Tecnología
¿Cómo es el dron 5G de Telefónica que recoge 500 kg/día?

Telefónica Tech prueba en Valencia drones acuáticos con 5G e IoT que retiran hasta 500 kg diarios y miden la calidad del agua en tiempo real.
Telefónica Tech ha puesto en marcha el diseño y la preparación de un proyecto piloto en Marina Port Valencia para recoger residuos flotantes y microplásticos con drones acuáticos conectados mediante IoT y 5G, en colaboración con la Autoridad Portuaria de Valencia y con el apoyo de la Fundación Valenciaport a través de su iniciativa Opentop, además de la propia Marina Port Valencia. La cifra con la que se presenta el salto es contundente y muy fácil de recordar: hasta 500 kilos al día de residuos retirados del agua en un entorno portuario, con un dispositivo capaz de trabajar durante ocho horas y cubrir más de 20 kilómetros de alcance operativo, según los datos comunicados del proyecto.
El plan no se queda en Valencia: la compañía lo llevará al Mobile World Congress 2026 como uno de sus casos de uso de conectividad aplicada, con una presentación prevista para el 4 de marzo en el espacio Ágora del stand de Telefónica, dentro de una sesión centrada en sostenibilidad marina y en cómo la red —el 5G, el IoT, la capa de datos— se convierte en una herramienta práctica para tareas que, hasta ahora, han sido básicamente manuales, intermitentes y poco medibles. El piloto se apoya en tecnología del fabricante RanMarine, operada a través de PlastFree Ocean, con un añadido que en puertos importa mucho: monitorización de la calidad del agua en tiempo real, no solo retirada de basura.
Un piloto real en Marina Port Valencia
En un puerto, la basura no aparece como en las campañas de concienciación, con una botella solitaria flotando y música triste de fondo; aparece mezclada, insistente, arrastrada por corrientes, viento y escorrentías, y se queda pegada en lugares predecibles: esquinas de dársenas, zonas de amarre, rincones donde el agua circula peor. Marina Port Valencia es un entorno perfecto para probar una solución de este tipo porque tiene esa mezcla de actividad cotidiana y puntos “calmos” donde los residuos se acumulan sin pedir permiso. En ese paisaje, el dron acuático funciona como un barrendero silencioso: recorre la lámina de agua, detecta residuos y los retira sin necesidad de desplegar una embarcación tripulada para cada intervención.
El proyecto se define como piloto, y eso tiene letra pequeña: un piloto sirve para medir qué parte de la promesa aguanta el mundo real. El mundo real incluye días de mar revuelto, zonas con tráfico, limitaciones de maniobra, algas que se confunden con plásticos, objetos que parecen inofensivos y luego no lo son (cuerdas, restos de cabos, pequeñas piezas que se enganchan). Aquí entra la coordinación con la Autoridad Portuaria de Valencia y el apoyo técnico de Fundación Valenciaport mediante Opentop, porque un sistema autónomo en un puerto no puede vivir al margen de reglas, rutas, seguridad y operaciones. La tecnología, por sí sola, no manda; manda el puerto.
Hay otra idea que sostiene todo el planteamiento: interceptar residuos antes de que se vayan mar adentro. Un puerto es una frontera imperfecta, pero frontera al fin. Mucho de lo que flota acaba escapando si nadie lo detiene: se dispersa con el oleaje, se fragmenta con el sol y la fricción, se convierte en piezas cada vez más pequeñas. Por eso se habla de residuos y microplásticos en la misma frase, aunque no sea lo mismo retirar una botella que atrapar partículas diminutas. Lo que se pretende es actuar pronto, mantener la limpieza con más regularidad y, sobre todo, medir lo que pasa en el agua para no depender solo de la intuición o del “hoy parece peor”.
El dron por dentro: autonomía, sensores y capacidad
Si el titular es “500 kilos al día”, el músculo está en los datos operativos: hasta ocho horas de autonomía y más de 20 kilómetros de alcance. Esa combinación no es anecdótica: significa que el dron puede trabajar durante una jornada amplia sin regresar cada poco tiempo, y que puede cubrir superficies relevantes dentro de un área portuaria o una marina sin quedarse en una esquina como un juguete caro. En un entorno donde cada maniobra cuesta tiempo y coordinación, la autonomía es algo más que una cifra: es la diferencia entre una prueba puntual y un servicio utilizable.
El dispositivo que se menciona para el piloto pertenece al fabricante RanMarine y se opera a través de PlastFree Ocean. Esto importa porque no se trata de un prototipo de laboratorio: es una plataforma que ya existe, que se integra en un proyecto con conectividad y operación, y que se presenta como parte de la cartera de servicios de Telefónica Tech. El mensaje de fondo es claro: no es solo “hemos hecho una prueba”, es “esto se puede desplegar, gestionar y escalar” dentro de un catálogo empresarial.
RanMarine y PlastFree Ocean, el dúo detrás del casco
RanMarine es el nombre que aparece como fabricante, y PlastFree Ocean como operador tecnológico del dron en este esquema. Esa división de roles ayuda a entender el enfoque: Telefónica Tech no fabrica el casco, fabrica —por decirlo así— el sistema nervioso digital alrededor del casco, el modelo de conectividad, los datos y la integración con entornos portuarios. El dron es el cuerpo; IoT y 5G son la circulación. Y PlastFree Ocean es una capa de operación y servicio que aporta experiencia en el uso de estos equipos para limpieza y monitorización.
En la práctica, esto se traduce en un dron que no solo recoge basura: también envía datos. Datos de operación (posición, ruta, estado de batería, incidencias) y datos ambientales si se despliegan sensores de calidad del agua. En un puerto, donde cada decisión ambiental puede acabar en un informe o en un expediente, la trazabilidad es oro. No basta con decir “hemos limpiado”; hay que poder sostener “hemos limpiado aquí, a esta hora, con este rendimiento, con estas condiciones”.
Cámara y LiDAR, los ojos que evitan choques
Uno de los puntos técnicos que se subraya en la solución es la combinación de cámara de vídeo y sensores LiDAR para navegación y detección. En cristiano, la cámara aporta visión; el LiDAR ayuda a medir distancias y a “dibujar” el entorno con precisión para evitar obstáculos. En un puerto, los obstáculos no son solo objetos fijos: son boyas, amarras, pequeñas embarcaciones que entran y salen, sombras engañosas sobre el agua, reflejos de sol que lo complican todo. El reto de navegar sin tropiezos es serio, y por eso se insiste en sensores que permitan operar con seguridad.
Además, un dron acuático en una marina no puede ir a su aire como si fuera un barco fantasma. Tiene que moverse dentro de áreas delimitadas, con rutas previsibles, con límites de velocidad y con capacidad de reacción. La autonomía no significa ausencia total de supervisión: significa que el sistema está preparado para sostener la operación sin un piloto humano a bordo, pero con control, seguimiento y, si hace falta, intervención remota. Autonomía aquí es una palabra concreta, no un eslogan.
La recogida: del “hasta 500” a lo que cabe en una jornada
La cifra de hasta 500 kilos diarios funciona como gancho, pero está anclada en una realidad física: para retirar peso hay que tener capacidad de carga, sistemas de captura y una logística de vaciado y tratamiento. En este tipo de drones se utiliza una estructura de recogida que atrapa residuos flotantes y los conduce a un compartimento. Lo crucial es que el dron no solo “ve” basura; la retiene y vuelve para descargarla en puntos de gestión. Ese momento —la descarga— suele ser donde se decide si el piloto se convierte en servicio: si el proceso de vaciado y clasificación es ágil, si se integra con la operativa del puerto, si se planifica quién se encarga de qué.
La palabra “hasta” no es una trampa, es una condición. No todos los días son iguales: hay jornadas con mucho residuo tras episodios de lluvia o viento, y días en los que el agua está relativamente limpia. También influye el tipo de residuo: no pesa lo mismo un montón de plástico rígido que una nube de fragmentos ligeros o restos orgánicos mezclados. Por eso el piloto en Valencia será observado por un dato que no siempre sale en las notas oficiales: el rendimiento real sostenido, no el pico ideal. Aun así, incluso con variaciones, el salto de una limpieza ocasional a una limpieza más constante ya cambia la escena del puerto.
La red como timón: IoT y 5G en el agua
Si el dron es la parte visible, el 5G es lo que hace que el sistema sea serio y repetible. La promesa de IoT-5G no va de velocidad por presumir; va de estabilidad, cobertura y capacidad para sostener un flujo de datos continuo sin interrupciones que conviertan el dron en un aparato aislado. En un puerto, donde conviven redes, interferencias, estructuras metálicas, movimiento constante y necesidades críticas, una conectividad robusta es un requisito, no un extra.
Telefónica Tech plantea esta solución como un ejemplo de cómo la conectividad se vuelve “infraestructura ambiental”: el dron recoge, pero también comunica. Comunica su ruta, su estado, lo que detecta, lo que necesita. Y si además incorpora sensores de calidad del agua, comunica parámetros ambientales que pueden ayudar a entender si hay episodios puntuales, si una zona se degrada, si conviene actuar antes de que el problema sea visible. La clave es que, sin esa red, la operación se vuelve frágil: se pierden datos, se pierde trazabilidad, se pierde capacidad de coordinar.
Hay otro punto que en el discurso tecnológico suele esconderse, pero aquí tiene peso: la posibilidad de operar con supervisión remota y con sistemas de control integrados. Un puerto no se gestiona con intuiciones: se gestiona con protocolos. Si el dron se integra en un esquema de gestión —alertas, mapas, registros, incidencias— se convierte en una herramienta de trabajo, no en un experimento bonito. Cuando se habla de “cartera de servicios” es precisamente eso: conectividad, plataforma, operación y soporte. El dron sin esa capa digital es un barco pequeño; con ella, aspira a ser un sistema.
Monitorización en tiempo real: cuando el agua también “habla”
El proyecto se presenta con un componente de monitorización de la calidad del agua en tiempo real, y eso abre un segundo carril dentro del piloto. La limpieza de residuos es evidente, se ve, se pesa. La calidad del agua es más sutil: depende de sensores, de parámetros, de calibración, de interpretación. Pero en puertos, donde hay actividad constante y donde una anomalía puede ser un problema serio, tener un dispositivo que recorra zonas y vaya tomando datos puede aportar una cartografía viva: dónde hay cambios, cuándo aparecen, si se repiten, si coinciden con episodios de lluvia, con mareas, con determinados puntos de vertido o arrastre.
En el terreno más práctico, esa monitorización también sirve para responder preguntas incómodas que siempre vuelven: ¿está funcionando la limpieza? ¿se está acumulando menos residuo? ¿hay zonas que “fabrican” basura por su configuración? ¿es un problema de entrada de residuos desde fuera o de mala retención dentro? Un piloto bien hecho no solo recoge, también aprende. Y ese aprendizaje, si se documenta, se convierte en política portuaria: decisiones de barreras, de limpieza, de coordinación con servicios municipales, de prevención en origen.
Qué residuos captura y qué no
En estas noticias hay una palabra que brilla y confunde a la vez: microplásticos. Es un término útil porque describe un problema real, pero también es un término que se usa con alegría para resumir cosas muy distintas. Un dron de superficie está pensado, sobre todo, para retirar residuos flotantes: plásticos visibles, fragmentos, espumas, envases, piezas de embalaje, mezclas con materia orgánica. Esa retirada es valiosa porque evita que el residuo siga rompiéndose y siga viajando. Pero no conviene engañarse: los microplásticos, en su sentido más estricto, incluyen partículas que pueden estar en suspensión, mezcladas en la columna de agua o ya depositadas. Ahí la captura es otra historia.
Lo que sí tiene sentido —y encaja con la forma en que se formula el piloto— es hablar de un sistema que reduce la basura que termina convirtiéndose en microplástico y que, además, puede detectar condiciones y concentraciones en superficie o en determinados puntos. Es decir, el dron puede atacar el problema desde el lado más operativo: el residuo que flota y se puede interceptar. La precisión del término “microplástico” en el balance final dependerá de cómo se mida y de qué metodología se use para clasificar lo recogido, algo que suele definirse dentro del propio piloto y de sus informes técnicos.
El puerto como “trampa” de residuos
Hay una razón por la que estas soluciones suelen empezar en puertos y marinas: el agua en estos entornos tiende a comportarse como un embudo. Se forman remansos, hay estructuras que frenan corrientes, entran residuos desde el exterior y se quedan dando vueltas. Un dispositivo autónomo que patrulla la superficie tiene ahí su mejor escenario: no necesita perseguir basura por mar abierto, necesita recorrer zonas donde la basura ya se concentra. Por eso, cuando se habla de 500 kilos al día, el contexto importa: en un punto donde se acumula, el rendimiento potencial sube.
Además, los puertos tienen un incentivo claro para tomarse en serio la limpieza: imagen, regulación, seguridad, convivencia con usos recreativos y comerciales. La basura flotante no es solo un problema ambiental, también es un problema operativo: puede obstruir, puede engancharse, puede dañar equipos, puede convertirse en riesgo si se enreda en hélices o en sistemas de captación. Un dron que retira residuos actúa como una pieza de mantenimiento continuo. Menos épica, más rutina, pero la rutina es lo que evita que el problema se dispare.
La logística invisible: qué pasa con lo que se recoge
Hay un punto que decide si una solución se queda en titular o se convierte en servicio: la gestión posterior del residuo. Retirar del agua es el primer paso; después vienen la descarga, la clasificación si se realiza, el almacenamiento temporal, el transporte y el tratamiento. En un piloto portuario, esa cadena se diseña con el propio ecosistema del puerto: quién recibe el residuo, dónde se deposita, cómo se registra. La ventaja de un dron conectado es que puede aportar información útil para esa cadena: cuánto se ha recogido, en qué zona, en qué franja horaria, con qué condiciones. Ese registro no es un adorno; es lo que permite demostrar impacto y optimizar recursos.
Cuando se habla de microplásticos, esa logística se vuelve aún más delicada porque aparecen mezclas: residuos muy pequeños con algas, con restos orgánicos, con material difícil de separar. No todo es reciclable, y no todo se puede tratar igual. Un piloto serio suele terminar con una foto menos glamourosa que la del dron navegando: sacos, contenedores, pesajes, partes de servicio. Es ahí donde se ve si la cifra de los 500 kilos tiene una traducción real sostenida o si se queda en un pico puntual que no se integra bien.
MWC 2026: Valencia salta al escaparate de Barcelona
El proyecto piloto se presentará en el Mobile World Congress 2026, que se celebra en Barcelona del 2 al 5 de marzo en Fira Gran Via. Dentro del calendario de Telefónica, la demostración del dron acuático y el piloto de Valencia se sitúan el 4 de marzo en el espacio Ágora de su stand, en una sesión titulada “Sostenibilidad marina en acción: IoT, 5G y drones acuáticos contra los residuos y los microplásticos”. La elección del escenario no es casual: el MWC es el lugar donde las empresas de telecomunicaciones intentan demostrar que la conectividad no es una abstracción, que sirve para industria, para servicios, para operaciones complejas.
En esa vitrina, un dron que limpia un puerto tiene algo que otros casos de uso no siempre consiguen: se entiende en cinco segundos. Se ve. Se pesa. Se puede comparar. En un congreso donde se habla de redes privadas, de automatización, de inteligencia artificial, de soberanía digital y de mil conceptos con brillo, una máquina que recoge basura en el agua funciona como una traducción directa del discurso. Aun así, el reto es no convertirlo en un truco de feria. Por eso el piloto de Valencia es importante: porque permite presentar un caso con ubicación, socios y objetivos definidos, no un prototipo sin contexto.
Telefónica llega al MWC 2026 con un relato más amplio alrededor de la gestión de misiones críticas, el uso de drones en entornos complejos y la aplicación de tecnologías avanzadas en escenarios reales. El dron acuático encaja como una pieza más de ese mosaico: un dron no solo vuela; también navega, y la lógica es similar. Sensores, conectividad, control, datos. Cambia el medio, cambia la resistencia del entorno, pero el esquema se mantiene. En el agua, además, hay un factor añadido: el residuo se dispersa, se fragmenta, se vuelve difícil de capturar. De ahí la insistencia en actuar en puertos, donde aún se puede interceptar con eficiencia.
La sesión del 4 de marzo y el mensaje que subyace
Que la presentación esté fechada y ubicada importa en periodismo, porque ancla el hecho y evita la nebulosa. 4 de marzo, Ágora del stand de Telefónica. Se presenta la solución y el piloto, no como una posibilidad futura sin calendario, sino como un despliegue en marcha y con socios identificables. Ese detalle, por pequeño que parezca, es el que diferencia una nota de producto de un anuncio con peso. Valencia no es una palabra bonita: es el lugar donde el proyecto se prueba.
El mensaje que se desprende es doble. Por un lado, Telefónica Tech quiere situarse como proveedor de soluciones más allá del “tubo” de datos, empujando un modelo en el que vende conectividad, sí, pero también integración, operación y capa tecnológica aplicada. Por otro, la sostenibilidad se presenta como un terreno donde la conectividad tiene uso directo: no solo para medir emisiones o controlar consumos, también para tareas físicas como limpiar, patrullar, actuar. Es un cambio de tono que en eventos como el MWC se busca con insistencia: bajar la tecnología a algo tangible.
La dársena como última barrera
Lo que está en juego en el piloto de Valencia no es solo si un dron puede recoger basura, que puede; lo delicado es si puede hacerlo de forma sostenida, segura y coordinada dentro de la vida real de un puerto. La cifra de hasta 500 kilos diarios, la autonomía de ocho horas y el alcance de más de 20 kilómetros dibujan un horizonte ambicioso, pero la prueba decisiva será la repetición: día tras día, con variaciones de tiempo, con momentos de más tráfico, con semanas tranquilas y semanas malas. En tecnología ambiental, el éxito rara vez es un día brillante; es una curva de meses.
También se juega el valor del dato. Un dron conectado que recoge residuos y monitoriza en tiempo real la calidad del agua puede convertir una tarea tradicionalmente opaca en algo medible. Medible significa discutible, comparable, mejorable. Significa poder señalar zonas problemáticas con pruebas, ajustar rutas, optimizar horarios, y, en el caso de un puerto, coordinarse con quien tenga que actuar en origen si el residuo entra desde fuera con patrones claros. La tecnología no sustituye a la prevención, pero puede señalar con más precisión dónde se rompe la cadena.
Y, por último, hay un elemento de escala. Si la colaboración entre Telefónica Tech, la Autoridad Portuaria de Valencia, la Fundación Valenciaport y Marina Port Valencia consigue convertir el piloto en un modelo operativo, el caso deja de ser una anécdota local para transformarse en una plantilla replicable en otros entornos portuarios. Con el dron de RanMarine operado a través de PlastFree Ocean, la solución se presenta como algo listo para desplegarse con conectividad IoT y 5G y con una narrativa clara: mantener la basura a raya antes de que el mar la triture en silencio. En un puerto, ese silencio pesa; y cuando aparece una herramienta que lo vuelve visible, por incómodo que sea, el debate deja de ser abstracto y se vuelve concreto, casi contable. Kilos retirados, zonas recorridas, horas de servicio, agua monitorizada. A partir de ahí, ya no manda el eslogan: mandan los resultados.

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