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¿Por qué Irán amenaza a países que respalden las sanciones de EE. UU.?
Irán amenaza con tratar como enemigos a los países que apoyen las sanciones de EE. UU., con Ormuz y el comercio mundial bajo fuerte tensión.

Irán ha endurecido el tono frente a la nueva ofensiva económica de Estados Unidos. Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, ha advertido de que cualquier país que participe en las restricciones económicas impulsadas por Washington será considerado un “enemigo” de la República Islámica. No es una metáfora especialmente diplomática: Teherán sostiene que podría actuar contra los intereses de aquellos Estados que colaboren con la presión estadounidense.
La amenaza llega mientras la Administración de Donald Trump prepara un nuevo paquete de sanciones contra Irán, presentado por Washington como uno de los más duros aplicados hasta ahora. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha anunciado más detalles para este lunes, 24 de agosto, dentro de una estrategia destinada a asfixiar económicamente al régimen iraní y también a complicar sus relaciones comerciales con terceros países.
Ahí está precisamente el cambio de escala. Estados Unidos amenaza con castigar a quienes mantengan determinadas relaciones económicas con Irán; Irán responde advirtiendo a esos mismos países de que colaborar con Washington tendrá consecuencias. Entre ambos mensajes queda atrapado medio mapa comercial de Oriente Próximo y Asia. El comercio internacional no suele funcionar demasiado bien cuando cada factura empieza a parecerse a una prueba de lealtad geopolítica.
Irán eleva las sanciones de EE. UU. a cuestión de seguridad
Rezaei formuló la advertencia durante una intervención en la televisión estatal iraní. Su mensaje iba dirigido especialmente a los países vecinos, aunque amplió después el aviso al resto del mundo: Teherán no quiere que otros gobiernos se incorporen a lo que define como la “guerra económica” de Estados Unidos.
La expresión importa. Para las autoridades iraníes, las sanciones secundarias estadounidenses no constituyen simplemente una política comercial adversa. Teherán las presenta como un mecanismo mediante el cual Washington intenta extender su legislación más allá de sus fronteras y obligar a empresas, bancos y gobiernos extranjeros a elegir entre el mercado estadounidense y sus relaciones con Irán.
El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, ha calificado las nuevas medidas como una forma de imposición extraterritorial y sostiene que las sanciones secundarias carecen de fundamento en el derecho internacional. Washington, naturalmente, contempla la cuestión desde el otro extremo del telescopio: considera que la presión financiera sirve para limitar los ingresos y las capacidades estratégicas de Irán.
Pero Rezaei fue más lejos que una protesta diplomática. Según su advertencia, Irán podría atacar intereses de los países que ayuden a Estados Unidos y dificultar incluso rutas petroleras alternativas al estrecho de Ormuz si los Estados de la región participan en las nuevas medidas económicas.
Mohsen Rezaei y el peso de quien pronuncia la amenaza
Tampoco habla un personaje secundario. Rezaei fue nombrado en agosto secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, uno de los órganos fundamentales para coordinar las políticas exterior y de seguridad iraníes. Antes había dirigido durante 16 años los Guardianes de la Revolución, incluida buena parte de la guerra entre Irán e Irak de 1980 a 1988.
Su llegada al puesto ha sido interpretada como parte de un endurecimiento del aparato político y militar iraní. Por eso sus palabras pesan más que la habitual retórica incendiaria que acompaña a las crisis internacionales. Cuando alguien con semejante historial habla de considerar “enemigo” a otro Estado, conviene distinguir entre propaganda, disuasión y amenaza concreta, pero tampoco despacharlo como simple ruido.
Eso sí: llamar “enemigo” a un país no equivale jurídicamente a declararle la guerra. Rezaei no anunció una lista de Estados que hayan adquirido ya esa condición ni especificó automáticamente qué represalias se aplicarían. La ambigüedad también es parte del mensaje. Una amenaza perfectamente detallada deja menos margen que una suficientemente nebulosa.
Qué prepara Estados Unidos contra la economía iraní
La escalada verbal iraní responde a una presión igualmente explícita desde Washington. Trump ha prometido una campaña de “guerra económica” y aislamiento contra Irán y ha avisado de consecuencias para los países que proporcionen algún tipo de apoyo económico al país.
Bessent ha descrito las medidas pendientes como las sanciones más duras aplicadas hasta ahora y ha planteado la presión financiera como una alternativa que podría reducir la necesidad de nuevas operaciones militares a gran escala. Estados Unidos ya mantiene una extensa arquitectura de sanciones contra sectores financieros, petroleros, marítimos y militares iraníes.
Aquí aparecen las llamadas sanciones secundarias. A diferencia de una prohibición dirigida únicamente a ciudadanos o compañías estadounidenses, pueden afectar a entidades de terceros países cuando operan con personas, empresas o sectores sancionados por Washington. En la práctica, una compañía extranjera puede enfrentarse al dilema de conservar negocios con Irán o arriesgar su acceso al sistema financiero estadounidense.
Y el dólar pesa. Mucho.
Esa capacidad convierte las sanciones estadounidenses en una herramienta con alcance internacional aunque otros gobiernos no hayan aprobado medidas equivalentes. Es justamente el aspecto que Teherán denuncia como extraterritorial.
China está en el centro del pulso entre Washington y Teherán
Aunque Rezaei dirigió su advertencia especialmente a los vecinos de Irán, China aparece inevitablemente en el centro de la batalla económica. Es el principal comprador del petróleo iraní transportado por mar y recibió más del 80 % de esos envíos según datos de 2025 recopilados por Kpler.
Pekín ha desarrollado durante años mecanismos comerciales destinados a reducir la exposición de sus importaciones iraníes a las sanciones estadounidenses. Parte del crudo pasa por refinerías con escasa relación directa con Estados Unidos, mediante intermediarios, pagos en moneda china y circuitos comerciales difíciles de rastrear. Washington ya ha sancionado instalaciones y actores chinos vinculados a compras de petróleo iraní.
Atacar económicamente esa relación tiene, sin embargo, un precio potencial. Estados Unidos y China mantienen una interdependencia comercial enorme, de modo que llevar las sanciones iraníes hasta un enfrentamiento financiero directo con Pekín añadiría otro frente a una relación ya cargada de disputas.
China ha pedido resolver la crisis mediante vías políticas y diplomáticas. Una posición previsible, sí, pero también bastante pragmática: Pekín necesita energía, Teherán necesita compradores y Washington quiere que ese matrimonio de conveniencia salga mucho más caro.
Irak, Turquía y los países del Golfo afrontan una presión incómoda
La advertencia iraní resulta especialmente delicada para los Estados próximos. Irak mantiene una fuerte relación comercial y energética con Irán, incluido el suministro de gas utilizado para generar electricidad. El comercio entre ambos superó los 10.000 millones de dólares en 2025, aunque la guerra y las dificultades fronterizas lo han reducido durante 2026.
Turquía tampoco es un actor marginal. El intercambio bilateral ronda los 5.000 o 6.000 millones de dólares anuales y el gas iraní cubre una parte apreciable de las importaciones turcas. Oman, por otro lado, mantiene vínculos económicos con Irán y desempeña desde hace años un papel de intermediario entre Teherán y Washington.
Los Emiratos Árabes Unidos constituyen un caso todavía más revelador. Durante mucho tiempo fueron uno de los principales puentes comerciales de Irán hacia el exterior, particularmente a través de Dubái. Sin embargo, Emiratos suspendió recientemente sus transacciones financieras y comerciales con Teherán en medio del deterioro de la situación regional.
Para esos gobiernos el problema tiene una geometría bastante ingrata: conservar relaciones con Irán puede provocar represalias estadounidenses; romperlas puede exponerlos a la presión de Teherán. Y al fondo está el petróleo, como casi siempre que la geografía del Golfo empieza a calentarse.
El estrecho de Ormuz vuelve a ser la pieza más delicada
La amenaza económica no puede separarse del estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del planeta. Antes del actual conflicto pasaban por esta vía alrededor de 20 millones de barriles de petróleo diarios, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial.
El tránsito se ha desplomado. Solo cuatro buques de mercancías atravesaron el estrecho el jueves previo a las declaraciones de Rezaei, sin grandes petroleros de crudo ni metaneros entre ellos. Estados Unidos afirma estar facilitando el movimiento de unos ocho millones de barriles diarios, muy por debajo de los niveles anteriores a la guerra.
Irán conserva así una baza que no necesita expresarse únicamente mediante exportaciones propias. La posición geográfica del país le proporciona capacidad para alterar el tráfico marítimo regional, algo que repercute sobre precios del petróleo, seguros, transporte y cadenas de suministro mucho más allá de Oriente Próximo.
Rezaei añadió otra pieza inquietante al señalar que también podrían verse amenazadas rutas utilizadas para evitar Ormuz si los países vecinos participan en la campaña económica estadounidense. Es decir, el conflicto deja de girar solo alrededor de quién vende petróleo iraní y empieza a rozar la arquitectura energética de toda la zona.
No resulta extraño que Francia y Arabia Saudí estén estudiando alternativas logísticas, desde una mayor utilización de puertos omaníes situados fuera del Golfo hasta ampliaciones de oleoductos y nuevas conexiones ferroviarias. El mapa energético se está redibujando sobre la marcha, con regla, compás y demasiados misiles cerca.
Entre la presión económica y una negociación que no despega
La paradoja es que mientras Washington y Teherán intercambian amenazas cada vez menos decorativas, también continúan apareciendo intentos de mediación. Egipto ha buscado reactivar las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, mientras el ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, mantiene contactos sobre posibles fórmulas diplomáticas y sobre las negociaciones con Oman relacionadas con Ormuz.
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, también ha defendido públicamente una salida diplomática. No significa que las posiciones estén próximas. Estados Unidos mantiene sus exigencias sobre el programa nuclear y las capacidades estratégicas iraníes; Teherán rechaza aceptar un acuerdo que interprete como capitulación.
Ese contraste explica buena parte de la escena. Se habla de negociar mientras se prepara el siguiente castigo económico. Se invoca la diplomacia con un ojo en el estrecho y otro en las sanciones. No es exactamente una atmósfera de café tranquilo y documentos sobre la mesa.
La amenaza iraní convierte el comercio en otro frente del conflicto
La declaración de Rezaei introduce un elemento especialmente peligroso: la neutralidad económica empieza a estrecharse. Estados Unidos pretende que terceros países reduzcan sus relaciones con Irán; Teherán responde intentando elevar el coste político y estratégico de obedecer a Washington.
La consecuencia inmediata no es que todos esos Estados pasen automáticamente a ser enemigos de Irán, ni mucho menos que exista una nueva guerra declarada. La amenaza es condicional y todavía faltan detalles esenciales sobre las sanciones que Estados Unidos anunciará el 24 de agosto. Pero el mensaje iraní resulta inequívoco en su propósito: evitar que el aislamiento estadounidense se convierta en un cerco internacional.
Lo que ocurra dependerá de hasta dónde llegue Washington con las sanciones secundarias, de la reacción de China y de las decisiones que adopten los países del Golfo y otros socios comerciales de Irán. También, inevitablemente, de Ormuz.
Porque cuando una sanción económica puede terminar afectando a un petrolero, un banco en Asia, una central eléctrica iraquí o el precio del combustible a miles de kilómetros, aquello deja de ser una disputa bilateral. Y ese es precisamente el terreno que ahora pisan Estados Unidos e Irán: una guerra de presión en la que nadie dispara necesariamente para conseguir que todo el mundo note el impacto.

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