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¿Es Robin Hood un asesino? Así es la nueva película de Hugh Jackman

Robin Hood regresa como un forajido brutal y envejecido en la nueva película de Hugh Jackman, marcada por la culpa, la sangre y la redención.

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La muerte de Robin Hood

Resumen

  • Hugh Jackman interpreta a un Robin Hood brutal, envejecido y perseguido
  • La película desmonta el mito del héroe y lo enfrenta a culpa y redención
  • Michael Sarnoski firma un relato oscuro, violento y alejado de la aventura

La muerte de Robin Hood no revela una verdad histórica enterrada durante siglos ni presenta una supuesta ficha criminal del arquero de Sherwood. La película propone algo más incómodo: desmontar el mito y mostrar a Robin como un hombre brutal que ha dedicado buena parte de su vida a matar, saquear y construir una versión más amable de sí mismo.

Hugh Jackman interpreta a un Robin Hood envejecido, perseguido y físicamente agotado. Tras quedar gravemente herido, el antiguo forajido recibe una última oportunidad de redención. No estamos ante una prueba sobre el Robin Hood real, cuya existencia histórica nunca se ha demostrado de forma concluyente, sino ante una reinterpretación oscura del personaje popular.

La película se estrena en los cines españoles este viernes 3 de julio de 2026. Está escrita y dirigida por Michael Sarnoski, responsable de Pig y Un lugar tranquilo: Día 1, y dura algo más de dos horas. Aventura familiar, desde luego, no es: hay violencia explícita, heridas casi palpables y una melancolía espesa que convierte el bosque en un cementerio sin lápidas.

Un Robin Hood que no roba para repartir

La frase que ha sostenido al personaje durante generaciones —robar a los ricos para dárselo a los pobres— queda fuera de combate desde el principio. El Robin de Sarnoski es codicioso, despiadado y consciente de su propia monstruosidad. La película insinúa incluso que pudo alimentar personalmente la versión heroica de sus aventuras, como quien limpia una biografía antes de que la escriban otros.

Ese giro no pretende convertir al sheriff de Nottingham en un funcionario incomprendido ni justificar las estructuras feudales. El objetivo es examinar qué ocurre cuando una sociedad transforma a un hombre violento en símbolo moral. La leyenda tapa la sangre, pule las aristas y coloca una pluma vistosa en el sombrero. Hollywood lleva décadas haciendo algo parecido con pistoleros, mafiosos y conquistadores; Robin Hood, por supuesto, tampoco estaba vacunado contra el barniz.

Buena parte de Inglaterra quiere verlo muerto. No porque el poder haya lanzado una persecución contra el defensor de los humildes, sino porque los familiares de sus víctimas buscan venganza. Robin ya no corre hacia una nueva hazaña: espera el castigo, casi lo desea. En esa inversión se apoya toda la película.

Qué cuenta La muerte de Robin Hood

La historia encuentra al antiguo forajido aislado y consumido por el pasado. Después de un enfrentamiento sangriento junto a Little John, queda herido de gravedad y es trasladado a una abadía apartada, rodeada por el mar. Allí conoce a la hermana Brigid, una religiosa que cura cuerpos mientras el protagonista intenta averiguar si todavía queda algo salvable bajo sus cicatrices.

La primera parte se mueve entre persecuciones, barro y violencia medieval sin perfume. La segunda reduce el ruido y entra en terrenos más íntimos: culpa, arrepentimiento, dolor y mortalidad. Robin debe mirar de frente lo que hizo, sin la cómoda excusa de que sus víctimas eran siempre malvadas o ricas. La película no le concede una absolución automática, faltaría más, pero sí plantea si un último acto digno puede significar algo después de toda una vida indigna.

Hugh Jackman cambia el arco por el peso de la culpa

Jackman ofrece una versión física y áspera del personaje. Su Robin camina como si cada paso arrastrara una cadena invisible: espalda vencida, barba descuidada, mirada de animal acorralado. La comparación con el Lobezno crepuscular de Logan resulta inevitable, aunque aquí el desgaste no procede solo de la edad. Procede de saber que la fama ha mentido mejor que él.

Michael Sarnoski eligió al actor por esa mezcla de agresividad y cercanía. Necesitaba a alguien capaz de resultar peligroso incluso sentado, pero también de insinuar que bajo la violencia permanece una brizna de humanidad. Jackman no interpreta al héroe después de la batalla, sino al hombre cuando ya no queda nadie a quien impresionar.

Jodie Comer y Bill Skarsgård, dos espejos distintos

Jodie Comer encarna a la hermana Brigid, responsable de cuidar al protagonista cuando se encuentra entre la vida y la muerte. Su personaje no funciona como simple enfermera del héroe ni como premio sentimental. Es una presencia firme, vinculada a los secretos del pasado y a una posibilidad de perdón muy condicionada.

Bill Skarsgård interpreta a Little John, viejo compañero de armas de Robin. El reparto se completa con Murray Bartlett, Noah Jupe y Faith Delaney. No hay hombres alegres cantando entre árboles ni banquetes donde el vino corre mientras el sheriff cae en una trampa cómica. Esta cuadrilla vive en un mundo donde las heridas se infectan y la violencia deja consecuencias.

La vieja balada que ya narraba su muerte

La película está inspirada en Robin Hood’s Death, una balada conservada en versiones del siglo XVII, aunque el relato sobre la muerte del forajido circulaba desde mucho antes. En esas narraciones, Robin llega enfermo a un priorato para ser tratado mediante una sangría, pero acaba traicionado y abandonado mientras pierde lentamente la vida.

Sarnoski toma ese esqueleto y lo convierte en una reflexión contemporánea sobre la fabricación de héroes. No adapta la balada de manera literal; aprovecha su atmósfera fúnebre, el aislamiento religioso y la idea de un Robin vulnerable. El mito termina tumbado en una cama, no cabalgando hacia el horizonte.

La historia ya había influido en Robin y Marian, la película de 1976 con Sean Connery y Audrey Hepburn. Aquel filme también encontraba al arquero envejecido, aunque conservaba el romanticismo y la ternura otoñal. Sarnoski elimina casi todo eso. Donde antes había nostalgia, coloca remordimiento; donde había amor maduro, introduce una deuda moral difícil de pagar.

Conviene matizar otra cosa: el Robin Hood antiguo tampoco era siempre el impecable defensor social que terminó imponiéndose en la cultura popular. Las primeras baladas lo presentan como un proscrito violento, enfrentado a clérigos, nobles y autoridades, pero no existe una única tradición ni una biografía coherente. La nueva película no recupera una verdad histórica pura; selecciona los elementos más brutales del folclore y los lleva hasta el extremo.

Michael Sarnoski cambia la aventura por la penitencia

Sarnoski ya había demostrado en Pig que le interesa desmontar los géneros desde dentro. Aquella película parecía anunciar una historia de venganza y acababa hablando de pérdida. Aquí repite el movimiento: promete arcos, espadas y persecuciones, pero termina observando a un hombre que intenta comprender el tamaño de su ruina.

La naturaleza ocupa un lugar central. La película fue rodada en Irlanda del Norte, entre montañas, acantilados, lluvia y caminos convertidos en lodazales. La tormenta Éowyn dañó localizaciones y alteró el calendario poco antes del rodaje, pero el equipo integró esa aspereza en la imagen. El paisaje no embellece la aventura; parece juzgarla.

La fotografía de Pat Scola acompaña ese tránsito. Al principio predominan los espacios abiertos, hostiles y desolados; después, el relato se encierra alrededor de la abadía y de la enfermedad. El espectáculo se va estrechando hasta dejar al protagonista solo frente a sí mismo. Ahí está la apuesta: quien espere dos horas de flechas imposibles quizá descubra que el verdadero enemigo es la conciencia.

La recepción crítica ha destacado la interpretación de Jackman, el trabajo de Jodie Comer y la potencia visual de la película. Las reservas aparecen cuando la acción cede terreno a la introspección: parte de la crítica considera que la segunda mitad pierde ritmo y se vuelve demasiado solemne; otras voces ven precisamente ahí su mayor interés. El balance apunta a una propuesta valiente, sombría y físicamente poderosa, aunque no siempre sostenga todo el peso filosófico que se coloca sobre los hombros.

El héroe cae, pero el mito sigue respirando

La muerte de Robin Hood convierte una leyenda luminosa en un relato sobre el coste de la violencia. Su protagonista no es presentado como el verdadero Robin Hood histórico, porque semejante certeza no existe, sino como una interpretación posible —cruel, amarga, deliberadamente incómoda— de un personaje construido durante siglos por canciones, libros y películas.

El resultado es un Robin Hood sin sonrisa, sin causa popular clara y casi sin futuro. Un asesino convertido en héroe por el relato, o quizá un héroe devorado por sus propios métodos. Ahí reside la provocación de Sarnoski: no en matar al arquero, algo que las baladas hicieron hace siglos, sino en obligarlo a contemplar lo que había detrás de la leyenda. Esta vez, el bosque de Sherwood no ofrece refugio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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