ha multiplicado puertas. No garantiza paseo alguno.

También conviene separar envejecimiento de desuso. Un estudio longitudinal con datos alemanes de competencias adultas encontró que las habilidades cognitivas medias pueden aumentar hasta la cuarentena y descender después de forma moderada en lectura y más marcada en numeracy, pero el deterioro aparece sobre todo entre quienes usan menos esas habilidades. La frase popular era correcta: lo que no se usa, se pierde. El cerebro no dimite por edad; dimite antes por falta de tarea.

Eso abre una vía menos fatalista. Si el deterioro depende en parte del entorno, del uso y del entrenamiento, entonces no estamos ante una condena biológica. La inteligencia práctica puede cuidarse. Leer textos largos, hacer cuentas sin delegarlo todo, escribir con intención, debatir sin convertir cada desacuerdo en una pedrada, dormir mejor, enseñar a los niños a esperar, recuperar la memoria como herramienta y no como castigo escolar. Nada de esto suena moderno. Precisamente por eso empieza a ser revolucionario.

La educación tiene aquí un papel central, pero no puede cargar sola con un problema que fabrican familias, empresas tecnológicas, medios, horarios laborales y hábitos sociales. Pedir a la escuela que repare ocho horas diarias de dispersión digital es como pedir a un jardinero que riegue durante diez minutos un campo que lleva todo el día ardiendo. Hará algo. No hará magia.

La conversación pública tampoco ayuda cuando premia la simpleza. El político que reduce todo a una consigna, el tertuliano que confunde volumen con razón, el influencer que transforma cualquier asunto en una guerra de buenos y malos, el medio que titula como si cada dato fuera el último meteorito antes del impacto. Todo eso educa. Mal, pero educa. La inteligencia colectiva se forma también en la plaza pública, y nuestra plaza pública a menudo parece un bar con fluorescentes a las tres de la mañana.

El cerebro no se apaga: se acostumbra al atajo

La noticia sobre la caída de la inteligencia humana funciona porque toca un nervio real. Muchos sienten que les cuesta concentrarse más que antes, que leen peor, que recuerdan menos, que saltan de una cosa a otra con la cabeza llena de pestañas abiertas. Los datos no autorizan a proclamar que la especie se esté volviendo estúpida, pero sí permiten afirmar algo más serio: varias habilidades cognitivas esenciales muestran señales de desgaste en países que, paradójicamente, nunca habían tenido tantos recursos para cultivarlas.

No es una decadencia de película, con ruinas humeantes y música grave. Es más discreta. Una suma de pequeñas renuncias. No terminar un texto. No comprobar una cifra. No hacer el esfuerzo de recordar. No tolerar diez minutos de dificultad. No distinguir entre comprender y reconocer palabras familiares. No saber si una respuesta es buena porque ya hemos olvidado cómo se construye una respuesta.

La inteligencia humana sigue ahí, testaruda, elástica, capaz de maravillas. Pero no flota sola. Necesita tiempo, lectura, conversación, silencio, error, memoria, paciencia. Necesita adultos que no presuman de no leer. Necesita escuelas que no confundan digitalizar con pensar. Necesita tecnología diseñada para ampliar la mente, no para ordeñarla. Necesita, sobre todo, una cultura menos enamorada del atajo.

Porque el drama no es que las máquinas aprendan a pensar. El drama sería que nosotros aprendiéramos, encantados, a dejar de hacerlo.

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