Naturaleza
¿Qué es el iceberg de Groenlandia que la NASA sigue desde el espacio?
Un iceberg casi tan grande como Ceuta cruza aguas de Groenlandia, luce lagunas azules y empieza a romperse tras viajar unos 1.500 kilómetros.

La NASA ha seguido desde el espacio a un iceberg de unos 17 kilómetros cuadrados que se desprendió probablemente del noreste de Groenlandia y ha viajado una distancia extraordinaria por sus aguas costeras. Cuando el satélite Landsat 9 lo fotografió el 12 de junio de 2026, la enorme masa de hielo ya flotaba por el estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia; a mediados de agosto se encontraba a unos 1.500 kilómetros de la bahía de la que aparentemente procede y empezaba a fragmentarse.
La comparación que ha convertido la imagen en noticia en España tampoco anda muy desencaminada, aunque merece un matiz. El iceberg medía alrededor de 17 kilómetros cuadrados el 12 de junio, mientras que Ceuta tiene una superficie cercana a los 18,5 kilómetros cuadrados. Dicho de otro modo: no es literalmente tan grande como toda Ceuta, pero sí se mueve en una escala sorprendentemente parecida. Y hay otro detalle aún más llamativo: su superficie aparece salpicada por una red de lagunas azules de agua de deshielo, pequeñas manchas de tinta sobre una gigantesca plancha blanca.
Un iceberg enorme para Groenlandia, pero no un gigante antártico
Conviene ponerle escala al asunto antes de que el hielo se convierta, por obra y gracia del titular, en una nueva isla errante. La NASA considera que este iceberg es grande para los estándares de Groenlandia, aunque resulta modesto si se compara con los monstruosos bloques tabulares que pueden desprenderse de las plataformas de hielo de la Antártida. Su extensión, unos 17 kilómetros cuadrados cuando Landsat 9 realizó la observación de junio, equivale aproximadamente a cinco veces la superficie de Central Park, en Nueva York.
El bloque navegaba entonces al sur del cabo Kangikajiip Appalia, en la costa oriental groenlandesa, rodeado por una mezcla desordenada de hielo marino y fragmentos de icebergs que los especialistas denominan mélange. Sobre el papel puede parecer sencillo distinguir un iceberg desde un satélite. Sobre el agua, bastante menos. Su color más blanco, su tamaño y su cercanía a la costa permiten diferenciarlo del hielo marino grueso y antiguo que también ocupa estas aguas.
Ahí empieza lo curioso. No solo por sus dimensiones, sino porque seguirle la pista hacia atrás ha sido una especie de partida de trilero polar: durante la primavera, nieve, hielo marino y multitud de fragmentos similares cubren la zona, y distinguir un bloque concreto en sucesivas imágenes de satélite puede resultar complicado.
De Jøkelbugten al estrecho de Dinamarca
Los especialistas sitúan el origen del iceberg en Jøkelbugten, una gran bahía del noreste de Groenlandia. Lo que no está completamente resuelto es de qué punto exacto salió. Una posibilidad es que proceda directamente del glaciar Zachariæ Isstrøm; otra, considerada plausible por sus características superficiales y dimensiones, es que se desprendiera de los restos de la antigua plataforma de hielo adyacente.
Los icebergs que se desprenden directamente de Zachariæ suelen ser más pequeños, mientras que la superficie de este viajero presenta una estructura que recuerda a los restos de la vieja plataforma: una piel clara agujereada por agua azul, casi como un queso suizo helado. La comparación es gráfica, sí, pero en este caso bastante literal.
La plataforma y el glaciar que antiguamente ocupaban buena parte de Jøkelbugten cambiaron profundamente después del rápido retroceso experimentado por Zachariæ Isstrøm desde comienzos de este siglo. La zona lleva años bajo vigilancia científica precisamente por la magnitud de esa transformación. Un análisis divulgado por la NASA en 2024 estimó que Zachariæ perdió unos 160.000 millones de toneladas de hielo entre 1985 y 2022, la mayor pérdida entre los 207 glaciares groenlandeses estudiados en aquel trabajo.
El viaje ya supera los 1.000 kilómetros
Las primeras informaciones difundidas sobre el iceberg destacaron que había recorrido más de 1.000 kilómetros. El dato más actualizado va más allá: a mediados de agosto estaba aproximadamente a 1.500 kilómetros de Jøkelbugten, avanzando hacia el sur empujado por la corriente costera de Groenlandia y entrando progresivamente en el Atlántico Norte.
Es una distancia considerable para una masa que no tiene motor, timón ni capitán —detalles siempre inoportunos en una navegación—, pero los icebergs están lejos de permanecer inmóviles. Corrientes oceánicas, viento, mareas y la forma del bloque determinan su trayectoria. La mayor parte permanece sumergida, de modo que la corriente puede tener tanto o más peso que el viento en sus movimientos.
Reconstruir todo el recorrido de este ejemplar resulta especialmente difícil porque durante la primavera permaneció mezclado con multitud de fragmentos de aspecto similar. A finales de mayo todavía podía confundirse con ellos. Solo al desplazarse hacia el sur y reducirse el hielo que lo rodeaba comenzó a aparecer en las imágenes como una pieza claramente reconocible.
Uno de los rasgos más espectaculares observados por Landsat 9 es la acumulación de agua azul de deshielo sobre la superficie. Durante los meses cálidos, la radiación solar y el aumento de las temperaturas derriten nieve y hielo superficial; el agua se desplaza por pequeños canales y termina acumulándose en depresiones.
El fenómeno no es nuevo en Groenlandia. Los satélites llevan años documentando estos estanques de deshielo y han observado cómo pueden crecer, unirse e incluso desaparecer bruscamente al encontrar grietas por las que el agua se drena hacia capas inferiores. Su intenso azul no es un efecto especial añadido a la fotografía: responde a las propiedades ópticas del agua y del hielo y puede convertir la superficie blanca en una especie de archipiélago turquesa visto desde cientos de kilómetros de altura.
En un iceberg aislado, esas piscinas también cuentan una historia física menos fotogénica. El agua acumulada añade peso y puede penetrar en fracturas existentes, favoreciendo el debilitamiento del bloque. No significa que cada laguna vaya a partir inmediatamente un iceberg, pero una superficie muy perforada por agua de fusión es una señal de que el hielo está sometido al desgaste del verano.
El iceberg ya se está rompiendo
La historia probablemente no acabará con este viajero cruzando medio Atlántico como un Titanic del revés. Las observaciones disponibles a mediados de agosto indicaban que el iceberg ya estaba desintegrándose gradualmente, justo lo esperado a medida que avanzara el verano boreal.
Y eso cambia también la cuestión del riesgo marítimo. Si el bloque continúa rompiéndose en el estrecho de Dinamarca, sus restos tienen pocas probabilidades de alcanzar las rutas de navegación más transitadas que bordean el extremo meridional de Groenlandia. Un iceberg grande siempre merece vigilancia en estas latitudes; convertirlo en una amenaza inmediata para el tráfico atlántico, con los datos disponibles, sería otra cosa.
El estrecho de Dinamarca actúa aquí como un corredor natural entre la costa oriental de Groenlandia e Islandia. La corriente costera groenlandesa transporta hacia el sur agua fría, hielo marino e icebergs. Este ejemplar ha aprovechado esa cinta transportadora oceánica con una eficacia notable: desde una bahía remota del noreste hasta aguas mucho más meridionales en cuestión de meses.
Qué tiene que ver este hallazgo con el deshielo de Groenlandia
Que un iceberg se desprenda de Groenlandia no constituye por sí solo una prueba del cambio climático. El desprendimiento de hielo, conocido como calving, forma parte del comportamiento natural de los glaciares que terminan en el mar. Cada verano aparecen numerosos icebergs cuando retrocede el hielo marino de los fiordos. Lo excepcional en este caso son sobre todo el tamaño del bloque, su posible procedencia y la distancia recorrida.
Eso no significa que pueda separarse completamente de un contexto más amplio. La capa de hielo de Groenlandia mantiene desde hace décadas una tendencia de pérdida neta de masa. Las estimaciones científicas indican que Groenlandia perdió cerca de 3,9 billones de toneladas de hielo entre 1992 y 2018, mientras el ritmo de pérdida aumentaba con fuerza respecto a comienzos de los años noventa.
Zachariæ Isstrøm, precisamente uno de los posibles lugares vinculados al origen del iceberg, es uno de los ejemplos más estudiados de esa transformación. El glaciar entró en una fase de retirada acelerada durante la década pasada y ha registrado grandes pérdidas en su frente. La prudencia científica obliga, por tanto, a mantener dos ideas simultáneamente: los icebergs son fenómenos naturales, pero la rápida transformación de numerosos glaciares groenlandeses también es real y está medida. Una cosa no necesita disfrazarse de la otra.
Landsat 9, el ojo que siguió al vagabundo de hielo
La imagen que ha vuelto a poner a Groenlandia en el foco fue tomada el 12 de junio de 2026 por el Operational Land Imager, OLI, instalado en Landsat 9. Por eso conviene distinguir entre la fecha de la fotografía y la situación posterior del iceberg: la instantánea que ha circulado corresponde a junio, mientras que los datos sobre su recorrido de unos 1.500 kilómetros y su fragmentación proceden de observaciones posteriores realizadas hasta mediados de agosto.
Landsat lleva décadas convirtiendo cambios que antes podían pasar inadvertidos en secuencias observables: costas que retroceden, glaciares que adelgazan, incendios, sequías, crecimiento urbano. En Groenlandia, esa continuidad es especialmente útil. Una fotografía aislada impresiona; una serie de imágenes separadas por años permite medir los cambios.
Una mole blanca que está llegando al final de su viaje
A finales de agosto, el dato más relevante ya no es que un bloque de hielo haya recorrido “más de 1.000 kilómetros”. La información disponible sitúa su desplazamiento en torno a 1.500 kilómetros desde su probable zona de origen, una travesía que lo ha llevado desde Jøkelbugten hasta el estrecho de Dinamarca y después hacia el Atlántico Norte.
Quedan incertidumbres, empezando por el punto exacto del que se desprendió. Pero las observaciones permiten dibujar bastante bien el resto de la escena: unos 17 kilómetros cuadrados de hielo en junio, una superficie recorrida por lagunas de deshielo, una larga deriva hacia el sur y un proceso de fragmentación que ya estaba en marcha a mediados de agosto. Casi una Ceuta de hielo navegando sin rumbo propio, empujada por las corrientes de Groenlandia y deshaciéndose poco a poco. Menos misterio espacial de lo que sugieren algunos titulares; bastante más interesante cuando se mira la ciencia que hay debajo.

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