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España rozará hoy los 6.000 evacuados por la guerra de Irán

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España 6.000 evacuados de Irán

España roza 6.000 evacuados por la guerra de Irán en una operación récord que retrata la tensión en Oriente Medio y la magnitud del rescate.

España llegará este martes a una cifra que hace una semana parecía lejana: casi 6.000 personas evacuadas de Oriente Medio desde que estalló la guerra en torno a Irán. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha precisado que ya han sido repatriados 5.685 españoles y que a lo largo del día se sumarán algo más de 300 más procedentes de Emiratos Árabes Unidos y Catar en cinco vuelos. El mensaje político del Gobierno, repetido con una claridad poco habitual en plena crisis, es nítido: no dejar a ningún español atrás si quiere salir de la zona.

La fotografía del martes no se agota en la cifra redonda. Albares ha explicado que las operaciones siguen abiertas por todas las vías posibles, salvo la de Irán, que quedó cerrada con éxito el pasado sábado, una semana después del inicio de la guerra. Hasta ahora se han ejecutado nueve operaciones de evacuación terrestre y tres aéreas con aviones de las Fuerzas Armadas, y en la madrugada de este martes la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha recibido en la base aérea de Torrejón de Ardoz a 251 evacuados llegados en el último vuelo militar desde Omán.

Un operativo que se disparó en cuestión de días

La velocidad con la que ha crecido el dispositivo dice mucho sobre el tamaño real de la emergencia. El 3 de marzo, cuando el Ministerio de Exteriores empezó a poner cifras a la operación, el primer gran movimiento visible fue la salida de 175 personas en un vuelo comercial de Etihad desde Abu Dabi hacia Madrid. En aquel momento el Gobierno evitaba dar demasiados detalles por razones de seguridad, pero ya dejaba claro que estaba usando medios aéreos y terrestres para sacar al mayor número posible de españoles de una región que se iba cerrando a golpes de bombardeo, alertas y cancelaciones.

Dos días después el escenario ya era otro. El 5 de marzo, Exteriores hablaba de unos 3.000 españoles repatriados y el Ejército del Aire y del Espacio hacía aterrizar en Torrejón un A330 con 171 evacuados atrapados en Omán. Aquella llegada confirmó dos cosas a la vez: que la red comercial no bastaba por sí sola y que el Gobierno había pasado ya de la fase de contención consular a una operación de extracción masiva, apoyada en recursos militares y diplomáticos a la vez. En esa misma actualización, el ministerio recordaba que la región concentraba unos 31.000 españoles entre residentes, turistas y trabajadores desplazados, aunque dejaba claro que solo una parte de ellos quería regresar.

La secuencia continuó sin apenas respiro. El 6 de marzo despegó desde Omán un segundo avión del Ejército del Aire con 237 españoles a bordo, dentro de una misión ya mucho más consolidada, con el Ala 45 y el Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo sosteniendo la parte técnica de un puente que dejó de ser excepcional para convertirse en rutina de emergencia. Al día siguiente, Exteriores informó de que más de 4.000 españoles habían sido ya repatriados y confirmó además la salida de los primeros vuelos comerciales desde Catar desde el comienzo de la guerra, además de la llegada prevista de 658 ciudadanos desde Emiratos en tres vuelos comerciales a Madrid y Barcelona. El martes 10, con el tercer avión militar aterrizado en España y con cinco vuelos más programados desde Emiratos y Catar, el contador roza ya los 6.000 evacuados.

Visto en conjunto, el operativo ha crecido como un muelle comprimido que de pronto salta. Primero fueron salidas puntuales. Luego vuelos comerciales coordinados con aerolíneas. Después, aviones militares con capacidad para alrededor de 250 personas. Entre medias, convoyes por carretera, cruces de frontera, consulados reordenando equipos y embajadas trabajando con horarios que ya no son horarios, sino pura continuidad. No es una repatriación de manual. Es una evacuación multinivel, bastante más compleja de lo que sugiere el número final.

Irán fue el punto más delicado del mapa

La parte más sensible de la operación estaba en Irán, no tanto por volumen como por riesgo político y operativo. El 4 de marzo, Albares informó de que 22 españoles residentes en Irán habían conseguido salir del país y cruzar la frontera con Azerbaiyán, donde quedaron a salvo antes de seguir viaje de regreso a España. Aquello marcó un punto de inflexión porque demostraba que todavía había una ventana terrestre abierta, estrecha, sí, pero abierta. También revelaba algo importante: la salida de Irán no iba a depender de un gran puente aéreo, sino de una evacuación más artesanal, mucho más frágil y pegada al terreno.

En esas primeras jornadas la embajada española en Teherán seguía operativa, aunque reducida a su personal esencial y con el embajador Antonio Sánchez-Benedito al frente. Exteriores incluso reforzó personal diplomático en varias embajadas para ayudar con la evacuación. Pero el deterioro de la situación acabó imponiendo otra decisión: el 7 de marzo Albares anunció que la Embajada de España en Irán había sido evacuada con éxito y que el embajador y el personal esencial ya habían cruzado la frontera con Azerbaiyán. Aun así, el ministerio subrayó que el resto de embajadas de la región y la sala de crisis seguían operativas las 24 horas a través de los teléfonos de emergencia.

Ese cierre de la vía iraní no significa que el problema quedara resuelto sin más, pero sí que el tramo más comprometido del dispositivo quedó completado antes de que la situación se degradara aún más. El propio Albares sostuvo el 5 de marzo que todos los españoles que querían salir de Irán ya lo habían hecho y que quienes seguían allí permanecían por decisión propia. Esa precisión, que puede parecer menor, cambia la lectura del caso: el Gobierno no presentaba Irán como una operación inacabada, sino como una fase prácticamente consumada dentro de un operativo regional mucho más grande.

El papel silencioso de las embajadas y de la sala de crisis

Hay una parte de este rescate que no sale en las imágenes de Torrejón y, sin embargo, lo explica casi todo. Desde el primer momento, Exteriores activó su sala de crisis, organizó videoconferencias con los embajadores españoles en la zona y reforzó medios humanos y materiales en legaciones clave, con atención especial a Emiratos, Arabia Saudí y Omán, además de un despliegue diplomático en Baréin. Esa arquitectura discreta es la que permite convertir un ciudadano aislado en una persona localizable, documentada y movible dentro de un entorno que cambia por horas.

La logística consular, cuando funciona, casi nunca se nota; cuando falla, lo ocupa todo. Aquí, de momento, el Gobierno ha conseguido sostener una red razonablemente eficaz en un escenario regional muy nervioso. No solo se trataba de atender llamadas o de emitir recomendaciones de viaje. Se trataba de coordinar listas de salida, reagrupar personas, recolocar trayectos, asegurar cruces fronterizos, hablar con compañías aéreas para que los billetes siguieran siendo útiles y sincronizar el músculo diplomático con la capacidad operativa del Ejército. No hay épica ahí. Hay gestión. Pero en estas crisis la gestión vale más que cualquier discurso.

Emiratos y Catar explican el gran salto hasta los 6.000

Si Irán era el punto más delicado, Emiratos y Catar son la clave para entender el volumen final de la evacuación. A comienzos de marzo, Albares situó en más de 30.000 los españoles presentes en Oriente Medio y detalló que la situación más complicada por riesgo estaba en Irán, pero que el mayor contingente se encontraba en Emiratos Árabes Unidos, con unos 13.000 españoles. Ahí está una de las claves del titular de este martes. La cifra de 6.000 no sale solo del foco iraní; sale, sobre todo, del efecto dominó que la guerra ha provocado en los grandes centros regionales de tránsito y residencia española.

Emiratos no es una escala secundaria para España. Es un nodo donde conviven residentes de larga duración, trabajadores de empresas de infraestructuras y energía, técnicos, personal del sector aéreo, profesionales del lujo, consultores, familias asentadas y también un flujo continuo de turistas. Catar, por su parte, ocupa un papel parecido en términos de conectividad y presencia laboral. Cuando una guerra desordena el espacio aéreo y eleva el nivel de alerta en todo el Golfo, esos países pasan de ser plataformas seguras a convertirse en puntos de salida preferente para miles de personas que quizá no estaban en el epicentro del conflicto, pero sí dentro de su radio de inestabilidad.

Por eso la cifra crece por oleadas. El 7 de marzo Exteriores ya contaba con 658 españoles procedentes de Emiratos en tres vuelos comerciales y celebraba la reactivación de las salidas desde Catar. El 10 de marzo, Albares añadió que llegarían algo más de 300 personas más desde esos dos países en cinco vuelos. El salto no responde a una sola extracción espectacular, sino a una suma de corredores reabiertos, plazas aprovechadas, billetes revalidados y decisiones personales que se aceleran cuando el conflicto, lejos de apagarse, empieza a expandirse por toda la región.

Hay además un factor psicológico que cuenta bastante y se explica poco. Mucha gente no pide salir el primer día. Espera. Mira si la situación se enfría, si el vuelo comercial aguanta, si la empresa da instrucciones, si la familia prefiere seguir, si el hotel prolonga la estancia, si hay margen. El problema es que en guerras así el margen se evapora deprisa. De ahí que las cifras oficiales parezcan a veces escalones. No es que el operativo se active de golpe; es que la decisión de marcharse también llega por tandas.

Cuando repatriar deja de ser solo comprar un billete

La operación española ha tenido una mezcla muy reconocible de diplomacia, transporte comercial y aviación militar. Los primeros 175 llegaron en una ruta comercial desde Abu Dabi. Después entraron en escena los A330 MRTT del Ejército del Aire y del Espacio, con capacidad aproximada para 250 personas, capaces de cubrir un vacío que las redes civiles no podían absorber por sí solas. En paralelo, Exteriores mantuvo el contacto con las compañías aéreas para garantizar que quienes ya tenían un billete pudieran seguir utilizándolo siempre que las condiciones del espacio aéreo lo permitieran.

Ese modelo híbrido ha evitado dos errores clásicos: confiarlo todo al mercado cuando el mercado se encoge, o fiarlo todo a los medios militares cuando todavía existen ventanas comerciales aprovechables. La combinación ha permitido sacar gente de forma más rápida y, sobre todo, más flexible. A veces la salida óptima ha sido un vuelo regular. Otras, un avión militar desde Omán. Otras, un cruce por carretera hasta Azerbaiyán y desde allí una conexión aérea. Una sola plantilla no habría servido.

Los vuelos de Torrejón y el rostro más visible de la evacuación

La base aérea de Torrejón se ha convertido otra vez en el punto de entrada de una crisis internacional a la vida española. Primero llegaron los 171 evacuados desde Omán. Después despegó y regresó el segundo avión con 237 españoles. Y en la madrugada del martes aterrizó el tercero con 251 evacuados, en una operación que Defensa ha presentado como la tercera evacuación realizada por las Fuerzas Armadas desde el estallido del conflicto. Cada uno de esos aterrizajes ha servido para medir el pulso real de la crisis mucho mejor que cualquier declaración grandilocuente.

El último vuelo ha dejado, además, una imagen muy concreta de lo que esconden las cifras. Entre los repatriados viajaba un grupo de 30 turistas de Córdoba, Málaga y Sevilla que había quedado atrapado desde el 1 de marzo en un hotel del centro de Dubái tras el cierre del espacio aéreo. Su caso no resume toda la operación, pero sí retrata una de sus caras más reconocibles: gente que estaba en un viaje cerrado, con vuelta prevista, y que de repente se ve absorbida por una guerra que no figuraba en ningún itinerario. Salieron de Málaga el 22 de febrero y acabaron volviendo en un operativo de repatriación estatal. Así, sin transición.

También ahí se aprecia una diferencia importante entre este tipo de crisis y otras anteriores. Oriente Medio no es, para España, un escenario distante donde solo haya diplomáticos y cooperantes. Hay un tejido mucho más amplio: trabajadores, familias, turismo, negocios, escalas aéreas, contratos de ingeniería, estancias temporales. Cuando el Gobierno pone un A330 a traer gente desde Omán no está rescatando solo a un puñado de casos extremos; está sosteniendo el regreso de una comunidad muy variada, conectada con España por razones muy distintas.

Defensa ha subrayado además la experiencia acumulada en evacuaciones recientes, recordando que en octubre de 2024 tres aviones militares del Ejército del Aire y del Espacio evacuaron a más de 240 civiles españoles en Líbano. Ese precedente ayuda a entender por qué el despliegue actual ha podido escalar con rapidez. No es una improvisación absoluta. Hay doctrina, unidades habituadas a este tipo de misiones y una memoria operativa reciente que, en momentos así, ahorra tiempo. Y el tiempo, en una evacuación, no es un detalle técnico. Es casi todo.

Lo que significa de verdad la barrera de los 6.000

Alcanzar casi 6.000 evacuados es un éxito logístico evidente, pero no equivale a que la operación haya terminado. De entrada, porque el propio Gobierno insiste en que las rutas siguen abiertas desde otros países de la zona. Después, porque los 31.000 españoles contabilizados en la región al inicio de la guerra no son un bloque homogéneo ni tienen la misma voluntad de salir. La mayoría son residentes y, como ya apuntó Albares, el grueso no se plantea volver de forma definitiva. La repatriación afecta a quienes desean abandonar temporalmente la zona o no pueden quedarse por el deterioro del contexto.

Eso obliga a leer el dato con precisión. No se trata de que aún falten decenas de miles por sacar, como si existiera una evacuación universal pendiente. Se trata de que hay miles de españoles en una región en guerra o bajo sus efectos colaterales y que el Estado mantiene abierta una red de asistencia y salida para quienes lo soliciten. La diferencia es importante. El titular grande son los 6.000. El dato fino es otro: España ha conseguido montar un corredor flexible para una minoría muy significativa dentro de una comunidad española muchísimo más amplia.

Hay además un componente político que el Gobierno no disimula. En cada comparecencia, Albares insiste en la misma fórmula —“hasta el último español que así lo desee”— porque sabe que esa frase resume la prueba de estrés más visible para Exteriores y Defensa. La política internacional puede debatirse durante semanas. La eficacia de una evacuación se juzga de manera mucho más brutal: quién logró volver, por qué ruta, cuánto tardó y si alguien quedó varado cuando había pedido ayuda.

Madrid mira ya más allá del puente aéreo

Mientras Torrejón recibe vuelos, Madrid empieza a prepararse para la segunda fase de la crisis. El Gobierno ha decidido abrir una ronda de contactos con los grupos parlamentarios y con los agentes sociales para compartir y ajustar medidas ante el impacto de la guerra. Además, Pedro Sánchez comparecerá en el Congreso el 25 de marzo para explicar la posición del Ejecutivo sobre el conflicto y sobre sus consecuencias. No es una derivada secundaria. Significa que la Moncloa da por hecho que el problema ya no es solo consular o militar, sino también económico y político.

La referencia que circula en el Ejecutivo es clara: un paquete de respuesta parecido al que se activó tras la invasión de Ucrania en 2022 si la guerra sigue tensionando energía, transporte y precios. En el Consejo de Ministros de este martes, el Gobierno ha admitido que la crisis está golpeando ya un terreno especialmente sensible, el de los mercados energéticos, y ha dejado caer que se reserva margen para actuar según evolucione el conflicto. No es un matiz menor. Cuando una guerra en Oriente Medio obliga a repatriar a miles de españoles y, al mismo tiempo, amenaza con recalentar petróleo y gas, deja de ser solo un asunto exterior. Entra de lleno en la política doméstica.

Todo eso refuerza la idea de que la cifra de 6.000 es importante por sí sola, pero también por lo que revela debajo. Revela cuánta presencia española hay en la región. Revela hasta qué punto el Golfo se ha convertido en un espacio habitual para residentes y trabajadores españoles. Revela que el servicio exterior y las Fuerzas Armadas siguen siendo la red de seguridad cuando la geopolítica se pone seria. Y revela, también, que el coste de esta guerra no se mide solo en los mapas del frente, sino en la capacidad de cada país para proteger a los suyos y amortiguar lo que viene después.

Seis mil regresos y una crisis que sigue abierta

El dato que deja este martes es contundente y difícil de discutir: España está a las puertas de los 6.000 evacuados por la guerra de Irán. En apenas unos días ha cerrado la salida desde Irán, ha sostenido corredores desde Emiratos y Catar, ha utilizado vuelos comerciales y militares, ha movilizado a Exteriores, a Defensa, a las embajadas y a una sala de crisis que no ha dejado de funcionar. No es poca cosa. Menos aún en una región donde cada jornada modifica rutas, riesgos y decisiones.

Pero el verdadero alcance de la noticia va más allá del número redondo. Lo que se está viendo es cómo una guerra que empezó el 28 de febrero ha obligado a España a activar uno de sus mayores operativos recientes de asistencia y retorno en Oriente Medio, con miles de ciudadanos moviéndose entre fronteras, aeropuertos y bases aéreas. La cifra de 6.000 resume una parte. La otra es más incómoda: la región sigue en tensión, el Gobierno mantiene abiertas las operaciones y la crisis, aunque cambie de forma, no ha terminado. Por eso este martes no deja una foto de final, sino de magnitud. Y esa magnitud, ahora mismo, cabe entera en un número: 6.000.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.