Economía
Europa aún puede retener la inversión farmacéutica: qué hace falta
La inversión europea crece, aunque la innovación se desplaza. El reto es convertir ciencia y talento en proyectos que se queden.

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Europa invirtió alrededor de 60.000 millones de euros en investigación y desarrollo farmacéutico en 2025, un 6,5% más que el año anterior. También elevó su producción de medicamentos hasta los 505.000 millones de euros y sus exportaciones a 815.000 millones. Sin embargo, el aumento de la actividad no ha bastado para conservar el liderazgo en innovación: Estados Unidos y China concentran cada vez más nuevos medicamentos, ensayos clínicos y ventas de los fármacos recientes.
La respuesta no depende de una única subvención ni de una rebaja fiscal aislada. Para que las compañías sitúen en Europa sus centros de investigación, ensayos y plantas, necesitan una combinación de incentivos útiles también para empresas que aún no tienen beneficios, reglas previsibles, financiación a largo plazo y trámites más ágiles. El debate cobró fuerza en Berlín, durante el congreso de la Sociedad Europea de Oncología Médica (ESMO), con una advertencia de fondo: las decisiones de inversión que se toman ahora pueden fijar durante años dónde se desarrollan y fabrican los próximos tratamientos.
Una industria que crece mientras pierde peso innovador
Las cifras de 2025 dibujan una paradoja. La industria farmacéutica europea alcanzó máximos de inversión, producción y exportaciones, y empleó directamente a unas 955.000 personas, de las que 125.000 trabajaban en investigación y desarrollo. La producción aumentó un 9% y las exportaciones, un 10,7% respecto al año anterior. Son señales de fortaleza industrial, pero no garantizan que los próximos medicamentos nazcan en el continente ni que las nuevas inversiones se queden en él.
El contraste aparece al observar el origen de los principios activos nuevos. De los 104 registrados en el mundo durante 2025, 46 procedían de compañías con sede en China o Hong Kong, 28 de empresas estadounidenses y 16 de compañías europeas. Japón aportó cinco y el resto de países, nueve. En otras palabras, China y Estados Unidos sumaron 74 de los 104 nuevos principios activos, mientras Europa quedó por detrás de ambos competidores.
No siempre fue así. A comienzos de los años noventa, Europa originaba el 37% de los nuevos medicamentos y Estados Unidos, el 25,6%. La relación se ha invertido con el tiempo, y China ya había superado a Europa y a Estados Unidos en número de nuevas moléculas en 2024. La explicación no es que el continente haya dejado de investigar, sino que el crecimiento europeo no ha mantenido el ritmo de sus rivales en inversión, escala y capacidad de convertir resultados científicos en productos.
Ese cambio también se observa en la actividad clínica. La proporción mundial de ensayos clínicos que se desarrollaban en Europa cayó del 22% al 12% entre 2013 y 2023, pese al crecimiento global de la investigación. España constituye una excepción destacada por su peso en ensayos, aunque ese rendimiento no elimina la pérdida de presencia europea en conjunto. La brecha importa porque un ensayo no solo genera conocimiento: también conecta hospitales, investigadores, pacientes y empresas con el desarrollo de un tratamiento.
El tamaño del mercado no explica todo
Estados Unidos ofrece a las compañías un mercado de gran escala y una vía potencialmente más rápida para recuperar una inversión elevada. En 2025, Estados Unidos y Canadá concentraron el 54,7% de las ventas farmacéuticas mundiales, frente al 23,7% de Europa. La diferencia se amplía al mirar los medicamentos lanzados entre 2020 y 2024: Estados Unidos representó el 74,1% de las ventas, mientras los cinco principales mercados europeos —Alemania, Francia, Italia, España y Reino Unido— sumaron el 15,6%.
Estas cifras ayudan a entender por qué una empresa puede preferir reforzar su presencia al otro lado del Atlántico, pero no describen por sí solas todo el cálculo. También pesan la profundidad de los mercados de capital, la disponibilidad de financiación para empresas jóvenes y la posibilidad de encontrar socios, hospitales y centros de investigación en un mismo ecosistema. El atractivo se construye con la expectativa de llegar a pacientes, financiar cada fase y sostener un proyecto durante años, no solo con el tamaño de un mercado nacional.
La evolución del gasto en I+D muestra la distancia acumulada. Entre 1990 y 2024, la inversión estadounidense se multiplicó por 14 y la europea, por siete. China la multiplicó por 58 entre 2000 y 2024. No son ritmos intercambiables: cuando una región aumenta sus recursos con mayor rapidez, puede ampliar laboratorios, atraer equipos y asumir más proyectos en paralelo. Con el tiempo, esa escala genera experiencia, redes y nuevas oportunidades de inversión.
En Berlín también se señaló la incertidumbre alrededor de las políticas estadounidenses de precios y aranceles. La posibilidad de vincular determinados precios en Estados Unidos a los de otros países y el uso de medidas comerciales como palanca industrial pueden influir en el orden de los lanzamientos y en la ubicación de la producción. Son factores sujetos a decisiones políticas y no una explicación única del desplazamiento, pero refuerzan una conclusión: las compañías valoran tanto las condiciones actuales como la previsibilidad de las reglas futuras.
Qué puede cambiar una política fiscal bien diseñada
Reducir el coste de investigar es una de las propuestas centrales para mejorar la posición europea. La clave está en cómo se diseña el incentivo. Una deducción fiscal convencional tiene menos utilidad para una empresa que todavía no obtiene beneficios: puede acumular un crédito sobre el papel y, aun así, carecer de liquidez para pagar personal, material de laboratorio o ensayos. En ese contexto, los créditos reembolsables permitirían convertir parte del incentivo en recursos disponibles durante las fases tempranas, cuando el riesgo científico y financiero es más alto.
La diferencia es especialmente relevante para las empresas biotecnológicas y los proyectos que necesitan años de investigación antes de generar ingresos. Un incentivo que solo se aprovecha cuando ya hay beneficios llega tarde para quien afronta los costes iniciales. Por eso, entre las opciones debatidas figuran créditos reembolsables, mayores deducciones para el personal investigador y los consumibles, y reglas que permitan amortizar más deprisa equipos científicos, instalaciones y salas blancas. Su diseño tendría que ser claro para evitar que la ayuda dependa de interpretaciones cambiantes.
También importa dónde se registran y desarrollan los activos intangibles creados por la investigación, como las patentes y el conocimiento protegido. Los instrumentos fiscales vinculados a esos activos pueden ayudar a mantener en Europa tanto su valor como los equipos que los generan. Pero el incentivo pierde fuerza si está cargado de requisitos difíciles de anticipar. Para una dirección empresarial, la certeza de poder aplicar una norma pesa tanto como el beneficio nominal que promete.
La seguridad jurídica, por tanto, no es un detalle administrativo. Criterios públicos, estables y comprensibles reducen el temor a que una inversión planificada bajo unas reglas termine cuestionada después. La armonización de ciertos requisitos entre países europeos también podría reducir fricciones para compañías que operan en varios mercados. No significa que todos deban aplicar idénticos impuestos, sino que las diferencias no conviertan cada proyecto transfronterizo en una carrera de obstáculos.
El gasto público en investigación es otra parte de la ecuación. Entre las propuestas planteadas está que los países que destinan menos recursos eleven el esfuerzo en I+D hacia una horquilla del 1,5% al 2% del producto interno bruto, con compromisos plurianuales. No se trata de una cifra que garantice por sí sola la llegada de inversiones: el resultado depende de cómo se distribuya el dinero y de si complementa la inversión privada. La continuidad presupuestaria permite planificar programas largos mejor que las convocatorias imprevisibles, que pueden interrumpir equipos y proyectos a mitad de camino.
Los ensayos clínicos también compiten por tiempo
La inversión no se desplaza únicamente por razones fiscales. En investigación clínica, el tiempo necesario para poner en marcha un ensayo y reclutar participantes puede inclinar la decisión sobre dónde realizarlo. Los estudios multicéntricos requieren coordinación entre centros, autoridades y promotores; si los procedimientos difieren mucho de un país a otro, la fragmentación puede retrasar el inicio o complicar la operación. Para una compañía, los meses de demora también representan un coste, aunque no aparezcan en una factura concreta.
Europa cuenta con una red hospitalaria amplia, experiencia clínica y poblaciones diversas, además de centros capaces de colaborar en proyectos complejos. España ha demostrado que puede atraer ensayos y reclutar pacientes con eficiencia cuando existe coordinación entre hospitales y equipos investigadores. Esa capacidad es una ventaja, pero no se sostiene automáticamente: hacen falta procedimientos previsibles, personal con tiempo para investigar y financiación estable para la actividad clínica.
Una ventanilla única para tramitar ensayos, con información clara sobre requisitos y plazos, podría reducir duplicaciones y ofrecer más visibilidad a los promotores. Publicar el estado de los procesos y cumplir los tiempos anunciados ayudaría a distinguir entre un sistema que promete rapidez y uno que puede demostrarla. La meta no sería eliminar las garantías de seguridad, sino evitar que la protección de los participantes conviva con demoras administrativas innecesarias.
La pérdida de cuota europea en ensayos no significa que la investigación haya desaparecido ni que todos los países hayan retrocedido por igual. El dato agregado esconde diferencias entre sistemas sanitarios, especialidades y capacidades nacionales. Esa variación abre una oportunidad, pero también dificulta coordinar proyectos continentales. Si cada país intenta competir por separado sin interoperabilidad ni criterios compatibles, la suma de sus centros puede resultar menos atractiva que una red integrada.
El talento y el capital deben acompañar a la ciencia
Europa forma investigadores y dispone de hospitales y universidades con experiencia, pero el conocimiento no se convierte automáticamente en una empresa, una planta o un medicamento disponible. Entre un descubrimiento de laboratorio y un tratamiento hay etapas costosas, con posibilidades reales de fracaso. Para atravesarlas se necesitan perfiles de biología, bioinformática, estadística clínica, regulación y fabricación, además de trayectorias profesionales que permitan moverse entre universidades, hospitales y compañías.
Retener a esos profesionales depende de algo más que el salario. Los contratos, la estabilidad de los equipos y la posibilidad de desarrollar una carrera influyen en la decisión de permanecer o trasladarse. Cuando los investigadores pueden conectar el trabajo básico con la atención a pacientes y la producción, los proyectos traslacionales ganan continuidad. El talento es una infraestructura menos visible que un laboratorio, pero igual de difícil de reconstruir cuando se dispersa.
La financiación también suele flaquear al pasar de una prueba inicial a ensayos avanzados o a la producción industrial. Europa dispone de capital, pero el artículo original señala que falta suficiente financiación especializada y paciente para sostener proyectos largos y de alto riesgo. Los mercados bursátiles europeos tampoco siempre ofrecen a las empresas la profundidad de financiación disponible en Estados Unidos. Esa diferencia puede empujar a una compañía a buscar capital fuera y, después, a trasladar allí parte de sus operaciones.
La coinversión pública, las garantías parciales y una mayor participación de inversores institucionales en empresas innovadoras aparecen entre las herramientas posibles. No sustituyen la evaluación privada ni convierten un proyecto incierto en uno seguro; pueden, en cambio, ayudar a repartir riesgos y a cubrir etapas que el mercado financia con dificultad. El reto es acompañar el paso de la ciencia a la escala industrial sin sostener indefinidamente proyectos que no funcionan.
Europa necesita una oferta común, no solo incentivos nacionales
La fragmentación europea es uno de los obstáculos de fondo. Una compañía que compara ubicaciones no mira únicamente el tipo impositivo: evalúa el acceso a pacientes, la disponibilidad de personal, las reglas de los ensayos, las condiciones de mercado y la capacidad de producir. Si cada país ofrece una pieza distinta y los procedimientos no encajan, el conjunto puede resultar menos competitivo que un sistema más integrado. La escala europea solo cuenta como ventaja cuando es posible operar a través de las fronteras sin rehacer cada proceso.
La coordinación puede abarcar criterios regulatorios y fiscales, documentación clínica y estrategias industriales, siempre dentro de las competencias de cada país. También puede dar continuidad a inversiones en bioprocesos, reactivos, consumibles y fabricación de medicamentos. Las capacidades productivas no se levantan de un día para otro; dependen de equipos especializados, controles de calidad y cadenas de suministro que deben mantenerse incluso cuando la demanda cambia.
La compra pública y las decisiones de acceso a los medicamentos forman parte de la misma conversación. Un mercado capaz de reconocer el valor clínico de una innovación y ofrecer previsibilidad puede mejorar las perspectivas de ingresos. Entre las opciones debatidas están los acuerdos vinculados a resultados y el seguimiento de los tratamientos en la práctica clínica. Pero el equilibrio es delicado: la sostenibilidad del gasto sanitario y el acceso de los pacientes deben avanzar junto con los incentivos a innovar, no quedar subordinados a ellos.
También conviene evitar la idea de que cualquier apoyo fiscal resolverá el problema sin coste. Los incentivos pueden orientar decisiones, pero deben evaluarse por la inversión adicional que generan, la actividad que retienen y los resultados que producen. Si una ayuda recompensa proyectos que se habrían realizado igualmente o se aplica con reglas opacas, su efecto industrial será limitado. La credibilidad exige objetivos claros y continuidad suficiente para medir resultados, no solo anuncios de nuevas ventajas.
La ventana de decisión se abre antes de que se vea el resultado
Las decisiones sobre un centro de investigación, una planta o un programa clínico suelen preceder por años a la llegada de un medicamento al mercado. Por eso, cuando una región pierde participación en innovación, el efecto puede tardar en hacerse visible para el público. La inversión que no se concreta hoy puede traducirse más adelante en menos empleo científico, menos ensayos y menor capacidad de producción. El mapa de la industria se modifica en los comités de inversión mucho antes de aparecer en las estadísticas de ventas.
Europa mantiene activos importantes: ciencia, hospitales, trabajadores cualificados y una industria que continúa invirtiendo y exportando. España, además, sobresale en investigación clínica. La cuestión es si esas fortalezas pueden articularse en una oferta que compita con la escala estadounidense y el rápido crecimiento chino, y no quedarse como logros aislados dentro de mercados nacionales. El aumento de la inversión europea en 2025 demuestra que la capacidad existe; la pérdida relativa de nuevos principios activos indica que no basta con medir cuánto se gasta.
Una respuesta duradera combinaría incentivos fiscales accesibles para empresas sin beneficios, financiación plurianual, seguridad jurídica, ensayos más ágiles y mejores vías para llevar la investigación a la producción. No hay una medida capaz de asegurar que cada proyecto permanezca en Europa, ni la política pública puede eliminar el riesgo propio de desarrollar un fármaco. Sí puede reducir trabas evitables y hacer más previsible la decisión de invertir. La competitividad se juega en el conjunto de condiciones, no en una promesa aislada.
La pregunta decisiva para las capitales europeas ya no es si el continente tiene capacidad científica, sino si ofrece un entorno donde esa capacidad pueda crecer, financiarse y llegar a los pacientes. Las cifras de 2025 muestran una industria fuerte en volumen y actividad, pero más débil en el origen de las nuevas moléculas y en el peso de los ensayos. Convertir sus fortalezas en una ventaja sostenida requiere constancia: la ciencia puede empezar en Europa, pero solo una estrategia completa conseguirá que también se desarrolle y produzca aquí.

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